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La base material e histórica de la nación en Marx y Engels[1]

 

Carlos Barros

 

INTRODUCCIÓN

 

Marx no dejó escrita una teoría acabada de la nación desde el punto de vista materialista, desde la posición metodológica que le es propia, consustancial con el marxismo. Incluso en temas que precisaron más su atención, como las clases sociales y el Estado, tampoco encontramos en la obra de Marx un desarrollo explícito y sistemático de los respectivos conceptos materialistas. Engels, tan preocupado por las exposiciones didácticas y sintéticas, escribía en los borradores del Anti-Dühring:

“El sistematismo, según Hegel, es imposible. Es claro que el mundo es un sistema unitario, es decir, un todo coherente; pero el conocimiento de ese sistema presupone el conocimiento de toda la naturaleza y la historia, conocimiento que los hombres no consiguen nunca. Por eso el que construye sistemas tiene que rellenar con sus propias invenciones las innumerables lagunas, es decir, tiene que fantasear irracionalmente, tiene que hacer ideología.

Fantasía racional: alias fútil combinación”[2].

Lo que sí hay en los escritos, y en la actividad política, de Marx y Engels son múltiples referencias al hecho nacional, omnipresente en la realidad política del siglo XIX, en la historia y las relaciones sociales y económicas de aquel tiempo, y en el de hoy, por cierto, aunque de forma diferente.

Nos proponemos en esta investigación localizar estas referencias de tipo político, teórico y metodológico, a veces indirectas, ordenarlas y relacionarlas, partiendo de la hipótesis -verificada, finalmente- de que en los creadores del marxismo tenemos elementos suficientes para aproximarnos y reconstruir un concepto materialista de la nación.

Para tal fin echaremos mano de las ediciones disponibles de las obras de Marx y Engels, lamentando que haya quedado inacabada la edición de las obras completas en castellano. En todo caso, ninguna de las obras importantes dejó de ser consultada. Como se verá, no se utiliza menos la bibliografía marxista posterior, sobre la nación, de cierta importancia, por la propia limitación del objeto del estudio a Marx y Engels. A excepción de algunos casos concretos, que citamos, en relación con nuestra preocupación central: indagar la nación desde el punto de vista histórico-materialista. Precisamente, los debates en la II y III internacionales, y también en los años 70 del pasado siglo, sobre nación y nacionalismo, requieren, para aclararlos y aprovecharlos, una mayor profundización en las aportaciones de Marx y Engels.

Los textos de los fundadores del marxismo fueron sondeados en cuatro direcciones: A) Uso del término nación y sus sinónimos. B) Manifestaciones explícitas, o explicitables, del concepto de nación. C) Posiciones políticas y también metodológicas sobre los procesos nacionales que les tocaron vivir, presentes sobre todo en los artículos escritos para Nueva Gaceta Renana y New York Daily Tribune y también en su correspondencia. D) Relaciones teóricas entre realidades nacionales y realidades socio-económicas, presentes en los Grundisse, el Capital, textos metodológicos como la Introducción de 1857 y en cartas de Marx y Engels con terceros. Apoyándonos para eso en la propuesta intuitiva de Borojov de partir de la noción condiciones de producción, olvidada significativamente por sus epígonos. Este va a ser el orden que seguiremos en este trabajo, con la pretensión de acercarnos a la idea que tenían Marx y Engels sobre la nación y abordar, sobre esta base, la necesaria (re)construcción de la noción marxista de hecho nacional.

Antes de entrar en materia, tres consideraciones previas.

Primera, entendemos que Marx y Engels es metodológicamente indivisible, es decir, no enfocaba un tema en clave materialista y otro en clave idealista. Cierto que en aquellos problemas teóricos que tenía menos elaborados eran más vulnerables a las concepciones dominantes, pero difícilmente las abrazaban. En el tema que nos ocupa veremos como Marx y Engels estaban en las antípodas de las concepciones idealistas que tenían de la nación los nacionalistas alemanes y la burguesía liberal, y como esto se reflejaba en los sumamente útiles artículos de Marx para los periódicos que “le aburrían” y “llevaban mucho tiempo”, separándolos de los “trabajos puramente científicos”, reconoce, en 1853, en una cara a Cluss[3].

        Segunda, Marx y Engels compartían un mismo enfoque teórico de la realidad social, también de la nación. Otra cosa fueron las dedicaciones políticas personales, de coyuntura, respecto a movimientos nacionales concretos y más allá simpatías (Marx y familia hacia los fenianos) y antipatías (Engels hacia los eslavos y suizos), complementarias por lo regular.

        Tercera, nuestra preocupación es el análisis de una relación social, la nación[4], desde las categorías del materialismo histórico, en búsqueda de errores y aciertos en Marx y Engels. Cuando enjuiciaban luchas nacionales, el futuro de determinadas naciones o de la nación en general, el ritmo de los procesos revolucionarios y nacionales…, tiene así mismo interés en la medida en que afectan a sus posiciones teóricas subyacentes sobre la cuestión nacional. Por otro lado, huiremos de apriorismos que impliquen hipercriticismo hacia los escritos de Marx y Engels, que en ningún caso fueron o pretendieron ser profetas.

Federico Engels, en el prefacio de 1874 a la segunda edición de Las guerras campesinas en Alemania, después de criticar el libro de Zimmermann (1841-1843) que le sirviera de base para su interpretación de la revuelta campesina de 1525, matizó que “La culpa es de los tiempos en los que se escribió el libro. No obstante, para su época, y comparado con obras de historia idealista alemana, se destaca como escrito con una actitud muy realista”[5].

Estamos obligados a corresponder con la misma actitud metodológica, valorando las limitaciones de la época y confrontando las opiniones de Marx y Engels con las ideas dominantes en aquel momento, contextualizando en suma sus textos.

Por ejemplo, hoy la historia económica y social predomina en la historiografía[6], pero en el siglo XIX, cuando románticos, eruditos e idealistas varios, estaban en alza, Engels se quejaba, en 1894, del “desdén imperdonable que se advierte en la literatura [bibliografía] hacia la historia económica”[7] en Alemania, cuarenta y nueve años después de que él y Marx escribieran en la Ideología Alemana la crítica a Hegel y la historiografía idealista. El influjo decisivo de los creadores del marxismo en el desarrollo de una infravalorada historia económica, a partir de 1870[8], se comprende plenamente en su contexto temporal, no debemos por lo tanto proyectar hacia atrás lo que en la actualidad sabemos. Lo que vale para los aciertos, vale también para los errores[9]: es necesario situarlos en su tiempo, no extrapolando al pasado el nivel de progreso material y científico del presente y menos aún el conocimiento que ahora tenemos de lo que sucedió después de las muerte de Marx y Engels, que podríamos exigir a éstos solamente al precio de considerarlos taumaturgos.

 

1.- USOS DEL TÉRMINO ‘NACIÓN’ Y AFINES.

 

Lo primero que se observa en el uso del vocabulario por parte de Marx y Engels es que nación, país, pueblo y patria son generalmente voces sinónimas, intercambiables, con frecuencia simultáneamente utilizadas en una misma página, o en páginas sucesivas, para evitar repeticiones[10]. La voz pueblo y popular adquiere en otros lugares el significado (bien distinto de nación y nacional) de sujeto social o conjunto de clases dominadas[11]. Nación y nacionalidad: unas veces son términos equivalentes[12], y otras diferentes, compartiendo los autores la idea de que las naciones modernas se constituyen reuniendo nacionalidades diversas de origen pre-capitalista[13], por lo común medieval. Normalmente el Estado (poder público, gobierno, administración) se distingue nítidamente de nación que es sociedad civil[14]. Con todo, en alguna ocasión, parecen ter un significado idéntico estado, patria y nación[15]. Por último, está la palabra comunidad (‘Gemeinwesen’), “una buena y antigua palabra alemana que equivale a la palabra francesa commune”, explicó Engels[16], que tiene para Marx y Engels varios usos: comunidad de aldea, de ciudad, de clase; modo de producción comunista; asociación del pueblo revolucionario, etc. Aparece también con la acepción de comunidad nacional[17], forma específica de asociación para intereses comunes.

Nación, nacionalidad, patria, país pueblo, estado, comunidad…, tienen indudablemente para Marx y Engels una acepción común, compatible con las acepciones específicas y puntuales de cada vocablo. Lo que importa aquí es precisar el contenido de esa acepción común, más que tratar de delimitar los matices posibles del significado semántico de cada palabra. El contenido es más importante que las formas. Para identificar ese denominador común es preciso, en todo caso, referirlo a un solo término. Pensamos que nación es el de mayor aceptación y representatividad, tanto en la época de Marx como hoy en día[18]. La voz nación se presta menos, además, a la confusión terminológica que pueblo, estado, comunidad o etnia cuando hablamos de la división espacial, vertical, de la humanidad. Por algo cuando se hace mención al problema nacional no se dice problema popular, estatal, comunitario o étnico, porque entonces estaríamos contemplando otra temática.

Los propios autores que han denunciado en los años 70 imprecisión y fluctuación terminológica en relación con el término nación, proponen epígrafes que contienen la palabra nación o nacionalismo[19]. Si más de un siglo después de Marx se admite que sigue habiendo confusión de términos, la razón hay que buscarla más bien en que están sin aclarar los conceptos. El día que se le dedique al concepto de nación tanto esfuerzo teórico -marxista- como al concepto de clase o de Estado, desaparecerán los solapamientos con expresiones afines. Así pasó con el concepto de clase respecto de estamento, orden, estado, casta, grupo o estrato. La tendencia posterior fue la absorción de éstos por aquél, en general, y su uso subalterno, más particularmente.

Los elementos descriptivos de la nación que Marx y Engels manejan son los normales en todas las definiciones de la segunda mitad del siglo XIX, y también de principios del siglo XX, incluyendo la de Stalin: corresponden a regularidades empíricamente observables, con la salvedad de que nuestros autores los de manera más bien genérica. Reciben pues consideración de nacionales: A) El territorio[20]. B) La población y la raza, “la enorme capacidad de resistencia de la raza irlandesa”[21]. C) La lengua, la literatura y la cultura[22], que les sirven para definir las viejas nacionalidades de origen feudal: provenzal, alemana, eslava, escandinava. D) El carácter, escribe Engels: “por eso no podemos asombrarnos si encontramos en la descripción que César hace de los galos una cantidad de rasgos que Giraldo atribuye también doce siglos después a los irlandeses y que, a pesar de todas las mezclas de sangre germánica, volvemos a encontrar, todavía hoy, en el carácter nacional irlandés”[23]. E) Las clases en su ámbito y función, según sean o pueda ser la clase dirigente habla de nación de capitalistas[24] y nación trabajadora[25]; también nación de campesinos, para significar en Irlanda a la clase mayoritaria sostenedora del Estado[26]. F) El Estado: “hacia finales del siglo VIII Irlanda estaba lejos de ser habitada por una nación única. La existencia de un reinado principal en toda la isla era mera apariencia”[27]. Poder político que aparece como efecto y al tiempo causa del proceso nacional, pero que como una condición imprescindible para la existencia nacional. Engels destaca como después de siete siglos, a pesar de la dispersión feudal del poder político y frente a un “gobierno fuerte y unificado” que los normandos crearon en Inglaterra: Irlanda se resiste a la eliminación, volviendo a los extranjeros ocupantes “más irlandeses que los irlandeses”[28]. Engels quiere resaltar precisamente el factor subjetivo, la voluntad de sobrevivir socialmente como nación, que junto con factores económicos (los estudiaremos más adelante), también parcialmente esbozados en su inconclusa Historia de Irlanda, deciden y aseguran la formación nacional de Irlanda en la Edad Media. Concluyendo: territorio delimitado, población homogénea, lengua y cultura propias, carácter específico, poder político, clase dirigente / clase mayoritaria, historia común (de lucha contra los extranjeros y por la consolidación de un poder independiente) y condiciones económicas particulares, son los rasgos que describen externamente la nación irlandesa, y en general a toda nación, según Marx y Engels, sin que necesariamente tendrán que darse todos ellos en todo los casos, ni de la misma de forma ni en todas las épocas.

Veamos en el ejemplo irlandés estudiado por Engels las menciones a la identidad nacional en momentos señalados de los siglos VIII, XI, XVIII e XIX[29]:

  1. A) A principios del siglo XI, después de dos siglos de lucha, un “héroe nacional”, Brian Borumha, se “transforma en soberano de toda Irlanda y libra la batalla decisiva contra los normandos”. Mientras que, en el siglo VIII, cuando empezaron a llegar los normandos, las “guerras internas” de los “pequeños príncipes locales” facilitaron “extraordinariamente a los normandos el pillaje, el establecimiento e incluso la conquista temporal de toda la isla”[30]. De nuevo Engels subraya, en primera instancia, las condiciones subjetivas para la existencia nacional: la lucha política y militar contra los invasores por un reino unificado, nacional; en última instancia las condiciones económico-sociales creadas por la formación del feudalismo en toda Europa. El resultado es una nación feudal pleno medieval a partir del siglo XI.
  2. B) A finales del siglo XVIII, “surgió en Irlanda una nueva vida nacional, y con ella un nuevo interés por la literatura y la historia irlandesa”[31]. Renovación cultural nacional de impulso proto romántico que antecede, en toda Europa, a la creación de las naciones burguesas, allá donde existía de nuevo base material y fuerza política, condiciones objetivas y subjetivas de producción, por tanto.

Marx y Engels se valen del concepto de nación en las diferentes épocas históricas, desde la antigüedad clásica hasta el mundo contemporáneo. Para ellos existen: 1) Naciones antiguas. Marx habla de naciones desarrolladas de la antigüedad, entre las que incluye a griegos y romanos, así como naciones sojuzgadas por los bárbaros[32].  2) Naciones asiáticas. La concentración de tierra por parte del Estado en Asia es considerada por Marx en el Capital como “fase nacional”[33]. 3) Naciones feudales. Engels pone a la nación provenzal como modelo de nación objetiva/subjetiva en la Edad Media, por razones culturales (lengua ilustrada, lírica), sociales (“perfeccionamiento de la nobleza feudal”) y económicas (“en la industria y en el comercio no iban detrás de los italianos)”. Así mismo, Marx hace referencia en la Ideología alemana a la “organización feudal de todo el país”[34]. 5) Naciones burguesas. Marx explica en el Manifiesto comunista como la burguesía centraliza los medios de producción y la administración “para formar una nación”, diferenciando naciones civilizadas y naciones bárbaras, naciones capitalistas y naciones pre- capitalistas[35].

Los iniciadores del marxismo consideraban la nación como un hecho histórico que se manifestaba de manera cambiante en los fundamentales modos de producción. Las características tipológicas van a depender de cada modo de producción y las diversas condiciones de producción. Marx destaca la especificidad de la nación moderna creada sobre la disolución y/o fusión de las viejas nacionalidades medievales en el nuevo contexto del modo de producción capitalista. Articulan el concepto nación en un sentido amplio, general e histórico, con otro más estricto, diferenciando por consiguiente “nación moderna”[36] de “nación general”.

Pierre Vilar, modernista, coincidiendo con los Marx y Engels más históricos, hizo notar las dificultades de vincular solamente la formidable estabilidad histórica de la nación con la noción de una categoría reciente ligada al ascenso del capitalismo[37]. El último Poulantzas afirmó también que “la nación no se identifica con la nación moderna y el Estado nacional, tal como aparece en la emergencia del capitalismo en Occidente. Hay ‘algo’ que se designa bajo el término de nación, es decir, una unidad particular de reproducción del conjunto de relaciones sociales, mucho antes del capitalismo”[38]. Samir Amir, por otro lado, localiza la nación en los modos de producción asiático y capitalista, señalando sorprendentemente contra la posición de Marx y Engels la ausencia de naciones de Europa feudal[39]; opinión muy discutible y rechazada por los medievalistas menos conservadores[40]. Todo esto nos lleva a la inexcusabilidad de profundizar en la idea de nación que subyace en las obras mayores y menores Marx y Engels, ahora que conocemos mejor la nación-Estado que creó la burguesía, por lo demás hoy en crisis.

La diferencia cualitativa, que Marx ya señaló, entre naciones pre-capitalistas y naciones capitalistas, extendió dentro y fuera del marxismo (especialmente entre juristas e historiadores contemporaneístas) una teoría reduccionista de la nación que consideramos con Marx y Engels incorrecta: solo detecta la existencia de naciones en la época del capitalismo. Se proponen en consecuencias nombres para las “entidades pre-nacionales” en dos direcciones: derivados de la palabra nación o bien otros más o menos afines. En el primer caso; ‘nacionalidad’ y ‘nacionalitario’. El término ‘nacionalidad’ como sinónimo de nación es hijo de un periodo histórico, decimonónico, de formación de las naciones-Estado en Europa para nombra las naciones sin Estado, siendo ahora difícilmente recuperable para significar algo realmente distinto de la palabra madre[41]. El término ‘nacionalitario’, propuesto por Rodinson[42] para evitar la definición restrictiva de nación (Mauss, Stalin) aunque válido como sinónimo de nacional, nos remite al punto de partida, sin resolver la cuestión principal: explicar el concepto amplio de nación. En la segunda propuesta relativa a las afinidades, se acude a diversas palabras ya mencionadas como ‘pueblo’, ‘patria’, ‘país’, ‘estado’, ‘reino’, ‘comunidad’, incluso ‘etnia’[43], a fin de denotar la existencia histórica de una sociedad diferenciada con cierto grado de autoconciencia, reservando ‘nación’ para los tiempos contemporáneos.

Así y todo, el problema no es de nombres sino de fondo, de saber el porqué de que la humanidad siempre se dividió en sociedades separadas que compiten entre sí, de manera que “existe una dialéctica entre lucha de grupos y lucha de clases en la que convergen la historia clásica de los reinos y las potencias y las relaciones sociales de los hombres entre sí”, asegura el historiador Pierre Vilar[44]. La cuestión reside en investigar cómo se forma, qué características tiene, cómo se transforma y por qué desaparece y reaparece el hecho nacional, en las coordenadas fijadas por la geografía y la historia, en cada lugar, según las específicas condiciones de producción. El retraso en este orden es considerable, quitando quizá los procesos nacionales en la fase del capitalismo concurrencial o los recientes estudios sobre la construcción de nuevas naciones en el tercer mundo, ¿qué sabemos de las peculiaridades de las condiciones de vida nacional y de su dinámica, en las civilizaciones antiguas, nacionalidades medievales, sociedades asiáticas y, hoy mismo, en la época del capitalismo global? La historiografía, atenta a la historia económica, a los conflictos sociales, cuando no a la historia événementielle, produce escasas monografías históricas sobre los fenómenos nacionales, y menos aún síntesis válidas para naciones concretas o períodos históricos.

 

2.- ORIGEN Y DESARROLLO HISTÓRICO DE LA NACIÓN

 

Por el contrario, en el siglo XX, buena parte de los intentos epistemológicos en relación con la nación se concentran en encontrar una definición “correcta”, siendo la de Stalin la más difundida, sin embargo, Engels opinaba que:

“las definiciones no tienen ningún valor para la ciencia porque son siempre insatisfactorias. La única definición real es el desarrollo de la cosa misma, lo cual no es ninguna definición… En cambio, para el uso corriente puede que a menudo sea útil y necesaria una breve exposición de los caracteres más generales y, al mismo tiempo, más identificadores que una sedicente definición, y tampoco puede perjudicar si no se pide de ella más de lo que pueda decir”[45].

Pues bien, ni Marx ni Engels dejaron escrita una definición vulgarizadora de ‘nación’ pero si conceptos, notas y retazos, sobre el desarrollo de la cosa misma, o sea, la definición real.

En lo tocante al origen de nación Marx escribió en la Ideología alemana: “La más importante división de trabajo físico e intelectual es la separación entre la ciudad y el campo. La oposición entre el campo y la ciudad comienza con el tránsito de la barbarie a la civilización, del régimen privado al Estado, de la localidad a la nación”[46].

Explicando más adelante como en la ciudad se manifiesta “por vez primera” la separación de la población en grandes clases y que “la oposición entre la ciudad y el campo sólo puede darse dentro de la propiedad privada”. Para Marx la nación nace, pues, al mismo tiempo que la propiedad privada, las clases sociales y el Estado. Puesto que “La división de trabajo lleva aparejada, además, la contradicción entre el interés de individuo concreto o de una determinada familia y el interés común de todos los individuos relacionados entre sí, interés común que no existe, ciertamente, tan sólo en la idea, como algo ‘general’, sino que se presenta en la realidad, ante todo, como una relación de mutua dependencia de los individuos entre quienes aparece dividido el trabajo”[47].

Es decir que cualquiera que sea el lugar de los individuos en el proceso de producción, hay una interdependencia, un “interés común”, que nace del propio proceso de producción y separa los hombres en conglomerados sociales, pluriclasistas, que limitan unos con otros.

Sigue aclarando Marx como el interés común adopta, “en cuanto Estado… una forma de comunidad ilusoria, pero siempre sobre la base real de los vínculos existentes dentro de cada conglomerado familiar y tribal como la carne y la sangre, la lengua, la división del trabajo en mayor en escala y otros intereses de las clases, ya condicionadas por la división del trabajo, que se forman y diferencian en cada uno de los conglomerados humanos”[48].

La división del trabajo genera, por lo tanto, además de una comunidad ilusoria, ideológica, estatal, una comunidad real, nacional, dividida en clases y basada en relaciones de mutua dependencia: parentesco, cultura, economía…

Doce años después de la Ideología alemana, Marx insiste en la idea del individuo formando parte de un “todo más grande, en primer lugar, de una manera aún muy natural, de una familia y de una tribu, que es la familia desarrollada; luego de una comunidad bajo sus diferentes formas, resultando del antagonismo y de la fusión de la tribu”[49]. Aquí Marx subraya el paso de la tribu a las diferentes formas de comunidad, en las que predomina la relación con el territorio por encima de las relaciones de parentesco.

Engels ratifica esta idea de Marx sobre el origen de la nación, un año después de su muerte (1883), al escribir, En el origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, que:         “en ciertas comarcas tribus parientes en su origen, y separadas después, se reunieron de nuevo en federaciones permanentes, dando así el primer paso cara a la formación de naciones”[50].

En los años 70, otros autores han insistido en situar asimismo el comienzo del fenómeno nacional en el paso de las sociedades sin clases a las sociedades clasistas, en el momento justo de superar las primeras el nivel de clanes y tribus[51].

Engels relata, en la obra que acabamos de citar[52], acerca de las primeras naciones europeas de origen tribal, prehistórico: 1) Desaparecen “las lenguas nacionales [que] tuvieron que ir cediendo el paso a un latín corrupto; desaparecieron las diferencias nacionales, y ya no había galos, íberos, ligures…; todos se convirtieron en romanos”[53]. 2) No son sustituidas, “la flamante ciudadanía romana conferida a todos, no ofrecía compensación; no expresaba ninguna nacionalidad, sino que indicaba tan sólo la carencia de nacionalidad”. 3) Se crean condiciones, “existían en todas partes elementos de nuevas naciones; los dialectos latinos en las diversas provincias fueron diferenciándose cada vez más; las fronteras naturales subsistían y se hacían sentir todavía. Pero en ninguna parte existía la fuerza necesaria para formar con esos elementos naciones nuevas”. Engels tiene muy en cuenta, de nuevo, el factor subjetivo en la formación de las naciones[54]. 4) Emergen nuevas naciones cuatrocientos años después de las invasiones de los germanos, quienes consiguieron “infundir una fuerza vital nueva a la Europa agonizante”, clave para entender “la refundición y la diferenciación de la humanidad en Europa occidental para la historia futura”, formándose “del barro del mundo romano, nuevos Estados y nuevas nacionalidades” medievales que más tarde darán paso a las naciones burguesas.

La nación es para los fundadores del marxismo un hecho en continua mutación, histórico, ni transhistórico ni atemporal, lejos de las concepciones metafísicas a las que estamos acostumbrados, que construían y construyen, retrospectivamente, una historia nacionalista donde tal pueblo aparece como predeterminado a mantener una relación de nacionalidad constante, inalterable, durante siglos y siglos. La realidad es que los cambios de fuerzas relaciones y condiciones de producción, imperios y conquistas, luchas nacionales y de clases, cambian a menudo las relaciones de nacionalidad. Los factores nacionales de larga duración (fronteras naturales, poblamiento continuado, conexión entre las sucesivas formaciones sociales, lengua, idiosincrasia y cultura) ni son eternos o inmutables, ni garantizan una historia nacional lineal, o que equis nación no pueda escindirse, incorporarse a otra,  absorber otra nación o superponerse, a causa de las contradicciones internas y externas de la estructura económica y de clases, de la acción política o de los efectos de las colisiones internacionales.

Las relaciones de nacionalidad no tienen un valor absoluto, dárselo es caer en “ilusiones con las que ambas clases teñían de patriotismo y nacionalismo sus intereses determinados”[55], escribía Marx en noviembre de 1848, comentando la situación política en Francia. Aplicable también a la crítica de la tradición historiografía que, por ejemplo, en la misma Francia, no distingue en el espacio geográfico de la Francia actual las relaciones identitarias prerromanas de las nacionalidades feudales, y éstas de la nación moderna -ahora sí- francesa total; proyectando al pasado la bonapartista homogeneidad nacional del presente (relativa como indicó el resurgir en los ’70 de los movimientos nacionales en Córcega, Bretaña, Occitania). Engels tenía, como vimos, una visión más histórica y dialéctica. Más adelante revisitaremos el caso francés.

En este permanente tejer y destejer de los procesos nacionales, llegamos a los tiempos modernos en que “en ningún país es posible la dominación de la burguesía sin la independencia nacional”, decía Engels en 1893 a los lectores italianos del Manifiesto comunista[56]. Casi cinco décadas antes, en 1847, afirmara ya que “la propia burguesía trabaja, mediante su industria, su comercio, sus instituciones políticas, en el sentido… de formar, partiendo de las numerosas localidades y provincias independientes entre sí hasta la fecha, una gran nación”[57]. Situando como ejemplo de centralización política al partido de Robespierre.

En Las guerras campesinas en Alemania (1850) al repasar la situación de Alemania en el siglo XVI, Engels argumentará como “el incompleto desarrollo industrial, comercial y agrícola de Alemania hacia imposible toda centralización y unión de los alemanes en una nación, no permitiendo más que una centralización local o provincial”. Situación que perdurará en Alemania: “Mientras en Francia e Inglaterra el desarrollo del comercio y de la industria tuvo como consecuencia la creación de intereses generales en el país entero, y con esto la centralización política, Alemania no pasó de la agrupación de intereses por provincias”[58]

En los siglos XVI-XVIII, aún sin romper con el feudalismo post-medieval, la burguesía,  a través del comercio (“el sistema de libre cambio obra en forma destructiva, desintegra las viejas nacionalidades”[59]) y de la monarquía absoluta, crea nuevas condiciones nacionales de existencia en Holanda Inglaterra, Francia, Portugal… Alemania, Italia y las viejas nacionalidades de la Europa central y oriental no accederán a ellas, hasta el siglo XIX y las dos primeras décadas del XX, por causa del retraso y las singularidades de la formación del modo de producción capitalista, que aclaran, por otro lado, porqué en España la superación de las nacionalidades medievales no se dio en el mismo grado que en Francia o Inglaterra (salvo Irlanda).

En este período de transición del feudalismo moderno al capitalismo, Marx tiene muy en cuenta la voluntad nacional, y su base material, de la burguesía comercial:  “El carácter nacional del mercantilismo es algo más una simple frase en boca de sus portavoces…, vive en ellos la conciencia de que el desarrollo de los intereses del capital… se erigió, en la sociedad moderna, en base a la potencia nacional y a la supremacía de la nación”[60].

Factor económico y político subjetivo: para Marx como para Engels la burguesía fabrica la nación moderna. La manufactura… “para llegar a ser la fuerza dominante de una época, las condiciones deben desarrollarse no sólo localmente, sino a una escala mucho mayor”[61], a una escala nacional.

Se quiere con ello decir que la burguesía mercantil primero, y la burguesía manufacturera e industrial después, precisaron transformar las relaciones nacionales para establecer la hegemonía del modo producción capitalista, que genera intereses generales y relaciones de mutua dependencia entre todos los individuos de la sociedad burguesa (civil), específicas de la nación moderna, que se diferencian de las condiciones nacionales anteriores, precapitalistas.

Marx y Engels distinguen en la Ideología alemana cuando el vínculo entre los individuos es la familia, la tribu o la tierra, de cuando “se los supone independientes unos de otros y relacionados solamente por medio del intercambio”[62]. Destacando, en resumen, el papel del mercado en las relaciones sociales capitalistas, lo que es especialmente cierto en el caso de la relación de nacionalidad, frente papel de la tierra (y del parentesco) en las relaciones sociales y nacionales precapitalistas. En el precapitalismo, la tierra es el medio de producción principal y las formas de servidumbre y dependencia la norma de las relaciones sociales de producción. En el capitalismo, los medios de producción se convierten en capital, y los hombres y los productos concurren libremente al mercado, que conecta las diferentes partes de la sociedad nacional e internacional.

En el Capital Marx desarrolla las siguientes ideas sobre la especificidad de las relaciones sociales capitalistas:

  1. Puramente económicas: cuando la relación de hegemonía y subordinación (capitalista) reemplaza a la esclavitud, la servidumbre, el vasallaje y las formas patriarcales de sujeción, tan sólo se opera un cambio en su forma, que se vuelve más libre porque ahora es de naturaleza meramente material, constituida voluntariamente, puramente económica[63].
  2. Voluntarias: “La continuidad de la relación entre el esclavo y el esclavista es tal que en ella el primero se mantiene sujeto por coacción directa. El trabajador libre, por el contrario, está obligado a mantener el mismo la relación, ya que su existencia y la de los suyos depende de que se renueve continuamente la venta de su capacidad trabajo al capitalista”[64].
  3. Violencia excepcional: “La presión sorda de las condiciones económicas sella el poder de mando de capitales sobre el obrero. Aún se emplea, de vez en cuando, la violencia directa, extraeconómica; pero sólo en casos excepcionales”[65].
  4. Coacción extraeconómica, precapitalismo. No obstante, en los modos de producción precapitalistas, basados en el trabajo esclavo, servil o para el Estado despótico, “sólo la coacción extraeconómica, cualquiera que sea la forma que revista, puede arrancar a estos productores el trabajo sobrante”. Aquí “el imperio de las condiciones de producción sobre el productor queda oculto tras las relaciones de hegemonía y subordinación que aparecen y son visibles como los resortes inmediatos del proceso de producción”[66].
  5. Libertad oculta dominación. Todo lo contrario, pues, de lo que sucede en el capitalismo, donde las relaciones de dominación están ocultas tras las condiciones económicas, que hacen que “en apariencia… sociedad burguesa es la mayor libertad, por ser la independencia aparentemente consumada del individuo… El derecho sustituyó al privilegio”, denuncia que Marx y Engels hicieran tempranamente en la Sagrada familia (1844), la primera obra que redactaron juntos[67].

La apariencia de libertad en la sociedad capitalista tiene una base real: la dominación directa del hombre es sustituida por el trabajo asalariado libre, por una relación económica sólo de entrada voluntaria. La lucha sindical de los trabajadores ha buscado justamente imponer cierto consenso en las relaciones sociales. Si bien la historia del siglo XX revela la facilidad con que se ha quebrado un régimen político democrático-burgués que extienda las libertades, políticas y de conciencia a los productores directos. A pesar del éxito de unas relaciones nacionales de base capitalista apoyadas en un pacto o consenso entre las clases fundamentales de la sociedad, perturbada en este siglo XXI por el avance de una globalización que cuestiona los Estados-nación y de unos valores universales que incluyen la democracia.

Volvamos al siglo XIX, con la burguesía la nación es, o quiere ser, patrimonio de todos, ideal común, categoría abstracta[68] que no discrimina hombres libres y hombres siervos, ni tiene por símbolo máximo un monarca feudal (sólo cuando nacionalidad coincide con monarquía), o un déspota oriental, al que los demás están vinculados por relaciones de dependencia. Con el capitalismo se desenvuelve enteramente una voluntad colectiva, una conciencia común, un sentimiento nacional, que abarca no sólo a una élite sino a toda la sociedad. Que la burguesía hegemonice la nación no contradice la participación en la nación, motu propio, vía necesidad y consenso, de las clases subalternas. Si lo primero tiene una causa económica, lo segundo también: en la integración en la nación -siempre conflictiva- de las clases dominadas se refleja el interés por la continuidad de un proceso de producción del que se depende para sobrevivir. La relación social de nacionalidad juega un rol capital en la reproducción social del sistema capitalista, de ahí su arraigo en las conciencias, en pugna y entrelazadas con las relaciones sociales de clase, que en situaciones de crisis impugnan con mayor o menor éxito el discurso, y la realidad, del modelo integrador de la nación capitalista.

Resumiendo. En los modos precapitalistas de producción de las sociedades históricas, llegaba con un poder señorial o estatal fuerte, para hacer posible la coacción extraeconómica sobre la población trabajadora y la reproducción social global. En el modo de producción capitalista, en cambio, es indispensable idealmente una poderosa sociedad civil, separada del Estado, junto con unos lazos nacionales que aten a los individuos entre sí y al territorio, a una cultura y una tradición histórica, y a determinadas instituciones, al objeto de asegurar sin coacción directa un marco estable -la nación moderna- de compraventa de fuerza de trabajo, y demás mercancías, y de realización de plusvalía.

Gramsci apuntó esta desemejanza precapitalismo / capitalismo, aunque no la dedujo teóricamente de la propia naturaleza del capitalismo, sino como consecuencia del fracaso de la Revolución en Occidente:

“En Oriente el Estado era todo, la sociedad civil era primitiva y gelatinosa; en Occidente, entre Estado y sociedad civil existía una justa relación y bajo el temblor del Estado se evidenciaba una robusta estructura de la sociedad civil. El Estado sólo era la trinchera avanzada, detrás de la cual existía una recia cadena de fortalezas y casamatas”[69].

He ahí una clave esencial para comprender la capacidad histórica de la resistencia del capitalismo desarrollado a las ofensivas del movimiento obrero, hasta hoy en día. En las crisis cíclicas del sistema, se evidencia la importancia del consenso social y hegemonía ideológica de la burguesía. Incluso cuando las cosas van mal[70]. Margen que se explica por el lugar preferente que ocupa la mentalidad burguesa en los aparatos ideológicos y la conciencia nacional, así como en los mecanismos de la reproducción social del sistema. Todo a causa del carácter puramente económico, voluntario, del vínculo -también nacional, ideológico- nacional entre los independientes agentes de la producción capitalista, en palabras de Marx citadas anteriormente. El elemento nacional como factor de cohesión del cuerpo social fue subestimado muchas veces, por pensar que era de orden solamente superestructural, ilusorio o consecuencia exclusiva de la dominación de la burguesía. Pero resulta que, sin contemplar su dimensión económica y nacional, no se entiende la robusta estructura de la sociedad civil burguesa, ni las divisiones y retrocesos del movimiento obrero, y de los partidos marxistas, desde 1848, en las naciones que hicieron, en su momento, la revolución burguesa, por una u otra vía.

Marx identifica nación con sociedad civil o burguesa (“bürgerliche gesellschaft” significa tanto “sociedad civil” como “sociedad burguesa”), y las separaba del Estado, en un contexto capitalista, siendo aquél la expresión oficial y política de la sociedad civil y de la nación. Decía: “Los elementos constitutivos de la sociedad burguesa se encuentran divididos en naciones, haciéndose la competencia fuera del control de Estado”. Una sociedad civil particular es por lo tanto nacional: “tiene necesariamente que hacerse valer al exterior como nacionalidad, y vista cara al interior como Estado”[71]. Marx ubica estas afirmaciones en las décadas cuarenta y cincuenta del siglo XIX, estando de actualidad el libre cambio entre las naciones, del cual él era partidario, así como era contrario al proteccionismo y la intervención del Estado, por considerarlo conservador.

Para Marx la sociedad civil-nacional separada del Estado era un objeto social muy notable, le parecía un “hecho moderno”. La sociedad civil en el feudalismo, en cambio, tenía un carácter directamente político, vinculado al poder señorial[72]. La propiedad, la familia, la organización del trabajo eran en la Edad Media “elementos de la vida del Estado” a través del señorío, del estamento, de la corporación gremial. Mientas que en la época moderna existía una clara “antítesis entre el Estado democrático representativo y la sociedad burguesa”[73].

Marx diferenciaba tres tipos de conflictos: (a) “entre los poderes gobernantes y sus súbditos, entre el Estado y la sociedad”; (b) “entre las diferentes clases”; y (c) “entre las potencias”[74]. Hizo estas distinciones en un artículo para el periódico New York Daily Tribune (1853), al enumerar los síntomas de una probable crisis comercial, financiera e industrial, que al igual que en 1789 y en 1848, precedería otra época de guerras y revoluciones en Europa. Pasaron sólo seis años desde que escribiera, en el Manifiesto, que la “historia es la historia de la lucha de clases”, no obstante en un texto ocasional tiene que encarar la historia real, cotidiana y concreta, con todas sus complejidades y matices, más allá de los estudios teóricos que obligan a cierta abstracción.  Marx reconoce entonces los matices de la realidad: contradicciones entre clases, contradicciones entre el conjunto nacional de clases y el Estado, y contradicciones entre naciones-Estado, en definitiva, luchas de clases, nacionales e internacionales, causadas por una crisis general del capitalismo, que todavía tardaría veinte años en madurar. Parafraseando a las dos primeras líneas del Manifiesto de 1848 podemos asegurar, parafraseando a Pierre Vilar, que la historia de todas las sociedades existentes es la historia de las luchas de las clases y las luchas de naciones. La determinación última de las luchas de naciones por las luchas de clases no anula la dialéctica entre unas y otras, y tampoco que continuamente las luchas nacionales llenen el inmediato escenario de la historia humana.

Con respecto a la dialéctica nación-sociedad civil (campo de lo privado) y Estado-sociedad política (campo de lo público), Marx analiza en el 18 de brumario de Luis Bonaparte[75] como, escamoteada la revolución de febrero de 1848 como consecuencia del golpe de Estado de Napoléon le petit,  lejos de ser es la sociedad quien conquista para sí misma un nuevo contenido, parece como si el Estado volviese a su forma más primitiva, anotando que después del coup de force del 2 de diciembre, “el Estado tiene atada, fiscalizada, vigilada y tutelada a la sociedad civil”. Marx califica de “primitiva” esta absorción de sociedad civil por el Estado, porque era algo propio de las formaciones sociales precapitalistas. Lo que pasó después en la Francia del Segundo Imperio, a caballo de la expansión capitalista 1848-1873, con la relación entre Estado y sociedad civil se generaliza después, en el Occidente capitalista, en la era de los monopolios y el imperialismo. El Estado va ocupando espacios de la sociedad civil, procurando no debilitarla demasiado… La simbiosis sociedad civil-sociedad política en el capitalismo avanzado no niega, en teoría, la fortaleza y el desarrollo de la primera, mientras que en los tiempos pre-modernos sucedía al revés: el poder político y religioso, la relaciones (públicas) de dependencia, ahogaban la organización autónoma (privada) de la sociedad[76], reduciendo en ocasiones el sentimiento nacional a la obediencia debida a la pirámide jerárquica (Jeanne d’Arc en la Francia a principios del siglo XIV).

En el proceso de derrotas, 1848-1851, que llevó al Estado bonapartista, Marx critica como la Asamblea Nacional rompe “fundamental y definitivamente con la base de la nación… nada teme tanto como que la nación se mueva”. De modo que “sin pueblo, sin opinión pública, sin ser ya…  representante de la nación soberana… debe entregar la iniciativa al gobierno”. Valorando que “en el parlamento, la nación elevaba su voluntad general a ley, es decir, elevaba la ley de la clase dominante a su voluntad general”, y que “el poder ejecutivo, por oposición al legislativo, expresaba la heteronimia de la nación por oposición a su autonomía”. Quedando claro, en consecuencia: (1) la identidad nación-sociedad civil; (2) la contraposición y equilibrio inestable nación/Estado que se refleja (3) en la confrontación parlamento nacional y gobierno estatal; (4) disponiendo el parlamento de una doble representatividad, voluntad general de la nación y ley de la clase dominante; (5) rematando el proceso bonapartista con la imposición del ejecutivo sobre legislativo y el fin de la autonomía de la nación-sociedad civil, ahora dependiente y representada políticamente por la ley de la clase dominante manifestada en el nuevo Estado burocrático.

La primera revolución francesa, razonaba Marx en El 18 de Brumario que seguimos citando, creó “la unidad civil de la nación” desarrollando “lo que la monarquía absoluta iniciara: la centralización… Napoleón perfeccionó esta máquina de Estado… Todas las revoluciones perfeccionaron esta máquina en vez de destrozarla… es bajo el segundo Bonaparte cuando el Estado parece haber adquirido una completa autonomía… frente a la sociedad burguesa”. Sobre la base de desplazar a sus anteriores representantes, ganándose el apoyo de la burguesía extraparlamentaria y representando a la clase de los campesinos parcelarios, “la masa de la nación” francesa. Así fue como 1789, una revolución modelo de la sociedad civil contra el Estado absoluto, que reivindicó la soberanía de la nación para alcanzar la unidad civil de la sociedad burguesa, fabrica un Estado, pronto dominado por la fracción más alta de la burguesía, que se fusiona con la nueva nación, dado lugar a la primera nación-Estado de origen revolucionario. Posteriormente, en razón de la macrocefalia del conjunto de aparatos e instituciones que van constituyendo el Estado, cambia el orden de las palabras y se convierte en el Estado-nación.

Pero volvamos al hilo de nuestros razonamientos iniciales. “La anatomía de la sociedad civil hay que buscarla en la economía política”, sentencia Marx, en el Prólogo a la Contribución crítica de la economía política de 1859[77]. Engels remarcaría más adelante esta idea indicando que en la historia moderna: “el Estado, el régimen político, es el elemento subalterno, y la sociedad civil, el reino de las relaciones económicas, lo principal”[78]. La identidad nación-sociedad civil nos conduce, por consiguiente, a la conclusión marxiana de que la anatomía de la nación debe buscarse en la economía política. La representación estatal, oficial, política y superestructural de la nación es lo secundario: lo principal es la nación como reino de las relaciones económicas.

La nación no cae pues del cielo, tampoco es un mero invento subjetivo de las clases dominantes o que aspiran a serlo, tiene su explicación, según vamos deduciendo de los textos de Marx y Engels que venimos citando, en que hay un vínculo (interés común o general, relación de mutua dependencia, comunidad real, voluntad general) que afecta a todos los individuos de una sociedad dada, independientemente de la clase social a la que pertenezcan. La razón de ser de este nexo social-nacional (conviene añadir para completar esta primera aproximación al concepto de nación que tenían Marx y Engels) está en la economía, en las relaciones económicas. La nación, en última instancia, es un hecho económico. Marx y Engels explicitaron esta afirmación en el caso de la nación moderna: el modo de producción capitalista hizo la nación, pensaban, y de ello dejamos constancia en las páginas pasadas. En los años 70 diversos autores[79] aceptaron, en efecto, que en Marx y a Engels hay elementos de una teoría de la nación moderna-contemporánea, que debemos ampliar -siguiendo a los fundadores- a la nación en las diferentes etapas históricas, tratada con menos detalle por parte de Marx y Engels (con la excepción tal vez de la Irlanda de Engels). Las preguntas teóricas pertinentes, que iremos respondiendo siguiendo a nuestros autores de cabecera, son: 1ª) ¿cómo se articula el concepto materialista de la nación con las categorías fundamentales del materialismo histórico?; 2ª) ¿cómo se articulan los factores objetivos con los factores subjetivos en los procesos nacionales?; 3ª) ¿cómo se articula el concepto de nación en general con el concepto de nación moderna?; 4ª) ¿cómo se articulan las clases y las naciones?

La tercera pregunta plantea un problema metodológico: ¿qué validez histórica tienen los conceptos de la sociedad burguesa? “La anatomía del hombre es la clave del mono”, escribió Marx en la Introducción de 1857, después de afirmar que:

“La sociedad burguesa es la organización histórica de producción más desarrollada, más diferenciada. Las categorías que expresan sus relaciones y permiten la comprensión de su estructura, posibilitan al mismo tiempo, comprender las relaciones de producción de todas las formas de sociedad desaparecidas”[80].

Las categorías y principios metodológicos que explican la sociedad capitalista, y que nacen en su seno, han de utilizarse para el conocimiento del pasado. Siempre y cuando se tengan en cuenta los diferentes contextos históricos, como aclara Marx a continuación:

“Pero no según el método de las economistas que borran todas las diferencias históricas y ven la forma burguesa en todas las formas de sociedad… Si es cierto, por consiguiente, que las categorías de la sociedad burguesa resultan ciertas para todas las demás formas de sociedad…, pero siempre esencialmente distintas”[81].

Es decir, las nociones científicas elaboradas en y para la sociedad burguesa son válidas para las sociedades precapitalistas (no es casual que el capitalismo sea resultado del desarrollo histórico del pre-capitalismo), pero esencialmente distintas. Válidas, pero hay que contextualizarlas históricamente[82], venía a decir Marx, que veía ineludible establecer comparaciones que evoquen el pasado del sistema capitalista: “estas evocaciones, al mismo tiempo que la correcta concepción del presente, nos proporciona la clave del pasado”[83]. De acuerdo con esto, las herramientas y los fundamentos teóricos de la sociedad de hoy, siendo aplicables al pasado, hay que saber en qué y por qué son distintos (en su esencia, acordémonos) en cada modo de producción comparándolos con su realización plena en el capitalismo  y, añadimos nosotros, estudiándolos tomando en cuenta las diferencias “esenciales” de época, lugar o momento históricos. La descripción anatómica del homo sapiens, ¿hace innecesaria la paleontología? No. Antropoides y homínidos tenían los mismos órganos que el hombre actual, pero con características, capacidades y funciones esencialmente distintos. Podríamos atestiguar, siguiendo el símil de Marx. Sin embargo, hay que señalar que Marx se concentró en el análisis de capitalismo, en detrimento de las formaciones precapitalistas, poco y mal estudiadas en la historiografía de aquel momento, tanto en su individualidad como en sus aportaciones al conocimiento del mundo europeo contemporáneo y la formación del modo de producción capitalista. En conclusión: los modos de producción pretéritos necesitan herramientas metodológicas propias, a la vez comunes y dispares con las propias del capitalismo[84].

Nada más usual en el método de Marx que contemplar un doble significado de las categorías teóricas:   genérico y restringido, histórico y actual, acomodable a la sociedad capitalista y a todas las formas de sociedad. Aquí y ahora nos interesa la relación entre la nación en general y la nación moderna.  Resultando que el tránsito de la localidad a la nación, de la barbarie a la civilización, se revela dos veces: en el momento inicial de formación de las clases (nación antigua) y en el momento pleno de formación de la burguesía (nación moderna)[85]. Marx emplea habitualmente esta dimensión dual de las naciones, tanto en lo que afecta a (1) producción y relaciones económicas, como más globalmente a (2) sociedad y relaciones sociales. En el primer grupo de categorías económicas lo podemos comprobar en los casos de “producción”[86], “trabajo”[87] y “dinero”[88], acudiendo a esa guía metodológica que es la Introducción general a la crítica de la economía política, que Marx redactó en 1857 y no llegó a publicar (lo hizo Kautsky en 1903) “para no adelantar los resultados”, aunque sí hizo público un Prólogo a la Contribución crítica de la economía política en 1859, que también manejamos en este trabajo.

En el segundo grupo de categorías sociales, nos interesa más enfocar los conceptos básicos de “clase”, “nación”, “sociedad civil” y “Estado”. Marx y Engels en la Ideología alemana, obra donde ajustan cuentas con la herencia hegeliana y escrita con el propósito de “ver claro en nosotros mismos”, abordan en páginas sucesivas[89], el desarrollo pleno de clase, la nación, la sociedad civil y el Estado como un hecho histórico contemporáneo, simultáneo e interdependiente.

Así tenemos que mientras en el Manifiesto dice que, en todas las épocas históricas, encontramos una total división de la sociedad en diversas clases, en la Ideología alemana[90] mantiene que las clases plenas son un producto de la burguesía, diferenciando clase de estamento: ser noble o plebeyo es una cualidad inseparable del individuo, independiente, en lo inmediato, de las condiciones económicas. Aseverando inclusive que, en la Alemania de la época, mediados del siglo XIX, “los estamentos aún no se desarrollan totalmente hasta convertirse en clase”.

Pues bien, génesis de clase y génesis de nación son procesos paralelos, lo fueron en las primeras sociedades clasistas, y lo son en la formación de las enteramente desarrolladas sociedades de clase: “La burguesía, por ser ya una clase, e no un simple estamento, está obligada a organizarse en un plano nacional, y no ya solamente en un plano local y a dar a sus intereses comunes una forma general”[91].

Seguidamente Marx denota que: “el Estado cobra una existencia propia junto a la sociedad civil y al margen de ella”. Poniendo como ejemplo de Estado moderno en Norteamérica, donde las clases están completamente desarrolladas a diferencia de Alemania, afirmaba Marx. Por sus conexiones materiales: clases, nación y Estado, maduran conjuntamente en la época moderna, a la par que la sociedad civil, medio en el que se encuadran clases y nación:

“El término ‘sociedad civil’ apareció en el siglo XVIII… La sociedad civil en cuanto a tal solo se desarrolla con la burguesía; sin embargo, la organización social que se desarrolla directamente a base de la producción y la relación, y que forma en todas las épocas la base del Estado y que toda superestructura idealista [sic], se designó siempre, invariablemente, con el mismo nombre”[92].

Invariablemente aplican Marx y Engels en sus textos los términos (y los conceptos) descubiertos de la sociedad de su tiempo: ora a todos las épocas (en las que existe propiedad privada de los medios de producción), ora a la época de la burguesía. Se trata de una opción no solamente terminológica también conscientemente teórica, para nada fruto de una ambigüedad en el uso descuidado los vocablos. Tampoco observamos variación cronológica, en la obra de Marx y Engels, en el empleo dúplice de estas nociones sociales, ni de las estrictamente económicas.

Es de interés dilucidar el fondo de esta sistemática distinción conceptual, caben varias posibilidades:

  • General/particular. La nación moderna sería un caso particular de la nación que acabaría luego singularizada, y subdividida, según las épocas históricas y las condiciones espaciales.
  • Amplio/estricto. La nación moderna sería la nación propiamente dicha, en un sentido riguroso, estricto; siendo los demás arquetipos tributarios de una concepción por extensión, más laxa y amplia, y pueda que menos exacta.
  • General/pleno. La nación moderna sería resultado maduro de un proceso histórico. ¿Quién podría negar que la nación burguesa es fruto de un desarrollo nacional anterior? Marx llega más lejos, califica este fin de obra como nación plena (o integral) respecto de la nación en general, categoría histórica universal.

Estas tres maneras binarias de relacionar nación en general y  nación moderna (algo semejante acontece con las restantes categorías antes mencionadas) son complementarias. En la tercera de ellas está el fondo la cuestión, la aportación específica de Marx que se vale a fin de cuentas de la lógica dialéctica para perfilar el desarrollo histórico de la nación (“el desarrollo de la cosa misma”, “la definición real”) mostrando estar en las antípodas de una diferenciación puramente formal o arbitraria de los términos nación y nación moderna, Estado y Estado capitalista, producción y producción burguesa, etc.

Haremos, a propósito de esta relación conceptual dialéctica, tres precisiones más: A) La línea epistemológica conviene situarla no tanto entre naciones precapitalistas y nación capitalista, como entre nación genérica y nación capitalista. El primer concepto atañe al segundo y aquellos otros ulteriores que definen el hecho nacional en nuevas realidades postcapitalistas o no capitalistas, también mundialistas[93]. B) Huyamos de concederle al sentido pleno de los conceptos modernos una dimensión absoluta que entraría en contradicción, cuando menos, con la historicidad del método de Marx y, añadimos nosotros, con su base materialista. Negar la relatividad de los conceptos modernos, dándole un valor independiente, incondicionado, supondría “ideologizar” sus contenidos. C) Además de la casuística correspondiente, la idea general de la nación en los creadores del marxismo nos lleva, en resumen, a un concepto amplio y a un concepto pleno, articulados dialécticamente, lo mismo para los conceptos de clase y Estado.

Refiriéndose al “trabajo en general”, Marx generaliza cuando acredita, reivindicando la necesaria contextualización histórica, que:

“Las categorías más abstractas, a pesar de su validez -precisamente por causa de su naturaleza abstracta-, para todas las épocas, son, no obstante, en lo que hay de determinado en esta abstracción, asimismo producto de las condiciones históricas, y no poseen plena validez sino para estar estas condiciones y dentro del marco de estas mismas”[94].

La categoría nación es adecuada para todas las épocas[95] por su carácter general y abstracto, que, subrayemos, sólo consigue una validez plena en las condiciones capitalistas de producción, dada la naturaleza predominantemente económica, más que corporativa o política, de las relaciones sociales burguesas. Tenemos, de esta manera, una concreción de cómo el modo y las condiciones históricas de producción determinan las relaciones sociales, en este caso la nación. El modo de producción capitalista introduce en la vida social, e ideal, un máximo de abstracción (separando lo general de lo individual) al considerar los hombres como cosas, objetos de trato mercantil. Creando condiciones históricas para que surja una conciencia nacional integral, así como una teoría de la nación y del nacionalismo.

Una mentalidad nacional verdaderamente abstracta, indiferente -hasta cierto punto- hacia las relaciones de clase y tendente a la larga duración, donde los hombres se abstraen de sus situaciones individuales y de clase tomando conciencia de sus intereses comunes frente a terceros, solo puede ser una realidad completa en un modo producción en el que los hombres figuran como iguales siendo desiguales. La base material capitalista de la conciencia nacional está en que las relaciones económicas entre los hombres adoptan, cabalmente, la forma abstracta de lo general. Esto afecta a la conciencia nacional, así como a la conciencia de clase: no existen separadamente. Tener conciencia de los intereses comunes alcanza en el capitalismo un máximo desarrollo, pero solo relativamente hablando, refiriéndonos al pasado, no al futuro. Porque con la superación de carácter contradictorio del capitalismo se logra, en opinión de Marx y Engels, el fin de los conflictos antagónicos, entre clases y entre naciones, alcanzándose entonces la comunidad material de intereses y en consecuencia una conciencia comunitaria más que plena, global.

Marx diferencia la conciencia gregaria o tribal, prehistórica, de la autoconciencia colectiva ulterior, es decir conciencia nacional, en su sentido más amplio. Acreditando que la conciencia en general, y también la conciencia nacional, es un “producto social”, “preñado de materia”, que se plasma en el lenguaje: que “es la conciencia práctica, la conciencia real”[96]. Dejemos de lado, en este momento, la vertiente ilusoria y de clase de la conciencia general, y de la conciencia nacional en particular. Lengua, ideosincrasia, sentimiento de grupo, conciencia de que se vive en una sociedad diferente, son factores -ordenados decrecientemente según el índice de subjetividad- de la cultura nacional presentes en todas las sociedades clasistas.

¿Qué interfiere en los modos precapitalistas de producción el completo desarrollo de la autoimagen colectiva y la homogeneización cultural nacional? El hecho de que los hombres, además de ser desiguales, figuran como tales en las normas jurídicas y sociales: esclavos y siervos, órdenes, castas y estamentos. La interposición de otros tipos de comunidades inferiores: familias amplias, comunidades de aldea y urbana, gremios y señoríos jurisdiccionales. La debilidad de los lazos de clase así como la fortaleza de los mecanismos materiales, económicos y políticos de obediencia bien a los poderes feudales o bien al Estado (monarca, emperador), depositario de la soberanía y pretendido vertebrador de la voluntad nacional[97]. La influencia de las religiones universalistas, en la Antigüedad y en la Edad Media, tanto puede menguar los vínculos ideológicos nacionales o fortalecerlos. El argumento final está, en mayor o menor grado, en la de articulación y fragmentación de las condiciones de producción, en la vida económica diferenciada de la comunidad, factores condicionantes in extremis de una conciencia nacional. El mercado nacional post-medieval será la base material de una conciencia nacional integral, burguesa.

La nación madura es una categoría tan moderna como lo son las condiciones productivas que dan pábulo a tal abstracción. La nación como idea abstracta nace en el contexto del capitalismo, pero como realidad es muy anterior. Con su forma burguesa, la nación produce la conciencia más desarrollada, las teorías sobre sí misma y el movimiento nacionalista. La clase dominante puede de este modo presentar su propio interés como el interés nacional, la causa de todos, construyendo unas concepciones que, sobre una base real, introducen lo ilusorio, lo irreal, el mito.

Mientras los hombres no dominen la naturaleza, y su propia historia, habrá un desfase entre lo que dicen ser y lo que realmente son. Sigamos pues el consejo de Marx y no juzguemos a la nación “por su palabra, por lo que ella dice acerca de si misma y lo que figura ser”[98], sino por lo que realmente es, condición previa para desenmascarar su vertiente imaginaria (“en la conciencia común las cosas están puestas cabeza abajo”) y de clase (“las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes[99]”) de la conciencia nacional y, con mayor motivo, de la ideología  nacionalista. Marx y Engels produjeron una teoría crítica de la nación, especialmente de la nación moderna, y, en general, de la sociedad de su tiempo. Crítica que se resume en la denuncia de la virtualidad alienante de la nación por su base material interclasista, de una parte, y clasista (dependencia de la clase dominante), de la otra.

Escribiendo, en el primer apartado de la Introducción[100], sobre la “producción en general”, Marx razona de un modo perfectamente transferible a la “nación en general”, a la nación sin más. De esta forma la nación sería una abstracción pero una abstracción razonable, basada en la razón, también explicativa,  que pone de relieve los rasgos y las determinaciones, los caracteres comunes de la nación en todas las épocas. Así y todo, habría que discernir: a) rasgos y características comunes de una parte (elementos descriptivos), b) determinaciones comunes de la otra (elementos decisorios). El meollo de la cuestión está en separar las determinaciones comunes, de contenido primordialmente material siguiendo a Marx, para distinguir mejor los tipos particulares de naciones. Algunos de los rasgos y determinaciones nacionales son comunes a todas las épocas, otros a una parte de ellas. Lo mismo se podría decir de la importancia de cada elemento. Verbigracia, el Estado en los modos de producción asiático, capitalista y socialismo real o el comercio en la Antigüedad (fenicios y cartagineses) y en la época de la burguesía. Igualmente se repiten otros rasgos descriptivos y causales comunes a diferentes épocas en los ámbitos de la cultura, el territorio y la economía, generalizados más o menos arbitrariamente por el pensamiento en la “unidad” de lo abstracto. Sin olvidar que para entender las naciones en concreto tenemos que encontrar “la diferencia esencial”, los factores distintivos de cada caso, pasando de lo general a lo particular, histórica y espacialmente considerando, y viceversa. Lo opuesto que nos propondrá Stalin, ciertamente.

¿Puede una cosa es ser, al mismo tiempo, unidad y diferencia, general y particular, abstracta y concreta? En el pensamiento dialéctico de Hegel, Marx y Engels, sí, y en la vida real también. En el segundo apartado de la Introducción, Marx examina dialécticamente, como una antinomia identidad/diferencia la relación entre producción y consumo. En defensa de lo abstracto, detalla Engels diacrónicamente en la Dialéctica de la naturaleza: “Lo abstracto y lo concreto. La ley general de los cambios de forma del movimiento es mucho más concreta que cualquier ejemplo ‘concreto’ singular de ella”[101]. La nación en tanto que abstracción racional es realidad concreta, histórica. El método científicamente correcto para reproducirla, por vía del pensamiento, viene siendo (según dice Marx, en el apartado tercero de la Introducción dedicado a “El método de la economía política”): ir de las categorías abstractas y simples a las categorías concretas y complejas[102], aunque ése no sea, en rigor, el proceso de la génesis de lo concreto[103]. Interpretando abstracto y concreto, simple y complejo, no como categorías fijas sino móviles, dialécticas. El desarrollo más concreto (y en otro sentido más abstracto) y más complejo de la nación es, contemporáneamente, la nación moderna. Es por ello que les resulta imprescindible estudiar la nación partiendo de las determinaciones comunes más simples y abstractas, que expliquen su permanencia y cambio concreto a lo largo de la historia. En la última parte de trabajo abordaremos esta tarea.

La fidelidad de Marx y Engels al método dialéctico se observa en que, al tiempo que se constata la formación de la nación moderna en las condiciones de producción capitalista, destruyendo -o absorbiendo- las relaciones nacionales heredadas del feudalismo, se destaca la subsiguiente erosión de las nuevas nacionalidades creadas por la burguesía: “La gran industria rompe por todas partes, en general, las mismas relaciones entre las clases de la sociedad, destruyendo con ello el carácter propio y peculiar de las distintas nacionalidades”[104]. Marx certifica en el Manifiesto comunista que por causa de la “mutua dependencia general entre las naciones” y en virtud del mercado mundial (inseparable de la constitución de los mercados nacionales), se genera una clara “conformación cosmopolita” de la producción y del consumo[105]. Idea sobre la que vuelve en los Grundisse: “el capital crea la sociedad burguesa y la apropiación universal de la naturaleza y las relaciones sociales”, tendiendo a superar “barreras y prejuicios nacionales”[106]. Marx y Engels se anticipan, pues un siglo y medio a la presente globalización que erosiona irreversiblemente, ahora sí, las grandes naciones-Estados de su tiempo.

El capitalismo produce, juntamente, la nación moderna y las condiciones cosmopolitas para su superación: un proceso objetivo que Marx y Engels asumían subjetivamente desde el ángulo de la clase obrera. Lo hacen -con un enfoque común, destaquemos- en varios textos escritos, individual o colectivamente, antes ya de la revolución de 1848. “¿Qué nos importa las naciones?”, se interroga a Engels, “nos importa muchísimo”. Tras denunciar el egoísmo nacional y el cosmopolitismo hipócrita de los partidarios de la libertad de comercio, asevera que los proletarios tienen el mismo interés en todos los países, mientras que la burguesía defiende los intereses particulares de cada país, puesto que “jamás puede trascender la nacionalidad… sólo los proletarios pueden aniquilar la nacionalidad, sólo el proletario que despierta puede hacer confraternizar las diversas naciones”[107]. Opinión que reiteran conjuntamente en la Ideología alemana: “la gran industria creaba una clase… en la que quedaba ya destruida toda nacionalidad”[108].

Así llegamos al sabido texto del Manifiesto comunista, en el que nuestros autores, y respondiendo a eso que les decían de que “los comunistas querían abolir la patria, la nacionalidad”, afirman paradójicamente: 1) “Los obreros no tienen patria”. 2) “El proletariado debe elevarse a clase nacional [“la clase dirigente de la nación”, según la edición de Engels de 1888], construirse a sí mismo en cuanto nación”. 3) El proletariado “es nacional, aunque en modo alguno en el sentido que le da la burguesía”[109]. La contradicción entre las aserciones es aparente. A Marx y Engels les importaban las naciones, claro que sí, pero no se sentían lógicamente solidarios con la nación y el nacionalismo de la burguesía, “generadora de segregaciones y contradicciones” entre los pueblos, hostilidades y explotación de unas naciones por otras. Las fuerzas productivas estaban haciendo desaparecer estas contradicciones (una verdad anticipada) y “la hegemonía del proletariado las harán desaparecer aún más”. Es decir que cuando Marx y Engels hablan de destruir, aniquilar o a hacer desaparecer la nación, por parte de las fuerzas productivas de capital y de la “acción unificada” internacional de la clase obrera, se están refiriendo a los elementos negativos que son específicos de la nación capitalista y están proponiendo otro tipo de relaciones nacionales, donde la fraternidad internacional sea un hecho. La clase obrera, conquistando la “hegemonía política”, o sea nacional, “deroga la explotación de una nación por otra. Con la desaparición de las contradicciones de las clases en el seno interno de las naciones, desaparecerá la posición hostil de las naciones entre sí”[110]. De lo que se deduce que las contradicciones entre naciones tienen su origen, en última instancia, en las contradicciones de clase.

Los obreros “no tienen patria”, pues, porque proponen una patria diferente. “Patria ficticia versus patria verdadera”, resolvería Engels al esbozar lo que sería la futura sociedad comunista. Sin ejército permanente, los miembros de la sociedad defenderán la “verdadera patria”; por contra, los ejércitos regulares franceses 1792-1799 “luchaban sólo por la ilusión, por una patria ficticia”[111]. La nación moderna es para las clases dominantes una base primordial para defender sus intereses y organizar su dominación, y para las clases subalternas: (a) una relación objetiva, necesaria entre las clases (comunidad real), (b) una relación de enajenación y dominación (comunidad ilusoria), y (c) un marco para la lucha por la hegemonía nacional, y en favor de un modelo de nación en el que los ciudadanos, además de iguales de derecho, lo sean de hecho. Cuestión en la que está objetivamente interesado el proletariado.

Marx y Engels estaban contra la nación burguesa en nombre de una nación proletaria, que llevaría en su interior las bases para poner fin a todas las formas de opresión nacional. Anunciaban la desaparición de un tipo particular de nación, no de la nación general, es como si dijeran: “la nación murió, viva la nación”. Llamaban a los trabajadores a desentenderse de la nación burguesa (ficticia) para que además de constituirse en movimiento internacional, luchasen por la hegemonía política en cada país para instaurar la nación de los trabajadores (verdadera).

Hagamos notar, con todo, dos errores de apreciación en los textos que estamos comentando. Primero, la revolución de 1848 no fue una revolución proletaria, como ellos esperaban, sino burguesa; y mientras las naciones burguesas estaban en formación, predicar un modelo más avanzado de nación venía a ser claramente situarse avant la lettre. De hecho, Marx y Engels participan (y celebran), de 1848 en adelante, en la constitución de las naciones de la burguesía. Segundo, en esa impugnación radical de la nación “de ellos”, de la nación de la clase dominante con la bandera de internacionalismo proletario, hay cierta subestimación se quiera o no de las ligaduras de mutua dependencia (material[112]) entre las clases fundamentales de la nación. La historia del movimiento obrero confirmar a posteriori este aserto.

En una “sociedad en la que la comunidad de intereses pasará a ser el principio fundamental”[113], la vertiente ilusoria de la comunidad desaparecerá, junto con el Estado y las contradicciones de clase, y quedará la comunidad real: el triunfo definitivo de la sociedad civil sobre el Estado. En estos discursos de 1845 sobre la sociedad comunista, Engels se define contra las guerras de anexión, y contempla -proféticamente- la posibilidad de guerras defensivas contra “naciones anticomunistas”. Quiere decirse que, así y todo, la nación sigue siendo para los iniciadores del marxismo una realidad en la sociedad post revolucionaria. Las naciones sobreviven porque hay contradicciones entre naciones “comunistas” y “anticomunistas”, o sea, porque la sociedad viene siendo todavía parcialmente comunista. La previsión de Engels para el futuro era una sociedad sin clases organizada en comunas: “todas las localidades y comunas del país”[114]. De ser plenamente comunista la sociedad tendríamos identitariamente las comunas, cuyo ámbito no se define, y desaparecerían las viejas naciones como comunidad de intereses en conflicto con terceros. La duda está en saber si la articulación de nuevas comunidades o comunas tendría o no en cuenta las antiguas nacionalidades: nosotros nos inclinamos a responder afirmativamente[115], siempre dentro del lógico desconocimiento acerca de una sociedad inexistente, reivindicada y entrevista por Marx y Engels como salida a largo plazo a las contradicciones del capital.

Engels vuelve sobre el tema en 1875 en una carta a Bebel, crítica con Lassalle, después de asimilar la experiencia de la Comuna de París de 1871 y de que Marx elaborara mejor la idea del período de transición socialista al comunismo (dictadura del proletariado). Engels se opone a la denominación lassalleana de “Estado popular libre”, pensando que el Estado obrero tendrá que someter por la violencia a los adversarios para después, cuando no sea necesario, dejar de existir, siendo sustituido por la comunidad o comuna (autoorganizada). Mientras tanto, el Estado y la nación proletarios, sobreviven en el periodo socialista de transición (que en el texto-discurso de 1845 se confunde con el objetivo final), pero se extinguen en la sociedad comunista: quedan las comunas por causa de las diferencias territoriales y materiales en cuanto a condiciones de vida y producción:

“De un país a otro, de una región a otra, incluso de un lugar a otro, existirá siempre una cierta desigualdad en cuanto las condiciones de vida, que podrán reducirse el mínimo, pero jamás suprimirse por completo. Los habitantes de los Alpes vivirán en condiciones distintas que los habitantes de la llanura”[116]. Texto donde continua, involuntariamente, hablado de naciones, regiones y localidades en la sociedad comunista.

Engels contrapone “la abolición de todas las diferencias de clase” -y de nación, añadimos- a la frase de Lasalle: “supresión de toda desigualdad social y política”, que descalifica como “frase muy discutible”[117], exponiendo como causa materialista de la pervivencia de diferencias (no antagónicas) entre naciones, regiones y localidades, las diferencias entre condiciones económicas de vida (condiciones de producción) de los diversos territorios, y de las comunas autogobernadas, en resumidas cuentas.

En la etapa socialista, la nación burguesa deviene en nación proletaria. Sobrevive la nación (igual que el Estado y la dictadura de clase) pero como patria verdadera, en palabras de Engels. Estableciéndose unas relaciones nacionales negadoras de la explotación, de la hostilidad y de la anexión de una nación por otra, excepto en lo relativo a la lucha contra el sistema capitalista aún existente.

En la sociedad comunista propiamente dicha, se extingue la nación anteriormente conocida. La nación nace, cambia y muere junto con las clases y el Estado. La nación, en un sentido amplio, es inseparable de las clases sociales y de los conflictos entre las clases y por supuesto entre las naciones. Los intereses comunes y la autoconciencia nacional, suelen aparecer de manera antagónica en Marx y Engels respecto a otras comunidades nacionales[118]. Cuando la comunidad de intereses se hace de veras universal y se borran en teoría las contradicciones y luchas internacionales, se preguntan nuestros autores qué sentido tiene seguir hablando de nación. La plenitud de la nación moderna se convierte por consiguiente en “absoluta” en la sociedad sin clases, al hacerse verdaderamente efectiva la comunidad universal de intereses, que sufre en el capitalismo la interferencia de los intereses de clase, tanto en las relaciones interiores como exteriores. Al suprimirse el valor de cambio, imponerse el valor de uso y eclipsarse las clases, la relación entre los componentes de la comunidad deja de ser mercantil y pasa a ser de igual a igual, ajena a cualquier discriminación, no sólo en la apariencia -como el capitalismo- sino también, por vez primera, en la realidad. Sugieren, de manera más bien confusa y paradójica, formas nacionales en positivo de las identidades surgidas en una hipotética sociedad sin clases.

La realización externa de lo que hay de abstracto en la nación moderna es la manera que tiene ésta de disolverse presuntamente en el comunismo. Este es el último sentido que tiene la posición de Marx y Engels sobre la desaparición futura de la nación, matizada por el reconocimiento de la perduración de la desigualdad entre las condiciones de vida y producción que justifican, en nuestra opinión, de nuevas formas de nación.

Las desigualdades económicas entre las partes de la totalidad social subsisten en la etapa comunista, así como la subdivisión de la sociedad en comunidades autogobernadas, más las diferencias lingüísticas y culturales que presumiblemente perdurarían: “comunismo significa variedad”[119]. Todo esto nos permite entrever un nuevo tipo de comunidad nacional, que superará dialécticamente el tipo nacional de comunidad específica de cada sociedad clasista, que dejarán sin duda su impronta en las nacionalidades comunitarias post-socialistas. Continuando y afirmando la asociación libre y comunitaria -nacional- de los individuos para la reproducción social. Negando ahora la naturaleza conflictiva, “ideológica” y clasista, del hecho histórico nacional, detonante, voluntaria o involuntariamente, de cuántas guerras hubo en el mundo. El resultado será algo bien distinto de la nación moderna que ahora conocemos. Así y todo, guardará cierta o mucha relación de continuidad con las realidades nacionales históricamente presentes en el mundo: nada se crea ex novo. Muchos de los hechos diferenciales de tipo nacional actuales con siglos de historia detrás, subsistirán probablemente en los siglos que vienen, estar por ver cómo, cuánto y por qué.

 

 

3.- PROCESOS NACIONALES EN LA ÉPOCA DE MARX

 

Como es sabido Marx y Engels eran hombres de estudio y de acción, compatibilizan la labor teórica con la participación personal en la lucha sindical y política, consecuentes con el materialismo activo que propugnaban en oposición al materialismo contemplativo de Feuerbach, objeto de sus críticas. La práctica, lo subjetivo, era para ellos criterio demostrativo de la verdad objetiva. La realidad o irrealidad de las interpretaciones del mundo, aisladas de la práctica subjetiva, de la transformación del mundo, se convierten -decían- en una cuestión puramente escolástica[120]. Es por ello que el estudio del pensamiento de Marx y Engels resultaría herido si se excluye la acción política reflejada en sus escritos de coyuntura, siempre connotados teóricamente: artículos de prensa, cartas, prólogos, etc. La acción social y política es la prueba de la práctica de la teoría, en el caso que nos ocupa de la teoría subyacente de la nación de los creadores del marxismo.

Marx y Engels (organizadores del movimiento obrero internacional: “proletarios de todos los países, unidos”) toman parte activa de las luchas nacionales de la segunda mitad de siglo XIX, época de cambios revolucionarios en las relaciones de nacionalidad, guiados siempre por dos criterios complementarios: a) una nación que oprime a otra no puede ser libre; b) “los comunistas sólo se diferencian de los restantes partidos proletarios” porque “hacer valer los intereses comunes de todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad”[121].

La sensibilidad de Marx y Engels ante la opresión nacional es preciso contextualizarla: estando en formación un nuevo sistema de grandes naciones-Estado por la vía de la fusión y/o asimilación de las nacionalidades medievales, difícilmente podía calar la idea, posteriormente defendida por Lenin de que cualquier nacionalidad -en principio, sin excepción- tenía derecho a fundar un Estado propio.

En los múltiples, y multilaterales, conflictos de nacionalidad que vivieron Marx y Engels, se preguntaban, ¿a quién concederle el apoyo para construir un Estado y, en muchos casos, absorber otras nacionalidades? De entrada, al movimiento nacional que más favoreciese el desarrollo de las fuerzas productivas, razonaban Marx y Engels, porque aceleraban las condiciones para una ulterior revolución obrera.

La tendencia objetiva, a caballo de la expansión del capitalismo concurrencial, llevaba a la formación de fuertes naciones-Estado: condición previa en el siglo XIX para el desarrollo de la gran industria, la creación de un proletariado numeroso, firme y poderoso, y su unificación internacional[122]. La situación cambia a finales de siglo: hacer valer la autodeterminación, el derecho a la secesión de las nacionalidades oprimidas y de las colonias, era entonces luchar contra Estados multinacionales reaccionarios, contra el imperialismo. Aún así, en ningún momento Marx, Engels o Lenin le dieron un valor absoluto, ahistórico, a una comunidad nacional, sea oprimida sea opresora, ni cualquier otra modalidad de relación social, eran materialistas.

El interés metodológico de los análisis concretos que sobre situaciones nacionales concretas hicieron Marx y Engels, está -entre otros aspectos- en la combinación del enfoque subjetivo con el enfoque objetivo de forma casi siempre original. Pronto le dan la máxima importancia a uno como a otro. La primacía de lo político, que depende de la voluntad de los hombres, en la acción nacional de clase, coexiste con las condiciones económicas heredadas, independientes de la voluntad de los hombres, es decir, con los factores materiales y objetivos que sirven de apoyo o limitación a los proyectos nacionales en curso.

Por otra parte, tratándose precisamente de posiciones analíticas y políticas de coyuntura, tienen la mayor significación las referencias a las determinaciones materiales[123] de los movimientos nacionales que nos han de facultar para aproximarnos a conceptos esenciales para la teoría materialista subyacente de la nación que queremos reconstruir.

Decir, además, que nada mejor para poner a prueba su nuevo método de análisis de la nación, ni una práctica política cara a los procesos nacionales, que los momentos de cambio de nacionalidad. El siglo XIX estaba marcado por inestabilidad nacional causada por el tránsito del feudalismo de Antiguo Régimen al capitalismo industrial, y el ulterior avance de éste, como sistema mundial, en todos los continentes.

Vamos a detenernos en los casos de Francia, Alemania, Polonia, Irlanda, India, China y las nacionalidades eslavas, países y situaciones que protagonizaron acontecimientos que acapararon la atención periodística y política de Marx y Engels durante cuarenta años: desde 1848 a la década de los ochenta. Los ejemplos históricos que proponemos son disímiles, aventuremos una tipología.

En primer lugar, los modelos clásicos de formación de las naciones capitalistas, que superan dialécticamente a través de un gran Estado a las nacionalidades medievales, integrando, asimilando y unificando internamente una sociedad civil con fronteras precisas. Conviene subdividir: a) Naciones que lograron una unidad nacional y estatal tempranamente[124], en los siglos XVII y XVIII, por medio de una revolución burguesa radical: Inglaterra y Francia. b) Naciones que consiguieron la independencia y la unificación tardíamente, en el siglo XIX, a través de una revolución burguesa incompleta: Alemania e Italia. c) Naciones que consiguieron el carácter de tales, escindiéndose de la metrópoli inglesa, sin pasar por las nacionalidades feudales: Estados Unidos, Canadá y Australia[125].

En segundo lugar, los modelos anómalos de formación de naciones, de economía capitalista subdesarrollada o periférica respecto del sistema capitalista mundial, que sólo pueden acceder al estatuto de naciones plenas por la vía de la secesión y la liberación nacional. Distingamos entre: a) nacionalidades europeas oprimidas por uno o varios Estados: Polonia, Irlanda y pueblos esclavos; b) nacionalidades extraeuropeas reducidas a colonias por el capital comercial: India y China.

La diferencia que hay de un grupo de modelos al otro es que, en el primero de ellos, Marx y Engels conocieron el resultado final de los procesos de formación de las grandes naciones burguesas. En el segundo caso, no fue así. Las nacionalidades europeas más atrasadas económicamente se conformaron como Estados independientes, y las colonias rompieron con las respectivas metrópolis en el siglo XX, tras la muerte de Marx y Engels. Tiene cierta entidad considerar esta diferencia para comprender la inercia (que también contagiará a los fundadores del marxismo) de ver, mecánicamente, en las experiencias de las naciones adelantadas el futuro de las menos avanzadas.

 

  1. Formación de Francia

 

En el debate sobre Polonia y la asamblea de Fráncfort el joven Federico Engels, desde la tribuna de Nueva Gaceta Renana[126], aborda el tema de la formación medieval de Francia en comparación con la situación polaca de 1848.

La Francia medieval estaba dividida, principalmente, en dos nacionalidades, Galia del Norte y Galia del Sur, que no estaban más emparentadas que Polonia y Rusia a mediados de siglo XIX, comenta Engels. Al Sur del río Loira, los hablantes de la lengua d’oc no se consideraban franceses (tampoco los de nacionalidad bretona), nombre de los norteños hablantes de la lengua d’oïl (precedente del francés moderno) y herederos en la Galia septentrional de francos y carolingios. La novedad que aporta Engels al analizar la lucha de nacionalidades en la Francia medieval es que tiene en cuenta, además de la lengua y historia cultural, la historia política-económica en el marco de la antigua Galia. Todavía hoy es revolucionario este enfoque global. De modo que la instalación de Inglaterra (Casa de Plantagenet) y la guerra entablada contra los Valois (Guerra de los Cien años), en territorios del Rey de Francia, es considerada por Engels como un apoyo a la nacionalidad provenzal -sureña- contra la nacionalidad -norteña- propiamente francesa. La guerra acabó con la “expulsión de los invasores extranjeros y el sometimiento del Sur por el Norte”[127].

Del antagonismo nacional feudal, interno y externo, resultó cierta unificación nacional a las puertas de la Edad Moderna: Juana de Arco, Luis XI, etc. Engels adjetiva de guerras de sojuzgamiento de la nación provenzal, desde la cruzada contra la herejía albigense (1209-1229) hasta la restauración política y territorial del Luis XI (1461-1483). Monarca despótico que -según Engels, parafraseando a Arnold Ruge- interrumpió la “república nobiliaria” (denominación correcta para la época de esplendor provenzal), dando un golpe de gracia a la nacionalidad d’occ y construyendo un Estado francés unificado a finales del siglo XV (como los Reyes Católicos en la Peninsula Ibérica).

La explicación de la nacionalidad occitana que hace Engels pone el acento en la lengua y literatura provenzales, el perfeccionamiento de su nobleza feudal que rivaliza “con los castellanos, franceses septentrionales y normandos ingleses” y el desarrollo industrial y comercial de la Galia del Sur. Falta el poder político, puesto que el ámbito de la nación d’occ estaba parcelado políticamente en varios ducados y condados (Gascuña, Guyena, Languedoc, Provenza, Auvernia…). Sin embargo, Engels no estimaba indispensable un poder político unificado e independiente, como rasgo de una nación medieval en un contexto de fragmentación feudal, lo podemos confirmar en el caso de las nacionalidades medievales en la Península Ibérica[128].

Marc Bloch hace notar, equivocadamente, lo contrario:  “durante largos siglos los ‘provenzales’ o gentes de Languedoc, que no poseían, de modo alguno, la unidad política, tuviesen nítidamente el sentimiento de constituir una colectividad bien aparte”; añadiendo ambiguamente que “nada hay más absurdo que confundir la lengua con la nacionalidad. Pero no lo sería menos negar su papel en la cristalización de las conciencias nacional[129]“. Olvidando que las lenguas son un producto social (“conciencia práctica”, decían Marx y Engels): exigen un grado determinado de homogeneidad en la interrelación humana, unas relaciones sociales estables, económica y geográficamente limitadas, para nacer y conservarse, dicho con otras palabras, unas condiciones de producción y vida diferenciadas.

Engels polemiza sobre Polonia con el citado Arnold Ruge, hegeliano de izquierda, con quien Marx editó en 1844 los Anales franco-alemanes. Coincidiendo ambos en ver la nación como una categoría histórica, destaca Engels “la brillante imagen” de la nación polaca medieval, discrepando (no en vano Marx y Engels rompieron con los hegelianos de izquierda, ingresando en la primavera de 1847 en el Liga de los Comunistas) en que Ruge veía en la supresión de Polonia un problema moral, “una ignominiosa injusticia”, mientras que Engels, buen materialista, veía ante todo un problema económico, además del agravio, por supuesto.

Engels pone encima de la mesa el caso francés, y se pregunta porqué “jamás se calificó de ‘injusticia ignominiosa’ a la opresión de la Francia del sur por parte de los franceses del norte”. Constata como la Convención jacobina aniquiló los restos de la independencia nacional occitana, mientras que se dan mejores perspectivas nacionales para Polonia en la primera mitad del siglo XIX. ¿Dónde reside la diferencia entre el proceso occitano y el proceso polaco? La respuesta de Engels es clara: en las condiciones sociales. Una nación desaparece o reaparece, no por el espíritu de raza o la iniciativa política, sino por las condiciones sociales[130]. Expresión que tiene aquí un carácter enunciativo, y que Marx y Engels emplean ante todo para referirse a las condiciones económicas: estado de las fuerzas y relaciones de producción de una sociedad dada (en este caso nacional), o sea, su anatomía económica. Las condiciones sociales hicieron de la nación provenzal un bastión de la reacción en la Edad Media[131], y  de la Polonia moderna, por el contrario, un “foco de democracia” en favor de la revolución europea. En la unificación nacional de Francia triunfó el feudalismo desarrollado y paradigmático de la nación franca entre el Sena y el Loira, y perdió la nacionalidad de un Midi menos feudalizado, con más campesinos independientes, resistente a la centralización. Las batallas políticas, militares, religiosas y alianzas internacionales de los siglos XIII-XV fueron concretando y precipitando la asimilación de la nación d’oc hasta casi desaparecer[132]. La causa de fondo hay que buscarla en las condiciones sociales de producción que, en consecuencia, hacen o no viable una nación, vienen a decir Marx y Engels.

 

  1. Unificación de Alemania

 

El proceso nacional alemán contó con la presencia física de Marx y Engels en los años cruciales 1848-1849. Son bastantes los escritos de Historia Inmediata que dejaron -sobre todo Engels- alrededor de la unidad de Alemania, de la que eran partidarios e impulsaron críticamente desde la Neue Rheinische Zeitung, que publicaban en esos años desde Colonia. Interesa que nos paremos en la concepción materialista que tenían de la (re)construcción nacional de Alemania, y el papel que le asignaban a las diversas clases sociales en el proceso unificador alemán que tenía por modelo Francia y, en menor grado, Gran Bretaña.

Para Marx la “base real” para las gloriosas guerras de independencia de 1813, estaba en la escasez de azúcar y café provocada por el bloqueo de Napoleón, que prohibió en 1806 el comercio alemán y europeo con Inglaterra[133]. En la misma línea, Engels entendía que, después de la disolución del Sacro Imperio Germánico por Napoleón, la lucha por la unidad alemana “fue expresión general del descontento con el orden establecido de las cosas, máximo en los Estados pequeños”, que se concretaba primeramente en el “peso muerto de los impuestos”[134]. La propia germanización del Este europeo implicaba “un avance lento, pero seguro, de la desnacionalización que operaba el desarrollo social”, de manera que “tras el mercader y artesano alemán, se establecieron en tierras eslavas el cura alemán, el maestro alemán y el savant alemán”[135].

Asimilación, unificación nacional y lucha contra el invasor napoleónico, tenían, para Marx y Engels, causas socioeconómicas. Este enfoque materialista del proceso nacional contrastaba con el idealismo y el subjetivismo dominantes en el naciente nacionalismo alemán. Nada que ver por tanto con el Volksgeist de Herder, esa fuerza superior inconsciente y objetiva, impresa en el alma de los pueblos, o con el nacionalismo metafísico y místico de Fichte, menos aún con las ideas preexistentes acerca de la predestinación y superioridad de la raza alemana. Marx y Engels no fueron en rigor nacionalistas germanos, criticaron la opresión de otras naciones por parte de Alemania[136], y pusieron en práctica elementos de una nueva teoría no-idealista de la nación a contracorriente de las ideas románticas del nacionalismo alemán.

La expansión de Alemania hacia el Este del Elba se detuvo en las fronteras de las naciones más grandes: “los húngaros y, en cierto grado, los polacos”. Para Marx y Engels la liberación de Polonia era un problema existencial para Alemania. Los restantes pueblos eslavos “carecieron de las primerísimas condiciones de existencia nacional, como son una población considerable y comunidad de territorio”[137]. Cada nación tenía sus límites en las naciones vecinas: las naciones existían como sistemas de naciones (“círculo nacional de relaciones”, en expresión de Marx[138]), no como entidades aisladas. Naciones que chocan entre sí, estableciendo relaciones que dependían, en último extremo, del grado de desarrollo de las respectivas fuerzas productivas. Las condiciones de existencia nacional, además de internas, son externas (la política internacional tiene la mayor importancia en aquellos procesos nacionales) y ante que nada económicas. Las condiciones burguesas de producción son las condiciones fundamentales para la vida nacional unificada de la nueva Alemania. Antes de las victorias prusianas contra Dinamarca, Austria y Francia, y de la definitiva unificación política en 1871 del segundo Reich, tuvo lugar la unificación aduanera de los estados alemanes anterior a la revolución de 1848.

Engels concedía al espíritu nacional, que no negaba, poco valor: “no nos apasionamos por la gloria pasada ni presente de Alemania”[139]. Lo mismo pasaba con la acción individual: “Hecker lo espera todo de la acción mágica de las personalidades individuales. Nosotros lo esperamos todo de las colisiones que emanan de las condiciones económicas”[140]. Esta subordinación relativa a los factores objetivos económicos, lo comprobamos cuando comenta las pocas posibilidades que las actividades estatales tienen de cambiar las tendencias del desarrollo histórico[141].  El ritmo y la forma de los procesos nacionales están cierta y directamente afectados por la acción humana y los elementos no estrictamente económicos. Los factores económicos, por el contrario, deciden el contenido de la nación y su constitución ineluctable. La diferencia forma/contenido la entendemos siempre de manera relativa, se implican y condicionan mutuamente.

La nación, marco obligado de existencia y por lo tanto de lucha de clases está muy presente en los textos estudiados sobre la formación de Alemania. Engels relaciona la derrota de la revolución campesina de 1525 con la revolución burguesa de 1848, en razón de una incompleta constitución de las clases y de la nación. Las clases luchaban todas contra todas, formando una masa confusa, en el siglo XVI, ya que había un gran número de provincias que, a su vez, se dividían en numerosas clases y fracciones de clases. Fragmentación que estaba sin resolver totalmente en 1848, impidiendo una acción unificada, efectiva y nacional, que superase los combates ciudad por ciudad.

Cada clase social actuaba en pro de la unidad alemana propugnando un proyecto nacional propio. Con lo que se demuestra que la nación es producto de la acción de un conjunto de clases, no sólo de la burguesía ascendente. Esta lucha -o colaboración- de clases decide un proyecto nacional para la vida en común final: ritmo, límites, forma de Estado, peso de las diferentes clases, relaciones con otras naciones. En 1848 la constitución de la nación alemana podía en consecuencia frustrarse o triunfar, seguir una u otra dirección… Marx y Engels intervinieron políticamente con su propia posición nacional de clase.

Post festum, en 1851, Engels recordaba que durante la revolución de 1848 la unidad de Alemania era motivo de desunión y discordia interna, casi de guerra civil. Repasa los proyectos nacionales de las clases en pugna:  nobleza, burguesía, pequeña burguesía y clase obrera. La nobleza feudal era anacional, no participaba en la construcción de la nación, como no fuese defendiendo sus particularismos medievales. La burguesía (en primer término, la de Prusia y el Rin), luchaban por una Alemania sin Austria, bajo la hegemonía constitucional prusiana, por una unificación nacional que acabar con las trabas feudales y burocráticas que encadenaban su industria y comercio. La nobleza mercantilizada hizo causa común con la burguesía. La pequeña burguesía (artesanos, comerciantes y campesinos) no tenían en principio un proyecto definido, unos reclamaban la vuelta del Imperio, otros una República federal como Suiza. Luchaban en todo caso contra los impuestos, las exacciones fiscales y las trabas a sus negocios. El proletariado, el “partido extremo”, propugnaba la República alemana, una e indivisible, el fin del fraccionamiento, la “unificación definitiva de Alemania en una nación”: “única forma de limpiar de todos los mezquinos obstáculos heredados del pasado el marco en que medirían sus fuerzas el proletariado y la burguesía”. El “partido extremo” exigió una Alemania unida, previo desmoronamiento de los Estados prusiano y austríaco. Una nueva Alemania que combatiese contra la Vendée interior, declarase la guerra a Rusia y fuese beligerante en favor de la restitución de Polonia. Esta posición nacional de clase competía, pues, con el federalismo pequeño burgués y el prusianismo nacionalista de la burguesía. Así y todo, estas fuerzas nacionales, dentro de su diversidad, constituían un frente antifeudal y burgués: “en suma, existía una masa heterogénea de elementos oposicionistas movidos por diversos intereses, pero más o menos dirigidos por la burguesía”[142].

Las fuerzas sociales segregadas por el modo de producción capitalista, y con especial determinación la burguesía y el proletariado, formaban parte en conclusión del proceso de construcción de la nación, por intereses inmediatos y también estratégicos (para construirse enteramente en clases), configurando a tal fin un bloque histórico de clases heterogéneo pero eficaz.

El proyecto nacional alemán que salió adelante fue, desde luego, el propugnado por la burguesía. Engels valoraba positivamente[143], en 1886, la edificación de la nación alemana (marcada por la revolución de 1848), porque abrió paso a la gran industria y removió viejos obstáculos: profusión de pequeños estados, restos de feudalismo, régimen burocrático. A pesar de reducirse a la alternativa burguesa de la “pequeña Alemania” (sin Austria), bajo la hegemonía prusiana y una forma de estado monárquica; condiciones muy diferentes a las defendidas por la Nueva Gaceta Renana, pero con semejanzas de fondo fundamentales. Marx contaba con que, siendo ya una realidad la independencia y unidad interior de las grandes naciones europeas -menos Polonia, una clase obrera combativa no encontraría un obstáculo serio en las complicaciones nacionales[144]. No fue así, desde luego, ellos mismos lo pudieron constatar en Alemania.

Después de la revolución, la burguesía se alió con la nobleza derrotada en marzo del 48. La nación y el Estado moderno alemán fueran un “producto contractual: primero, del contrato de los príncipes de sí y, segundo, de los príncipes con el pueblo”[145]. Habría que incluir naturalmente a la burguesía, factor esencial de la primera y segunda parte del contrato nacional fundacional. El proyecto nacional burgués, la “pequeña Alemania” inventada por los burgueses, no se estableció en definitiva por la vía revolucionaria y parlamentaria, sino por la guerra exterior y el acuerdo con la nobleza[146]. Bismark significó el segundo pacto nacional de la nobleza con el pueblo (burguesía, pequeña burguesía y proletariado), forzado por la relación de fuerzas.

La guerra franco-prusiana de Bismark en 1870 provocó: 1) la consumación de la unidad nacional alemana, con la incorporación a la Confederación de los estados del sur; 2) la fisura interna que supone la oposición de Bebel y Liebknecht del Partido Obrero Socialdemócrata, fieles a Marx, a votar los créditos de guerra. Engels saludó la negativa de proletariado alemán a dejarse llevar por el “entusiasmo nacional”, exigiendo una paz equitativa y sin anexiones con Francia: “su única meta siguió siendo la liberación de todo el proletariado europeo”[147]. Después de escribir esto, una vez conocido el programa del Gotha (1875) para la unificación de los dos partidos obreros alemanes, Engels critica que se renegara, por influencia de Lassalle, del principio internacionalista al cumplirse justamente cinco años (1870-1875) de lograr mantenerlo bajo las circunstancias más duras. Estas fluctuaciones indicaban las dificultades de la clase obrera alemana para imponer la conciencia internacional sobre la conciencia nacional, reflejadas en las polémicas internas entre lassalleanos y eisenachianos (marxistas).

De 1878 a 1890 la socialdemocracia alemana resiste y combate las leyes de excepción, pero en 1914 votan, ahora sí, los créditos de guerra. ¿Qué explicación tiene este retorno constante del proletariado alemán al pacto nacional por la burguesía, en condiciones de subordinación? Visto desde hoy, está claro que no es suficiente la argumentación del desviacionismo ideológico, reformista y chovinista. El problema es más de fondo. Así como hay intereses materiales comunes entre los obreros de todos los países, hay intereses materiales comunes entre la burguesía y el proletariado de cada país. Siendo imposible, por tanto, entender la lucha -y sus dificultades- por la preeminencia última de los intereses de clase sobre los intereses nacionales, sin ahondar en el concepto materialista e histórico de la nación.

Marx censuraba la estrechez el punto de vista nacionalista de Lassalle opuesto -decía- al Manifiesto comunista. Reiterando, en 1875, que la lucha de clase obrera es nacional no por su contenido sino por su forma. Lamentándose de que, después del esfuerzo que supuso la experiencia de la I Internacional (1864-1876), siguiesen ejerciendo influencia estas ideas lassalleanas en la socialdemocracia alemana[148]. La verdad es que la clase obrera para ser clase necesita ser nacional, pero no sólo en la forma, también en el contenido. Forma y contenido se implican mutuamente. El contenido material del fenómeno nacional difícilmente puede aprehenderse formalmente, sin afectar al contenido. No vale decir “engaños por arriba, socialismo por debajo”: reduciendo la independencia nacional a mera condición previa para el movimiento internacional de los trabajadores[149]. La historia posterior de movimiento obrero, sus rupturas y las revoluciones obreras nacionales, mostraron por la vía de la práctica la importancia del hecho nacional justamente por su contenido objetivo y material: la subestimación de la fuerza de este vínculo de la clase obrera con la burguesía llevó al error de apreciación que comentamos páginas atrás.

 

  1. Restitución de Polonia

 

Polonia era la piedra de toque de la revolución liberal en Europa. Repartida en 1815 entre Rusia, Prusia y Austria, su unidad e independencia nacional heriría, al entender de Marx y Engels, en el corazón a la Santa Alianza contrarrevolucionaria, creando condiciones para un proyecto nacional alemán realmente democrático y la necesaria guerra con Rusia, gran gendarme en aquel momento de la reacción europea.

La capacidad de los polacos para sobrevivir como nación, más allá de las sucesivas y prolongadas particiones de su país, junto con el hecho de participar, una y otra vez, en la primera línea de las barricadas contra el Antiguo Régimen, los hacía merecedores -tal fue la posición permanente de Marx y Engels- del apoyo del movimiento obrero internacional. En el caso de Polonia, el factor subjetivo, el deseo de ser nación, y el vínculo entre causa nacional y causa revolucionaria, no les ofrecía dudas.

Si bien, en 1847, Marx proclamaba delante de un público cartista:  “de ahí que a Polonia, no haya que liberarla en Polonia, sino en Inglaterra”, donde está más desarrollada la contradicción proletariado/burguesía: el triunfo del proletariado inglés sobre la burguesía inglesa será el triunfo de todos los oprimidos[150]. Por la misma época, escribía en el Manifiesto: “Entre los polacos, los comunistas apoyan al partido que establece la revolución agraria como condición de liberación nacional, el mismo que suscitó la insurrección de Cracovia de 1846”[151].

Se trata de un apoyo externo, en esta ocasión a la Sociedad Democrática Polaca. Si bien Engels va más allá al situar entre los polacos no emigrados, el mejor conocimiento de las necesidades de Polonia, “país que habitaron de forma continuada”. La continuidad histórica de la población en un territorio contribuye configurar cierta conexión nacional, un hilo conductor que traspasa las generaciones, informando las necesidades de sus habitantes. Engels muestra su desacuerdo cuando un orador da de patadas al derecho histórico de los polacos sobre su territorio, argumentando “sólo los vivos tienen razón”: para Engels la historia era un punto de apoyo esencial para reivindicar y entender la nación polaca[152].

En 1882, un Engels escarmentado ya no insiste en que la señal para la liberación de Polonia vendrá de Inglaterra, sino de su propia clase obrera, por lo que los socialistas polacos tenían que poner la liberación de Polonia como primer punto de su programa, porque para “poder luchar, hay que tener un terreno, aire, luz y margen de maniobra”. Hay que tener una nación para ser clase: la nación es el marco de existencia de las clases. Mientras esté dividida, y sometida, no podrá desarrollarse ningún partido socialista importante en el país: “Hay dos naciones europeas que tienen no solamente el derecho sino el deber de ser nacionales antes que internacionales: los irlandeses y los polacos”[153].

Nuestros autores pasan así de un apoyo externo a los movimientos nacionales progresivos a la asunción interna de una lucha nacional como tarea prioritaria de la clase obrera en los países oprimidos nacionalmente y susceptibles de jugar un papel democrático revolucionario.

Retrocedamos a 1848. Engels desde las páginas en Nueva Gaceta Renana, en el debate sobre Polonia en la Asamblea Nacional de Fráncfort[154], acomete la opinión allí expresada de que Polonia no subsistirá como nación, afirmando categóricamente que Polonia es una “nación necesaria” para romper la cohesión de la Santa Alianza ruso-austro-prusiana. Más allá de esto, sustenta que Polonia es además una “nación posible”, pero no de manera mecánica, siempre y cuando se luche por ella, haciendo realidad un bloque nacional de clases y unas adecuadas “condiciones de liberación -o existencia- nacional”, expresión utilizada por Marx en la cita de Manifiesto que transcribimos anteriormente[155].

Las particiones de Polonia se hicieron realidad gracias al pacto de la gran aristocracia feudal polaca con las tres potencias aliadas. Frente a las cuales era preciso, y estaba cuajando en la práctica, una alianza de la mediana y pequeña nobleza, la burguesía y los campesinos que juntase la lucha por la independencia nacional, y la reforma agraria, contra los países ocupantes y la gran nobleza polaca, que transformaría campesinos siervos en campesinos libres, al igual que hizo Francia en 1789.

“No se trata de establecer una Polonia aparente, sino un estado de fundamentos viables”, razona Engels en el aludido debate, refiriéndose a continuación a una serie de condiciones económicas de tipo geográfico: recuperación del territorio de 1772, salida al mar Báltico y desembocadura de los grandes ríos. Dentro de estas “condiciones de liberación nacional”, que constituyen el proyecto nacional del que es portador el bloque de clases que asume la lucha por la nación, son determinantes las condiciones económicas. Incluso las geográficas e históricas son relevantes en la medida en que inciden en la vida económica colectiva.

Así es como Engels desenmascara la anexión de Pomerania y, en general, los litigios de Prusia con Polonia, por encubrir “intereses comerciales y de redondeo”. Denuncia que los alemanes, en suelo polaco, no superaron las limitaciones de la pequeña burguesía al no reunir grandes capitales ni crear la gran industria, dificultando la centralización y desarrollo de una burguesía polaca; y comprando a precios irrisorios las haciendas polacas para, con la ayuda del Estado, ponerlas en manos de la nobleza alemana, que así pomeranizaba, más que germanizaba, Polonia[156].

Polonia se resistió, desde la primera partición de 1772 a la asimilación, porque ésta no cambió los factores básicos de su estructura económica (y por tanto de su subsistencia nacional), cayendo más bien los poderosos en despojos y expropiación de patrimonio, particularmente la tierra, como reacción frente a las repetidas insurrecciones.

Engels fustigaba la “fraseología de los brindis y los sentimientos de generosidad”, acerca de la restitución a los polacos de los territorios anteriores a 1772, porque decía el problema era de intereses: “El lenguaje de la práctica fría e insensible”. Quejándose de que “en la cuestión polaca casi toda la izquierda se deshace, como siempre, en declaraciones o más aún en idealizaciones fantásticas, sin entrar ni remotamente en lo material de los hechos, en el contenido práctico de la cuestión”[157]. A partir de este criterio materialista, Engels no considera aquí -a diferencia de otros textos- el idioma como condición principal de la vida nacional: se opone a un tal Stenzel, para quien los judíos polacos son alemanes porque hablan alemán en la vida familiar…

El Estado prusiano perturbará las condiciones sociales de la vida nacional polaca, pero no la anula. En el contexto alemán, sin embargo, el Estado prusiano acelerará la unificación nacional, sobre una base previa, favoreciendo la formación de nuevas condiciones sociales. Por el contrario, en Polonia, repartida durante más de un siglo entre varios estados, el Estado no es condición decisiva de la existencia nacional: ¿no sobrevivió la nación polaca, sin estado propio, desde 1772 hasta el siglo XX?

El punto de vista de la historia, que para Engels legitima la lucha por la restauración de Polonia, también podía servir a otros intereses. Engels arremete en el debate de Fráncfort sobre Polonia[158] contra W. Jordan que, desde una posición hegeliana justificaba la derrota de la nación polaca y la imposibilidad de su liberación. Siendo de una izquierda republicana “decidida”, veía en el curso de la historia, “determinado por la necesidad”, el fin inexorable de Polonia. “Eter puro de la idea que-es-en-sí-y-para-si” e “himno-histórico-universal-hegeliano”: así califica con sarcasmo Engels esta concepción idealista y derrotista del problema nacional polaco que pregonaba el diputado que tacha de “Don Quijote parlamentario”.

La historia no está predeterminada por la Idea: la hacen los hombres. La nación no está predeterminada por una “necesidad histórica”: la hacen los hombres… bajo determinadas condiciones. Los hombres que habitaron de forma continuada un territorio, estableciendo relaciones de producción, sociales y culturales, estables y específicas, pueden recrear la nación siempre y cuando existan, o puedan existir, condiciones sociales adecuadas, pero no en cualquier momento y lugar, ni sólo por que haya alguien que lo plantee. El reduccionismo subjetivista conduce al absurdo.

Engels, en oposición al diputado Jordan aplica una concepción materialista de la nación al caso polaco: “¿En qué residía la necesidad férrea e inexorable que aniquiló momentáneamente a Polonia? En la decadencia de la democracia nobiliaria fundada en la servidumbre, es decir en el surgimiento de una gran aristocracia dentro de la nobleza”[159].

Efectivamente, las tres particiones (1772, 1793, 1795) que barrieron del mapa a Polonia, hecho que se volvió a repetir en el Congreso de Viena (1815) y seguía siendo realidad en 1848, tenían causa interna: un cambio en las relaciones sociales de producción y por lo tanto en las condiciones de existencia nacional, que imposibilitó los términos normales de unidad e independencia. La república nobiliaria (700.000 pequeños nobles en el siglo XVI) se rompió, a partir de la diferenciación en su seno de una gran nobleza, que fue incapaz de facilitar la constitución de un Estado absoluto polaco que mantuviese la independencia nacional y acabó por pactar con los absolutismos vecinos, declarándose así incompatible con la nación polaca: ahora crecientemente asumida por las clases subalternas.

“¿En qué reside la necesidad férrea y inexorable de que Polonia vuelva a ser liberada?  En el hecho de que la dominación de la aristocracia, que no cesó desde 1815… está hoy tan superada y socavada como la democracia de la pequeña nobleza en 1772; en la circunstancia de que el establecimiento de la democracia agraria se convirtió, para Polonia, en una cuestión vital”[160].

El propio cambio en las condiciones de producción crea nuevas condiciones de existencia nacional (lo primero forma parte de lo segundo) así como los agentes sociales destinados a imponerlas, superando la inestabilidad -que puede ser prolongada- de la relación de nacionalidad.

La revolución agraria, que en el Manifiesto aparecía como condición de liberación nacional “es imposible sin una conquista simultánea de la existencia nacional”[161] (condición previa/condición resultante). Se ve aquí de nuevo la interdependencia relaciones de protección/condiciones de existencia nacional. Las relaciones específicas de producción son parte determinante de las condiciones de existencia nacional. Engels explica, en suma, la desaparición de Polonia (momentánea) no tanto por las condiciones internacionales y la debilidad de Estado polaco (hechos ciertos), como por las transformaciones internas en los modos específicos de producción (especialmente la agricultura: “fuente existencial del pueblo polaco”) que inciden en la lucha de clases y de naciones. Propone Engels pues una alternativa de reconstrucción nacional para Polonia, especificando la base económica que haga objetivamente viables las fuerzas sociales que la lleven a la práctica. El compañero de Marx objetiva el factor subjetivo: además de querer ser nación hay que poder ser nación, o sea, disponer (o conseguir por la lucha) las condiciones económicas necesarias para la existencia nacional. Cualquier proyecto nacional que no contemple esto cae en el voluntarismo, en un combate ilusorio por una nación históricamente inviable…

Hay que destacar en esta aportación engelsiana, como se definen y encadenan, simultáneamente, factores subjetivos y factores objetivos: 1) apuesta por la capacidad de lucha del movimiento nacional polaco, a pesar de los 76 años de derrotas y contra pretendidas evidencias de sentido común; 2) subraya que una nación precisa, además y sobre todo, base material para subsistir como tal, es decir, condiciones de producción heredadas y conquistadas, previas y resultantes, que deciden el nacimiento, la muerte y la resurrección de cualquier nación.

En el último artículo de Engels de la serie dedicada en agosto de 1848 al debate de Polonia, polemiza como vimos con A. Arnold Ruge[162], negando que la restitución de Polonia puede producirse por acuerdo entre potencias (Alemania, Francia Inglaterra), dadas sus contradicciones de intereses comerciales y materiales. Ahora bien, treinta y cuatro años después, visto el papel catalizador de la guerra franco-prusiana en la reunificación de la “pequeña Alemania”, pensaba en una especie de plan B: “aún sin sublevación ninguna, por el simple juego de los choques meramente europeos, el restablecimiento de una pequeña Polonia independiente no es totalmente imposible”[163].

Engels prevé por tanto una segunda vía, no revolucionaria, desmintiendo su opinión anterior, para la conquista de la independencia nacional polaca: en función ahora de las contradicciones internacionales, consustanciales con el modo de producción capitalista. En este supuesto -menos ideal- cuentan más los elementos externos y objetivos, que la propia lucha emancipadora de la nación, presente como quiera que sea en los momentos difíciles del proceso nacional.

La realidad es que la reconstrucción nacional polaca se impuso en 1919, “por arriba”, gracias al resultado final de la I Guerra Mundial, por la vía no-revolucionaria que Engels finalmente entrevió… Una vez se desmoronan los tres imperios centrales, Polonia y otras naciones en lucha devinieron viables. Polonia tuvo una salida al mar y la Asamblea Constituyente de 1919 comenzó a resolver la “cuestión vital” de la nueva nación, la reforma agraria, dictando una primera ley. Dos millones y medio de hectáreas fueron repartidas hasta la Segunda Guerra Mundial. Posteriormente, la identidad nacional de Polonia siguió vinculada al pequeño campesino libre, tal como previera Engels, pero el peso de la clase obrera fue creciendo de manera diversa hasta 1989.

En el prólogo a la edición polaca del Manifiesto de 1892, Engels recogía ya este último aspecto señalando el progreso de la industria polaca, en la Polonia rusa ante todo, como “nueva prueba de la indestructible fuerza vital del pueblo polaco y una garantía de su inminente restauración nacional”. Actualizando, seguidamente, la actitud de las diferentes clases cara a la nación: 1)”La nobleza no pudo mantener ni reconquistar la independencia de Polonia”; 2)”La burguesía misma le resulta indiferente, cuando menos”; 3) “sólo la puede conquistar el joven proletariado polaco, en esas manos se encuentra a buen recaudo”[164].

El desarrollo de las fuerzas productivas, respecto de 1848, transforma las condiciones de existencia y liberación nacional. Engels propone, en esas nuevas circunstancias, un bloque de clases nacionales hegemonizado por la clase obrera. La emancipación nacional ha de pasar de las manos de la burguesía a las del joven proletariado. La democracia agraria ya no es suficiente: implícitamente exige la democracia socialista como condición futura para la existencia nacional de Polonia…

 

  1. Liberación de Irlanda

 

“Aquí en la casa, como bien sabéis, los fenianos son la ley suprema”, escribe Marx tres años después de la insurrección de 1867 que dio popularidad a la “hermandad irlandesa republicana”, los llamados fenianos. Su hija Jenny, cuenta a Kugelmann que Engels estaba escribiendo un libro sobre Irlanda y afirma: “nosotros somos todos fenianos convencidos”. Otra hija, Tussy (Eleanor), escribía a favor de la liberación nacional de Irlanda en la Marseillaise y el propio Marx lo hacía en la Internacionale. Por iniciativa de Marx y Engels la Primera Internacional reivindica, alrededor de 1870, la amnistía y la liberación nacional para Irlanda[165].

Este posicionamiento activo y familiar por la causa nacional irlandesa es prueba de la gran sensibilidad para la cuestión nacional, y el anticolonialismo militante, que practicaban Marx y Engels. Marx, poniendo como ejemplos a la India e Irlanda, condena a Inglaterra que “para ser libre en su casa… debe esclavizar a los pueblos”[166]. Anticolonialismo que tomaba también en consideración las colonias interiores de los Estados metropolitanos. Desde su exilio en Londres, le prestó especial atención al caso irlandés, pido disponer de más documentos sobre Irlanda que sobre los casos estudiados anteriormente. Destacamos infra el criticismo de Marx hacía el colonialismo inglés en Asia. Aunque, en conjunto, la aportación de Engels sobre los temas nacionales es quizá cuantitativamente mayor. Marx también dedica una especial atención al caso de Irlanda.

Estudiaremos primero como aplican ambos el enfoque materialista al problema irlandés, y después el enfoque político-inmediato.

“Una revolución anglosajona está transformando radicalmente la sociedad irlandesa”. Marx analiza en una serie de trabajos[167], como un cambio en las fuerzas productivas inglesas -la revolución industrial- presiona sobre la población: atacando las “clases y razas demasiado débiles” (irlandeses y escoceses), afectando al contenido del dominio inglés sobre Irlanda (suministradora de productos agropecuarias, reclutas industriales y militares a Inglaterra), en el sentido de transformar las relaciones de producción en el campo, sustituyendo los terratenientes por los capitalistas.

Antes de 1846 suplantaban irlandeses por colonos ingleses, ahora irlandeses por “ovejas, cerdos y bueyes”. Hizo falta un millón de muertos por la hambruna de 1847, otro millón de emigrados a Estados Unidos y Australia, la derrota de la insurrección de 1848 y la ley del Parlamento que expulsa de la tierra a la nobleza irlandesa endeudada, para que el capitalismo inglés se instale en Irlanda. Demostrándose así el carácter material del dominio inglés sobre este país: la primera colonia inglesa, según Engels. Dominio que provoca un cambio neto en las condiciones económicas (relaciones de producción) de existencia de Irlanda, a mediados del siglo XIX. Esta “fase completamente nueva” del dominio inglés trae como consecuencia el nacimiento del fenianismo (1858), como movimiento de las “clases bajas” de tendencia socialista: “desde 1846 la opresión, aunque menos brutal por su forma, es aniquiladora por su contenido, y no permite otra salida que la liberación voluntaria de Irlanda por parte de Inglaterra o la lucha a muerte”.

El cambio de contenido (material) que la dominación transforma las condiciones de liberación nacional. Por un lado, estaban los fenianos que se distinguían de los movimientos anteriores en que no estaban dirigidos por aristócratas, burgueses o curas católicos. Por el otro, las condiciones objetivamente necesarias para la existencia nacional de Irlanda, que para Marx, en 1867,  tres,: a) independencia, b) revolución agraria, y c) proteccionismo frente a Inglaterra. Las dos últimas encaminadas a garantizar la viabilidad económica de la futura nación irlandesa.

La acción solidaria y política sobre Irlanda en ningún momento le hacían olvidar a Marx su concepción materialista del hecho nacional: junto con los factores subjetivos (fenianismo), hacía pesar los factores objetivos (contenido del dominio inglés y condiciones económicas de liberación nacional), surgidos ambos en el proceso económico e histórico: “las condiciones objetivas tanto como las subjetivas, que no son más que las dos caras opuestas de esas mismas condiciones”.

Las condiciones objetivas y subjetivas son las caras opuestas de las condiciones de existencia nacional. En la obra de juventud, Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, Marx aborda sugestivamente este tema: “Las revoluciones necesita un elemento pasivo, una base material. Un pueblo sólo pondrá por obra la teoría cuanto ésta represente la realización de sus necesidades… No basta con que el pensamiento apremie su realización; la realidad misma tiene que requerir el pensamiento”[168]. Reflexión que vale tanto para las revoluciones sociales como para las nacionales y los procesos de liberación y reconstrucción nacional.

En 1848 Engels escribía también que el camino de la liberación de Irlanda entrañaba sustentar el movimiento democrático británico, las clases trabajadoras y los cartistas, en particular[169].

Marx con todo matiza: “Durante mucho tiempo creí que era posible derribar el régimen irlandés mediante ascenso de la clase obrera [inglesa]. Siempre sostuve esta opinión en el New York Tribune. Un estudio más profundo me convenció de lo contrario. La clase obrera no conseguirá nada hasta que no se libre de Irlanda. Hay que poner la palanca en Irlanda”[170].

En efecto, a partir de la insurrección feniana de 1867, se produjo un cambio radical en la actitud de Marx y Engels sobre Irlanda, consideraban ahora inevitable la separación de Inglaterra. El punto más débil del sistema inglés, donde había que dar golpe decisivo -decían- está en Irlanda[171]. Esta variación tenía una motivación inmediata de tipo político: la voluntad revolucionaria manifestada por el pueblo irlandés frente al amodorramiento y falta de progreso de la lucha de la clase obrera en Inglaterra[172]. Sólo conociendo las esperanzas de Marx y Engels en el movimiento obrero del país (Inglaterra) en que mejor estaban instauradas las condiciones materiales para la revolución social, se puede entender la amargura de Engels -que sobrevivió doce años a Marx- en las dos últimas décadas del siglo XIX: “Usted me pregunta qué piensan los obreros ingleses sobre la política colonial. Pues exactamente lo mismo que piensan acerca de la política en general: lo que piensa el burgués. Aquí no hay partido obrero; sólo hay conservadores y radicales liberales, y los obreros participan alegremente en el festín del monopolio inglés sobre el mercado mundial y colonial”.

Si bien, reconoce, no todo fueron decepciones: “No se me ocurrió suprimir del texto las muchas profecías que me inspiraba entonces mi ardor juvenil, en especial la de una revolución social inminente en Inglaterra… Lo sorprendente es no que tengan fracasado tantas de esas profecías, sino que se hayan cumplido tantas de ellas”[173].

La idea de que la palanca hay que situarla en Irlanda, de que la dinamización de la lucha de clases en Inglaterra sería consecuencia de la liberación nacional de Irlanda no es tanto fruto de una constatación táctica, política, como resultado de un “estudio más profundo” (obligado por los acontecimientos políticos) sobre la base material del problema nacional irlandés, que sirve de apoyo para la nueva opción estratégica de Marx y Engels en favor de la independencia de Irlanda.

Las razones para trasladar la palanca de la revolución del centro la periferia irlandesa del sistema inglés, y del sistema europeo en general, se repiten cuando Marx intuye, en 1853, la posibilidad de que “la revolución rusa sea la señal para una nueva revolución proletaria en occidente, de modo que las dos se complementen”. Teoría del eslabón débil del capitalismo[174], que tiene muy en cuenta las desiguales condiciones nacionales de producción, y que Engels reitera en 1894, un año antes de morir, en relación con China, como veremos después.

Lo de Rusia supuso una lúcida anticipación de lo que aconteció en el sistema capitalista mundial en el siglo XX, a partir de la Revolución de Octubre de 1917[175]. Lenin generalizaría, además, la posición de Marx sobre Irlanda a todas las colonias y naciones oprimidas.

La complementariedad dialéctica entre diferentes que sugería Marx para las revoluciones en Occidente y en Oriente, en el centro y en la periferia, se aplica así mismo por parte de Engels, en los años 80 y 90, cuando aventura que en Inglaterra la revolución social podría implantarse mediante medidas pacíficas y legales, claro que “no era de esperar que la clase dominante inglesa se sometiese…”. O, revisando críticamente la revolución de 1848, la idea de que habría que pasar en Europa de la revolución minoritaria a la “revolución de la mayoría”, valorando que los “elementos subversivos” prosperen más por los medios legales que por los medios ilegales en Alemania: “no tendrán más camino que romper ellos mismos [los capitalistas] esta legalidad tan fatal para ellos”, apostilla Engels[176].

Engels no fue, por lo tanto, menos consecuente que Marx en la asunción estratégica de la lucha nacional irlandesa. El 14 de mayo de 1872, toma la palabra en el Consejo General de la Internacional para defender, apasionadamente, la independencia orgánica de la sección irlandesa respecto del Consejo Federal británico: “en un caso como de los irlandeses, el verdadero internacionalismo debe fundarse necesariamente en una organización nacional autónoma”[177].

En la “comunicación confidencial” del Consejo General de la Internacional al Consejo Federal suizo del 28 de marzo de1870, y en la carta de Meyer a Vogt de 9 de abril de 1870[178], Marx vuelve a defender que la liberación de Irlanda es “condición previa de la emancipación de la clase obrera inglesa”, concluyendo que “el pueblo que subyuga a otro pueblo se forja sus propias cadenas”. Expone sus razones: 1) La reforma  agraria en Irlanda, razón de subsistencia para la mayoría del pueblo, además de una cuestión económica y social es una cuestión nacional; los terratenientes son ingleses, lo que multiplica la potencialidad revolucionaria del pueblo. 2) Gracias a la explotación y dominación de Irlanda, la burguesía inglesa dispone de mano de obra barata, baja los salarios, divide la clase obrera, mantienen un ejército permanente con el pretexto de la rebelión irlandesa, que utiliza, cuando es necesario, contra los obreros ingleses, condenados, en ese contexto, a la impotencia como clase.

Esta impotencia era grave ya que Inglaterra: “en virtud que su dominio del mercado mundial, es el único país donde cualquiera revolución en lo económico tiene que repercutir inmediatamente en el resto del mundo”. Inglaterra era, a su vez, una palanca para la revolución mundial. Para Marx lo que “explica la impotencia de la clase obrera inglesa, a pesar de su organización”, reside en el antagonismo entre obreros ingleses e irlandesas: “es el secreto por el cual la clase capitalista conserva el poder”. Esta función de los obreros ingleses, como miembros de la nación dominante, de instrumentos de la política colonial inglesa, es ratificada por Engels cuando se opone a que representen a los irlandeses en los órganos de la Asociación Internacional de los Trabajadores, o cuando pone en evidencia la participación de los obreros (no sólo la aristocracia obrera, sino toda la clase) en el festín de los beneficios del comercio y del colonialismo inglés. Lo que conduce a concluir que, en Inglaterra, la clase obrera forma parte de la nación burguesa, de una manera asaz consciente, alienante y conflictiva, por medio de un contrato nacional implícito no sólo ideológico sino también económico, que se fortalece en momentos de auge de la economía y actúa como colchón de las tensiones sociales en momentos de recesión.

En esto, como otros temas, conviene alabar la capacidad crítica (y autocrítica) del último Engels que, en 1885, diez años antes de su muerte, muy lejos de subestimar la intromisión del hecho nacional en la acción de las clases sociales, y estudiando la actuación de las clases de Inglaterra en 1848 y la domesticación ulterior del proletario inglés, llega a la siguiente: “la burguesía jamás puede lograr el pleno dominio social y político sobre la nación sin el auxilio de la clase obrera”[179].

 

  1. Colonización de la India

 

En dos artículos de 1853 para el New York Daily Tribune, Marx estudia las causas y los efectos de la dominación británica sobre la India[180]. “¿Cómo pudo establecerse la dominación británica en la India?”, se pregunta. La respuesta es doble: primero, por la fragmentación en múltiples Estados en lucha de todos contra todos, y segundo, porque las condiciones sociales de producción indias fueron incapaces de asegurar una existencia nacional propia. Relaciones sociales de producción (comunidades de aldea, Estados despóticos) y fuerzas productivas (torno de hilar, telar de mano, obras públicas), que fueron destruidas por los británicos que abandonaron las obras de irrigación y pusieron fin a la producción doméstica textil, inundando el país de productos manufacturados baratos de la metrópoli.

Marx pensaba paradójicamente que, además de una misión destructora, Inglaterra tenía otra regeneradora en la India, de transmisión de la Civilización occidental[181]. Las condiciones de regeneración de la India que preveía Marx, facilitadas -la otra cara del colonialismo- por la dominación británica venían a ser: unidad política, ejército nativo, medios de transporte y comunicación, industria moderna.  En efecto, la unidad política fue obra de la administración colonial, aunque, después de la independencia, musulmanes e hindúes se dividiesen en dos Estados. La India llegó a tener la red ferroviaria más densa fuera de Europa y Norteamérica.

Así y todo, la industrialización india como efecto positivo de la colonización inglesa era una idea parcialmente equivocada de Marx. El lugar de la India en el sistema colonial inglés era, antes bien, de importadora de manufacturas inglesas y exportadora de productos agrícolas, si bien con el tiempo hubo cierto desarrollo fabril. En este trasplante del modelo metropolitano de industrialización europeo a las colonias, latía en Marx una idea eurocentrista e ilustrada según la cual los países atrasados podían, o debían, seguir los pasos de los países capitalistas adelantados. Dicho de otro modo: las “naciones civilizadas” podían transferir a las “naciones bárbaras”, además de la miseria y la opresión de la conquista y la dependencia colonial: la civilización y el capitalismo en su faceta progresiva. No sucedió exactamente de esta forma, pero ¿cómo negar que la incorporación de los países del llamado Tercer Mundo al sistema capitalista significó, de algún modo, el acceso parcial y desigual de éstos a una vida nacional social “civilizada”, “superior”, aunque por vías distintas -la independencia, por ejemplo- a los europeos como Marx parecía imaginar?

De hecho, Marx matizaba: “Todo cuanto se vea obligado a hacer en la India la burguesía inglesa -matizaba Marx- no emancipará a las masas populares ni mejorará sustancialmente su condición social, pues tanto lo uno como lo otro depende no sólo del desarrollo de las fuerzas productivas, sino de que el pueblo las posea o no”. En esta cita, Marx hace referencia al control de las fuerzas productivas, no tanto por parte de una clase como de un colectivo nacional. “Los indios no podrán recoger los frutos de nuevos elementos de la sociedad -continua Marx-, que plantó entre ellos la burguesía británica, mientras en la propia Gran Bretaña las actuales clases gobernantes no sean desalojadas por el proletariado industrial o mientras los propios indios no sean lo bastante fuertes para acabar de una vez para siempre con el yugo británico”. Marx remarca el cometido antipopular de la burguesía inglesa en la India, si induce un avance de las fuerzas de producción es objetivamente. La burguesía inglesa no liberará, desde luego, al pueblo indio. En aquel tiempo (1853) consideraba ilusoriamente Marx la revolución proletaria inglesa como una posibilidad inmediata. No ocurrió así y la lucha por el control de las condiciones nacionales de producción siguió otra vía: los indios se liberaron por sí mismos en el contexto de la segunda postguerra. Gandhi, reivindicando en torno de hilar y los oficios antiguos destruidos por los ingleses, logró apropiarse de las modernas fuerzas y relaciones de producción que los ingleses ayudaron a crear, para dar una base material a una moderna y emancipada nación india[182].

Cuatro años después de estos dos artículos, en otro trabajo para New York Daily Tribune[183],  Marx celebraba un discurso del político tory Benjamín Disareli sobre la sublevación india de 1857 (protagonizada por el ejército cipayo), que la caracterizaba como “rebelión nacional”, frente a la política inglesa de “destruir la nacionalidad”: anexiones de los territorios de los príncipes nativos, robos de haciendas, intromisión en la religión del pueblo, etc. Marx coincide en esta apreciación, viendo en los cipayos el instrumento de una revuelta nacional, que él defendía con sus artículos, recordando los lectores las “barbaridades, por simple diversión” de la soldadesca inglesa en la primera guerra china: “las violaciones de mujeres, el empalamiento de niños, el incendio de aldeas”. Como contrapunto de las noticias que venían de la India inglesa sobre los atropellos cometidos por los cipayos sublevados, atropellos que eran “reflejo, en forma concentrada, de la propia conducta de Inglaterra en la India”[184].

Mucho más tarde, en 1882, Engels afirma, que la India y demás países colonizados “deben ser tomados de momento por el proletariado y conducidos con toda rapidez posible hacia la independencia”[185]. De una manera u otra, conforme avanza el siglo XIX, Marx y Engels enfatizan más el papel dirigente del proletariado en los movimientos nacionales: Irlanda, Polonia, colonias… Engels consideraba ahora que cuando la clase obrera sustituyera a la burguesía en las antiguas metrópolis, acabaría con toda suerte de opresiones e imposiciones nacionales, porqué es depositaria de unas relaciones entre naciones basadas en la fraternidad: “Sólo una cosa es segura: el proletariado victorioso no puede imponer la felicidad a ninguna nación extranjera sin socavar su propia victoria. Lo que, por supuesto, no excluye de modo alguno las guerras defensivas de diversos tipos…”[186].

 

  1. Colonización de China

 

La colonización europea de China no necesitó, como en la India, la imposición de una administración colonial. La dinastía Qing de los manchúes siguió gobernando hasta 1911, fecha en la que se proclamó la República china. El libre comercio con China lo obtuvo Gran Bretaña mediante un sistema de tratados que fueron consecuencia de dos guerras: la primera Guerra del Opio, en 1841, y la segunda, en 1857, con la ayuda de Francia. Se demuestra así que para el control de las condiciones de producción de un país no siempre era imprescindible su gobernación directa por parte de la metrópoli.

Marx y Engels caracterizan la Rebelión Taiping de 1850 por parte de la dinastía Qing de “guerra popular por la consecución de la nación china”, fragmentada por los efectos disolventes del comercio europeo y la guerra del opio. Engels señala que el pueblo chino no participó en la lucha contra los intervencionistas en la primera Guerra del Opio, sin embargo, en la segunda Guerra: “las masas populares desempeñan un papel activo, más aún fanático en la lucha contra los extranjeros”. La “manufactura nacional” china cayó ante la inundación de mercancías baratas inglesas, los gobernantes manchúes perdieron toda autoridad, China salió de su aislamiento secular, generándose una crisis social y nacional que, siendo anterior a la presencia europea, fue impulsada y catalizada por la intervención colonial.

Marx y Engels se posicionan en favor de la guerra nacional y popular china, contra manchúes y extranjeros, “con todos sus abrumadores prejuicios, estupidez, docta ignorancia y barbarie pedante, si se quiere, pero, aun así, una guerra popular”. Constatado que moría la vieja China y amanecía “una nueva era para toda Asia”[187]. En esto acertaron nuestros autores: las sucesivas guerras contra potencias europeas y países limítrofes fueron el contexto favorable para que, pasando el tiempo, fuera posible la fundación de China como nación moderna en manos de Sun Yat-Sen, primero, y Mao Tse Tung, después.

La extraordinaria convulsión social que supuso la Revolución Taiping de 1850 -se calculan 20 millones de muertos- tenía necesariamente que afectar a las previsiones revolucionarias de Marx, que estaba viviendo las secuelas de la derrota de la revolución europea de 1848. En un artículo de 1853, “La revolución en China y en Europa”[188], Marx, sin dejar de ver en Europa el centro de la revolución mundial, llama la atención sobre la paradoja de que la próxima revolución europea dependa tanto de lo que estaba sucediendo en el Celeste imperio. Marx predecía que la revolución china repercutiría en Europa, a través de Inglaterra, acelerando la inminencia de una crisis económica, por la contracción repentina del mercado chino. La rebelión Taiping fue reprimida, con ayuda de los ingleses, así que esta perspectiva no se consumó. Aunque este tipo de presiones de los mercados coloniales sobre las economías desarrollada fue, y sigue siendo, una realidad. Pero hay más, Marx comprueba -se lo comunica a Engels en una carta el 8 de octubre de 1858- que verdaderamente el mercado chino era todavía bien pequeño. Las exportaciones chinas iban por delante de las importaciones de productos ingleses, estaba además el retraso de China en organización socio-económica:

“Lo difícil para nosotros es esto: en el continente la revolución es inminente, y asumirá inmediatamente un carácter socialista. ¿No estará destinada a ser aplastada en este pequeño rincón, teniendo en cuenta que en un territorio mucho mayor el movimiento de la sociedad burguesa está aún en ascenso?”[189].

De esta reflexión conviene subrayar: (a) que en 1858 para Marx, la palanca estaba todavía más en el centro que la periferia; (b) el error de apreciación -visto a posteriori- de considerar inminente a mediados del siglo XIX la revolución socialista en  Europa[190]; (c) la idea parcialmente equivocada de que la burguesía iba a repetir en las colonias el modelo de desarrollo europeo (en el análisis de la India ya lo vimos); y, a modo de resumen, (d) el temor de que el mundo subdesarrollado, dirigido por la burguesía, ahogara a una Europa dirigida por el proletariado. En el siglo XX, la situación fue más bien la inversa: grandes países subdesarrollados estaban dirigidos por partidos de estirpe proletaria, mientras que Europa Occidental seguía gobernada por la burguesía, acosando y asfixiando finalmente a los primeros a partir de 1989.

En el marco de este cambio de actitud de Marx y Engels, en el último tercio del siglo XIX, acerca del papel revolucionario que deberían jugar, en determinadas condiciones, las naciones oprimidas y las colonias, Engels, comentando las consecuencias de la guerra chino-japonesa de 1894, subraya que la implantación del capitalismo en China (ferrocarril, máquinas vapor, electricidad…), “es ahora una necesidad, aunque sólo sea por razones de defensa militar”, concluyendo que la “conquista de China por el capitalismo proporcionará, al mismo tiempo, el impulso para el derrocamiento de capitalismo en Europa y Norteamérica”[191]. La exportación de capitales extranjeros de 1895 adelante a China, invertidos en fábricas, ferrocarriles, minas y bancos, incrementó el proletariado chino, lo que tenía políticamente un gran valor. La burguesía nacional, nacida en los años setenta el siglo XIX, sería la base del nacionalismo chino. Las dos clases creadas por el capitalismo en China marcarían la ruptura, en el siglo XX, de este país con el colonialismo primero y con el capitalismo después, dando entrada en la escena política a las masas campesinas, la mayoría de la población china. Cierto que este hecho, previsto indirectamente por Engels, no proporcionó el impulso necesario para el derrocamiento del capitalismo en Europa y Norteamérica. Pero cierto también que el proceso de rupturas, en la periferia del sistema capitalista mundial, resultó ininterrumpido desde 1917 hasta 1976 (Vietnam).

 

  1. Engels y los pueblos eslavos

 

Trabajos de Engels que utilizaremos en este apartado: 1) artículos de la Nueva Gaceta Renana de 1848 y 1849; 2) artículos publicados en 1851 y 1852 en Nueva York Daily Tribune (firmados como “Karl Marx” que era el colaborador oficial) y editados luego con el título “Revolución y contrarrevolución en Alemania”; 3) trabajos posteriores, desvinculados de la
Revolución de 1848, como un artículo para el periódico  Commonwealth de 1866 y una carta de Engels a Kautsky del 7 de febrero de 1882. Marx solía encargar a Engels escribir sobre la cuestión eslava, quien nunca ocultó su fobia antieslava (también hizo notar su antipatía hacia los suizos por su anticentralismo, espíritu contrarrevolucionario y atraso económico): “Quizá se le ocurra preguntarme si no tengo ninguna simpatía por los pequeños pueblos y restos de pueblos eslavos… -escribía a Kautsky en la citada carta-. En realidad, terriblemente poca”[192].

Por lo que llevamos estudiado acerca de la posición de Marx y Engels sobre los problemas nacionales del siglo XIX, sabemos que la actitud política general es de compromiso militante con los procesos nacionales más importantes, bien de unificación, bien de liberación (Alemania, Italia, Hungría, Polonia e Irlanda). ¿Por qué Engels hacía una excepción con los pequeños pueblos eslavos?

Se guiaban por criterios diferenciales político-teóricos: naciones revolucionarias/naciones contrarrevolucionarias; naciones viables/naciones no viables. El “principio de las nacionalidades”, el derecho de cada nación, grande o pequeña, a la independencia estatal, no tuvo realmente vigencia política y aceptación en Europa hasta la I Guerra Mundial. En los tiempos de Marx y Engels este principio democrático, en un contexto de mayor movilidad nacional, fue manipulado por Napoleón III y la Rusia zarista en función de sus intereses de grandes potencias. La asimilación de unas nacionalidades por otras era, en aquella época, un hecho normal. Las anexiones de Texas por Estados Unidos, y de los Dos Ducados por Prusia, fueron recibidas positivamente por Marx y Engels como pasos hacia la formación de las grandes naciones norteamericana y alemana.

El talante de Engels hacia los eslavos fue, en la práctica, variable. Hostilidad hacia Rusia, guardián de la contrarrevolución europea y apoyo a la liberación de Polonia (eslavos occidentales), cuña revolucionaria entre Rusia, Prusia y Austria. No apoyo, sin embargo, hacia los pueblos eslavos que se encontraban bajo la dominación de los Imperios austrohúngaro y otomano. Engels saluda en junio de 1848 el levantamiento de Bohemia, reconoce el intenso sentido nacional-eslavo, pero acusa a estos pueblos de traición a la revolución por la independencia nacional (que no alcanzan), de prestarse a reprimir los levantamientos revolucionarios de 1848, de atarse al carro de Rusia con la bandera paneslavismo[193]; en suma, de ser objetivamente contrarrevolucionarios, puesto que “aun pretendiendo luchar por la libertad, cayeron invariablemente -excluyendo a los demócratas polacos- en el bando del despotismo y la reacción. Así ocurrió en Alemania, en Hungría…”[194].

Engels adopta, por consiguiente, una postura hacia los eslavos del Norte y otra diferente hacia los eslavos del Sur. Preconizaba la germanización de los checos (igual que los alemanes y franceses fueron asimilados por Suiza), puesto que un Estado eslavo reaccionario, checo y/o eslavo, entre Alemania, Polonia y Hungría sería mortal para la revolución europea. Sin embargo, prevé la independencia de búlgaros y yugoslavos (serbios, croatas y eslovenos) una vez caído el zarismo y liberados de la tenaza contrarrevolucionaria paneslavista: “entonces seguro que seis meses de independencia serán suficientes para que los eslavos de Austria-Hungría imploren de nuevo su integración”[195].

Es decir, que más allá de las fobias de Engels encontramos una posición política, los intereses de la revolución europea; y más allá de la política internacional una posición teórica, la inviabilidad de gran parte de los proyectos nacionales eslavos: ahí está el fondo del problema[196].

“Con excepción de los polacos, los rusos y sobre todo los eslavos de Turquía, ningún otro pueblo eslavo tiene futuro, por una sencilla razón: la falta de las más elementales condiciones históricas, geográficas, políticas, industriales para ser independientes y aptos para la existencia”[197]. Para Engels, tanto galeses, bretones, vascos, hispanos y franceses en Estados Unidos, como los eslavos, no tenían futuro a mediados del siglo XIX: “carecieron de las primerísimas condiciones de existencia nacional, como son una población considerable y comunidad de territorio”[198]. Persistieron, en todo caso, como naciones o nacionalidades sin Estado a lo largo del siglo XX: algo que no supo, o no pudo, entrever Engels en sus trabajos de Historia Inmediata.

Engels critica la exaltación romántica nacionalista de Bakunin, en los primeros meses que siguieron a la Revolución de 1848, que desencadenó las ansias identitarias de las grandes y pequeñas nacionalidades de toda Europa), por la superficialidad de su anarquista oponente : “ni una palabra sobre los obstáculos que esta liberación general puede encontrar en la realidad; ni una palabra sobre los niveles de civilización completamente diferentes de cada pueblo, y de sus necesidades políticas -tan distintas- que esto da lugar”[199]· Esta exigencia de condiciones materiales de existencia nacional para los eslavos explica la razón de fondo de la actitud negativa de Engels para estos pueblos. Toda nación necesita una base material para existir: enfoque materialista que Marx y Engels a aplicaban a todos los movimientos nacionalistas.

¿Es qué este criterio objetivista marxista y engelsiano niega el valor de la voluntad nacional? No, siempre y cuando la lucha nacional fuera una lucha revolucionaria. Después de insistir en que serían inviables los pequeños Estados eslavos, separados de Austria-Hungría, Engels continua: “sin embargo, todo esto no sería decisivo. Sí, en un momento cualquiera de las de su esclavitud, los eslavos comienzan una nueva historia revolucionaria, tendrían dado pruebas de su vitalidad. Desde ese momento, la revolución tendría interés en su liberación…”[200]. Y proveería de condiciones materiales para subsistir nacionalmente. La primera condición de liberación que ponía Engels para las naciones eslavas[201] era la revolución agraria, un cambio radical en las condiciones de producción en el campo, lo que sólo era factible en el marco de la revolución democrático-burguesa por la que luchaban los revolucionarios de 1848. Históricamente, muchas de las naciones eslavas a las que se refería a Engels, se consolidaron por supuesto como naciones modernas realizando una reforma agraria[202].

Roman Rosdolsky, en su ensayo sobre Engels y el problema nacional en la Nueva Gaceta Renana[203], después de alertarnos sobre el defecto de medir los programas de Bakunin y Engels “según las ideas de la época actual”, en la cual el derecho a la autodeterminación nacional “se convirtió en una obviedad”, resume su estudio diciendo que uno y otro se equivocaron, pero que se trata trataba de errores “necesarios” (limitaciones de la época).

En paneslavismo ilusorio e irreal de Bakunin estaba desacertado (aunque desde la perspectiva de hoy parezca más justo), si bien la crítica que hace Engels era correcta, nos viene a decir Rosdolsky. Ahora bien, Marx y Engels cometieron relativamente, como ya comentamos, el “error de ritmo” de ver la revolución socialista como una tarea inmediata en Europa a mediados del siglo XIX, de modo que las pequeñas nacionalidades de Centroeuropa, manipuladas por la reacción, recibirían como compensación de su prevista inviabilidad la liberación social de mano de las grandes naciones socialistas revolucionarias, en las que quedarían integradas. Este “error de ritmo” fue reconocido, por otra parte, por nuestro Engels autocrítico en la “Introducción de 1895” a La lucha de clases en Francia, justo el año de su muerte, y también en trabajos anteriores, argumentando que en 1848 el desarrollo económico, no estaba maduro para el socialismo, ya que el capitalismo disponía aún de una gran capacidad de expansión[204]. Algo que, de alguna forma, podríamos extender hasta el día de hoy.

El error de apreciación de Marx y Engels sobre la Revolución de 1848 no excusa una valoración de las previsiones de Engels acerca de los eslavos desde la óptica actual, toda vez que conocemos los resultados finales de esos. La independencia estatal de las nacionalidades eslavas resultó efectivamente inviable (el hecho de que tuviesen o no “historia” era menos relevante para la caracterización de Engels, basada en la viabilidad o inviabilidad como proyectos de Estado) hasta que se desmoronaron los tres imperios que las oprimían, por causa de la derrota en 1918 de los imperios austriaco y turco, y de la Revolución Rusa de 1917, en el contexto de la Gran Guerra. Después de la cual eslavos del Norte fundaron Checoslovaquia y eslavos el Sur, Yugoslavia[205]. Pero hay más, las dos naciones revolucionarias que faltaban, en opinión de Marx y Engels, Polonia e Irlanda, para completar el sistema europeo de naciones-Estado, sólo fueron factibles en el contexto, así mismo, de la I Guerra Mundial y su desenlace. a guerra que Marx esperaba de Alemania contra Rusia, tuvo por tanto lugar; también Inglaterra entró en Gran Guerra, pero no contra Estados Unidos, como ellos pensaban. Al final, la primera guerra inter-imperialista adquirió unos contenidos, formas y proporciones que Marx y Engels no podían imaginar, una de sus consecuencias fue la viabilidad como Estados, de múltiples naciones en la Europa Central y Oriental.

El acuerdo (y contradicciones) entre potencias al comienzo del siglo XX, como ya adivinaron nuestros autores en relación con Polonia a finales de siglo XIX, jugó un importante papel en la constitución de los nuevos Estados. También cambiaron, de 1890 en adelante, las condiciones materiales de la existencia nacional: la división internacional del trabajo en la época del imperialismo hacía innecesario un gran territorio y una gran población para fundar la nación, si se disponían de otros recursos económicos (agrarios, mineros…). El capital industrial dejó de ser, por otro lado, exclusivamente occidental, extendiéndose hacia el Este. Después de la Segunda Guerra Mundial se crearon bases materiales, voluntad política y contexto internacional para el nacimiento de nuevas naciones, esta vez en Asia (India, 1947; China, 1949) y África. Esta tercera generación de naciones-Estado precisó una base material y adoptó unas formas nacionales diferentes de la segunda en Europa Central y Oriental, y ambas siguieron procesos nacionales bien distintos de las primeras grandes naciones occidentales ligadas a las revoluciones burguesas[206]. La cuarta generación de naciones-Estado tendrá lugar en el Este de Europa, a finales del siglo XX, a causa de la implosión de la URSS y los países bajo su influencia, en el contexto del tránsito -inverso- del llamado socialismo real al modo de producción capitalista. En su mayor parte de inmediato integradas en la Unión Europea o en la Unión Euroasiática con Rusia. El siglo de la globalización es, y será, de los Estados semi soberanos y las nacionalidades superpuestas como las muñecas rusas, a falta de completar políticamente la más grande de todas.

El contenido económico-social y la forma del ser nacional varia según el tiempo (nivel de las fuerzas y demás condiciones productivas) y el espacio (población que habita continuamente un territorio). Marx y Engels, organizadores y orientadores del movimiento obrero internacional en la segunda mitad del siglo XIX, dejaron con su acción y sus escritos una muestra de cómo intentar aprehender ese contenido material e histórico formal del fenómeno nacional, así como impulsar los hechos nacionales más liberadores para el hombre, sin escaparse del tiempo y espacio en que se desarrollaban.

 

 

4.- BASE MATERIAL DE LA EXISTENCIA NACIONAL

 

René Gallissot, en “Nación y nacionalidad en los debates del movimiento obrero”, opina del materialista Ber Borojov: “uno de los primeros, o tal vez el primero, en intentar ligar, como marxista, los dos extremos de la cadena, o sea, explicación de las clases y la explicación de los hechos comunitarios”[207]. En realidad, los primeros fueron Marx y Engels, no lo sabíamos porque no se encuentra lo que no se busca[208]: Borojov nos lo enseñó.

El mérito de Borojov consiste en que, como buen alumno de los fundadores, intenta relacionar la nación con el proceso de producción y las categorías centrales del materialismo histórico. Habría que preguntarse pues porqué se dice que fue “tal vez el primero” y, más aún, porqué tuvo tan pocos seguidores[209], incluso después de su recuperación tras el período estalinista, si, como iremos comprobando, el paralelismo entre su método y el que Marx y Engels es idéntico, aunque no totalmente…

La aportación de Borojov tiene una serie de limitaciones objetivas y temporales: la poca extensión de su obra, desconocimiento de textos importantes Marx y Engels que estaban inéditos en vida de Borojov como La ideología alemana, los Grundisse o la Dialéctica de la naturaleza, además de bastantes artículos y cartas, fuentes importantes para conocer, tanto la aplicación de sus ideas sobre los procesos nacionales contemporáneos (que hemos analizado ya en la parte primera de nuestro trabajo) como su pensamiento en curso de elaboración con sus intentos frustrados, variaciones y divergencias. También encontramos en Borojov limitaciones subjetivas: como la relación entre clase y nación, que llamó la atención a Gallissot, pensamos que está mal resuelta.

La elaboración de Borojov, en la Rusia de 1905, proporciona elementos útiles para una concepción histórica materialista, es decir marxista, de la nación, en la obra: La cuestión nacional y la lucha de clases, condicionada por la batalla política de su partido (Poalei Tzion, Partido Obrero Socialdemócrata Judío), en favor de una base territorial para el pueblo judío en Palestina, contra el tradicional Bund (movimiento socialista judío de Rusia). Borojov murió, a los 36 años, en diciembre de 1917. La mayoría de los marxistas judíos rusos, bundistas y sionistas, se integró posteriormente en el partido bolchevique que formó el Buró del Comité Central de las secciones judías (Levsektzya) después de la Revolución de Octubre. El POSDR (b) llegó a crear, en 1928, en Birobidjan (Rusia asiática), una República Autónoma judía soviética, en suma, una solución territorialista[210].

La propuesta teórica de Borojov, deducida explícitamente de las obras de Marx y Engels (y confirmada en las obras que no pudo conocer nuestro bolchevique judío), podemos resumirla así[211]:

  1. “LA HUMANIDAD ESTÁ DIVIDIDA EN SOCIEDADES”.

“¿Cómo explicarlo en el lenguaje materialista, sin ninguna desviación antimaterialista (como suele ocurrir en ciertos marxistas) y procurando las causas fundamentales de toda manifestación social en la vida económico-material?”.

“Toda sociedad está dividida en clases. Pero de dónde proviene la diversidad de sociedades, que, a fin de cuentas, es la causa principal de toda la cuestión nacional…”.

  1. “EN EL CONCEPTO DE CONDICIONES DE PRODUCCIÓN TENEMOS UN FIRME PUNTO DE PARTIDA PARA CONSTRUIR UNA TEORÍA PURAMENTE MATERIALISTA DE LA CUESTIÓN NACIONAL”. La humanidad se agrupa de dos maneras: a) “según la diferencia en las condiciones de la relativamente separada producción, reciben el nombre de sociedades”, b) “según su diferente participación en el proceso producción, según su diferente relación con los medios de producción, se llaman clases”.

Las condiciones de producción son de tres tipos: condiciones naturales, no sociales, que tanto influyen en las fuerzas productivas a comienzos de la historia, y condiciones históricas, sociales, que van adquiriendo, por la acción del hombre, una influencia mayor que las naturales. Unas y otras presionan “desde el exterior” sobre la base económica que, de esta manera, “adopta diversas formas según la diversidad de condiciones de producción”. Debemos añadir -cosa que no hace de manera formal Borojov- las condiciones económicas que interactúan sobre el medio natural y los factores socio-históricos.

  1. “UNA SOCIEDAD DADA…, NECESITA, AMPLIANDO LA ESFERA DE SUS CONDICIONES DE PRODUCCIÓN, CONQUISTAR CONDICIONES AJENAS… UNOS ANHELAN CONQUISTAR, OTROS BUSCAN DEFENDER… TIENE LUGAR UNA LUCHA NACIONAL”. Así como la lucha de clases es producto de un “conflicto entre el desarrollo de las fuerzas productivas y el estado de las relaciones de producción”, “el problema nacional en consecuencia debe ser subrayado como un conflicto de las fuerzas de producción y el estado de las condiciones de producción”.

Ampliemos y verifiquemos ahora, asumiéndolas críticamente, las tesis de Borojov, tomando como referencia las obras económicas y metodológicas de Marx y Engels, y adelantando dos defectos que encontramos en la teoría de Borojov y reducen la eficacia de sus proposiciones: a) no considerar la base económica como parte fundamental, “desde el interior”, de las condiciones en producción; e) olvidar que las condiciones de producción son también de reproducción social.

 

  1. Nación, totalidad social

 

Ya nos hemos referido en otra parte a la identidad entre nación y sociedad civil concreta en Marx y Engels: “Los elementos constitutivos de la sociedad civil se encuentran divididos en naciones”[212]. Engels, recordando al final de siglo la necesidad inexcusable que el capitalismo inglés tenía de una continua expansión, así como la imposibilidad de ésta, afirma: “o bien la nación quiebra en mil pedazos, o bien la producción capitalista. ¿Cuál de ambas habrá de perecer?[213]“. Este lugar privilegiado de la nación como sujeto social es también realzado en lo siguiente: “una gran clase, lo mismo que una gran nación, jamás aprende con mayor rapidez que por medio de las consecuencias de sus propios errores”[214]. Sociedad civil concreta que puede romper y morir: “cualquier nación moriría de hambre si cesara en ella el trabajo, no digo durante un año, sino incluso durante unas pocas semanas”[215]. Marx no habla aquí de la nación como una superestructura o el invento “ideológico” de una clase dominante, habla de la misma organización de los hombres en sociedad, en un espacio y un tiempo determinados.

En el libro segundo del Capital, por ejemplo, Marx emplea tanto de “nación” como “país” para referirse a una sociedad dada y circunscrita[216]. También son de uso corriente en los Grundisse y el Capital expresiones como “producción nacional”, “medios de producción de la nación”, “capital nacional”, “jornadas nacionales de trabajo”, “diferencias nacionales de trabajo”, “riqueza nacional”, “renta nacional”…[217] Que están presentes no como concesiones literarias -acientíficas-, o por acomodación terminológica acrítica a los economistas clásicos, sino por la conciencia que tenía Marx de que la sociedad concreta es nacional.

En el prólogo a la primera edición del tomo 1 del Capital, C. Marx nos dice que para “descubrir la ley económica que preside el movimiento de la sociedad moderna”, tiene que investigar el lugar clásico del capitalismo, Inglaterra, sabiendo que Alemania, Francia y demás países civilizados, irían inevitablemente por el mismo camino. Interesa, por tanto, el estudio de la legislación fabril inglesa ya que “las naciones pueden y deben escarmentar en cabeza ajena”. La necesaria abstracción con que Marx estudió el capitalismo inglés no le ocultó el hecho de que trataba con un ejemplo nacional, y que había otras sociedades nacionales menos “aclimatadas” a las relaciones capitalistas: una cosa era la sociedad capitalista abstracta y otra distinta las sociedades concretas, las naciones, incluyendo su modelo inglés[218].

 

  1. Condiciones de producción

 

La producción es la apropiación de la naturaleza por los individuos, en el marco y a través de una particular forma de sociedad, para satisfacer las necesidades de la existencia humana. En la producción social de su existencia, los hombres contraen determinadas relaciones, necesarias e independientes de su voluntad, entre los propietarios de las condiciones de producción y los productores directos. Relaciones de producción que se corresponden con una característica fase de desarrollo de las fuerzas productivas: hombres y medios de trabajo, habilidad técnica y nivel científico, cooperación y división social de trabajo. Las fuerzas productivas se desarrollan dentro de las relaciones sociales de producción. Las relaciones de producción se encuentran íntimamente unidas a las fuerzas de producción. Fuerzas y relaciones de producción definen el modo de producción, que es tanto relación mutua entre los individuos como relación entre éstos y la naturaleza inorgánica. Las distintas combinaciones entre trabajadores y medios de producción distinguen los diversos modos históricos y generales de producción. El modo de producción de la vida material determina el proceso de la vida social, política y espiritual en general. En todas las formaciones sociales se encuentra un modo producción que condiciona, como un éter especial, las demás formas de producción presentes[219].

“Son los mismos hombres los que hacen su historia, aunque dentro de un medio dado que los condiciona”. De estas “condiciones muy concretas” son las económicas las que deciden en última instancia. Engels define la economía política como la “ciencia de las condiciones y formas bajo las cuales las diversas sociedades humanas produjeron”[220].

Marx y Engels, exponen, en la Ideología alemana (1845), que aquello que son los individuos coincide “con su producción, tanto con lo que producen, como con el modo como produce. Lo que los individuos son depende, por tanto, de las condiciones materiales de su producción”. Estos “límites, premisas y condiciones materiales” bajo las cuales los hombres producen son “independientes de su voluntad”[221]. Más tarde (1867), Marx matiza en el tomo 1 del Capital: “lo que distingue las épocas económicas unas de otras no es lo que se hace, sino cómo se hace, con qué instrumentos de trabajo se hace”. La dependencia del tipo de productos, primero de las condiciones naturales luego del modo de producción y cambio, es clara: el cerezo en Alemania y el café o el azúcar en las Indias Occidentales, no son productos naturales, si no importados por obra “del comercio y por medio de esta acción de una determinada sociedad y de una determinada época”[222].

Para delimitar unas condiciones generales de producción puede ser suficiente con responder al cómo se producen (modo de producción), que implica responder en qué marco social (relaciones de producción) y con qué medios (fuerzas productivas) se produce. Sin embargo, si contemplamos unas condiciones específicas de producción, los interrogantes anteriores carecen de sentido si no se sitúan en el espacio (dónde se produce) y en el tiempo (cuándo se produce).

En uno u otro supuesto, sobre todo en el segundo, tienen especial interés, además de las condiciones de producción identificadas directamente con el proceso de producción (económicas), aquellas condiciones asimismo materiales sin las cuales el proceso de producción “no podría ejecutarse o solo podría ejecutarse de una manera imperfecta”, bien sean condiciones naturales (la tierra como lugar de estancia del trabajador y campo de acción del proceso de trabajo), bien sean condiciones históricas, debidas al trabajo del hombre: edificios, calles, canales, etc.[223]. Los factores que condicionan materialmente el proceso de producción se dividen en inmanentes (condiciones de producción en sentido estricto) y coadyuvantes (condiciones de producción en sentido amplio). Ambas, condiciones inherentes o resultado de una acción exterior, conviene tenerlas en cuenta en el sentido global, históricamente efectivo, de la noción condiciones de producción.

La distinción no es gratuita. Marx precisa que trabajo libre y capital “representan las condiciones fundamentales del modo de producción burgués”[224]. Las restantes condiciones, que actúan desde la naturaleza y mediante la historia, o que corresponden a fases del proceso de producción y de intercambio -circulación- menos decisivas, no son fundamentales, aunque sí necesarias. Recordemos, una vez más, que estas divisiones metodológicas son conceptualmente útiles solamente si se asumen de manera fluida, sin muros que las separen, dialécticamente.

A las condiciones económicas y fundamentales de producción se refiere Marx en el Prólogo de 1859 cuando identifica “base económica” con “condiciones económicas de producción”, “que pueden apreciarse con la exactitud propia de las ciencias naturales”[225]. En el tomo 3 del Capital, después de reseñar que la base económica es el fundamento oculto de toda la construcción social, afirma que: “la misma base económica -la misma, en cuanto a sus condiciones fundamentales- puede mostrar en su modo de manifestarse infinitas variaciones y graduaciones debidas a distintas e innumerables circunstancias empíricas, condiciones naturales, factores étnicos, influencias históricas que actúan desde el exterior, etcétera”[226]. Donde se amplía sin límite las condiciones no económicas, naturales e históricas, de producción.

Queda clara, pues, la distinción entre condiciones económicas fundamentales y condiciones naturales e históricas concretas, “que actúan desde el exterior”. Marx, en esta cita, pone el acento en las segundas. Borojov, apoyándose en este mismo texto, identifica de forma peregrina, erróneamente, las condiciones de producción con las condiciones naturales e históricas, olvidando la propia base económica, contenido esencial del concepto. Siguiendo a Marx, conviene discernir entonces en el conjunto de las condiciones de producción, tres dimensiones, condiciones naturales, condiciones económicas y condiciones históricas de producción. Siempre a efectos metodológicos, como partes inseparables de un todo único.

Es habitual así y todo que Marx maneje el término “condiciones de producción” como sinónimo de “condiciones económicas”, materiales y fundamentales. En especial cuando estudia los modos de producción en abstracto, sin considerar las particularidades nacionales, procediendo a una restricción opuesta a la que hará Borojov cuando olvida las esenciales condiciones económicas. En los Grundisse y el Capital, Marx acredita como condiciones básicas del proceso inmediato de producción burgués, el trabajo asalariado y el capital, que, según el punto de vista, pueden ser consideradas como (1) factores de producción (elementos que intervienen en el proceso), (2) relaciones de producción (entre propietarios y productores directos) o (3) condiciones de producción (premisas y/o resultantes del proceso). Las fuerzas y relaciones de producción constituyen condiciones previas capitales del proceso de producción capitalista. Dentro de las fuerzas productivas, además de las fuerzas de trabajo, hay que considerar las materias primas, los instrumentos, la cooperación, las condiciones tecnológicas y científicas…, como partes así mismo integrantes de las condiciones básicas de producción[227].

En los modos precapitalistas de producción también relaciones sociales y fuerzas de producción integran las condiciones de producción. Verbigracia, la comuna (apropiación colectiva de los medios de producción) en los modos comunitarios, o el Estado como propietario supremo en las formas asiáticas. En los regímenes de esclavitud y servidumbre el hombre no es condición económica directa, como en el capitalismo, sino condición natural de producción, apéndice de la tierra[228]. Marx, describiendo las “condiciones sociales” de la India pre-colonial, nombra el torno de afilar, el telar de mano, las comunidades de aldea, la unión agricultura-industria doméstica, las obras públicas del Estado despótico… En conclusión: las fuerzas productivas y las relaciones de producción específicas del país indio son las condiciones nacionales de producción más importantes[229]. En estos ejemplos históricos, que analizamos en detalle supra, las primeras condiciones económicas de existencia nacional (condiciones nacionales de producción) que esgrimen Marx y Engels, hacen referencia a los componentes concretos de los modos de producción que remiten a específicas condiciones naturales e históricas.

Una condición natural -o histórica- puede transmutarse, por lo tanto, en condición económica, integrándose en el proceso de producción. La tierra, una vez roturada, pasa a ser medio de producción no producido en principio por el hombre. Y al revés, el resultado del proceso de producción puede llegar a formar parte de sus condiciones naturales (resultantes): el cambio de paisaje agrario por la importación de semillas, por ejemplo.

Referencias marxistas originales del efecto de los factores naturales sobre la producción[230]: A) “La cuna de capitalismo no es el clima tropical, con su vegetación exuberante, sino la zona templada… La necesidad de dominar socialmente una fuerza natural… desempeña un papel decisivo en la historia de la industria”. B) La diferencia entre tiempo de producción y tiempo de trabajo en la agricultura debido a los condicionamientos de la naturaleza, que impone interrupciones en la continuidad del proceso, para sembrar y recolectar, etc. C) La ausencia de propiedad privada de la tierra en Oriente como consecuencia del clima, que hace preciso el riego artificial y las obras públicas a cargo de un potente Estado patrón[231].

Las condiciones naturales influyen en el proceso y modo de producción, y viceversa: la acción humana cambia el paisaje, el clima, las plantas, los animales y el hombre mismo, nos explica de nuevo Engels en la Dialéctica de la naturaleza, donde denunció el peligro, y las causas, del deterioro ecológico:

“No debemos, sin embargo, alegramos demasiado de nuestras victorias humanas sobre la naturaleza. Esta se venga de nosotros por cada una de las derrotas que le inferimos…, el hombre no domina, ni mucho menos, la naturaleza a la manera como un conquistador domina a un pueblo extranjero, es decir, como alguien que es ajeno a la naturaleza, sino que formamos parte de ella… Ahí donde la producción y el cambio corren a cargo de capitalistas individuales que no perciben más fin que la ganancia inmediata… sin que les preocupe en lo más mínimo… las consecuencias naturales de estos actos…”[232].

Engels combate, por otro lado, en la Dialéctica la “concepción naturalista de la historia” que asegura que son “las condiciones naturales las que condiciona siempre y en todas partes el desarrollo histórico”. Señalando que, frente a los cambios producidos por la acción del hombre sobre naturaleza, son “incalculablemente pequeños, insignificantes, los que durante estos siglos se manifestaron en la naturaleza de Alemania sin intervención del hombre”.

Las relaciones de los hombres con la naturaleza, y de los hombres entre sí, está determinada por el modo producción, a fin de cuentas. La preponderancia de las condiciones materiales, constitutivas del proceso de producción, sobre las restantes condiciones que relacionan el proceso de producción con su medio ambiente tanto natural como sociohistórico, es incompatible con cualquier tipo de determinismo geográfico. Marx y Engels estuvieron siempre en las antípodas del naturalismo, pero le concedieron en sus obras un valor estimable -por lo regular poco estimado y conocido- a la naturaleza, al espacio, al medio ambiente, en relación con la economía.

Malamente podían verse afectados por el determinismo geográfico si Federico Ratzel publicó sus libros, Antropofagía y Geografía política, después de que Marx muriera y Engels redactara Dialéctica de la Naturaleza. Sin embargo, el territorialismo político de Borojov, y la extraña separación que practica entre fuerzas y relaciones de producción, por una parte, y condiciones naturales e históricas de producción, por la otra, hace posible una lectura suya naturalista-determinista de más que no está en los fundadores del marxismo.

Acerca del territorio, Borojov nos ofrece dos postulados[233]:

  1. “La más importante de las condiciones materiales de producción es el territorio”[234]. Tesis incorrecta que no obstante en un parágrafo anterior, dedicado al término ‘condiciones de producción’, Borojov no asevera tan rotundamente. Para Marx y Engels las más importantes condiciones materiales de producción son las intrínsecamente económicas, que acaban por imponer su ley al territorio y al conjunto de las condiciones naturales, históricas y sociales. Otra cuestión es la de la función diversa de la tierra en cada momento histórico de producción: la tierra y el territorio son, después de hombre, el condicionamiento natural más importante del proceso de producción.
  2. “El territorio, además, es la base sobre la que se encuentran todas las otras condiciones de producción”, tesis por lo general correcta que más adelante ilustra Borojov detallando el significado del territorio para las diferentes clases de una nación: propiedad y punto de apoyo del poder político, para los terratenientes; mercado y punto de apoyo para el mercado mundial, para la burguesía; lugar de trabajo para el proletariado…

 

En Marx[235] cada formación social concreta, dominada por un modo de producción, requiere un espacio especifico. Cuando la población supera el espacio disponible, en unas circunstancias económicas dadas, sobrevienen las migraciones de los pueblos en la búsqueda de nuevas condiciones naturales de producción: caso de los pueblos pastores y cazadores de los altiplanos asiáticos, dice. En el capítulo XI sobre la “Cooperación” del tomo 1 del Capital, Marx apunta que la aplicación esporádica de la cooperación a gran escala en la sociedades pre-capitalistas (Antigüedad y Estados asiáticos), se convierte después en una peculiaridad de proceso capitalista de producción, haciendo del espacio el rol de soporte y marco (“esfera de trabajo”, “zonas de producción”, “campo geográfico de producción”, “órbita de producción”) del proceso social de producción. Así y todo la función de marco y soporte, dice, no es la relación clave espacio/modo de producción capitalista: el capital se impone sobre el espacio (“el capital tiende, por su propia naturaleza, a superar todo el límite de espacio… rompe las barreras del espacio por medio de tiempo”), transforma el espacio (la manufactura “acorta la distancia geográfica entre las diversas fases de producción del artículo”), y engloba finalmente en el proceso de producción y cambio “a la condición espacial, es decir, al transporte de producto al mercado”.

Se dice con razón que hoy en día pasamos de producir cosas en el espacio a producir el espacio mismo, hemos transitado del espacio natural al espacio social, que contiene las relaciones de producción y reproducción social[236]. Sin olvidar que los precedentes históricos que trasformaron, a su manera, la simple tierra en un espacio social en el feudalismo y otros modos de producción.

Cuando añadimos a las nociones de “relaciones sociales”, “condiciones sociales”, “condiciones naturales”, o “condiciones históricas”, la palabra “producción” por medio proposición “de”, tiene lugar un cambio semántico. Marx y Engels intercambian ciertamente con gran fluidez unos términos por otros en sus escritos: por sinonimia, la interrelación dialéctica que hay entre ellos o los diversos sentidos que les asignaban. También porque su estatus teórico está siempre en fase de elaboración y decantación: caso ejemplar es la sustitución frecuente que “trabajo” por “fuerza de trabajo”. No es ésta la circunstancia de las categorías que acabamos de apuntar: el añadido “de producción” restringe de entrada los significados de “condiciones” a lo que tenga que ver con el proceso de producción, a la dimensión económica del concepto, tanto en sentido inmediato como mediato (distribución, cambio y consumo)[237].

Marx específica, por ejemplo, que ciertas condiciones naturales son más favorables que otras para la producción[238]. Una cosa son las generales “condiciones naturales” de un país, nacionales, y otra las “condiciones naturales de producción”. Por eso Engels incluye la base geográfica y el medio ambiente entre las relaciones económicas, y conceptúa la raza como un factor económico, procediendo de la misma manera con lo que conocemos como “condiciones históricas de producción”, factores en principio supraestructurales de los que destaca su efecto económico, su incidencia sobre las condiciones económicas stricto sensu[239].

Engels comienza su inestimable Historia de Irlanda con el capítulo “Condiciones naturales” donde examina sus efectos económicos, especialmente en relación con la vecina isla Inglaterra. El canal constituyó un serio obstáculo para el dominio de Irlanda, hasta que apareció la nave de quilla. La falta de carbón provocó luego un subdesarrollo industrial que los ingleses hicieron interesadamente permanente. La mayor fertilidad natural del suelo y el clima húmedo, favorecieron la producción de pastos y cereales, aunque será la sobreimposición histórica del capitalismo inglés (condiciones económicas de producción dominantes) lo que transforma tierras de labor en praderas, obligando a la población campesina a una emigración masiva[240]. El modo inglés de producción que viene de fuera se impone a las  condiciones naturales de producción irlandesas.

“De qué manera las condiciones históricas generales afectan a la producción y cuál es la relación de la producción con el movimiento histórico general”, se pregunta Marx en la Introducción de 1857, añadiendo que “la cuestión pertenece evidentemente a la discusión y al análisis de la producción misma”. El alcance del asunto se ve cuando, en el Capital, alega que sólo bajo “condiciones históricamente dadas” la fuerza de trabajo y los medios de producción devienen capital, los metales preciosos adquieren el carácter de dinero y éste se transforma en capital-dinero. Las condiciones históricas y económicas del capitalismo forman un todo. Una muestra de esta simbiosis economía-historia la tenemos en la Ideología alemana, donde Marx encadena las condiciones histórico-económicas precisas para el paso de la manufactura con la gran industria en Inglaterra: siglo XVII, revoluciones políticas imponen la libre concurrencia; siglo XVIII, mecánica newtoniana y creciente demanda mundial de productos ingleses. La formación de gran industria es una fase histórica nueva, intrínseca del modo capitalista de producción. Lo mismo encontramos en un borrador para Anti-Dühring sobre el pensamiento y el ser, donde Engels separa las condiciones naturales de las “condiciones histórico-materiales”[241] que incorporan el binomio economía e historia.  Opción metodológica legítima: las condiciones económicas son siempre históricas, pero poco ayuda a responder a la pregunta de Marx con que iniciamos el párrafo, especialmente la acción de la superestructura histórica sobre la base económica (en general menos dependiente del arbitrio humano que la política y la cultura), para eso conviene separar los dos niveles -economía e historia- a efectos de análisis.

Veamos dos ejemplos[242] de como Marx y Engels practicaban esta distinción entre economía e historia. En el Capital se dice: “En la fórmula trinitaria de capital-ganancia, tierra-renta del suelo y trabajo-salario…, se consuma la mistificación del régimen de producción capitalista, la materialización de las relaciones sociales, el entrelazamiento directo de las relaciones materiales de producción con sus condiciones históricas”. En una carta a Danielson, Engels explicaba el desarrollo de las condiciones capitalistas en Rusia por las condiciones históricas creadas por la guerra de Crimea, la reforma agraria de 1861 y el estancamiento político de toda Europa.

Dentro de las condiciones históricas de producción -“empleando la palabra ‘histórico’ como síntesis de político, jurídico, filosófico, teológico, en una palabra, de todos los campos que pertenecen a la sociedad, y no sólo a la naturaleza[243]“-, el Estado ocupa un puesto central: sea en favor del desarrollo económico, sea en contra, en cuyo caso tarde o temprano cae el poder político; “sin excepciones e inflexiblemente, la evolución económica se abrió camino”[244]. En el primero de los casos, Marx situaba a los gobiernos ingleses que Enrique VII y VIII, como una de las condiciones históricas favorables para la existencia del capital. Valoraba como crucial la función (que variaba de un país a otro) del Estado nacional en la acumulación originaria, y en la transición del feudalismo al capitalismo, caracterizando la violencia política como una potencia económica[245].

Lo que interesa de los hechos históricos, y de las instancias políticas y ideológicas, para el concepto de “condiciones históricas” que estamos estudiando, es por consiguiente su vertiente económica, igual que cuando examinamos las condiciones naturales: “si Barth cree que nosotros negaremos todas y cada una de las repercusiones de los reflejos políticos, etc., del movimiento económico sobre este mismo movimiento económico, lucha contra molinos de viento”[246], dice el último Engels.

En la acción y reacción economía-historia, base-superestructura, están en presencia fuerzas desiguales.  Engels detalla como el acontecimiento histórico es resultado de un grupo infinito de paralelogramos de fuerzas de todo tipo, de las cuales el vector decisivo viene por lo regular de las fuerzas económicas. Ironizando el Engels tardío y autocrítico acerca de la pretensión de explicarlo todo económicamente, incluso los orígenes de las permutaciones de consonantes en el alto alemán[247].

En síntesis, las condiciones de producción son factores naturales, económicos, políticos y culturales que forman parte y/o influyen en el proceso producción. Las condiciones en que tiene lugar un proceso de producción son además: (1) Intrínsecas, los requisitos fundamentales para la realización del proceso, que varían según el modo de producción y la formación social. (2) Extrínsecas, el entorno espacial e histórico-social en el que, obligatoriamente, los hombres asociados reproducen su existencia. Las condiciones generales de un modo de producción son una abstracción, en todos los casos el espacio y tiempo introducen la concreción y la variedad. Por otro lado, las condiciones naturales e histórico-sociales pueden intervenir en el proceso de producción hasta el punto de interrumpirlo o alterar su forma. Venimos mencionando textos de Marx y Engels que hacen notar la implicación de la naturaleza en el proceso productivo. La lucha de clases y la lucha de naciones ofrecen por su parte mil modelos de intromisión de la historia en el proceso de producción, dando continuidad, desarrollando o aniquilando fuerzas productivas, frenando o revolucionando relaciones de producción.

Todas las premisas y condicionamientos de la producción son naturales, económicos e históricos. Naturales, porque los hombres y sus relaciones sociales y económicas -productos históricos de su actividad- constituyen parte subjetiva de la naturaleza[248]. Económicas, porqué lo que destacan nuestros autores es precisamente la dimensión económica del conjunto de las condiciones de producción: un dato natural o histórico, en la medida en que afecte al proceso productivo, recibe la consideración de condición de producción. Históricas, porque la misma naturaleza inorgánica cambia a lo largo del tiempo, aunque muy despacio en comparación con la economía y la sociedad.

La identidad compartida entre los tres aspectos en que desdoblamos la noción “condiciones de producción” no es óbice para su individualización. Según la forma que presentan de entrada, hablamos de condiciones naturales, económicas o históricas de producción. Que se corresponden según el símil estructuralista a lo geográfico, lo económico y lo político-ideológico. Metáfora simplificadora que se presta con frecuencia a una lectura antidialéctica, mecanicista cuando no simplista.

La pertinencia de colocar los elementos políticos y culturales, la lucha política de clases y la lucha nacional, y el Estado, propios del nivel superestructural, en las condiciones históricas de producción, viene dada por ser productos históricos por antonomasia, resultantes sociales del albedrío humano por excelencia. En contraposición con la naturaleza no orgánica y sus leyes más o menos inmutables, y con la economía y sus leyes cuasi naturales, como gusta de proponer Marx: en la acción política, ideológica, estatal, el hombre hace su propia historia, aunque dentro de los límites y condicionamientos naturales e históricos, económicos y sociales heredados. A su vez los factores subjetivos, las luchas de clase y nacionales, en tanto que condiciones históricas de producción inciden en su cara opuesta: los factores más objetivos, empezando por las condiciones o premisas económicas de producción. Cabe, por consiguiente, trazar otra línea divisoria, a efectos de método, en el conjunto de las condiciones producción: condiciones subjetivas (luchas de clases y naciones) y condiciones objetivas (base productiva y medio natural), conforme al grado relativo de supeditación a la voluntad del hombre organizado socialmente.

 

  1. Condiciones nacionales de producción

 

Hasta ahora hemos examinado la categoría “condiciones de producción” más bien en general. Veamos seguidamente que ámbitos de aplicación práctica tenía en las obras teóricas y metodológicas de Marx y Engels, después de haber analizado en el capítulo anterior, “Procesos nacionales en la época de Marx”, su utilización en trabajos de Historia Inmediata.

En la Introducción de 1857[249] Marx indica que existen: (1) una producción en general, y por tanto unas “condiciones generales de toda producción”; (2) una producción particular -ramas como la agricultura- a las que corresponde indudablemente condiciones específicas de producción; y (3) una totalidad concreta de producción, que corresponde a “un cuerpo social dado, un sujeto social, que ejerce su actividad en un agregado más o menos considerable de ramas de producción”. La totalidad concreta, también sujeto social y político, que aparece mayoritariamente en la Introducción como ámbito de producción y consumo, protagonista de los acontecimientos históricos y su objeto de estudio como nación y sus sinónimos (pueblo, país, sociedad espacial). Aunque en ocasiones Marx, tan poco amigo de los caminos trillados, puede reducir el ámbito de referencia del concepto “condiciones de producción” al individuo aislado, o a la humanidad en abstracto. Sin olvidar en cualquier caso las condiciones generales de cada modo o forma de producción.

Con todo, los estudios más económicos de Marx fueron en otra dirección distinta a la Introducción de 1857: el punto de partida no fue “un país determinado”, su población, sus clases, ambicionaba ante todo reproducir lo concreto mediante determinaciones abstractas. Así en el Capital estudió la mercancía, el dinero, la plusvalía y el capital, categorías abstractas y simples con las que apropiarse después de las categorías concretas y complejas: las sociedades nacionales en primer lugar, las clases y el Estado. Las categorías abstractas investigadas en el Capital incumben, eso sí, a un ámbito de aplicación homogéneo: el modo de producción capitalista.

Dentro de las delimitaciones posibles del proceso abstracto de producción, Marx y Engels priman desde luego el contexto histórico y el marco nacional: “La producción de medios materiales e inmediatos de la vida, o lo que es lo mismo, el grado de progreso económico de cada pueblo o de cada época, es la base sobre la que más tarde se desarrollan las instituciones del Estado”[250].

Cada época histórica, dicho con otras palabras, cada modo producción, tiene sus propias condiciones de producción (comunitarias, esclavistas, feudales, asiáticas, burguesas), que suelen incluir también formas menores de producción que coexisten con los grandes modelos históricos de producción, como la pequeña producción de campesinos y artesanos o las comunidades de aldea. En el primer caso: los productores directos son propietarios “de sus condiciones de producción”; en el segundo, la comunidad es la principal condición de producción y reproducción[251].

Igual que en la Introducción, en los Grundisse  Marx pasa de las condiciones nacionales de producción a las individuales, y viceversa. En el apartado referido a las “Diferencias entre las condiciones generales y las condiciones particulares de producción”, dice: “las obras de interés general, que aparecen como condiciones generales –y no particulares de tal o cual capitalista- de la producción… hará [el capitalista particular] que todo el país sufrague los gastos de las condiciones generales, consideradas como necesidades nacionales”[252].

En otro nivel, pasan  Marx y Engels de las condiciones nacionales de producción a las universales: el mercado mundial. Engels detectaba al final de siglo la nivelación de las “condiciones económicas de todos los países”: se estaban decantando unas condiciones mundiales de producción de un modo de producción, el capitalista, que es, aseguraba, por vez primera en la historia, esencialmente universal[253].

La dicotomía general/particular, referida a las condiciones de producción, es ubicada por Marx en diversos contextos, siendo los más significativos: producción en general/modo de producción, universal/nacional, modo de producción/formación social, nacional/individual. En el capitalismo existen por lo tanto condiciones de producción individuales, nacionales, mundiales y las generales de cada modo de producción consideradas abstractamente. El grado de abstracción siempre es relativo (“respecto a”): modos de producción clásicos como el esclavista, el feudal o el capitalista supusieron, en su origen y evolución, tiempos históricos y áreas geográficas concretas. Incluso, esa abstracción razonable de la “producción en general” implica condiciones o premisas -afirma Marx en la Introducción-, el hombre (sujeto) y la naturaleza (objeto), si bien el hombre tiene que estar biológicamente desarrollado como tal y establecer una relación de producción con la  ecúmene, coordenadas espacio-temporales extensas pero precisas.

La intención que Marx manifiesta en la Introducción de 1857 es estudiar pues las realidades sociales relativamente concretas (“La población, la nación, el Estado, varios Estados”), para después elaborar las nociones abstractas: las condiciones generales del modo producción capitalista y, más allá, las categorías centrales del materialismo histórico como fuerzas productivas, relaciones de producción, modo producción, formación social, condiciones de producción.

En los Grundisse pone en práctica, a modo de borrador -materiales preparatorios del Capital-, esta orientación metodológica en un texto[254] crítico con Malthus, donde indaga una respuesta materialista al problema de la superpoblación. En definitiva, aborda un “conjunto vivo”, la población, tal como apuntaba en la Introducción. ¿Cuál es la explicación que proporciona Marx sobre el exceso de población?: “las condiciones de la comunidad” y las “condiciones de producción” no son compatibles más que con una masa determinada de población. Las condiciones de producción y reproducción determinan los límites, el nivel y el carácter de la superpoblación, fijando la población óptima correspondiente a una base productiva y un espacio dado (por lo regular, nacional), en cada situación histórica.

“Cada modo que producción -explica Marx- tiene sus propias leyes de crecimiento de la población y de la superpoblación… Estas leyes se reducen, pura y sencillamente, al comportamiento determinado del individuo vivo con respecto a sus condiciones de producción y de reproducción, en tanto que miembro de la sociedad”.

Las leyes generales de población del modo de producción no resuelven, claro está, el problema del aquí y ahora. Para averiguar la relación concreta población/sociedad Marx acude al concepto de “condiciones de producción”, porque, a diferencia del concepto abstracto (y fundamental) de “modo de producción”, permite mejor: a) inventariar la base productiva de la comunidad o ámbito seleccionado; b) introducir el medio natural en las categorías económicas, factor inexcusable para dilucidar si la comunidad adolece o no de superpoblación en función del espacio disponible, y poder fijar la relación población/recursos naturales; c) introducir la relación (histórica) de los individuos con su base material de reproducción, a fin de inferir los presupuestos históricos del problema demográfico y sus consecuencias (migraciones, guerras, mendicidad, población parásita) que a su vez actúan sobre las condiciones de producción; d) relacionar, en suma, el objeto de investigación, la población, con las “condiciones reales en las que los hombres se producen y se reproducen históricamente” (entre las cuales está la propia población, no lo olvidemos), o sea, con los fundamentos productivos, espaciales e históricos, contemplados como un todo, de una comunidad nacional, de la humanidad en general o de cualquier otro ámbito espacio-temporal.

La nación es una categoría histórica íntimamente conectada con la distribución social y espacial de la humanidad, por lo que difícilmente se puede superar la definición simplemente descriptiva -la más difundida es la estalinista- sin alcanzar el objetivo de articular conceptualmente fundamentos ambientales, económicos, políticos y culturales (observables empíricamente), entre sí y también con las categorías centrales del materialismo histórico. Por razones semejantes a las enumeradas en el caso del estudio de la sobrepoblación, la herramienta teórica adecuada para una aproximación al concepto complejo de nación es la noción de “condiciones de producción”, como intuyó Borojov.

Marx y Engels no se plantearon, como sabemos, construir de modo explícito y sistemático una teoría de nación. Dentro de las consideraciones, implícitas y asistemáticas, pero de sobra significativas, que nos legaron, nos va a detener ahora en las más frecuentes, que hacen referencia a las condiciones de producción de las naciones burguesas: Alemania, Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos. Marx y Engels traducen (y enlazan) diferencias nacionales (papel internacional de cada país, grado de desarrollo y peculiaridad del modo de producción capitalista, especificidad nacional de la lucha de clases) en diferencias de las condiciones nacionales de producción.

Alemania tuvo la primacía económica en Europa a principios de siglo XVI y protagonizó la primera revolución burguesa (Reforma protestante) gracias a diversos factores, empero el “el último elemento motor” fue la producción de oro y plata de 1470 a 1530[255]. Las remesas de la América española de materiales preciosos desplazarán después a las de origen europeo[256]. Las minas son, pues, una condición natural de producción que alcanza relieve coyuntural económico en el contexto de determinado nivel y formas de relaciones de producción y circulación: los primeros pasos de la economía-mundo capitalista.

En el Prefacio a la segunda edición de Las guerras campesinas en Alemania, Engels anuncia modestamente que la intención del libro es: “presentar el resultado de la lucha como algo determinado por las condiciones histórico-sociales de vida…, y pretende probar que las teorías políticas y religiosas no fueron las causas sino el resultado del nivel de desarrollo de la agricultura, la industria, las comunicaciones, el comercio y las finanzas que entonces se alcanzara en Alemania. Esta concepción, que es la única concepción materialista de la historia, no es una contribución mía, sino de Marx” [257].

La derrota de esta prematura revolución burguesa tiene mucho que ver con el estado de las condiciones de producción en el ámbito espacial y político de la Alemania del siglo XVI. Ámbito nacional como marco coyuntural de lucha de clases, más que como relación social homogénea y estable. La fragmentación social y estatal aparece como la causa inmediata del fracaso de la lucha antifeudal de 1525, dispersa en localismos. Dentro de los límites alemanes: “cada clase se oponía por su cuenta a la evolución nacional”[258]. En 1848 la situación tuvo ciertas semejanzas con 1525. En la segunda mitad del siglo XIX, en cambio, se da un progreso serio en las condiciones capitalistas de producción: industria, comercio, ferrocarriles, teléfono. Pero “la desgracia de la burguesía alemana es llegar demasiado tarde… El periodo de su ascenso coincide con la época en la que otras burguesías de Europa occidental entraban en decadencia”[259].

Conjuntamente con el nivel de las condiciones burguesas de producción de cada país, hay que valorar su tempo, el ritmo de desarrollo en relación con las condiciones nacionales de los países más avanzados de Europa con los cuales Alemania tiene “relaciones de creciente interdependencia”, asegura Engels en 1874, citando a Francia y Gran Bretaña[260].

En el borrador “Resultados del proceso inmediato de producción”, del capítulo inédito del libro primero del Capital, bajo el epígrafe “Diferente centralización de los medios de producción en los diversos pueblos”[261], Marx compara Francia con Inglaterra y resuelve que, a  consecuencia de las “circunstancias históricas” que influyeron en la concentración de los medios de producción, “las fuerzas productivas y el modo capitalista de producción general alcanzan estadios de desarrollo muy diferentes”. Utilizando los informes de los inspectores de fábrica franceses, Marx comprueba como la fuerza productiva del trabajo industrial es menor en Francia (respecto de Inglaterra), porque predominan los establecimientos manufactureros pequeños, muchos de los cuales dependen de trabajo animal y manual más que de la energía hidráulica y la máquina de vapor.

Primera conclusión: las diferencias nacionales de producción más notables son las correspondientes a los componentes del modo de producción, fuerzas productivas y relaciones de producción (pequeña o gran producción). El modo de producción capitalista, en concreto, nunca es igual de un país a otro.

Estas peculiaridades del modo capitalista de producir en Francia son “consecuencia del sistema de tenencia de tierra”. La forma de producción parcelaria traba el desarrollo de la producción capitalista, retarda la extensión de las manufacturas, ata la población a la producción agrícola, favorece el atesoramiento y no la formación de capital, margina el uso de la maquinaria en las manufacturas y favorece la proliferación de los pequeños talleres.

Segunda conclusión: las condiciones económicas de producción de una nación implican varios modos producción que están articulados entre sí.

El modo dominante de producción se ve afectado, en sus contenidos concretos, por un modo de producción subordinado pero social y cuantitativamente mayoritario en la Francia de mediados del siglo XIX. El campesinado parcelario engendrado por la revolución de 1789 acabó por obstaculizar la formación originaria del capital en Francia. Mientras que en Inglaterra una violenta expropiación de los productores directos y de las comunidades campesinas dio lugar históricamente a una gran acumulación originaria de los medios de producción y del capital, así como la liberación masiva de la fuerza de trabajo.

Tercera conclusión: las condiciones históricas, subjetivas y resultado de la lucha de clases, intervienen en gran medida en la definición no solo de la forma, sino también del contenido de las condiciones económicas de producción de la nación que abarcan todos los modos de producción presentes, las características específicas de cada uno, las relaciones entre ellos y con otros países.

Marx reivindica la trascendencia de los “medios históricos” en la formación económica de un pueblo o de una época, oponiéndose, en una carta a la redacción de una revista rusa, a que se interprete el Capital como una “teoría general de filosofía de la historia”, donde se indicara que todos los pueblos tienen que pasar “fatalmente” por el camino europeo occidental -sobre todo, inglés- de acumulación originaria y formación del capitalismo. Diferenciando leyes generales de funcionamiento del capitalismo en todos los países y leyes ahistóricas que transmutaran lo general por el idéntico. Proponiendo, como método, estudiar los “procesos históricos por separado y compararlos luego entre sí”, sin la “clave universal de una teoría general”[262], para así dilucidar lo que hay de ley general y de circunstancial en cada proceso: método histórico versus método suprahistórico[263]. Cuestiones que Marx trae a colación en el debate acerca del futuro de la comunidad de aldea rusa en el contexto de la génesis del capital[264].

El economista norteamericano Henry Ch. Carey -asesor del Presidente Lincoln- basa su crítica de David Ricardo, y de los economistas clásicos ingleses, en la peculiaridad nacional del capitalismo USA. Marx en los Grundisse crítica, por su parte, la pretensión de Carey de contraponer el carácter natural, armónico, del capitalismo norteamericano con un capitalismo ingles distorsionado y falso, acudiendo para eso no sólo a los conceptos modo de producción y formación social, sino al de “condiciones de producción… de naciones muy diferentes”. Haciendo valer las circunstancias específicas de cada proceso nacional.

En esa antinomia “condiciones americanas contra condiciones inglesas”, ¿cómo define Marx las condiciones nacionales de producción norteamericanas? Subrayando que,  en Estados Unidos, (1)”la sociedad burguesa no surgió del feudalismo, sino que parte de la propia burguesía”; (2)”asociando las fuerzas productivas del viejo mundo a las gigantescas fuerzas naturales de un mundo nuevo”; (3) recordando que los colonos europeos comenzaron -escribiera anteriormente en la Ideología alemana – “con la forma de relación más desarrollada”.

En suma, todo un paradigma de las “condiciones nacionales de producción” como combinación original e irrepetible de condiciones naturales (gigantescas), condiciones económicas (las fuerzas y relaciones de producción más avanzadas) y condiciones históricas (sin la traba de las “estructuras nacionales anteriores”) de producción[265].

Naturalmente, el desarrollo natural del capitalismo parte de las contradicciones de las condiciones de producción del feudalismo en Europa, que así pudo exportar su avanzado modo de producción a América del Norte (también a Australia y Nueva Zelanda). Esta consecuencia de la colonización europea hizo concebir, en algún momento, a Marx la idea de que en las colonias asiáticas continentales también el comercio europeo destruiría los antiguos modos de producción, allanando el terreno a la implantación del capital, lo que desde luego no sucedió, como vimos en el caso de la India. En las colonias inglesas, que no se fundamentaban en la importación masiva de colonos de la metrópoli, el modo de producción capitalista entrelazó sus elementos, en una combinación específica de cada país, con los modos de producción pre-coloniales: las condiciones nacionales de producción resultantes, con sus contradicciones -nuevas y viejas-, fueron el punto de partida de los procesos de liberación nacional respectivos.

El salto de las categorías simples y abstractas a las categorías complejas y concretas; del modo de producción (referencia teórica esencial y general) a las totalidades concretas ricas en determinaciones y relaciones, hizo necesario la reconstrucción posterior -a menudo parcial y simplista- de algunos conceptos usados por Marx, por lo regular con gran elasticidad: tal es el caso de la noción “formación social”.

En los textos de Marx y Engels leemos: “formación económica”, “formación económico-social”, “formación social”, ” forma social”, “forma de relación”…, términos que se corresponden con contenidos más o menos parecidos. La reconstrucción a posteriori de la categoría ‘formación social’ se reduce en los años 70 a su relación con el concepto -declarado primordial- de modo de producción: “una formación social se caracteriza por: a) inventario de los diferentes modos de producción articulados con ella; b) la estructura de esa articulación y ante todo la dominante”[266].

En la formación económica capitalista existen diversos tipos de formaciones sociales, en opinión de René Gallissott, entre los que es necesario destacar la nación[267]. Ahora bien, es insuficiente y restrictiva la determinación estructuralista de una nación, o formación social nacional, como una articulación de modos de producción. Es preciso, según Engels, “concebir el mundo real –la naturaleza y la historia- tal como se presenta”[268]. Es decir, no podemos reproducir el concreto nacional, por la vía del pensamiento, sin integrar en nuestras herramientas teóricas la naturaleza y la historia. No se debe restringir la nación a una estructura no diacrónica que omita -además de la historia- el hecho básico de que todo proceso de producción es consecuencia de las relaciones de los hombres con la naturaleza, no sólo de las relaciones de los hombres entre sí. La articulación jerarquizada de los modos de producción de una nación -condiciones económicas de producción- es preciso igualmente articularla con el medio geográfico, no sólo con los elementos naturales productivos, con todo el medio ambiente natural susceptible de implicaciones económicas, sociales, mentales y político-económicas. Entrelazamiento dialéctico que, diacrónicamente, hay que indagar concretamente en las condiciones de producción y condiciones generales de cada formación social nacional.

 

  1. Dialéctica de las condiciones de producción

 

La palabra ‘condiciones’ se presta a varios usos, de los que Marx y Engels se sirven: “condiciones de vida”, “condiciones de trabajo”, “condiciones de producción”, “condiciones sociales”, “condiciones generales”, “condiciones campesinas”, “condiciones francesas”… ¿En qué sentidos podemos resumir que emplean el vocablo?: 1º) Un sentido descriptivo, indicando naturaleza o estado, lo que implica inventarios de propiedades o elementos que constituyen el objeto: condiciones capitalistas, condiciones inglesas. 2º) Un sentido circunstancial, indicando los factores que influyen previamente sobre el objeto: condiciones naturales y culturales de producción, por ejemplo. 3º) Un sentido causal, indicando que el condicionamiento es determinante y provoca un efecto dado en el objeto: una relación capitalista de producción determina que un medio de producción se convierta en capital. 4º) Un sentido diacrónico, indicando la evolución en el tiempo de los condicionamientos en su relación dialéctica con el objeto, condiciones previas y condiciones resultantes.

Estas acepciones, en principio complementarias, están presentes en el concepto “condiciones de producción”, pero su eficacia metodológica depende de la justeza con que se defina el punto de vista dialéctico. Si no fuese así, utilizaríamos una noción ciertamente presente en Marx y Engels aplicada en función de las analogías mecánicas (“estructura”, “niveles”, “articulación”) en que nos movíamos en los años 60-70. Malamente sirvieron para captar las realidades espacio-temporales[269], “lo verdadero”, en expresión de Engels:

“Lo verdadero, situado ya ciertamente por Hegel en el espacio y el tiempo llenos, en el proceso de la naturaleza y en la historia. Ahora, toda la naturaleza se disuelve también en historia, y la historia solo se diferencia de la historia de la naturaleza en cuanto proceso de desarrollo de organismos conscientes de sí mismos”[270].

La virtud dialéctica del concepto “condiciones de producción”, tal y como lo manejan Marx y Engels, consiste en que: a) va más allá de la mera descripción; b) explica las características del proceso de producción tomando nota, además de los factores determinantes, de los factores ambientales; c) inserta el tiempo como elemento definitorio y esencial del concepto (materialista, histórico y concreto por definición).

Engels diferencia lo que es causa de lo que es condición, previa y resultante, pues entiende que todo factor histórico repercute “sobre lo que lo rodea, incluso sobre sus propias causas”. Fustigando a los mecanicistas que piensan la:

“representación vulgar antidialéctica de la causa y del efecto como dos polos fijamente opuestos, en un olvido absoluto del juego de acciones y reacciones…. De lo que adolecen todos estos señores es de falta de dialéctica. No ven más que causas aquí y efectos allí… en el mundo real esas antítesis polares metafísicas no existen más que en momentos de crisis en que la gran trayectoria de las cosas discurre toda ella bajo forma de acciones y reacciones -aunque de fuerzas muy desiguales, la más fuerte, más primaria y más decisiva de las cuales es el movimiento económico- “[271].

Este juego múltiple de acciones y reacciones, decisorias unas veces, otras no tanto, exige contemplar los elementos en presencia como condiciones móviles de un medio: un ecosistema histórico en que el sujeto central es la sociedad humana. Hay que tener en cuenta todas las condiciones que afectan al proceso de producción, entendido éste de modo anterior o posterior, inmediato o mediato, indirecto, global.

En cada ámbito de producción, el proceso requiere unas condiciones fundamentales, necesarias y suficientes, y otras que simplemente condicionan el resultado final. Todas las condiciones económicas, naturales e históricas de producción son suficientes, puesto que producen un efecto, cualquiera que sea el grado de necesidad de éste para la realización de proceso. Algunas son necesarias: el dinero, la circulación, el comercio son condiciones necesarias (pero no suficientes) del modo de producción capitalista. Otras son finalmente necesarias y suficientes, como el capital y el trabajo asalariado en el modo capitalista de producción: de ahí su carácter axial.

Veamos ahora con más detalle como se inscribe el tiempo en la definición  dialéctica de las condiciones de producción: “la producción tiene condiciones y presupuestos que constituyen sus momentos”, aclara Marx en la Introducción de 1857, para seguir argumentando que un factor natural aparece como presupuesto natural del proceso, en un momento, y como su resultado histórico, en la fase siguiente[272]. Por ejemplo: la semilla comparece en el proceso productivo agrario no como condición natural, sino como condición económica y producto histórico de la acción humana anterior. La apropiación de la naturaleza para satisfacer las necesidades de la sociedad humana es necesariamente un proceso continuo. Esta “continuidad del proceso de producción o flujo constante de producción”, constituye una invariante que conlleva que el proceso de producción sea también de reproducción, volviendo a producir sus propias condiciones, previas en una fase y resultantes en la siguiente: “En cada forma de producción, el trabajador debe cambiar su producto por medios de producción, si quiere volver a producir…, y esta renovación -reproducción- debe efectuarse siempre simultáneamente”[273]. Producción y reproducción corresponden luego a un proceso único, coexisten en el espacio y el tiempo, por mucho que distingamos analíticamente lo anterior y lo posterior.

Una condición nacional de producción de la génesis del capitalismo es que “exista una masa de dinero suficiente para la circulación”: “Esta premisa es histórica, aunque no debe interpretarse la cosa como si primero se formase una masa suficiente de dinero y luego se desarrollase la producción capitalista. Esta se desarrolla, en realidad, a la par [simultáneamente, en la traducción de Manuel Sacristán] con el desarrollo de sus condiciones, y una de ellas es la afluencia de metales preciosos en cantidad suficiente”[274].

En el tránsito del feudalismo al capitalismo podemos, metodológicamente, separar en momentos lo que acontece en un tiempo compartido. Por ejemplo, la transformación del dinero en dinero-capital, al principio el dinero es condición previa, histórica, necesaria, después el dinero-capital es condición resultante, económica fundamental, necesaria y suficiente, del proceso capitalista de producción. Es decir, momentos relativamente simultáneos.

Siguiendo a Braudel podemos concebir un proceso de producción de duración corta, media o larga, lo que, en función de los ámbitos cronológicos empleados por Marx, se traduciría en un tiempo inmediato, un tiempo generacional y un tiempo correspondiente a toda una época histórica marcada por un modo producción. Vamos a abordarlos este mismo orden.

En el tomo 1 del Capital vemos como en la producción capitalista los productos no son solamente el resultado, sino también la condición del proceso inmediato de trabajo: “los productos existentes no son solamente resultados de procesos de trabajo, sino también condiciones de existencia de éste”[275].

En el modo comunitario las condiciones de producción “se modifican, sólo gracias a la caza una región se transforma en terreno de caza de las tribus; sólo gracias a la agricultura la tierra se convierte en la prolongación del individuo”[276]. Una condición previa -natural- se convierte en un resultado -económico- del proceso inmediato de producción. Esta dinámica premisa/efecto, condición anterior/condición posterior, viene siendo consustancial en todo proceso de producción, cualquiera que sea la duración que se estime.

En la sucesión de la producción cambian constantemente las condiciones en que tiene lugar, empezando por el propio hombre, sujeto al cambio generacional. Si nos remitimos a un período histórico no inmediato, medio: “La historia no es sino la sucesión de las diferentes generaciones…; en cada una de sus fases se encuentra con un resultado material, una suma de fuerzas productivas, una actitud históricamente creada de los hombres hacia la naturaleza y de los unos hacia los otros, que cada generación transfiere a la que sigue”[277].

Cada generación se ve influida, en sus condiciones de vida, por las condiciones materiales heredadas -fuerzas productivas y formas de relación social, en primer lugar- que a su vez modifica, prosiguiendo después la actividad productiva en condiciones distintas: “Las circunstancias hacen al hombre en la misma medida en que éste hace las circunstancias”[278], asevera el Marx dialéctico. Que en Miseria de la filosofía asevera que, mediante el movimiento histórico, “las generaciones sucesivas transforman los resultados conseguidos por las generaciones que las precedían”[279]. Por la misma época Marx, en una carta a Annenkov, añade que los hombres no son libres árbitros de sus fuerzas productivas, “base de toda su historia”, ya que son producto de la generación anterior: “El simple hecho de que cada generación posterior se encuentra con las fuerzas productivas adquiridas por la generación precedente, que le sirven de materia prima para la nueva producción, crea en la historia de los hombres una conexión, crea la historia de la humanidad”[280]. La historia como sucesión de generaciones -entendidas como sujetos sociales, al igual que las clases y las naciones- que van renovando, y alterando, las condiciones de producción.

Nos interesa retener esta idea de la existencia de una conexión material entre las generaciones, basada en la continuidad y renovación permanente de las fuerzas de producción. La reproducción del hombre es el primer y más importante componente de esta sucesión de fuerzas productivas, que crea la historia de la humanidad, y la historia nacional en particular. La conexión sucesiva de fuerzas, relaciones de producción y formaciones sociales, sobre un territorio, depara como consecuencia el hecho nacional: población que habita y reproduce su existencia de manera continua sobre un territorio. Conexión nacional que hizo a nuestros autores hablar, en alguna ocasión, de “suelo histórico”. Hay una conexión material entre los hombres que, en un momento determinado, se organizan en una sociedad nacional, con una estructura económica relativamente separada. Conexión económica asincrónica, cierto hilo conductor (fuerzas productivas heredadas/fuerzas productivas producidas) que, como veremos en breve, atraviesa los modos de producción formando y variando la relación de nacionalidad. Lo que llamamos historia nacional es, o más bien debe ser, la historia de esta conexión material (no exclusivamente, claro).

En general, la renovación y reproducción de las fuerzas productivas es cuantitativa y cualitativa: “las fuerzas económicas bajo las que los hombres producen, consumen y cambian, son transitorias e históricas. Al adquirir nuevas facultades productivas, los hombres cambian su modo de producción, y con el modo de producción cambian todas las relaciones económicas… podemos designar como otras tantas épocas progresivas de la formación económica de la sociedad, el modo de producción asiático, el antiguo, el feudal y el moderno burgués”[281].

Como ya señaló Luporini[282], en este caso, para Marx la “formación económica de la sociedad” es un continuum que atraviesa los modos de producción. Quiere decir que la sucesión de generaciones implica, en determinados momentos históricos, la sucesión de modos de producción. Cuando los hombres vuelven a producir sus condiciones de producción introducen variaciones cuantitativas o circunstanciales en ellas, alteran incluso radical y cualitativamente la forma en que el proceso de producción se realiza. La conexión/transición de un modo de producción a otro supone cierta continuidad/discontinuidad de todas las relaciones sociales, también de la relación de nacionalidad. Con todo, ¿cuántas veces en el devenir histórico, en el tránsito de un modo de producción a otro, observamos lo que se modifica de las condiciones de producción pero no lo que permanece? En suma, el enlace entre condiciones previas y condiciones resultantes es clave, así la necesidad de desdoblar analíticamente lo anterior y lo posterior:

“Estas diferentes condiciones que primeramente aparecen como condiciones del propio modo de actividad y más tarde como sus trabas, forman a lo largo de todo el desarrollo histórico una serie coherente de formas de relación, que tienen una conexión que consiste en que la forma anterior a la relación se convierte en un obstáculo, y es sustituida por otra nueva, más a tono con las fuerzas productivas desarrolladas”[283].

Según Marx la producción y desarrollo de las fuerzas productivas originan una crisis interna de las condiciones de producción por el desequilibrio fuerzas de producción/relaciones de producción. Las contradicciones de estas condiciones fundamentales de producción originan una sucesión coherente de relaciones sociales de producción. Sumando a la sucesión de las fuerzas de productivas la sucesión de las relaciones de producción tenemos, por consiguiente, la sucesión entre dos modos históricos de producción y sus formaciones sociales.

¿En qué ámbito y cómo se suceden los modos de producción?

En la evolución espontánea, no subordinada a un plan conjunto, de los individuos organizados socialmente, el desarrollo de las fuerzas productivas “parte de diferentes localidades, tribus, naciones, ramas de trabajo, etc., cada una de las cuales se desarrolla con independencia de las otras y sólo lentamente entra en relación con ellas”, nos dice Marx en la Ideología alemana[284]. Para después continuar, ya en el ámbito nacional de producción, argumentando como un interés social derivado de una relación de producción anterior puede enquistarse largo tiempo en el poder estatal: “poder al que en última instancia sólo puede poner fin una revolución”, como expresión política de la crisis interna de las condiciones nacionales de producción. Siguiendo el texto, Marx revela que la peculiar combinación histórica de las condiciones de producción en Estados Unidos, lo mismo que en otras colonias de diferentes épocas históricas, y que determinados casos de conquista de una nación por otra, depende de las características de la conexión con las condiciones nacionales anteriores. Cuando éstas, por su atraso, o por haber sido previamente destruidas, no lo obstaculizan, se implanta sin estorbos el modo de producción más avanzado: v.g., el capitalismo europeo en Estados Unidos o el feudalismo normando en Inglaterra y Nápoles.

Los modos de producción se suceden en el ámbito nacional por la crisis interna y/o externa de sus condiciones de producción, de manera que los modos previos de producción le transmiten por mediación de la crisis (revolución, conquista, colonización) y de su efecto final, su especificidad a los modos resultantes de producción. El tipo de articulación y desarrollo de los primeros condiciona los segundos. La relación nacional que sustentan los unos engarza con la relación nacional que sustentan los otros. Existen, por lo demás, elementos nacionales comunes de larga duración como el territorio y la lengua, que evolucionan según los sucesivos contextos.

Marx, estudiando el modo capitalista de producción, diferencia condiciones de génesis, condiciones de realización y condiciones de superación. El capitalismo, “lo mismo que cualquiera otro régimen de producción”, presupone como (1) condición histórica una determinada fase de las fuerzas productivas, que es a su vez condición resultante de un proceso anterior[285]. Después tenemos las (2) condiciones inmediatas de producción capitalista que devienen con el tiempo en (3) condiciones históricas de un nuevo modo de producción. Al igual que cualquier otro modo de producción, el capitalismo es histórico, transitorio y contiene las condiciones de su disolución[286].

Las condiciones previas de génesis del capital se transforman en condiciones de realización del capital resultante: sólo en el segundo caso impera el modo producción capitalista, después de someter “todas las condiciones a su producción”, particularmente las “formas de producción y productos” precedentes[287]. En el primero caso, no es así. La mercancía, el comercio, la circulación monetaria no son más que “premisas, puntos de partida de la formación del capital”, condiciones de tipo histórico que “pertenecen a formas de sociedad preburguesas”[288], que devendrán después en “resultados inmediatos del proceso capitalista de producción”. Esta distinción entre condiciones previas precapitalistas y condiciones resultantes capitalistas la tenemos, asimismo, en el paso de la acumulación originaría a la acumulación capitalista, de la liberación de la fuerza trabajo al trabajo asalariado, del dinero al capital. Marx crítica a los economistas burgueses por hacer de las condiciones de génesis del capital las condiciones de su realización, porque de esa manera consideran al capital como “una forma de producción externa y natural (y no histórica)”. Frente a esto Marx reivindica la existencia y la necesidad de una “historia real de las relaciones de producción”[289]. La crisis de las condiciones previas de un nuevo modo producción “que elimina la forma antagónica del modo capitalista de producción, y echa de esta suerte la base material… de una formación social nueva”, razona en perspectiva de futuro. El capital produce, por tanto, “las condiciones materiales de su disolución”[290]: la otra cara de la moneda -condición subjetiva- cuya realización depende de la lucha de clases.

Cuando en la crisis de las condiciones de producción predominan los elementos externos (lucha entre naciones) suele pasar que el modo de producción previo (el de la nación conquistada) sea superado por el modo de producción resultante: el de la nación conquistadora o bien la fusión de los modos de producción en contacto[291].

La dinámica de las condiciones de producción de una nación burguesa -y no burguesa- aclara el porqué de su nacimiento, vida y muerte. Hay una correlación evidente entre condiciones de génesis, realización y disolución del capital, así como entre condiciones de génesis, realización y disolución de las naciones capitalistas, puesto que las condiciones del modo de producción son fundamentales dentro de las condiciones nacionales de producción (también decimos “condiciones económicas de existencia nacional”). De la crisis de las primeras se deriva la crisis de las segundas, la crisis del capital es la crisis de la nación moderna. Igual pasa con cualquier otro modo producción: la continuidad y crisis del proceso y modos de producción inducen la continuidad y la crisis del proceso y las formas de la nación. La sucesión de condiciones de producción, generaciones y modos de producción, en un ámbito territorial, dan lugar a una sucesión nacional: la nación como categoría histórica materialista.

Concluyamos esta parte recapitulando como Marx y Engels se valen del concepto “condiciones de producción” dialécticamente, de manera que en el proceso de producción y reproducción, parte de las condiciones naturales e históricas devienen en condiciones económicas. Las condiciones ambientales y temporales, geográficas e histórico-sociales, se trasmutan así -en ocasiones- en condiciones económicas determinantes. Debiendo recordar de todos modos que en los procesos nacionales, además de las decisivas condiciones económicas, naturales e históricas de producción, existen y actúan en la historia condiciones económicas, naturales e históricas de carácter general, con frecuencia no vinculadas a la producción, que pueden ser asimismo decisivas en primera instancia en la historia de la formación, continuidad o disolución de la nación.

En general, todas las condiciones anteriores se convierten en condiciones posteriores, en cada intervalo de tiempo significativo de proceso de producción. Metamorfosis reversibles todas ellas inherentes tanto al proceso normal de producción como a sus momentos críticos, tanto si lo contemplamos sincrónicamente, en la simultaneidad de sus momentos, como diacrónicamente, en la continuidad y sucesión temporal de sus momentos.

 

  1. Reproducción social de la nación

 

Los hombres, al producir sus medios de vida, fabrican, indirectamente, su propia vida material, su existencia física: la primera de las condiciones de producción. Por eso todo proceso de producción es, enfocado en su conjunto, un proceso de reproducción. Ninguna sociedad puede dejar de consumir, ni puede tampoco por lo tanto dejar de producir. Reproducir es producir las condiciones de producción, transformando condiciones previas en condiciones resultantes, que a su vez son premisas de la siguiente fase productiva. La continuidad del proceso de producción y la renovación simultánea de sus condiciones, define el proceso de reproducción, y su coexistencia con el proceso de producción, cualquiera que sea el modo de producción[292].

Marx distingue reproducción simple y reproducción ampliada. Reproducción simple es la “simple repetición del proceso de producción en la misma escala”. Reproducción ampliada es la repetición de proceso de producción a escala ampliada, o sea, la acumulación. La reproducción se desarrolla en forma circular, en el primer caso, y en forma de espiral, siempre creciente, en el segundo[293].

¿Qué es preciso reproducir para garantizar un proceso continuo de producción?

Primero, la fuerza de trabajo: los hombres, sus medios de vida y el conjunto de necesidades humanas generadas históricamente. Reproducir biológicamente el hombre significa producir la familia, “que al principio constituye la única relación social”[294]; ésto es, significa hacer posible la sucesión generacional.

Segundo, los medios de producción: “ninguna sociedad puede producir constantemente, es decir, reproducir, sin volver a convertir constantemente una parte de sus productos en medios de producción”, trasmutando los resultados del proceso en condiciones previas de una nueva producción[295].

Tercero, las relaciones de producción: “El proceso capitalista de producción, enfocado en conjunto como proceso de reproducción, no produce solamente mercancías, no produce solamente plusvalía, sino que produce y reproduce el mismo régimen de capital: de una parte el capitalista y de otra el obrero asalariado”[296].

Cuarto, las clases sociales: “El capitalista considera la existencia de una clase obrera diestra como una de las condiciones de producción de su pertenencia”, insiste Marx después de explicarnos que “la reproducción de la clase obrera incluye, además, la tradición y acumulación de destreza para el trabajo de generación en generación” (educación laboral). Cuestión ésta que viene a cuento porque, en 1863, la burguesía inglesa prohibía a emigrar a los obreros del algodón, en paro, con el argumento de que sería “debilitar la nación, exportando sus mejores obreros fabriles”, lo que sería suicida para “todas las clases del país”. De todo esto, Marx saca como conclusión que “el obrero pertenece al capital antes de venderse al capitalista”[297]. Gracias también, todo hay que decirlo, al factor clave de la cohesión nacional.

Quinto, las relaciones de dominación. El proceso capitalista de producción reproduce -y eterniza- las condiciones de explotación del obrero, así como las relaciones de distribución (que determina la proporción en que los individuos participa de los productos) que le son propias. “También el capital -bajo una forma mediata- reproduce una relación de dominación”, asevera Marx[298]. Hagamos notar que el proceso de producción y reproducción puede ser inmediato o mediato, según la menor o mayor cercanía, en el tiempo y en el espacio, del objeto. El capital reproduce también en las mediaciones las relaciones económicas, políticas e ideológicas de la dominación.

Sexto, las relaciones sociales en general: “Las relaciones sociales, y por ende la posición social de los agentes de producción entre sí, las relaciones de producción mismas son producidas, son el resultado, incesantemente renovado, del proceso”[299]. Las relaciones de producción son parte principal de las relaciones sociales en general. La reproducción, entendida de forma de mediata, social y globalmente considerada, produce y vuelve a producir la familia, las clases y la nación, toda la sociedad humana. Nos interesa específicamente, en este apartado, la reproducción social y mediata de la nación burguesa contemporánea.

Marx observa circunstancias en las que se da la pérdida o la inmutabilidad de las condiciones de reproducción social. Los campesinos propietarios de sus condiciones de reproducción pueden perderlas por causa de una mala cosecha, la guerra, el hambre o un incidente fortuito (como la muerte de la vaca), no pudiendo entonces reponer la semilla y demás condiciones previas para reiniciar la producción[300]. En las formaciones precapitalistas, esta pérdida supone por lo común la entrada en dependencia del campesino libre, quien después de las condiciones de reproducción pierde las propias condiciones de producción. En el capitalismo, supone la entrada del campesino en la clase de los trabajadores asalariados.

La inmutabilidad de la reproducción social está  acreditada en el modo producción asiático que “descansa en condiciones de producción que se reproducen con la inmutabilidad de las condiciones naturales”. Por ejemplo, las comunidades de aldea en la India, que:

“bastándose a sí mismas, se reproducen constantemente en la misma forma y que al desaparecer fortuitamente, vuelven a restaurarse en el mismo sitio y con el mismo nombre, dándonos la clave… de la inmutabilidad de las sociedades asiáticas, que contrasta de un modo tan sorprendente con la constante disolución y transformación de los Estados de Asia y con su incesante cambio de dinastía. A la estructura de los elementos económicos de la sociedad no llegan las tormentas maquinadas en la región de las nubes políticas”[301].

Un buen modelo de cómo el cambio o el no-cambio de una forma social depende de sus condiciones básicas de producción más que de sus condiciones naturales e históricas, coyunturales y/o superestructurales. En este caso la comunidad, la dependencia del individuo de la comunidad, la unión agricultura y manufactura, la autosuficiencia de la unidad de producción, etcétera, son las condiciones fundamentales de producción[302].

También las condiciones de reproducción de una nación pueden permanecer inmutables o entrar en crisis, hasta el punto de desaparecer por pérdida de sus condiciones de reproducción social. Entre una y otra hipótesis están los infinitos casos de los cambios nacionales. Engels y Marx enfocaron aquellos que le tocaron vivir, consecuentemente con su teoría subyacente de nación[303], según pudimos comprobar en la parte histórica de este trabajo. Estudiando siempre el estado de las condiciones materiales de reproducción nacional, y valorando qué posibilidades tenía la acción del hombre para desarrollarlas, frenarlas o generarlas.

Los ámbitos de aplicación del concepto “condiciones de reproducción” vienen siendo los mismos que para las condiciones de producción. Si éstas se constituyen históricamente (trabajadores virtualmente libres y capital) en el seno de una nación, del mismo modo la reproducción alimenticia del trabajador y la familia, del capital y la plusvalía…, tienen lugar asimismo a un nivel nacional[304].

Esto en lo tocante a las condiciones fundamentales de reproducción de la nación, después tenemos las condiciones generales de la reproducción nacional, donde: “en vez fijamos en un solo capitalista, en un solo obrero, nos fijamos en la totalidad de la clase capitalista, de una parte, y de otra en la clase obrera”[305].

En el siglo XIX la “totalidad social” es ante todo la nación, contexto prioritario del proceso de acumulación capitalista. Las clases existen en primer lugar como clases nacionales, y como tales tienen que dedicar parte del “trabajo sobrante… a la satisfacción de las necesidades generales de la sociedad”[306], o sea sostener económicamente toda la nación.

El capital debe producir, verbigracia, los medios de comunicación y transporte para llevar los productos al mercado. Los caminos, canales y trenes representan condiciones generales de producción, bien porque facilitan la circulación -la hacen posible-, bien porque incrementan las fuerzas productivas. La construcción de rutas corresponde, como todas las obras generales, a las “necesidades nacionales”, y condicionan el  “sobreproducto colectivo de la nación”, preciso  para cubrir este objetivo,  entre otros: “es una porción de trabajo necesario para su reproducción [como individuo] en tanto que miembro de la comunidad y para la reproducción de ésta en tanto que condición general de su actividad productiva”[307].

La reproducción de la nación como sujeto social requiere satisfacer las necesidades inmediatas individuales y colectivas de la reproducción humana, al igual que un excedente necesario para reproducir todos los presupuestos de su vida económica, tanto generales como particulares, y sus relaciones sociales, culturales y estatales específicas.

Los medios de comunicación y transporte constituyen, en consecuencia, una condición económica de reproducción de la comunidad, que hay que añadir a las condiciones básicas de reproducción (trabajo asalariado y capital) de la totalidad nacional. En el texto de los Grundisse que acabamos de citar, Marx está hablando no obstante de las vías de comunicación como condición de reproducción de naciones antiguas, asiáticas y capitalistas[308]. Marx aplicaba la noción de reproducción, simple y ampliada, a todos los modos históricos de producción: “En los más diversos tipos económicos de la sociedad nos encontramos no sólo con la reproducción simple, sino también, aunque en diferente proporción, con la reproducción en escala ampliada”[309].

En el capitalismo, los ferrocarriles son la coronación de la obra (couronnement de l’oeuvre) del modo de producción capitalista, al igual que los barcos de vapor y el telégrafo, medios de comunicación adecuados a los modernos medios de producción y circulación del capital. El ferrocarril nacional, organizado por el Estado, crea y acrecienta una “superestructura capitalista” que acelera la imposición del modo de producción capitalista, incluso donde los modos tradicionales abarcan la mayoría del cuerpo social, y que impulsa soberanamente el comercio interior y exterior[310]. Las condiciones generales de reproducción reafirman y extienden las condiciones fundamentales de reproducción, porque crecen más de prisa, convirtiéndose en potentes palancas para la reproducción ampliada. Del mismo modo que la centralización de capitales (término diferente concentración o acumulación), por medio de la concurrencia y del crédito, formando monopolios nacionales, complementa, amplia y acelera la acumulación de medios producción. La centralización de los capitales existentes en una rama industrial, o en varias, va por delante y tira de la concentración normal de capital[311]. Monopolio, ferrocarril, medios de comunicación…, constituyen condiciones de reproducción ampliada de la nación moderna.

Hay un aspecto más propio del proceso de reproducción que del proceso de producción: la procreación del hombre, que posibilita plantear una relación conservación/destrucción como efecto biológico y social de la reproducción sobre las condiciones anteriores. La progresión de la población -ya tratamos más arriba la crítica de Marx a Malthus- desequilibra la fuerza productiva humana respecto de las demás condiciones de producción y reproducción, pudiendo llegar a la ruina de éstas. Las condiciones anteriores pueden conservarse igual o resultar eliminadas y abrir paso a otras condiciones, bajo una nueva forma. Asunto al que ya hicimos referencia al escribir sobre la dialéctica de las condiciones de producción.

Marx pone ejemplos (el paso de la naturaleza salvaje a la tierra cultivable, o de la aldea a la ciudad) de como “la conservación se cambia en su contrario”, por causa del incremento demográfico, a consecuencia del proceso de producción: “Así la simple progresión de la población se opone ya a que cada individuo posea una extensión dada de tierra. Para vencer este obstáculo habrá que colonizar, lo que implica guerras de conquista…”[312].

La contradicción población/recursos naturales es una contradicción interna de las condiciones de producción y reproducción, que provoca la crisis de éstas y una lucha por las condiciones de producción con las comunidades vecinas. Dicho de otro modo: el crecimiento de las fuerzas productivas, humanas en este caso, acaba por cuestionar la estabilidad de la nación, generando la lucha de naciones.

En el crecimiento demográfico encontramos el primer efecto de la reproducción ampliada, puesto que “crea en uno de los polos más capitalistas o capitalistas más poderosos y en el otro más obreros asalariados”. La acumulación de capital entraña un aumento del proletariado: “un país será tanto más rico cuando cuanto más proletarios tenga”[313]. Otras vías para esta nueva creación de asalariados son la incorporación de la mujer, y de los niños, a la producción y la incorporación de ramas de producción pre-burguesas al dominio del capital (habrá que añadir después la inmigración). La relación capitalista de producción “se produce bajo condiciones cada vez más propicias para una de las partes, los capitalistas, y más desfavorables para la otra, los asalariados”[314], pero entra en crisis cuando la oferta de trabajadores asalariados supera a las posibilidades productivas del capital: la lucha nacional por los mercados es una de las consecuencias de esta crisis interna de las condiciones capitalistas.

Examinamos ya como Marx y Engels señalaron que la burguesía fabrica la nación moderna, y que la nación (su unidad y la independencia nacional) es condición previa para la “riqueza nacional” y la dominación de la burguesía[315]. La nación forma parte de las condiciones mediatas y generales de producción capitalista como condición previa/condición resultante del proceso de producción y reproducción.

Reproduciendo las condiciones nacionales de producción, tanto privadas e individuales como las públicas y generales, se reproduce la nación como totalidad social, se reproduce su población y sus clases, sus fuerzas productivas y relaciones de producción e intercambio, su relación con el medio geográfico, su Estado, sus relaciones con las naciones vecinas, su conciencia común derivada de unas condiciones comunes de producción. Reproducción social de la nación sujeta, naturalmente, a las contingencias de conservación/destrucción, continuidad/discontinuidad, inherentes a todos los procesos de producción y reproducción social.

¿Por qué la nación es una condición mediata de producción? La relación nacional entre los hombres no se forma, o renueva, en el momento mismo de la producción, sino mediatamente después. Marx comenta que Malthus “relaciona tontamente” población con alimentos, sin considerar que entre ambos está la “mediación social” que vincula a los individuos con sus productos[316]. Esta mediación social viene, antes que nada, de las fuerzas y relaciones de producción e intercambio. La nación es, de todos modos, una mediación social más amplia, atañe al conjunto de las relaciones de los hombres entre sí y a las relaciones de los hombres con la naturaleza, muy necesarias éstas últimas para entender la nación pero no tanto la clase social (contemporánea).

Ya estudiamos la nación como conexión material que atraviesa los modos de producción, alterando sus contenidos y sus formas. Cabe añadir que esa “conexión materialista de los hombres entre sí… tan vieja como los hombres mismos”, que los mantiene unidos, es una relación social, es decir, una “cooperación de diversos individuos, cualquiera que sean sus condiciones”[317]. En la sociedad de clases siempre hallamos una relación de nacionalidad entre los hombres. Esta precisa relación social es bastante más que un marco o perímetro formal de diferenciación social, es un nexo interno, la relación social que mantienen unidas a las clases sociales, pese a sus contradicciones antagónicas, para asegurar la continuidad del proceso de producción circunscrito a un medio natural e histórico. La nación como totalidad social articulada expresa la cooperación de los individuos, cualquiera que sea su relación con las condiciones básicas de producción, para dominar la naturaleza, y para hacer la historia.

Por eso, cuando reproducimos las clases, reproducimos el nexo material que les une, la nación como articulación de un conjunto de clases y fenómeno histórico interclasista. Marx deja muy claro que el capital y el trabajador: “se reproduce cada uno a sí mismo al reproducir el otro, a su negación… El capitalista produce al obrero, y el obrero al capitalista”[318]. Ahora bien, esta reproducción -simultánea- de las condiciones económicas fundamentales, trabajo asalariado y capital, no tiene lugar en el aire, solamente es posible sobre una base espacial, heredando determinadas fuerzas y relaciones de producción, en sociedades relativamente separadas entre sí[319], o sea, se realiza en contextos nacionales. Lo que separa a las clases y lo que las mantienen unidas, son las condiciones nacionales de producción y reproducción. La lucha por las cuales conduce tanto a la lucha de clases como a la lucha de naciones. El hecho de que la relación social entre las clases sea de explotación no excluye de entrada su forzosa unidad nacional frente a terceros, ni debilita necesariamente su fuerza: las clases sólo pueden vivir en su vinculación espacial, cultural y política mutua. El incremento nacional de capital (reproducción ampliada) incrementa por igual capital constante (medios y producción) y capital variable (fuerza de trabajo)[320], otra cosa es la desigualdad que engendra.

Para Marx la relación mercantil obrero-capitalista es tan sólo “forma mediadora” del sojuzgamiento del primero por el segundo[321]. La nación, en la tesis que estamos proponiendo, en lo que tiene que “comunidad ilusoria”, no material, sería la forma mediadora del sojuzgamiento de una clase por otra, encubriendo bajo la apariencia de una relación de igualdad una relación desigual entre las clases. Mixtificación ideológica que se apoya, ciertamente, en la “comunidad real” de unas condiciones de producción contradictorias pero comunes. Cuestión ésta que ya desarrollamos páginas atrás.

Ber Borojov, que abrió un camino para reabrir el concepto originalmente marxista de nación, no tiene sin embargo en cuenta, decíamos, que las condiciones de producción son también de reproducción social. Lo que le dificulta dos cosas: a) abordar la dialéctica de la nación y su devenir, a partir de la renovación constante de su base económica, las condiciones de producción; b) entender que la lucha por las condiciones de producción ajenas no es una acción casual o voluntaria -“puede no obstante ansiar… conquistar condiciones ajenas”[322]-, sino una exigencia hija de la reproducción ampliada de las formaciones sociales que limitan entre sí, que tienen como base de unas condiciones de producción aún poco desarrolladas y,  desde luego, finitas. Subestima Borojov en cierta forma la dimensión dinámica, cambiante e histórica, del hecho nacional (en el caso judío se mueve en la larga duración).

Poulantzas ya se refirió a la nación como “una unidad particular de reproducción del conjunto de relaciones sociales, mucho antes del capitalismo”[323]. Gallissott hizo notar, a su vez, que la nación es una “comunidad de reproducción”, criticando mismamente a Borojov por no “razonar en términos de reproducción social”, pero minusvalorando por su parte las aportaciones del marxista judío ruso a la recuperación del enfoque materialista de la cuestión nacional[324].

 

  1. Lucha por las condiciones en producción

 

La lucha entre formaciones socio-nacionales por las condiciones de producción y reproducción es un hecho empíricamente observable en todas las épocas históricas. Los hombres, de diferente e incluso antagónica clase social, se juntan a menudo frente a terceros para defender o ampliar las condiciones comunes de producción. Esta lucha de naciones se da tanto en periodos de estabilidad como de inestabilidad. En el primer supuesto, la lucha es consecuencia directa de la dinámica usual de las condiciones de producción y reproducción social de la nación; en segundo supuesto, la lucha deriva de la crisis de estas condiciones (nacionales) de producción, por causas endógenas o exógenas. Evidentemente, las contradicciones latentes en las condiciones de producción originan las crisis: la inestabilidad nace de la estabilidad, y viceversa.

Conozcamos como trataban en concreto Marx y Engels las luchas de etnias en el modo comunitario de producción, pre-clasista, y las luchas de naciones en el capitalismo, y el singular interés que mostraron sobre las conquistas de unas comunidades socio-territoriales por otras.

Para Marx, la guerra y la conquista representaron una de las principales bazas económicas de la comuna. La tierra como condición natural de producción podía ser, y era, disputada por otras comunidades. Cuando la reproducción ampliada de la población entraba en contradicción con la disponibilidad de la tierra, sobrevenía la crisis y la lucha entre diferentes tribus[325]. Los conflictos entre las comunidades, al dilatarse éstas, provocaban la sumisión de unas por otras, el intercambio, la división de trabajo y las relaciones de interdependencia[326].

Para Engels, cada tribu se consideraba en estado de guerra con toda otra tribu con quien expresamente no conviniera la paz: “La guerra es tan antigua como la existencia simultánea de varios grupos sociales en contacto”[327]. La guerra es tan antigua como la necesidad del hombre de producir para reproducir su existencia social; la organización de la humanidad en sociedades separadas, también. Pero debemos distinguir los conflictos esporádicos entre grupos sociales pre-clasistas, acosados por una naturaleza prepotente, de los conflictos entre sociedades organizadas en clases, naciones y Estados, que comienzan a dominar la naturaleza circundante, disponen  de unas condiciones de producción mínimamente desarrolladas y cuentan con un excedente económico colectivo que les posibilita constituir una comunidad nacional y política superadora de los colectivos tribales de recolectores y cazadores.

Conclusión: la lucha por las condiciones de reproducción, y por lo tanto la división de la humanidad en comunidades sociales relativamente separadas que contienden entre ellas, es un hecho tan antiguo como el hombre mismo, se da -aunque de manera distinta- y tanto en lo que convencionalmente llamamos prehistoria como historia. Los conflictos, guerras y conquistas atestiguan la presencia de una constante pugna intercomunitaria, por la tierra y por los hombres, por las condiciones de producción, en todos los modos pre-capitalistas de producción.

En el Capital, Marx estudia específicamente la batalla por las condiciones necesarias para la producción capitalista, entre las naciones europeas en el tránsito del feudalismo al capitalismo y en la fase de acumulación originaria.

El centro de la acumulación originaria fue pasando de un país a otro, entre los siglos XVI y XIX: España, Portugal, Holanda, Francia e Inglaterra. El saqueo de las condiciones de producción tuvo lugar en América (metales preciosos), en África (esclavos) y en Asia (materias primas). Las guerras comerciales fueron detrás: la secesión de los Países Bajos, Inglaterra contra la Francia jacobina, la guerra del opio… Proteccionismo y sistema colonial acompañaron el paso de la manufactura a la gran industria[328]. El capital comercial, que impera en esta fase sobre el capital industrial, supone saqueo de las condiciones de producción ajenas, despojos, piratería. Lo mismo pasó con Cartago y Roma, decía Marx, subrayando la “rivalidad entre las naciones europeas en su afán de apoderarse de los productos de Asia y de los tesoros de América”[329]. En los siglos XVI-XVIII el trasfondo de la lucha de naciones es, ante todo, la lucha por las nuevas condiciones de producción. Disponer de las condiciones históricas de génesis del capital, equivalía a poseer las condiciones precisas para constituirse como naciones modernas. Aquellos países que no consiguiesen la unidad nacional (Alemania, Italia) quedaban fuera de esa carrera: la nación es una condición previa para la acumulación primitiva del capital. En los períodos de inestabilidad y crisis del modo de producción, en este caso el Antiguo Régimen feudal-comercial, las luchas y los procesos nacionales se agravan y aceleran.

Al tiempo que las clases que detentan en la nación la propiedad de las condiciones de protección, éstas componen el patrimonio nacional, los “medios de producción y de vida de la nación”[330]. Engels, en el debate sobre Polonia en Fráncfort, apreciaba que las haciendas polacas “siendo propiedad de la nación polaca”, fueron robadas por el Estado prusiano, que intentó sobornar a los polacos “con su propio dinero”[331]. Borojov trata así mismo de las condiciones de producción como “patrimonio material de la nación”[332].

La relación de las clases respecto a las condiciones de producción es diversa. Mientras que el proletariado estaba desposeído de las condiciones objetivas de producción y reproducción, la burguesía se apropió de estas condiciones objetivas -los medios de producción- controlando así las restantes condiciones nacionales de producción. ¿Puede extrañar a alguien que el proletariado, organizado autónomamente como partido de clase, sienta que la patria, edificada sobre las condiciones de la burguesía, no es suya? Poner fin a la propiedad privada de los medios de producción quiere decir nacionalizar la nación, que las condiciones de reproducción social sean efectivamente de todos, que el patrimonio nacional sea en verdad nacional, que la “patria ficticia” devenga en “patria verdadera”. La lucha de la clase obrera por el control de las condiciones de producción (de todos) es, entonces, una lucha nacional para cambiar la forma nacional de reproducción, pero también una lucha internacional. Las condiciones mundiales de producción han de someterse al “control común de los pueblos más avanzados”; el proletariado debe apropiarse de manera colectiva y universal de las condiciones de producción y reproducción de la sociedad[333].

Aunque se empleen indistintamente los términos “control” y “apropiación”, corresponden a diferentes contenidos. En el supuesto del control de condiciones ajenas: “se exige, además, que los países en que no se desarrolló el régimen capitalista de producción consuman y produzcan en el grado que convenga a los países de producción capitalista”[334].

De modo parecido, el capital impone su interés a los modos precapitalistas de producción en el interior de cada nación. El propio trabajador no es propiedad del capitalista, pero éste lo controla como fuerza de trabajo desposeída. En realidad, a la nación no es jurídicamente propiedad de la clase dominante (los medios de producción que son condiciones básicas de la producción nacional, sí), pero ésta controla el conjunto de las condiciones económicas de existencia y reproducción nacional. Dicho con otras palabras, la nación es una mediación social que le permite al capital asegurar su control y hegemonía, mientras asegura la reproducción del conjunto de la sociedad, y su defensa cuando entre en confrontación con otra sociedad nacional. En el feudalismo y las formas asiáticas se confunde control y propiedad, perdiendo la nación parte de su carácter mediador y mixtificador, que solamente en la nación burguesa se desarrolla con plenitud.

Mientras el desarrollo y control colectivo de ámbito universal de las condiciones de producción no sean realidad, los hombres se asocian para producir y dominar las condiciones de producción, estableciendo relaciones de hegemonía y subordinación entre las unidades sociales principales: clases y naciones. La lucha social por las condiciones de producción es un todo con sus momentos, nacional e internacional, según el punto de vista sea interior o exterior a cada nación.

Marx constata, en la década de los años veinte del siglo XIX, como la lucha de clases entre capital y trabajo aparecía relegada a un segundo plano, desplazada políticamente por la lucha internacional de la Santa Alianza contra liberalismo, y económicamente por el pleito entre capital industrial y propiedad señorial, que adopta en cada nación un carácter específico[335]. Luchas ubicadas en primer plano que son relativamente reductibles a una lucha de clases: la Santa Alianza contra liberalismo venía siendo la lucha de las clases feudales contra el bloque burguesía-pueblo.

El conflicto interno fuerzas productivas/relaciones de producción desencadena las guerras “entre las distintas clases de una nación y entre las diferentes naciones”[336]: se trata de un mismo conflicto, que se puede desdoblar en niveles y momentos. Marx esperaba que la crisis de las condiciones capitalistas de producción agravaría al mismo tiempo los conflictos internos y externos -de clase, nacionales e internacionales- creando condiciones para la revolución y la guerra[337]. Nos explicamos así que nuestros autores afirmen que el fin del antagonismo interno sería el fin del antagónico externo: “La victoria del proletariado sobre la burguesía es, al mismo tiempo, la victoria sobre los conflictos nacionales e industriales que enfrentan hostilmente entre sí, hoy en día, a los diversos pueblos”[338].

Marx y Engels hacían depender tanto la estructura interna de la nación como las relaciones entre una y otra nación de sus fuerzas productivas, de su trato interior y exterior y de las condiciones nacionales de producción[339].

El interior se reproduce en el exterior: “Los fenómenos destructivos que genera la libre competencia en el interior de un país se reproduce, en proporción más gigantesca, en el mercado mundial”, dirá Marx en 1848, relacionando el enriquecimiento de una clase a expensas de otra, dentro de un mismo país, con el enriquecimiento de un país expensas de otro[340]. De ahí que afirme en los Grundisse: “son las relaciones internas las que producen la dominación inglesa en el mercado mundial”[341].

Veamos ahora lo contrario: como el exterior se reproduce en el interior cuando un país domina y ocupa otro. La conquista es el resultante pacífico o violento de una relación conflictiva entre naciones que tiene como objetivo la apropiación o el control de las condiciones de producción del país derrotado, acabando a menudo por modificar el modo producción de la nación conquistada. Paradigma forzoso de la lucha nacional por las condiciones en producción, el fenómeno de las conquistas -y por extensión de las guerras- preocupó bastante a Marx y Engels, que lo estudiaron en la Ideología alemana, la Introducción de 1857 y otros textos, puesto que contradecía aparentemente las leyes del materialismo histórico: la lucha de naciones se sobreponía a la lucha interna de clases, incluso alterando cualitativamente la base económica de la sociedad.

“A toda esta concepción de la historia parece contradecirla el hecho de la conquista”, señala Marx, poniendo como ejemplos la conquista de Roma por los bárbaros y del Imperio bizantino por los turcos, que cuajaron con la creación de una “nueva estructura de la sociedad”. La expansión de los pueblos conquistadores era fruto de la necesidad de “nuevos medios de producción” provocada por el auge demográfico, un grave desequilibrio al interior de las condiciones de reproducción ampliada. La crisis de Roma es fruto de la concentración territorial, de la reducción de tierras cultivadas en beneficio de los pastos, de la crisis de la esclavitud y de la relación exclusivamente política con las provincias, o sea, de la crisis interna de su modo de producción. En uno y otro caso el origen del conflicto está en las respectivas condiciones nacionales de producción, en las condiciones básicas de producción de los invasores por un lado y los romanos y bizantinos por el otro, lo que contradice la “idea usual de que la historia… se redujo a la conquista”. En suma, que también en el caso de la conquista, el interior se reproduce en el exterior, la dinámica de los modos de producción determina las guerras de conquista como acontecimientos históricos, si bien de una manera más compleja que en el caso de las revoluciones sociales en el interior de cada nación.

Que un pueblo conquistador se apodere de las condiciones de producción ajenas supone, asimismo, quedar condicionado por ellas. El contexto determina el texto: el dinero de un banquero -papeles- nada vale sin el contexto de un modo producción capitalista. La nación victoriosa acaba también por asimilar, total o parcialmente, el modo de producción de los sometidos para poder seguir reproduciéndose en las nuevas condiciones del país sojuzgado, así fue como el modo de producción feudal surgió de la síntesis entre germanos y romanos, entre vencedores y vencidos[342].

En la Introducción de 1857 Marx vuelve sobre el tema, insiste en que las condiciones de producción aisladas sirven de poco, las esclavos robados de nada valen si no existe un modo producción que corresponda a la esclavitud, y avanza una tipología de las conquistas según se imponga: 1) el modo de producción del pueblo conquistado (“los ingleses en Irlanda, en el siglo XIX, y, en parte, en la India”); 2) el modo de producción del pueblo conquistado (romanos y turcos sólo exigían tributo a las naciones sometidas); 3) una síntesis entre los dos, resultando un nuevo modo de producción (caso de las conquistas germanas y los orígenes del feudalismo): “en todos los casos el modo producción… es decisivo para la nueva distribución que se establece”. Conclusiones importantes porque en éstas y otras circunstancias: “la producción parece estar organizada y determinada por la distribución”[343]. El hecho histórico de la conquista transforma las condiciones previas de producción en condiciones resultantes. Los modos previos de producción imperantes en las naciones implicadas, además de explicar la actuación de éstas, condicionan el modo de producción resultante, soporte de las nuevas relaciones sociales.

Engels camina en la misma dirección cuando explica que el poder político sucumbe si se opone al desarrollo económico, pero existen excepciones: un poder político conquistador puede destruir la población y las fuerzas productivas, o no utilizarlas. Es el caso de las obras de irrigación de la España musulmana, después de la conquista. En cambio, una nación dominante más atrasada termina siendo asimilada por la situación económica más desarrollada de la nación sometida, teniendo incluso que “adoptar su lengua en la mayoría de las veces”. La imposición de las condiciones económicas trae consigo, por lo regular, la imposición de las demás condiciones de existencia nacional.

Contemplemos ahora el conflicto nacional desde el ángulo de los conquistados. Engels distingue conquistas que no cambian el modo de producción y conquistas que si lo cambian. En la primera circunstancia tenemos la conquista de Grecia por Macedonia y, más tarde, por Roma. Las contradicciones de la producción basada en la esclavitud anquilosan “las comunidades fundadas en ella”, que son sometidas por otras más fuertes, pero como éstas se organizan también por medio del modo esclavista de producción, la cosa queda en el desplazamiento del centro de problema “que se repite a un nivel superior, hasta que se produce finalmente la conquista por una nación que pone en lugar de la esclavitud otra forma de producción”[344].

El cambio del modo producción puede tener lugar como resultado de una ruptura interna que se proyecta exteriormente en forma de guerras nacionales (la revolución de 1789 y las guerras de la Convención y napoleónicas), o de una ruptura exterior que se reproduce interiormente modificando radicalmente las clases y sus relaciones, como en el tipo de conquistas que analizaron Marx y Engels. La historia de la lucha de clases y la historia de las naciones suelen estar imbricadas.

En la lucha por las condiciones producción y reproducción no está en juego sólo las fuerzas productivas, también las relaciones de producción (y el modo de producción en su conjunto), que son objeto de apropiación o imposición por parte de las comunidades en lucha. Lo mismo que las condiciones naturales de producción (la salida al mar de Polonia, por ejemplo) y las condiciones históricas de producción (la lengua de los sometidos, el derecho romano o la administración inglesa en la India). La propia existencia nacional es objeto de expropiación, o conservación, como condición de producción: pensemos en las particiones de Polonia o en su reconstrucción al final de la Gran Guerra, ambos frutos de conflictos internacionales en los cuales se dirimió su patrimonio nacional, entre otras cosas.

Viene siendo difícil robarle a un pueblo su patrimonio nacional, las condiciones de su reproducción, sin que se rebele o parezca, es por lo cual que en tantas ocasiones la lucha por una vida digna es una lucha por la liberación nacional. Por contra, la sustracción de condiciones de producción ajenas (que puede mejorar el nivel de vida de los trabajadores del país expansionista) dio pie a los mayores genocidios que conoce la humanidad. No olvidemos que el nazismo, el imperialismo y el colonialismo, tuvieron una base común en  el nacionalismo expansionista.

 

  1. Clases y naciones

 

Volvamos a las tesis de los fundadores del marxismo resumidas por Borojov: (1) La humanidad está dividido en naciones como sociedades relativamente separadas. (2) Las naciones están divididas en clases. De modo que la distribución de la sociedad es bilateral: las diferencias en las condiciones de producción definen las naciones, mientras que la participación en el proceso productivo y la relación con los medios de producción, definen las clases. (3) El conflicto fuerzas productivas/relaciones de producción da lugar a la lucha de clases, y el conflicto fuerzas productivas/condiciones de producción a la lucha naciones. Se deduce de los razonamientos sistematizados por Borojov la distinción, apoyada también en Marx, entre relaciones internas y externas, de forma que, ubicados en una unidad nacional dada, la lucha de clases es sobre todo interior y la lucha de naciones es primordialmente exterior[345].

División de la humanidad en naciones. La sociedad civil se divide en naciones. Marx, analizando el origen de la división del trabajo y el intercambio, escribió:

“Diversas comunidades descubren en la naturaleza circundante diversos medios de producción y diversos medios de sustento. Por tanto, su modo producción, su modo de vivir y sus productos varían. Estas diferencias naturales son las que, al entrar en contacto unas comunidades con otras, determinan el intercambio… No es el cambio lo que crea las diferencia entre las varias órbitas de producción; lo que hace el cambio es relacionar estas órbitas distintas unas con otras; convirtiéndolas así en ramas de una producción global de la sociedad unidas por lazos más o menos estrechos de interdependencia. Aquí, la división social del trabajo surge por el cambio entre órbitas producción originariamente distintas pero independientes las unas de las otras”[346].

Los hombres entran en la historia, en rigor, no como una sociedad humana única, sino como comunidades sociales diferenciadas. La distribución desigual de las condiciones de producción organiza en determinado momento a los hombres en sociedades nacionales distintas, relativamente separadas, pero interdependientes. Primero son las condiciones naturales de producción las que determinan esta diversidad nacional. Después es la división del trabajo entre las comunidades u órbitas de producción, en un sentido estricto, quienes motivan la división nacional. Para Marx la variedad de condiciones de producción es, también, variedad del modo de producción y de vida: atañe a las condiciones fundamentales de producción como acabamos de ver. La necesidad de administrar las condiciones comunes de producción crea “desde el principio cierto interés común”: son “los comienzos del poder estatal”, que se hace más imprescindible “a causa de la multiplicación de los conflictos con otros grupos”[347].

Conforme los hombres van dominando la naturaleza, la causa de la desigualdad de las condiciones de producción se va desplazando de la naturaleza a la economía. El modo de producción será quien más origine la desemejanza de las condiciones de producción y, por consiguiente, la lucha de las naciones. El capitalismo, el primer modo universal de producción, agudiza su carácter desigual, recrudeciendo los fenómenos nacionales[348], al compás de la internacionalización de las fuerzas productivas y demás condiciones de producción. Desarrollo desigual que, aunque perdiendo sus características antagónicas, permanecería en una hipotética sociedad comunista, en opinión de Marx y Engels, si bien nacería una nueva identidad nacional de ámbito universal: el “género humano” organizado social y económicamente del que habla la estrofa de la Internacional. La razón última de porqué hoy en día estamos lejos de esa nación-humanidad, y existen aún bloques y naciones en lucha, reside en que los hombres están lejos de (1) un desarrollo de las fuerzas productivas que equipare el nivel de las condiciones de producción en el mundo, y de (2) un control colectivo y racional de éstas y de sus efectos sobre la sociedad y la naturaleza[349].

División de la nación en clases. Estamos viendo como la nación es un conjunto de clases: sede, marco y relación de la existencia y la lucha de las clases. El interés material común que mantiene unidas a las clases, pese a su carácter antagónico, en el proceso de producción y reproducción, engendra la nación como suma y unidad de los contrarios. La conexión material-nacional de las clases pone en claro lo que hay de necesario de ese pacto, contrato, o bloque social para la convivencia nacional que observamos tan a menudo en la historia. Pacto que se explícita y decanta en los procesos de formación nacional, y que se reformula o se rompe en los momentos críticos de las naciones, mediante las luchas interclasistas e internacionales.

El proceso de reproducción social incapaz todavía organizarse políticamente en una órbita planetaria, se ha realizado en los siglos XIX-XX en círculos excluyentes que limitan entre sí. A principios del siglo XXI, la concomitancia de la unificación y la diversificación de las nuevas condiciones globales de producción está haciendo que las naciones se desarrollen, por lo contrario, en círculos inclusivos: lo normal es que una nación sea un subconjunto de otra comunidad más grande de tipo nacional. La superposición de diferentes comunidades nacionales trae como consecuencia la doble o triple nacionalidad del individuo. Proceso unificador-diversificador está todavía en sus comienzos[350].

El problema teórico más importante en el tema que nos ocupa es desarrollar una teoría unificada de la nación y a clase, lo que sólo se puede hacer siguiendo a los creadores del marxismo. No hay manera de lograr una teoría unificada de los objetos sociales, sin una óptica materialista, en las nubes político-ideológicas es justamente donde se manifiestan más las apariencias. Borojov define clases y naciones como cosas diversas sin concretar claramente sus relaciones y, ante todo, su base material común. La confusión viene de la embarullada exclusión por parte de Borojov de las condiciones económicas fundamentales en su peculiar definición del concepto “condiciones de producción”. Así se explica que diga esquemáticamente que las clases son la relación con los medios de producción, y las naciones la relación con las condiciones de producción, sin aclarar que las primeras son parte esencial de las segundas. La nación y las clases son, en cierto sentido, caras opuestas de las mismas condiciones de producción: 1) la nación es producto de la comunidad de las condiciones de producción; 2) las clases son producto de la contradicción de las condiciones de producción. Los hombres se organizan para producir en sociedades-naciones porque comparten unas condiciones de producción determinadas, con exclusión de terceros. Además de lo cual, los hombres se organizan para producir en clases, porque parten de manera desigual la tarta de las condiciones de producción, reproducción y distribución, toda vez que participan de manera desigual en el proceso de producción nacional.

Podemos así explicar tres hechos relevantes:

1) La evolución histórica interdependiente de las clases y de la nación. Formación, realización, cambio y desaparición son fases sincronizadas de la dinámica de las clases y las naciones, inferidas de unas bases materiales compartidas.

2) De resultas de lo anterior, la madurez simultánea de la clase y la nación como categorías plenas, en la sociedad civil, burguesa y moderna. La íntima conexión material entre clases y naciones, encuadradas ambas en la sociedad civil (reino de las relaciones económicas, en palabras engelsianas), tiene como fundamento material común la anatomía económica de la sociedad civil, que obtiene su autonomía en la época de la burguesía, y también su plenitud, escindiéndose del Estado.

3) La ambivalencia de la nación, trampolín tanto de las luchas de liberación como de las conquistas, guerras y opresiones nacionales. Pocas veces se asumen ambas caras del fenómeno nacional, único en su esencia dupla, transgrediéndose de ese modo un criterio común a todas las ciencias: la generalidad del objeto. La ambigüedad de la nación facilita que se preste a la hegemonía de clases y orientaciones ideológicas y políticas contradictorias. En la conciencia nacional prima generalmente la comunidad de intereses sobre la contradicción de intereses, de ahí la peculiaridad de su dimensión alienante: la nación como falsa conciencia. En cambio, en la conciencia de clase prima (recordemos que el punto de observación está en el interior de la nación) la separación sobre la unión de los intereses en principio opuestos[351]. Es por ello que Marx suele relacionar conciencia de clase-conciencia real con conciencia comunitaria-conciencia ilusoria. Lo que será aplicable según la clase de la que se trate y las circunstancias históricas concretas, siempre y cuando se tenga en cuenta que toda conciencia nacional comprende elementos reales y objetivos que reflejan la comunidad de las condiciones de producción.

La nación moderna se funda en una paradoja: crecimiento de las desigualdades entre las clases y fortalecimiento del entronque intranacional. En este contexto contradictorio cualquier extrañamiento e irracionalidad colectiva es posible[352]. Igual que la mercancía, la nación capitalista se transforma en un fetiche, en la forma fantasmagórica -independiente de los hombres- de una relación social. Vale, pues, contemplar también la nación como una relación de alienación. La nación, uno de los resultados del proceso histórico de producción y reproducción social, se torna de esta forma en una fuerza ajena y hostil, que esconde las situaciones reales, mientras los hombres no controlen, plenamente, las relaciones entre sí y con la naturaleza[353].

La esencia interclasista de la nación nos lleva a pensar que su base material es común a las clases pero tiene a la vez naturaleza diferente. De nuevo, la unidad de los contrarios: las naciones expresan la unidad y complementariedad de las condiciones de producción; las clases expresan la división y el antagonismo de esas mismas condiciones de producción.

Marx y Engels emplean junto con el término condiciones de existencia nacional, la locución condiciones de existencia de clase, en uno y en otro caso el fundamento de la existencia social son las condiciones de producción. Concepto que hemos aplicado al ámbito individual y nacional de la producción, entre el uno y el otros ubicamos las clases.

Marx se refiere en el Manifiesto comunista a las condiciones de producción, el trabajo asalariado, el capital y la propiedad privada, como condiciones de existencia y dominación de la burguesía. Que también son, a su vez, condiciones de existencia y explotación del proletariado.  El “modo de producción era la condición primordial de la existencia de todas las clases industriales”. La burguesía no podría imponer a la sociedad las condiciones existenciales de su clase, si fuese incapaz de asegurar las condiciones de existencia del proletariado, es su función específica como clase dominante. Por otro lado, las condiciones existenciales del proletariado -las mismas en Francia, Alemania o Norteamérica- tienden a aniquilar las condiciones existenciales de la antigua sociedad burguesa[354]. En resumen, las condiciones existenciales de las clases burguesa y obrera, revelan el antagonismo primordial de unas condiciones de existencia de origen común e íntimamente conectadas. La sede de esa conexión y el antagonismo es, en primer término, la formación social-nacional, organizada en clases y fracciones de clases, dominantes y dominadas, siendo obligación de las primeras garantizar la reproducción social de todas ellas, de toda la nación.

Cada clase entraña por su lado unas condiciones comunes de reproducción[355]: “estas condiciones de existencia sólo son, naturalmente, las fuerzas productivas y las formas de relación existentes, en cada caso”[356]. La base común de las condiciones de existencia de las clases y de la nación son las condiciones específicas (económicas, naturales e históricas) del modo de producción. Si afirmamos que las clases manifiestan la contradicción de las condiciones de producción y la nación la comunidad de las condiciones de producción, ¿cómo se articulan los dos polos? Engels nos dice que, en cada país, el avance -o retroceso- de las condiciones existencia del  proletariado “va paralelo al desarrollo de las condiciones de existencia” de la burguesía: “el criado es como el amo”[357]. Las clases fundamentales son más fuertes en la medida en que la comunidad nacional de las condiciones de producción se desenvuelve. Engels insiste en este tema en el Anti-Dühring, desde otro ángulo: la clase dominada reacciona con entusiasmo, aprobación u oposición ante el modo de producción -y el modo de distribución correspondiente- según se encuentre en su fase ascendente, normal o descendente[358]. Fijando ahora la atención en la dicotomía contradicción/comunidad de intereses para concluir que la contradicción se manifiesta, principalmente, cuando la comunidad falla. El pacto nacional puede entonces reformularse o romperse, sobrepasando la lucha de clases el umbral de normalidad, o sea, compatible en el consenso nacional habitual entre las clases nacionales.

La nación como comunidad contradictoria, asociación de una clase contra otra clase, es también, según ya vimos, una relación social alienante: “La aparente comunidad en que se asociaron hasta ahora los individuos cobró siempre una existencia propia e independiente frente a ellos y, por tratarse de asociación de una clase en contra de otra, no sólo era… una comunidad puramente ilusoria para la clase dominada, sino también una nueva traba”[359].

Lo mismo podemos decir de “la relación de comunidad en que entran los individuos de una clase”, que puede cobrar “existencia propia e independiente” frente a ellos[360]. Las clases son -o puede ser[361]– también un poder extraño que se impone a los hombres, siendo como son producto de su actividad. No obstante, el individuo es consecuencia de las relaciones de clase, “aunque subjetivamente se considere muy por encima de ellas”, argumenta Marx en el primer prólogo del Capital después de advertir que “nos referimos a las personas en cuanto personificación de categorías económicas, como representantes de determinados intereses y relaciones de clases”[362]. Difícilmente dirá Marx, así y todo, que los individuos personifiquen intereses y relaciones de nación[363]. La clase es una relación de producción, la nación no tanto, más bien un conjunto articulado de relaciones de producción, no existe la nación uniclasista.

Esta función determinante de las relaciones de clase sobre los individuos es general, actúa sobre todas las relaciones sociales, también sobre las relaciones nacionales. En la idea de Marx y Engels, el proletariado al emanciparse como clase liberará a la humanidad y a los individuos de las clases, las naciones y el Estado, de todas las mediaciones sociales alienantes. El grado de mediación, y por consiguiente de alienación, es mayor en el caso de la nación que en el caso de las clases, que intervienen directamente en el proceso de producción. Más adelante insistiremos en ello.

En la Ideología alemana, Marx y Engels precisan que la diferencia de clase “sólo se pone de manifiesto en contraposición con otra clase”, la comunidad de la clase son los “intereses comunes frente a un tercero”: “Los diferentes individuos sólo forman una clase en cuanto se ven obligados a sostener una lucha común contra otra clase, pues de otro modo ellos mismos se enfrentan unos con otros, hostilmente, en el plano de la competencia”[364].

Las clases se forman como clases “para sí”, en y por la lucha de clases. Algo semejante se puede aseverar de las naciones (sobre todo contemporáneas): una nación se pone de manifiesto en contraposición con otra nación. De no darse esta comunidad nacional de lucha frente a terceros, la contradicción entre sus partes, la competencia hostil entre la clases, acabaría por romper con la necesaria asociación de clase en el proceso de reproducción social, asociación que –por lo de ahora- requiere el vínculo productivo y social de la nación. Así se equilibran clases y naciones, conjugando intereses comunes e intereses contrarios, bajo el imperativo de asegurar la reproducción (en las formas que permite el nivel de desarrollo material) del cuerpo de la sociedad: “dentro del cual coexisten simultáneamente todas las relaciones soportándose unas a otras”[365]. Las clases, relaciones diversas de los hombres con los medios de producción y vertebración interna de las más señaladas condiciones nacionales de producción, son por ello los soportes sociales más importantes de la nación. La nación relaciona, globalmente, a las clases entre sí, con la naturaleza y con las restantes totalidades sociales nacionales: la nación es la mediación social más importante de la clase.

La nación proviene por su parte de una doble mediación: entre los individuos entre sí, y entre ellos y la naturaleza. Dado que “para producir los hombres contraen determinados vínculos y relaciones y a través de estos vínculos y relaciones sociales, y sólo a través de ellos, es cómo se relacionan con la naturaleza y como se efectúa la producción”[366].

El rasgo que debemos resaltar es, entonces, la nación como mediación entre las clases sociales; o su papel como vínculo intermediario entre proletariado y burguesía en la época contemporánea. La razón reside en que, desde el punto de vista materialista, la nación es más relación directa entre clases que relación directa entre individuos. Los individuos no participan en la producción como individuos aislados, sino que organizados en clases productivas. En la vida social, política e ideológica, lo mismo: los individuos participan en la nación vertebrados en clases, otra cosa es lo que dice, claro está, la ideología dominante. El “Contrato Social” es para Rousseau un pacto entre individuo y la comunidad, no obstante -aclara Marx- la asociación de los individuos gracias a la división del trabajo no es “de ningún modo arbitraria, a la manera de que se nos pinta, por ejemplo, en el contrato social, sino necesaria”[367]. Esta asociación necesaria fruto de la división de trabajo es ante todo la clase, en segundo lugar la nación y demás relaciones sociales. El contrato social nacional es un pacto de clases, tanto si consideramos la nación como órbita de producción o globalmente como totalidad social. Resultando que, así como la persona “se halla condicionada y determinada por relaciones de clase muy concretas”[368], la nación se halla condicionada por relaciones de clase muy concretas, por las relaciones de hegemonía y subordinación que establecen entre sí sus clases fundamentales. En la medida en que el todo condicionada las partes, la nación y las luchas de naciones, inciden en las clases y la lucha de clases, hasta el punto de actuar como causa próxima de los conflictos sociales como vimos en el caso de las conquistas. Si bien la causa principal de los conflictos sociales esta en el interior de cada comunidad, en las contradicciones internas de las condiciones del modo de producción, en las clases y en lucha de clases. Al final son las partes las que acaban por determinar el todo, en la relación desigual clases/naciones, deciden de algún modo las primeras en última instancia. Las naciones son condiciones generales de producción, pero las clases, trabajo asalariado y capital en la época moderna[369], son condiciones inmediatas y esenciales del proceso de producción, sin las clases la producción no existiría. Mientras que la nación es condición mediata y por lo tanto menos fundamental, aunque también necesaria para la reproducción social, como ya explicamos anteriormente.

Para Marx: “Constituye una abstracción falsa, en primer lugar, considerar una nación, que tiene un régimen de producción basado en el valor, y que además se halla organizada capitalistamente, como un organismo colectivo que trabaja pura y exclusivamente al servicio de las necesidades nacionales”[370].

Las necesidades nacionales en la medida en que trascienden al individuo, personificación de las relaciones socio-económicas, son las condiciones generales de producción (medios de comunicación, obras públicas, etc.) y las condiciones naturales e históricas, políticas y culturales de producción -internas y externas- necesarias para que funcione el “organismo colectivo”: todas ellas condiciones comunes de producción imprescindibles para la existencia efectiva de la nación, pero no tanto para la existencia de las clases. Para la caracterización de las clases como “clases en sí”, trabajadores asalariados y capitalistas, podemos de entrada abstraernos de los condicionamientos más generales y externos del proceso de producción, que son en cambio del todo punto necesarios para delimitación del total nacional. En la cita última Marx viene a insistir en que el capital, el valor, las condiciones económicas en suma, constituyen la esencia de la nación. Al tiempo que las clases, derivación directa de las condiciones económicas, son las partes principales de la totalidad social nacional.

Marx distingue, según hemos visto, “clase en sí” e “clase para sí”: “las condiciones económicas transformaron la masa del país en trabajadores. La dominación de capital creó en esta masa una situación común, intereses comunes. Así, esta masa resulta ya una clase frente al capital, pero no aún para sí misma. En la lucha… esta masa se reúne, constituyéndose en clase para sí misma”[371]. Lucha empieza por la coalición obrera que ” tiene siempre una doble finalidad: la de hacer cesar la competencia entre ellos, para poder hacer la competencia general contra el capitalista”[372].

Depende de cada país, y de cada momento histórico, la importancia relativa del factor objetivo y del factor subjetivo en la formación de una clase social. Igual lo podemos decir de la nación. Porque hay también una nación objetiva, basada en sus peculiares condiciones de producción, y una nación subjetiva, construida generalmente en la lucha contra terceros. Borojov trató este tema denominando “pueblo” a la nación como objeto y reservando el término “nación” para cuando existe la autoconciencia, la nación como sujeto social[373]. Desdoblamiento terminológico que confunde, siendo a nuestro parecer más atinada la idea de discernir nación en sí/nación para sí. La autoconciencia nacional es precisamente consecuencia de la lucha histórica común de un bloque de clases contra un enemigo exterior, y a veces contra el enemigo interno, partidario de otra forma de relación nacional. Las elaboraciones de Marx y Engels sobre procesos nacionales concretos, y sus posicionamientos sobre la viabilidad económica y/o política de tal o cual nación, implican como vimos en el anterior capítulo una toma de posición previa sobre la importancia relativa que, en cada caso específico y su contexto, se le concedía a la “nación en sí” y a la “nación para sí”, a los factores objetivos y subjetivos en los procesos nacionales.

Retomemos de nuevo el tema de la naturaleza diferente de la asociación-clase y de la asociación-nación. La clase se constituye plenamente cuando, en la lucha común, se superan las contradicciones entre individuos que soportan en lo principal, independientemente de su voluntad, una situación común en el proceso de producción. La nación se constituye plenamente cuando, en la lucha común contra otras naciones, se superan las contradicciones entre clases e individuos que tienen en lo económico, objetivamente, una situación antagónica en el proceso de producción. La superación del antagonismo de clase supone ciertamente, la aceptación del sistema nacional de clases dominantes y dominadas, con las renuncias subsiguientes para las segundas. Sin embargo, la superación de la competencia entre individuos de una misma clase económica no significa de modo tan perentorio integrar y articular posiciones antagónicas. Se muestra de esta manera el porqué de que la ambivalencia y la alineación se dan en la nación en un grado mayor que en la clase: la conciencia nacional está obligaba a esconder las relaciones sociales reales -excepto los casos y circunstancias en que vayan parejas- y ocultar las contradicciones de clase.

 

  1. Lucha de clases, lucha de naciones

 

La lucha de clases y la lucha nacional tiene un origen común: la lucha por las condiciones de producción. En las sociedades clasistas, la pugna de las “sociedades relativamente separadas” por la propiedad y el control de las condiciones de producción, lucha de naciones, es relativamente reductible a una lucha de clases, pugna en el interior de esas sociedades nacionales por el control último de las viejas y nuevas condiciones de producción y reproducción. Escribimos “relativamente” porque, en realidad, la reducción de las dinámicas nacionales a las dinámicas de clase no es absoluta, depende de la relación con un tercer nivel de análisis: la dialéctica de las condiciones de producción, fundamento de todos los tipos de conflictos sociales.

Podríamos resumir lo siguiente: (1) la lucha nacional siempre es traducible a una lucha de clases, y al revés; (2) de uno u otro modo, ambas son reductibles al nivel básico de la lucha por las condiciones de producción; (3) la primacía de la lucha de clases sobre la lucha de naciones, de las luchas interiores sobre las exteriores, viene dada porque la dialéctica objetiva de las clases expresa lo más contradictorio, por lo tanto lo más dinámico y real de la dialéctica de las condiciones de producción. Las contradicciones más importantes de unas condiciones de producción dadas son interiores: contradicciones inmanentes de las condiciones fundamentales de producción (las fuerzas y relaciones de producción) y suponen de inmediato contradicciones de clase y, en un momento posterior, contradicciones de nación. Marx y Engels consideran epistemológicamente la contradicción como lo más profundo y esencial, la raíz de todo movimiento y sinónimo del ser vivo, les viene de Hegel[374]. Es decir, en el ser social lo verdadero es la lucha de contrarios, la lucha de clases que expresa la contradicción principal del proceso de producción y reproducción. La lucha de naciones significa, por su parte, una contradicción menor que también puede convertirse en principal, en un momento y lugar determinados, aunque subordinada en último término a las contradicciones inmediatas de producción, a las luchas de clase.

Sin olvidar que clases y naciones corresponden a esferas sociales cualitativamente distintas, sujetas a dinámicas sociales entroncadas pero relativamente autónomas: clase y nación atañen a momentos y niveles sociales diferentes. La determinación última de clase de las luchas nacionales será eficaz: “cuanto más largo sea el período en cuestión y más extenso el campo que se estudia”[375], podemos sostener parafraseando al viejo Engels cuando puntualiza el modo de intervención de la “última instancia” económica.

Marvin Harris porfía, en 1968, en este mismo asunto del marxismo y las determinaciones: “Engels empleó la expresión ‘en última instancia’ para cualificar la influencia selectiva del modo producción sobre la ideología, lo mismo que hoy en día procuraríamos cualificar cualquier enunciado determinista con las expresiones probabilistas: dado un número de casos suficiente y a la larga”[376].

Para Engels la historia real era la historia de la lucha de clases, que se sobreimponía a otras formas de lucha por las condiciones de producción: “La concepción de la historia como una serie de luchas de clases es mucho más rica en contenidos y más profunda que la simple reducción a las diferentes fases, poco variadas entre sí, de la lucha por la existencia”[377].

En unas notas sobre biología, Engels aplica a la sociedad el concepto darwiniano de esta “lucha por la vida”, aplicado a la sociedad es decir, lucha por los medios de vida, disfrute y desarrollo producidos por la sociedad. Luchas por las condiciones de reproducción, que en el régimen capitalista -añade de nuevo Engels- reviste: “la siguiente forma: proteger los productos y las fuerzas productivas producidos por la sociedad burguesa contra la acción destructora y devastadora del mismo orden social capitalista, arrebatando la dirección de la producción y de la distribución sociales de las manos de la clase capitalista”[378]. Lo que implica tomar el control de la nación.

La primacía de la lucha de clases por el control de las condiciones producción, hace que quede en un segundo plano para los iniciadores del marxismo la competencia, por ese mismo objetivo, entre individuos de una clase (o entre naciones o grupos de naciones). Luchas reales pero que expresan contradicciones secundarias[379], y “poco variadas”, en palabras de Engels.

Con todo, actualmente, después de la experiencia de dos guerras mundiales e infinitas luchas de liberación nacional (y el fin del socialismo llamado real), sin menoscabo de la centralidad de las condiciones intrínsecas del modo de producción, estamos obligados a tenemos que rehabilitar el papel de las contradicciones extrínsicas y  sus efectos así mismo determinantes sobre la historia y las realidades concretas, junto con todas las demás contradicciones surgidas de la sociedad y la economía, la política y las mentalidades, aplicando criterios de “historia total” y multideterminación causal.

Las guerras entre naciones no varían mucho realmente de un modo de producción a otro, están omnipresentes en la historia y pudieron conducirnos en el pasado siglo a la destrucción de las condiciones naturales de producción del planeta. Que las luchas nacionales sean consecuencia de los desequilibrios, secundarios o reflejos mediatos de otros más principales, no es óbice para que muten con frecuencia en el aspecto principal y eficiente de la lucha de clases. Ejemplos: Irlanda y Polonia en el siglo XIX, donde los obreros tenían la obligación según Marx y Engels de ser “nacionales antes de internacionales”; la caída del Imperio romano; y los procesos en los cuales la conquista supone el factor decisorio que emana de las contradicciones internas de los modos nacionales de producción en contacto. Asuntos también tratados como vimos por los creadores del marxismo.

Después de insistir en la trasmutación de la lucha de naciones en lucha de clases, vayamos en la dirección contraria, ¿cómo se traducen las luchas de la clase obrera, y de la burguesía, en lucha nacional?

Los proletarios modernos, opina Marx en el Manifiesto, pueden gracias a los modos de comunicación -lo decía en el siglo XIX- “centralizar las numerosas luchas locales, de igual carácter por doquier, y convertirlas en una lucha nacional, en una lucha de clases”[380]. Ya mencionamos anteriormente esta cuestión: la relativa sinonimia aquí reflejada, entre clase y nación, contradice la afirmación de que la lucha de proletariado es nacional no por su contenido sino por su forma. Marx alega a renglón seguido: “es natural que el proletariado de cada país debe acabar en primer término con su propia burguesía”[381]. Una lucha de clases que revoluciona el modo de producción en el ámbito nacional, no actúa solamente sobre la forma también sobre el contenido, conlleva la ruptura del pacto nacional y un cambio cualitativo en las condiciones fundamentales de producción. La cuestión reside en el punto de vista que se adopte: a) si la referencia también es el modo de producción capitalista en general, la lucha obrera es nacional en la forma e internacional en el contenido; b) si la referencia es el capitalismo nacional -articulado con otros modos de producción-, la lucha de clases es nacional en el contenido e internacional en sus efectos formales.

La lucha de clases de la burguesía “al comienzo, contra la aristocracia; después, contra aquellas partes de la propia burguesía de intereses contradictorios con el proceso de la industria; y siempre contra la burguesía de todos los países extranjeros. En todas estas luchas se ve forzada a apelar al proletariado, a recurrir a su auxilio arrastrándolo así hacia el movimiento político”[382]. Tenemos entonces una cuádruple dimensión nacional -en tiempos no siempre coincidentes- de los combates de la burguesía: a) en la lucha contra la nobleza, la burguesía encarna el proyecto moderno de nación; b) la lucha entre fracciones de la clase burguesa de un país es, también, una lucha nacional; c) la lucha entre las burguesías nacionales es por definición internacional, la nación es mediación externa entre las clases; d) en todos los casos, se forma un bloque nacional proletariado-burguesía, y tiene lugar la entrada del proletariado en la política nacional, de la mano de la burguesía, que acaba por volverse contra ella misma. La clase que ahora representaba a la nación “jamás puede conseguir el pleno dominio social y político sobre la nación sin el auxilio de la clase obrera”[383]. Este pacto o cooperación -desigual- de clases se da en la vida productiva y en todas las instancias de la reproducción social, política y cultural de la nación.

La determinación que ejerce el modo de producción sobre los procesos sociales, según las proposiciones del materialismo histórico de Marx y Engels, actúa como bien sabemos a través de sus contradicciones internas, especialmente el choque de las fuerzas productivas con las relaciones de producción: “al adquirir nuevas fuerzas productivas los hombres cambian su modo de producción, la manera de ganar su vida, cambian todas sus relaciones sociales…. las fuerzas productivas ya adquiridas y las relaciones sociales existentes no pueden coexistir unas al lado de otras. De todos los instrumentos y producción, el mayor poder productivo es la misma clase revolucionaria”[384].

Los instrumentos que expresan la crisis de las condiciones fundamentales de producción son las clases, creadas, potenciadas o relegadas por el progreso de las fuerzas de producción, a quienes representan en un momento dado. La manera que tienen las clases progresistas del luchar por las condiciones de producción es defenderlas frente a las elaciones de producción y formas sociales obsoletas, desfasadas respecto de las nuevas fuerzas productivas, reales y potenciales[385]. Esta lucha de clases por las condiciones de producción es el motor principal de la historia; las restantes formas que adquiere la pugna por las condiciones de producción, o juegan un papel menor y/o son derivadas de la confrontación principal de clases, vienen a decir nuestros autores. Marx pone como referencia de los efectos del desarrollo de las fuerzas productivas sobre las condiciones de producción, y las relaciones sociales, la invención del arma de fuego que varió las relaciones internas y la organización del ejército, así como “la relación entre los distintos ejércitos”[386]. Identificando las guerras, “entre las distintas clases de una nación y entre las distintas naciones”, como “el gran movimiento histórico que brota del conflicto entre las fuerzas productivas ya alcanzadas por los hombres y sus relaciones sociales, que ya no corresponden a estas fuerzas productivas… entre las distintas clases de una nación y entre las distintas naciones”[387].

Las luchas de clases y de naciones tienen su origen en los desequilibrios internos de las condiciones económicas de producción. Borojov se equivoca, por consiguiente, cuando separa lucha de clases (conflicto fuerzas productivas/relaciones de producción) de lucha de naciones (conflicto fuerzas productivas/condiciones de producción)[388]. Las relaciones de producción, y las fuerzas de producción que actúan en su seno, constituyen las condiciones fundamentales de producción; el conflicto entre unas y otras desencadena una crisis interna de las condiciones de producción[389] que se manifiesta en las relaciones de nación.

Cuando hemos repasado los casos de luchas nacionales comentados por Marx y Engels, por las condiciones ajenas de producción (tierra, metales preciosos, esclavos, materias primas, mercados…), ¿qué hemos encontrado? Un encadenamiento de causas. Una causa primera que tiene que ver con la dinámica y articulación de las fuerzas productivas y las relaciones de producción (larga duración), y una causa segunda más próxima y específica (medie y corta duración). Es el caso del desfase tierra/población (causa segunda) en el contexto de una limitación ejercida por las relaciones de producción (causa primera), que desencadena el conflicto con las comunidades vecinas, guerras y conquistas. O la colonización de América, África y Asia por el capital, con las guerras nacionales subsiguientes, resultado de la carencia de determinadas condiciones de producción y circulación en contraste con la expansión de las condiciones capitalistas de producción en Europa. Del mismo modo, las guerras comerciales entre las naciones capitalistas fueron derivación de las crisis internas de sobreproducción.

La lucha por las condiciones de producción no consiste solamente en la apropiación y control de las ya existentes, reside en la conservación o destrucción de las adquiridas en función de su progresión o estancamiento, cuando que devienen insuficientes para cubrir las necesidades humanas. Esta lucha cualitativa y decisiva por las condiciones de producción es, por lo común, una lucha de clases. El poder productivo que -decía Marx- pueden incluso asumir las clases enfrentadas lo encontramos en la nación revolucionaria que combate por liberar las fuerzas productivas de las viejas relaciones nacionales de producción: la fuerza de la nación reside, en este caso, en el bloque social de clases que está detrás.

El desarrollo desigual, en la historia y en el espacio, de las condiciones de producción crea la base material del hecho nacional. Las fuerzas productivas y las relaciones de producción quienes asumen un carácter específico en cada nación. La regresión o progresión de la nación depende de las condiciones de su modo hegemónico de producción, de la lucha nacional de clases más que de la lucha internacional por las condiciones de producción. La apropiación y control de las condiciones ajenas de producción -lucha entre naciones- está siempre subordinada a la existencia de unas condiciones propias de producción fundamentales, es decir las relaciones de producción y las fuerzas productivas correspondientes: el soporte social de estas condiciones económico-sociales fundamentales son, claro está, las clases.

La acción de las clases nacionales decide el carácter de las condiciones de producción de cada país. Cosa que no sucede necesariamente cuando es sustraída una parte -cuantitativa- del patrimonio nacional o cuando éste resulta engrosado por la lucha victoriosa contra otra nación. Ahora bien, la lucha de naciones puede concluir con la imposición de un nuevo modo de producción (cambio cualitativo de las condiciones nacionales de producción), pero siempre con la mediación decisiva de las clases. El modo feudal de producción surgió de la fusión de las condiciones nacionales de producción de germanos e indígenas-romanos: unos y otros se fusionaron horizontalmente, después de escindirse en clases las naciones, invasoras e invadidas: el producto fue una nueva nación y un nuevo modo de producción dominante.

En conclusión, el nivel de mediación social principal en la nación son las clases sociales. La nación nace y muere según el apoyo de clase(s) de que disponga. Una variación sustancial de las clases sustentadoras del proyecto nacional engendra un cambio total de la nación. Lo contrario no siempre es cierto: la pérdida de una parte de las condiciones nacionales de producción no tiene porqué implicar una alteración significativa de las clases que la componen. La lucha de clases es el momento capital de la lucha general -individual, clasista, nacional, universal- por las condiciones de producción, ya que determinan la cualidad de éstas. La lucha de clases y la lucha de naciones tienen un origen común, la lucha por las condiciones de producción, pero un alcance diferente: las clases pueden cambiar la base económica de la sociedad -condiciones de producción-, también pueden las naciones pero mediante las clases.

La primacía de las clases se deduce también de la propia delimitación que hace Marx de las condiciones básicas de producción de las sociedades burguesas, sean nacionales sea en general: trabajo asalariado y capital, clase obrera y clase capitalista. De ahí su conocida afirmación en el Manifiesto: la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases. Siendo esto verdadero en lo esencial, resultaría infravalorado el nivel de la nación como órbita autónoma de producción y reproducción social, nudo del acontecer histórico y conjunto de las clases con el marco de las condiciones económicas y no económicas de producción. No se debe, pues, restringir de espaldas a la realidad histórica y social, como una caricatura, el análisis de la nación a un análisis de clase. Cierto que la lucha de naciones acaba sirviendo a los intereses concretos de las clases, pero tratándose de dinámicas diferentes y autónomas, podemos aseverar en rigor con Pierre Vilar que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases y de lucha de naciones, lucha diversa pero convergente por las condiciones de producción y reproducción social.

 

CONCLUSIÓN

 

Pretendimos estudiar los textos de Marx y Engels con el método que Marx y Engels, en la busca de elementos precisos para teoría materialista de la nación. El método de Marx empleado en la crítica de la economía política es hipotético-deductivo[390], va de lo general (y teórico) a lo particular y concreto (y viceversa, añadimos nosotros). Lógica epistemológica que “necesita ilustrarse con ejemplos históricos, mantenerse en contacto constante con la realidad”[391].

Para analizar la nación se suele comenzar por lo que está a la vista: lengua, territorio, carácter, conciencia, voluntad política… ¿Qué conseguimos por una vía exclusivamente inductiva? Una descripción -caótica- de la multiplicidad de determinaciones y relaciones que inciden en el hecho nacional, sin aprehender su mecanismo interno. Conviene llegar al fondo del problema, descubriendo las determinaciones esenciales y comunes, simples y abstractas, que expliquen las naciones históricas y concretas, diversas y complejas. Estas determinaciones comunes son primeramente económicas: las condiciones de producción. Considerando como económicas no solamente las relaciones de producción[392], sino todos los elementos naturales, históricos y sociales, en la medida en que afecten al proceso de producción y la economía. Engels dice: “La economía no trata de cosas, sino de relaciones entre personas, y, en última instancia, de clases”[393]. La nación como relación -económica y diacrónica- de las clases entre sí, y del conjunto de las clases con la naturaleza, define un enfoque objetivo de la nación, que choca con la opinión hoy predominante de la nación como entidad subjetiva y política, ideológica más que económica. Una y otra versión son ciertas, siempre que se ubiquen, relacionen y jerarquicen en lo concreto como nación-objeto y nación-sujeto, siempre que no se excluya a la nación de las relaciones sociales determinadas, directa o indirectamente, por la economía.

El método descriptivo y positivista consiste en generalizar los rasgos distintivos de las naciones, observados empíricamente, yendo de lo particular a lo general, seguido como es sabido por Stalin. Así nació su definición cerrada y dogmática de nación, destinada a tener gran difusión:        “Nación es una comunidad humana estable, históricamente formada surgida sobre la base de la comunidad de idioma, de territorio, de vida económica y de psicología, manifestada ésta en la comunidad de cultura… Sólo la presencia conjunta de todos los rasgos distintivos forma la nación”[394].

Engels que, como anotamos, negaba valor científico a las definiciones y entendía que el método correcto era exponer el “desarrollo de la cosa misma”, aceptaba la utilidad de una definición siempre y cuando no se pidiera de ella “más de lo que pueda decir”[395]. La utilidad pedagógica y política de la definición estaliniana tuvo su fue importancia en el siglo XX para el movimiento obrero y de liberación nacional, de le atribuye un “valor político, pero quizás ni teórico ni científico”[396]. La cuestión fue que de la definición de Stalin se pidió más de lo que podía dar: surgió toda una teoría de la nación, hegemónica durante décadas entre los marxistas, extendiendo incluso su influencia más allá. La elaboración de Stalin tuvo lugar en una coyuntura política soviética marcada por la batalla por un POSDR (bolchevique) único, con autonomías territoriales para las socialdemocracias nacionales, contra el federalismo del Bund, y también contra la reivindicación de una autonomía cultural-nacional por parte de los nacionalistas judíos y un sector de los socialdemócratas caucasianos “que no pudieron resistir a la ‘epidemia’ nacionalista”[397]. Por estas razones un Stalin anti-nacionalista ataca en su obra al austromarxismo: “La autonomía cultural-nacional de Springer [Karl Renner] y Bauer es una sutil variedad del nacionalismo”, oponiéndose a la propuesta de Otto Bauer “evolutivo-nacional”, de “adaptar la lucha de clases de los obreros a la lucha de naciones”[398].Cosa que ya habían preconizado, por cierto, Marx y Engels en el caso de Irlanda[399] y Polonia[400], según remarcamos en el apartado histórico de este trabajo.

Para aplicar la política del leninista POSDR que propugna el derecho a la autodeterminación (más radical, desde luego, que la autonomía cultural-nacional) para todas las naciones del antiguo Imperio ruso, era suficiente definirlas con una “suma de rasgos”: Polonia, Ucrania, Cáucaso, Georgia, Lituania, Letonia, Armenia…, disponían de los antes citados rasgos distintivos. La minoría nacional que quedaba excluida de la particular definición de Stalin era, justamente, la judía. Descartadas la unión cultural-nacional que reivindicaba el Bund (originada en Otto Bauer que consideraba nación al pueblo judío), y también las autonomías regionales (previstas para las naciones que aceptaran formar parte del nuevo estado multinacional ruso), a los judíos se les reconocería en la Unión Soviética estalinista la libertad de culto y enseñanza.

El concepto condiciones de producción, tan presente en la obra de Marx y Engels, no está del todo ausente en los análisis, tanto de Bauer como de Stalin. Otto Bauer que entiende la nación como una “comunidad de carácter” sobre la base de una “comunidad de destino”, afirma, así y todo, que destino, cultura y carácter nacionales están determinados por las condiciones de producción, siguiendo a los fundadores: “las condiciones en que los hombres producen su sustento vital y reparten el fruto de su trabajo determinan el destino de cada pueblo; sobre la base de determinado tipo de producción y reparto del sustento vital surge también determinada cultura espiritual”[401].

No obstante Bauer, contradiciéndose a sí mismo, asume que “la cuestión de la nación sólo puede ser desarrollada a partir del concepto de ‘carácter nacional”[402]. Viene a decir que la historia de una nación es la historia de una comunidad cultural y de carácter. La función (determinante) de las condiciones de producción resulta, finalmente, marginal en el austromarxismo.

Stalin critica pues justamente a Bauer por considerar el carácter como “único rasgo esencial de la nación”, insistiendo ortodoxamente en que el carácter nacional es “reflejo de las condiciones de vida… del medio circundante”, pero acaba también relegando las “condiciones económicas” a un elemento más de los que definen o describen la nación: cualquiera de ellos puede destacarse sobre los demás, según la nación de que se trate, resume salonómicamente Stalin[403]. Apartándose, en definitiva, de manera distinta al austromarxismo, de la posición original de Marx y Engels -que cuasi desapareció por muchos años- que buscan siempre el “mecanismo interno”, dialéctico y global, que explique cada proceso nacional en el tiempo y el espacio.

En la década de los años 70 del pasado siglo tuvo lugar, con todo, una interesante renovación de la teoría de marxista de nación, en tres direcciones:

1) Enfoques de los procesos nacionales más acá del punto de vista internacional, desde su interior, como una lucha de clases por la hegemonía, en la línea de Marx y Engels que, en 1848, luchaban por un proyecto nacional alemán del proletariado, en 1867 apoyaban el fenianismo (“de tendencia socialista”) en la lucha por la independencia de Irlanda, y, en 1892, escribían que sólo el joven proletariado polaco podía conseguir la restauración nacional de Polonia.

2) Pierre Vilar es de los primeros que intenta superar conscientemente las limitaciones de la definición de Stalin cuando restringe el hecho nacional a “una época determinada, la del capitalismo ascendente”, ampliando en tanto que historiador de Cataluña el concepto a distintas épocas históricas y sirviendo intereses de clase diversos[404]. La nación como hecho de larga duración, categoría histórica con bases clasistas diversas, corresponde al pensamiento original de Marx y Engels como hemos visto una y otra vez en esta investigación. Vilar, de todas las maneras, no valora debidamente las razones políticas que llevan a Stalin en 1913 (El marxismo y cuestión nacional) a constreñir la nación a la época del capitalismo ascendente, y la lucha nacional a una lucha burguesa[405], en lucha con el evolucionismo-nacional y la adaptación lucha de clases/lucha de nación que pretende Otto Bauer, e incluso la idea que tenía el joven Stalin en 1904 (¿Cómo entiende la socialdemocracia el problema nacional?)  La cuestión es que la teoría pretendidamente marxista-leninista que se difunde, y se transforma en práctica política, es la de 1913 que constriñe el concepto de nación a la Época Contemporánea[406].

3) Emmanuel Terray adopta, en 1973, la posición más beligerante conta la aportación de Stalin, calificando su definición de empirismo y criticando la arbitrariedad en el número y l asociación de los rasgos inventariados, la exclusión de las naciones que no cumplen los siete criterios distintivos y, sobre todo, asegurando que la definición de Stalin conduce a considerar la nación como una esencia permanente, ahistórica, proponiendo una  fórmula para romper con el esquematismo estalinista: “reintroducir en la definición de nación la distinción de los factores objetivos y de los factores subjetivos”, caracterizados en su relación dialéctica y potenciando la idea -marxista original, añadimos- de la nación como sujeto social: bloque de clases que constituye la nación en un momento dado[407].

Justo los estudios sobre la Revolución francesa revelaron una coalición antifeudal de clases, dirigido por la burguesía, que refunda la nación. Terray se basa en ello para (re) introducir el factor subjetivo en el desarrollo de la teoría de nación. Después de Stalin, vuelven por lo tanto en alguna media Marx y Engels que habían destacado la presencia histórica de bloques de clases pro-nacionales en los procesos alemán y polaco, y su ausencia en el caso de los pueblos eslavos, en el contexto de las tareas de revolución democrático-burguesa. La falla de la proposición de E. Terray no está en lo que dice, sino en lo que deja de decir: ¿cuál es la base material de la alianza de clases que constituye la nación?, ¿cómo y por qué el bloque de clases continúa promoviendo la “nación-fuerza histórica” después de la Revolución?

Poner el acento en el momento subjetivo de la nación, en el momento político de la lucha por la construcción o reconstrucción nacional de un poder político, un espacio económico y una cultura específica[408], es necesario  cara a  la acción política, especialmente en los momentos de transición, pero no es suficiente, porque el momento objetivo, pasada la coyuntura política, acaba pasando factura, y porqué epistemológicamente no podemos ni debemos reducir la nación como fuerza histórica a la corta duración. En el tiempo corto los hombres olvidan con más facilidad que hacen la historia y la nación en determinadas condiciones heredadas.

Urge, por lo tanto, retomar los planteamientos de Marx y Engels en toda su plenitud y complejidad superando el esquematismo descriptivo y dogmático de Stalin y cualquiera tentación de ultra subjetivismo pro-nacional (a la orden del día, hoy). Las condiciones de producción son las determinaciones comunes de la nación en todas las épocas, “válidas… pero esencialmente distintas”[409], porque cambian con el modo producción y la evolución histórica. La “verdad verdadera” de la nación son las condiciones de producción que ni son entidades intemporales ni marginan la lucha de clases[410]. “Vínculo económico interno”, “comunidad de vida económica”, “ligazón económica”, “condiciones económicas” de la nación, términos usados incluso por Stalin que habría que sustituir, por rigor, siguiendo a Marx, por “condiciones nacionales de producción”, que Stalin erróneamente reduce de modo simplista al mercado nacional… en la época del capitalismo ascendente[411]. Las condiciones nacionales de producción contienen -cuanto menos- las connotaciones económicas de las condiciones naturales (territorio, población), culturales (idioma, psicología, cultura) e históricas de la existencia nacional, que Stalin incluye acumulativamente, sin profundizar en sus interrelaciones. Si para Otto Bauer el rasgo esencial de la nación es el carácter nacional y para Stalin todos y ninguno, para Marx y Engels el rasgo esencial son las condiciones nacionales de producción y existencia nacional, con sus partes objetivas y subjetivas, que ellos supieron relacionar con maestría en los procesos coetáneos y concretos de Alemania, Francia, Irlanda, Polonia, India, China y países eslavos.

Insistían mucho en la determinación económica, su gran y novedosa aportación teórica e interpretativa en un siglo XIX cargado de idealismo nacionalista, romanticismo y ultra catolicismo. A las condiciones no económicas de existencia nacional les dedicaron realmente menos atención teórica, lo que no quiere decir que no las tuvieran en cuenta: sus conceptos de la historia -mediata e inmediata- la clase y la nación, respondían siempre a un enfoque “total”. Las características -estudio de las obras de Marx y Engels- y el objeto de este trabajo sobre la base histórico-material de la nación hace que nos detuviéramos ante todo en las condiciones económicas y la objetividad de la nación. Sin embargo, las condiciones no estrictamente económicas, sociales, políticas y culturales, subjetivas e internacionales son igualmente importantes: no solamente por la incidencia, a veces decisiva, sobre la base material de la nación, sino porque representan sobre todo la dinámica autónoma y global del hecho nacional. Nuestros autores hablan por supuesto, con no menos frecuencia, de las condiciones generales de tipo natural e histórico de la existencia nacional, tengan o no relación directa con la economía y la producción, comprendiendo siempre el hecho nacional como algo subjetivo y objetivo, político y económico, natural y mental.

Si bien la nación suele mostrarse, por lo regular, como “reino independiente” (esfera autónoma respecto de la economía y lucha de clases), explicación más profunda y duradera está en las contradicciones de su “base terrenal”[412]. ¿Dónde se concreta para Marx y Engels la comunidad de unas condiciones de producción antagónicamente contradictorias?  Donde las clases se unen para actuar como sujeto nacional, participando de un paisaje, instituciones y cultura comunes de la nación y entrando en contacto con la acción económica o política de otras naciones. A diferencia del proceso inmediato de producción, donde se revelan más las contradicciones de clase que la unidad de clases. De ahí la importancia de las condiciones de nacionalidad no-económicas, indispensables para entender la unidad política y mental de los contrarios en el seno de la nación.

Los factores nacionales de larga duración, reutilizados a través de las generaciones y los modos producción, son de igual forma condiciones no-económicas de existencia nacional: territorio y demás condiciones naturales, en su relación también con lo mental, la cultura y la política; lengua, cultura, idiosincrasia y sentimiento nacional; elementos simbólicos y jurídico-institucionales… La conexión nacional implica históricamente más continuidad en los niveles superestructurales que en el campo de las condiciones de producción. La nación es el hogar donde se suceden las diversas fuerzas productivas, las relaciones de producción, las relaciones económicas espaciales y estatales, sin que por eso varíe -sustancialmente- el lenguaje, el territorio o la imaginería nacional. La permanencia de las condiciones no económicas de existencia nacional, generalmente más visibles, a través de la sucesión generacional, dilucida la razón de que la nación se muestra tan fácilmente como una instancia ajena que, sigo tras siglo, siempre estuvo en el mismo sitio y de la misma forma… Al contrario de lo que acontecía con las comunidades de aldea indias, la inmutabilidad coincide en el tiempo de Marx con los elementos formales de la nación y el cambio con su contenido económico. ¿Puede extrañar entonces que se propongan interesadamente las condiciones no-económicas de existencia nacional como fundamentales? Por ejemplo, en el tiempo actual, ¿no es más fácil para un emigrante la integración económica que la cultural? Todo lo que estamos diciendo destaca el papel central de la lucha de clases por la hegemonía ideológico-cultural y política en los procesos históricos y actuales de tipo nacional[413].

En nuestro estudio predomina el punto de vista interior de una unidad nacional, ¿la relación de nacionalidad observada desde el exterior, qué rol juega? Marx y Engels entrevieron a partir de la formación de la pequeña Alemania de Bismarck[414] el papel del contexto internacional en la constitución de una Polonia libre. La realidad fue más allá: los acontecimientos internacionales constituyeron una condición clave -mayor aún que para el caso alemán- de existencia nacional para Polonia, Irlanda y las naciones eslavas después de la I Guerra interimperialista, y lo mismo podemos decir para las colonias asiáticas después de la II Guerra Mundial.

La nación se forma modernamente[415] en la lucha contra otras nacione(s), que puede(n) estar representada(s) por un enemigo interior. A veces incluso una nación, o la guerra contra otra nación, son condición externa de existencia para una tercera: la Polonia independiente y la guerra con Rusia eran condiciones externas para el proyecto de unificación alemana defendido, en 1848, por Marx y Engels. En los siglos XIX y XX las naciones limitan entre sí, estableciendo entre ellas relaciones de hegemonía y subordinación. Las naciones se organizaban en sistemas de círculos de relaciones que cuando se reestructuran por medio de la guerra, sobredeterminan las condiciones internas de existencia y reproducción de todas las naciones implicadas. El hecho de que las condiciones externas deriven de las contradicciones internas, no disminuye la eficacia de la acción de las primeras, decisiva en coyunturas inestables de las relaciones internacionales.

La nación refleja la comunidad de las condiciones internas de producción, si bien el carácter contradictorio de éstas se reproduce, a un nivel superior, como contradicción entre naciones, dando lugar a las condiciones externas de producción -división del trabajo, relaciones comerciales, v.g.- y los conflictos internacionales por la apropiación y control del conjunto de las condiciones producción. En definitiva: las condiciones externas de existencia nacional, económicas pero también políticas y culturales, intervienen autónomamente en el desarrollo interno de nación y son consecuencia del desenvolvimiento desigual y contradictorio del mundial sistema de naciones.

Las condiciones de producción, en su sentido más amplio, son determinación común de las naciones en todas las épocas: deciden en última instancia el contenido específico de la nación, o sea su movimiento (nacimiento, cambio y disolución; afirmación y lucha con otras naciones), el “desarrollo de la cosa misma”, en palabras de Engels. Pensamos la nación, y otras formas semejantes de comunidades humanas, como un efecto del desarrollo desigual espacio-temporal de las condiciones universales de producción. Sin lo cual caeríamos en una versión mecánica y pobre, meramente cuantitativa, de la desigualdad del desarrollo humano.

El desarrollo en el espacio y el tiempo de las condiciones de producción significa contradicción interna, no desarrollo lineal: crisis entre las diversas condiciones de producción provocadas por el desequilibrio entre ellas. Cuando tiene lugar este desfase, por ejemplo, entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, el desarrollo nacional cambia de forma, por mediación de la lucha de clases y de naciones, provocando a veces saltos cualitativos. El crecimiento de las fuerzas productivas posibilita que las órbitas de producción alcancen últimamente círculos nacionales más extensos, por una parte, y superpuestos por la otra[416]. La propia nación como condición general de producción y reproducción social puede entrar internamente, en un momento dado, en conflicto con las fuerzas productivas, el factor más dinámico del conjunto de las condiciones nacionales -e internacionales- de producción.

La desigualdad de las condiciones de producción significa diferencia cualitativa, no sólo diferente cantidad o nivel, ritmo o forma. Cada nación es un producto social original e irrepetible porque es: a) combinación particular de trabajadores y medios de producción (asalariados y capital en la nación moderna); en suma, especificidad del modo, la proporción y la diversidad (nacional) de las fuerzas y las relaciones de producción en el seno de un modo general y abstracto de producción; b) combinación particular de varios modos y formas menores de producción bajo la dominación de uno de ellos; c) combinación particular de relaciones económicas y no económicas con la naturaleza; d) relación particular con otras órbitas social-nacionales de producción; e) precipitado y evolución particular de los resultados históricos de la lucha interna de las clases y externa de las naciones. La proposición del concepto de “formación social”, desde una óptica estructuralista, reduce la base económico-social al punto b, subestimando los demás.

No obstante, el desarrollo desigual de las condiciones de producción, en la geografía y la historia, da lugar, además del hecho nacional, a otras formas de diversificación, en las diferentes épocas históricas, de los hombres en ramas productivas y medios socio-económicos y espaciales relativamente separados: campo y ciudad, por ejemplo. Las sociedades pre-capitalistas estaban asimismo organizadas separadamente en función del desarrollo desigual en las condiciones de producción, al igual que las sociedades prehistóricas prenacionales y la sociedad sin clases que imaginaron Marx y Engels. Efectos comunitarios sobre el espacio del desarrollo desigual que varían naturalmente en forma y contenido según las épocas históricas.

La nación nace de la escisión de la sociedad en clases. En el momento en que los hombres se dividen en poseedores y desposeídos de las condiciones de producción, emerge la necesidad de dar continuidad a la cooperación y vinculación mutua de la comunidad humana en el proceso de la producción y reproducción social, hacia adentro y hacia afuera, frente a terceros. Nuevas fuerzas productivas -revolución agrícola, verbi gratia- introducen el antagonismo en el viejo modo comunitario de acción social, basado en la propiedad y el control colectivo de las condiciones de producción dando pié[417] a la propiedad privada, las clases dominantes y dirigidas, una relación estable de territorialidad: clase, nación, Estado y división de género (añadimos nosotros). Las nuevas condiciones de producción exigen ámbitos de producción, reproducción y distribución más amplias que la tribu o etnia. La lucha por las condiciones de reproducción, que en las sociedades pre-nacionales, compuestas de cazadores y recolectores, dependían más  de la naturaleza que de los hombres mismos, sus clases y sus naciones, bases de los primeros poderes políticos. Las naciones y los Estados son inseparables de las clases que los sustentan: la nación-Estado en concreto, es un fenómeno derivado de las clases engendradas por el capitalismo que subsistirá, en su forma clásica, mientras éste sobreviva y necesite para su desarrollo una órbita nacional de producción, reproducción e intercambio.

El desarrollo desigual y combinado de las condiciones de producción origina las formas sociales nacionales justo cuando adquieren, en el tránsito a las sociedades de clases, un carácter contradictorio y avanzado. En la época histórica -contemporánea- en que las contradicciones se hacen más netas, alcanzan toda su plenitud al mismo tiempo los conflictos de clase y la comunidad de nación, las comunidades de clase y los conflictos de nación: paradoja de la nación moderna. En el tránsito futuro a la sociedad sin clases, la vaticinada pérdida del carácter antagónico de las condiciones de producción y la desaparición o atenuación radical de las diferencias cualitativas entre las diferentes condiciones de producción entre comunidades, disuelve la nación como fenómeno conflictivo, negativo: nacionaliza la nación, que podrá tener en cualquier caso un carácter pacífico de afirmación política e histórico-cultural. El desarrollo de las fuerzas productivas, y su control colectivo y universal por parte de la sociedad, hará innecesaria la lucha internacional por las condiciones de producción. En una hipotética sociedad comunista seguirá activa la comunidad auto-organizada, la nación como fenómeno positivo de base histórica-cultural, adoptando formas hoy difícilmente de saber.

Nos queda hacer referencia a la nación como condición general de producción, o sea, como parte integrante del conjunto de las condiciones de producción, ya que siendo lo nacional un resultado del proceso de producción y reproducción social es, así mismo,  su condición preliminar. La nación como condición previa y general influye en las condiciones particulares de las clases sociales y de los individuos que las personifican. La función de la nación como condición anterior y posterior es, pues, garantizar la relación de una sociedad específica con el conglomerado de las condiciones nacionales de producción y reproducción sistémica. La comunidad -o comuna como suele escribir Marx- en las sociedades pre-clasistas fue, asimismo, una relación de producción (condición fundamental de producción). Al escindirse la sociedad comunitaria en diferentes clases, pasan a ser éstas las nuevas relaciones sociales de producción, adquiriendo la nación interclasista el estatus de órbita social de producción, condición mediata -necesaria pero no suficiente- del proceso de producción, así como objeto de lucha, interna y externa, por las condiciones de producción.

La nación como condición general de la reproducción acelera la renovación de las condiciones fundamentales de producción, trabajo asalariado y capital en la nación moderna, de manera que cada vez hay más obreros y la situación se vuelve, en principio, más favorable para el capital: bien el número de obreros excede la capacidad productiva de capital (sobrepoblación), bien la producción excede la capacidad adquisitiva de los obreros (sobreproducción). En estos dos casos, estudiados por Marx, de crisis de las condiciones capitalistas de producción, la nación como condición global procede a restablecer la reproducción estable en la sociedad civil. Cara al exterior: conquistando mercados, promoviendo o frenando la emigración; cara al interior, actuando como marco de la diversa lucha de clases. Junto con la clase dominante, principal beneficiaria y responsable de la reproducción de todas las condiciones de producción y de las clases de la nación, la clase obrera por medio de los sindicatos interviene con su propia posición en la búsqueda de salidas a las crisis. El resultado final puede llegar a ser el cambio en el modo de producción y, por consiguiente, del contenido de la nación y demás condiciones de producción.

“Me permito rogarle que estudie usted esta teoría [materialista de la historia] en las fuentes originales y no en las obras de segunda mano; es, verdaderamente, mucho más fácil”, afirmaba al final de su vida Engels[418], harto como antes Marx de epígonos divulgadores, simplistas y dogmáticos. Considerando el objeto de nuestro trabajo definir una concepción materialista de la nación, nos fue verdaderamente más fácil y fructífero leer directamente a Marx y Engels que otear -tarea inexcusable, por otra parte- en las obras de los marxistas posteriores, considerando que en la mayoría de las referencias -escasas- sobre el problema nacional en Marx y Engels, predomina más bien el enfoque puramente político, cortoplacista, no teórico. Consideramos ineludible, en la tesitura actual[419], ir al encuentro del enfoque marxista original de la nación, con su riqueza teórica y metodológica, sin los filtros posteriores, inducidos por coyunturas políticas, incluso por modas intelectuales[420].

La pesquisa que hemos llevado a cabo, alrededor del contenido material e histórico de la nación, muestra las posibilidades de encontrar en los clásicos -no sólo del marxismo, también de las ciencias sociales- respuestas a los vacíos teóricos que dejaron sin sistematizar Marx y Engels, visto el grado de esquematismo, la esterilidad y la dogmatización posterior del pensamiento de se reclamó marxista.

En la cuestión que nos ocupa la práctica ha ido por delante de la teoría: fue total la asunción en el siglo XX por parte de los partidos marxistas, en la oposición y el gobierno, de la defensa de los intereses nacionales en el Este y el Oeste, el Norte y el Sur. La lucha por la hegemonía y los procesos de liberación y reconstrucción nacional, el combate ideológico contra los nacionalismos de las clases poseedoras y la aproximación al marxismo del nacionalismo popular, continúo, hasta la caída del Muro de Berlín, apoyándose en buena medida en la teoría cerrada y simplista  de Stalin, pese a la  relativa renovación teórica sobre la nación del marxismo en la década de los ’70 del pasado siglo.

Esta práctica sin teoría marxista consecuente -es decir, materialista- de la nación, condujo ora a subestimar el contenido material de esa relación social que es la nación[421], ora a dejarse llevar por una práctica que colaboración nacional de clases que llegó a contradecir las necesidades estratégicas y revolucionarias del movimiento de la clase obrera. Así fue cómo se escindió el movimiento obrero europeo durante y después de la I Guerra Mundial, en el contexto de una incomprensión teórica -que no política- de relación oculta entre el hecho de clase y el hecho nacional. Justamente cuando el factor nacional desencadenó una lucha militar de enormes proporciones por las condiciones de producción. La deficiencia teórica que apuntamos respondía a una causalidad múltiple y coyuntural, pero ¿y su prolongación hasta hoy? Cayó en el olvido aquello de que “el estado, el régimen político, es el elemento subalterno, y la sociedad civil, el reino de las relaciones económicas, lo principal”[422]. Dentro de la sociedad civil estaban, y están, tanto la nación como las clases.

Estaríamos satisfechos si con nuestra aportación -a partir de la lectura intuitiva de Borojov- que sondea, y comunica, textos y conceptos dispersos de Marx y Engels, contribuyeramos a demostrar la viabilidad de una teoría marxista, materialista e histórica, de la nación que no caiga ni en materialismo vulgar ni en el descriptivismo. Marx y Engels en vivo y en directo es el mejor antídoto contra una vía reduccionista por economicista y su contraria: la banalización política de los hechos diferenciales. Nuevos estudios más amplios[423], sobre las obras completas de Marx y Engels, seguro que afinarían más las conclusiones a que nosotros hemos llegado siguiendo el consejo de Engels, un año antes de morir: “Le ruego que no tome al pie de la letra cada una de mis palabras sino que fíjese en el sentido general, pues desgraciadamente no disponía de tiempo para exponerlo todo con la precisión y claridad…”[424].

Aprehender el sentido general de los textos fundadores, sobre todo si los recolectamos diseminados en diversos contextos[425], implica mi propia interpretación, más que “adivinar” lo que “realmente” quisieron decir los autores desaparecidos, buscamos hacer una lectura de Marx como a él le gustaría: “como a mi no me gusta dejar que nadie ‘adivine’ lo que pienso, voy a expresarme sin rodeos”[426]. Se oponía férreamente a que se intentase “descubrir” lo que “realmente” pensaba, vaya.

Lectura interpretada más motivada si cabe vista la autocrítica del último Engels: “El contenido nos hacía olvidar las formas…, con ello proporcionamos a nuestros adversarios un pretexto para sus errores y tergiversaciones… en los comienzos, se descuida siempre la forma, para atender más el contenido. También yo lo hice… “[427].

El concepto amplio de nación del marxismo originario remite a un problema de contenido material, no sólo de forma (pura descripción), que por lo demás acostumbra a transmutarse dialécticamente en contenido: urge luego completar, ampliar y capital el pensamiento de Marx y Engels alrededor del fondo (sin olvidar la forma) del hecho nacional. Una teoría científica de la nación tendría que cumplir así los requisitos de ser deductible, verificable y generalizable. Las conclusiones que nosotros sacamos parten de la categoría general y abstracta de la nación junto con los análisis, en el siglo XIX principalmente, de casos particulares y concretos[428]. La verificación tendría que seguir la lógica formal e interna de la lectura de Marx que proponemos,  a fin de examinar la realidad histórica y empírica[429] así como contrastar los resultados de nuestra investigación e interpretación con otras lecturas del problema nacional en Marx y Engels, u con otras teorías de nación. Razones de espacio, tiempo y temática impiden ahora hacer la discusión de las tesis que propugnamos con las aportaciones de Bloom, Haupt y Weill, Mommsen, Davis, Levrero, Lefebvre, Rodinson, Carrère d’Encausse, Bourque, Claudin, Recalde, etc. Autores actuales -decíamos a mediados de los años 80- que abordaron la cuestión de la nación en Marx y Engels, aunque raramente con el objetivo materialista que Borojov se fijaba, y que nosotros continuamos.

A empezar este trabajo nos hicimos cuatro preguntas: “a) ¿cómo se articula el concepto materialista de la nación con las categorías fundamentales del materialismo histórico?; b) ¿cómo se articulan los factores objetivos con los factores subjetivos en los procesos nacionales?; c) ¿cómo se articula el concepto de nación en general con el concepto de nación moderna?; d) ¿cómo se articulan las clases y las naciones?”. Consideramos que, si no completamente, los elementos que hemos adelantando perfilan una respuesta articulada y coherente, sin duda deudora de un Hegel prolongado -e invertido- a través de Marx y Engels.

Las categorías fluidas de Engels -en oposición a las categorías fijas del marxismo cataquético-, en las que un polo está contenido en el otro, convirtiéndose el uno en el otro al llegar a cierto punto las contradicciones progresivas[430], vienen de la lógica hegeliana y son indispensables para entender lo que estamos diciendo sobre la nación. Interior/exterior, forma/contenido, mediación/inmediación, objetivo/subjetivo… son dicotomías móviles que implican: Primero, punto de referencia, por lo normal implícito, que decide de entrada, que una cosa pueden ser tesis o antítesis según el punto de observación. Segundo, momento dialéctico -“principio de todo movimiento, vida y actividad”[431]– como tránsito de un polo a su contrario. Un buen ejemplo lo tenemos, en el apartado acerca de la “Liberación de Irlanda” de este trabajo, en la transformación de las condiciones objetivas de existencia nacional en condiciones subjetivas (fenianismo), a causa del cambio en el contenido económico de la dominación inglesa; también lo contrario: la tentativa política de transformación de las condiciones subjetivas de existencia nacional (fenianismo) en condiciones objetivas por la vía de la lucha revolucionaria de la imposición de determinadas condiciones de liberación nacional (reforma agraria, independencia nacional). La problemática objeto/subjeto está muy presente en la obra de Marx y Engels en esta temática y muchas otras (teoría/practica, necesidad/libertad…)[432].

El término ‘condiciones’ tal como es usado por Marx y Engels en la cosa que nos ocupa tiene un doble origen: a) hegeliano, en el sentido de la dialéctica condiciones previas/resultantes, “este es el cambio que contiene la noción de condición… tal es el processus de la realidad… cuando todas las condiciones se encuentran reunidas, la cosa debe realmente existir. Pero la cosa es ella misma una condición, porque, en cuanto cosa interior, tampoco es ante todo sino una presuposición”[433]; b) deriva también de las ciencias naturales y Darwin, cuando habla por ejemplo de condición-medio ambiente[434].

Por lo demás, la influencia de Hegel en Marx y Engels sobre el hecho nacional es así mismo directa, lo vemos con su concepto dialéctico de nación temporal: “los pueblos se suceden, surgen y desaparecen… el espíritu del pueblo es un individuo natural, como tal florece, madura, decae y muere”[435]. Para Hegel el pueblo-nación era además “portador del concepto supremo”, que transitaba incluso “de un espíritu de un pueblo al de otro”[436]. Así y todo, la diferencia con Marx no residía solamente en su teoría idealista de la nación también en que para Hegel el sujeto fundamental de la historia son los pueblos, las naciones, como soportes de la Idea universal, mientras que para Marx el sujeto fundamental de la historia son, en primer lugar, las clases sociales que emanan de las condiciones en que se realiza el proceso de producción y reproducción social de la existencia humana, y, en segundo lugar, unas naciones más terrenales, sociales e históricas que espirituales, elitistas y atemporales.

 

[1] Versión traducida al castellano, revisada y actualizada por el autor en junio de 2019 de la obra: Carlos BARROS, “A base material e histórica da nación en Marx e Engels”, Dende Galicia: Marx. Homenaxe a Marx no 1º centenario da súa norte (Carlos Barros, José Vilas Nogueira, eds.), A Coruña, Edicións do Castro, 1985, pp. 137-207.

 

 [2] Materiales para el Anti-Dühring, OME 35, Barcelona, Crítica, 1977, p. 340.

    [3] MARX-ENGELS, Cartas sobre el Capital, Barcelona, Materiales, 1968, p. 58.

    [4] Karl KAUTSKY, “Nacionalidad e internacionalidad”, La segunda Internacional y el problema nacional y colonial (segunda parte), México, Cuadernos de Pasado y Presente, 1978, p. 122.

[5]  Las guerras campesinas en Alemania, Medellín, La oveja negra, 1969, pp. 7- 8.

[6] La primera versión de este trabajo es de 1985, a finales de siglo regresó la vieja historia, Carlos BARROS, “El retorno de la historia”, Historia a debate. I. Cambio de siglo, Santiago, 2000, HaD, pp. 153-173 (http://www.h-debate.com/cbarros/spanish/articulos/nuevo_paradigma/retornohistoria.htm).

 

    [7] “Engels a Starkenburg”, 25-1-1984, Obras Escogidas, 2, Madrid, Akal, 1975, pp. 7-8.

    [8] Witold KULA, Problemas y métodos de la historia económica, Barcelona, Península, 1977, pp. 16-17.

[9] Paradójicamente, los fundadores del marxismo proyectaron erróneamente hacia la Edad Media lo que conocieron en su tiempo sobre el papel del Estado en la formación de la nación moderna: la mayor parte de las naciones medievales fueron obra de la sociedad civil, bajo la dependencia sucesiva o simultánea de varios Estados, que jugaron un papel menor salvo excepciones.

    [10]  Discurso sobre la cuestión del libre cambio, OME, 9, pp. 129-130; Manifiesto Comunista, OME, 9, pp. 140-154; Extractos de lecturas de David Ricardo, OME, 5, p. 271; Crítica del programa de Gotha, Obras Escogidas, 2, p. 20; Cartas, Obras Escogidas, 2, pp. 473-474, 479, 526, 528; “Escritos varios de Engels”, Biografía del Manifiesto Comunista, México, Cía. Gral. de Ediciones, 1969, pp. 211-212; Ideología Alemana, Obras Escogidas, 1, Moscú, Progreso, 1981, pp. 34, 36, 43, 45, 51, 54, 56-61, 76-78; “Introducción de 1857″, Contribución a la crítica de la economía política, Madrid, Comunicación, 1976, pp. 251, 260, 263, 265; Capital, 1, México, FCE, 1946, pp. 469, 519, 643, 645, 648, 650.

    [11] Capital, 1, p. 650; Prefacio a la segunda edición de las Guerras Campesinas en Alemania, p. 13; La burguesía y la contrarrevolución, en Obras Escogidas, 1, p. 59; Crítica de la filosofía del Derecho de Hegel, OME, 5, pp. 220, 223; este concepto de “pueblo” converge con el habitual de “nación” en determinados momentos y lugares; verbigracia, en la revolución burguesa las clases antifeudales son al mismo tiempo, pueblo y nación, el pueblo reivindica la realización de la soberanía de la nación frente a la monarquía absoluta.

    [12] Ideología alemana, p. 76; Manifiesto Comunista, OME, 9, p. 154.

    [13] “¿Qué tienen que ver las clases trabajadoras con Polonia?”, Marxismo y la cuestión nacional, Madrid, Avance, 1976, pp. 31, 32.

    [14] Ideología Alemana, pp. 56-57; Capital, libro primero, vol. 2, OME, 41, pp. 400-401, 403; Capital, 3, FCE, p. 728; Grundisse, 2, Madrid, Comunicación, 1972, p. 504; Nueva Gaceta Renana, OME, 10, p. 320; Introducción de 1857, p. 269.

    [15] “Revista comunista de Londres”, Biografía del Manifiesto Comunista, pp. 385, 387; “Marx a Danielson”, 10-4-1879, Cartas sobre el Capital, p. 225.

    [16] Crítica del programa de Gotha, OE, 2, Madrid, Akal, p. 36.

    [17] Grundrisse, 2, pp. 15-17; Materiales para el Anti-Dühring, OME, 35, p. 352; Grundisse, 1, Madrid, Comunicación, 1972, p. 356.

[18] Salvo para los que pretenden reducir, por razones políticas e ideológicas, la nación al Estado-nación.

    [19] Pierre VILAR, Cataluña en la España moderna, Barcelona, Crítica, 1978, pp. 36-38; Josep TERMES, “Interpretación del nacionalismo catalán”, Federalismo, anarcosindicalismo y catalanismo, Barcelona, Anagrama, 1976, pp. 124-126.

    [20] ENGELS, “Historia de Irlanda”, Imperio y Colonia. Escritos sobre Irlanda, México, Pasado y Presente, 1979, pp. 219-221.

    [21] Ibidem, p. 259.

    [22] Ibidem, pp. 240, 246, 251.

   [23] Ibidem, pp. 257-258.

   [24] MARX, Extractos de lecturas de Ricardo, OME, 5, pp. 270, 271; ENGELS, Anti-Dühring, OME, 35, p. 216; MARX, Capital, libro 1, cap. VI, Madrid, Siglo XXI, 1973, p. 90.

[25] Manifiesto Comunista, OME 9, p. 154.

[26] ENGELS, Imperio y colonia. Escritos sobre Irlanda, pp. 174-192.

[27] ENGELS, Historia de Irlanda, p. 251; la característica debilidad del Estado en toda la Edad Media.

[28] ENGELS, Historia de Irlanda, pp. 220-221, 259.

[29] ENGELS, Historia de Irlanda, pp. 240-241, 253, 258.

[30] ENGELS, Historia de Irlanda, pp. 251-253.

[31] ENGELS, Historia de Irlanda, p. 241.

[32] Introducción de 1857, pp. 272, 282; Ideología alemana, p. 51.

[33] Capital, 3, p. 733.

[34] Nueva Gaceta Renana, OME, 10, p. 237; Ideología alemana, p. 72.

[35] Manifiesto Comunista, OME, 9, pp. 140-141.

[36]  La “nación moderna” de Marx y Engels, que escriben en la segunda mitad del siglo XIX, abarcaría las convencionalmente académicas Edades Moderna y Contemporánea.

[37] Pierre VILAR, Cataluña en la España moderna, p. 47.

[38] Nicos POULANTZAS, Estado, poder y socialismo, Madrid, Siglo XXI, 1978, p. 109.

[39] Samir AMIR, “Clases y naciones en el materialismo histórico”, Barcelona, El Viejo Topo, 1979, pp. 22-23.

[40] Marc BLOCH, A sociedade feudal [1940], Lisboa, Ediciôes 70, 1982, pp. 433 ss. Bernard GUENEE Occidente durante los siglos XIV y XV. Los Estados, Barcelona, Labor, 1973, pp. 56-73, 228, 233; V. BIRIUKOVICH y I. LEVITSKI, “La edad media”, El modo de producción feudal, Madrid, Akal, 1976, p. 45; Carlos BARROS, “La formación nacional de Galicia en la Edad Media”, conferencia en el Seminario de Adeline Rucquoi, “Savoir et pouvoir dans la Péninsule ibérique au Moyen Âge” de la École des Hautes Études en Sciences Sociales, París, 12 de marzo de 2012 (http://www.youtube.com/watch?v=d8cLsUsRjr0).

[41] En España, por ejemplo, en el artículo 2 de la Constitución de 1978 se reconoce para España el título de nación y secundariamente nacionalidades (históricas) para cualificar Galicia, País Vasco y Cataluña, naciones sin Estado propio de origen medieval o anterior, si bien en el lenguaje político tiende a hablarse de plurinacionalidad, generalizando el término original.

[42] Maxime RODINSON, “El marxismo y la nación”, Sobre la cuestión nacional, Barcelona, Anagrama, 1975, p. 7.

[43] Los etnólogos soviéticos denominaron ‘etnos’ a todas las comunidades desde la tribu a la nación, Y. BROMLET y A. TERSASKISIANT, “Orientaciones fundamentales en el trabajo de los etnógrafos soviéticos”, Ciencias sociales, n. 3, Moscú, 1983, pp. 96 ss., 330.

[44] En suma, condiciones históricas y condiciones económico-sociales, Pierre VILAR, “Sobre los fundamentos de las estructuras nacionales”, Historia 16, abril 1978, p. 6.

[45] Materiales para el Anti-Dühring, OME, 35, p. 344.

[46]  Ideología alemana, p. 50.

[47] Ibidem, p. 31.

[48] Ibidem.

[49] Introducción de 1857, p. 248.

[50]  El origen de la familia, la propiedad privada, y el Estado, Madrid, Ayuso, 1972, p. 94.

[51] Nicos POULANTZAS, op. cit., p. 19; Maxime RODINSON, op. cit., p. 57.

[52] El origen de la familia, la propiedad privada, y el Estado, pp. 149-150, 158.

[53] Este raro uso del término nacional en la prehistoria, en lugar de étnico o tribal, entra en contradicción con lo dicho par tout por Marx, y el propio Engels, sobre los orígenes históricos del fenómeno nacional; muestra también cierta laxitud terminológica, así como esa tendencia general de los creadores del marxismo de emplear su concepto de nación para elucidar las sociedades diferenciadas verticalmente a lo largo de la historia.

[54]  A diferencia de lo que veremos después al tratar de la parte más teórica de las condiciones nacionales de producción.

[55] Nueva Gaceta Renana, OME, 10, p. 339.

[56] OME, 9, p. 389.

[57] La guerra civil suiza, OME, 9, p. 41.

[58] Las guerras campesinas en Alemania, pp. 29, 148.

[59] Discurso sobre la cuestión del libre cambio, OME 9, p. 131.

[60] Capital, 3, p.728.

[61] Grundisse, 1, p. 371.

[62] Ideología alemana, p. 9.

[63] Capital, 1, cap. IV (inédito), Madrid, Siglo XXI, 1973, pp. 64-65.

[64] Ibidem, p. 68.

[65] Capital, 1, p. 627.

[66]Capital, 3, pp. 732, 769; Antonio Gramsci insistió con todo en la parte de consenso existente, junto con la fuerza, en el concepto marxista de hegemonía que hemos verificado en nuestras investigaciones sobre la sociedad feudal, v.g. “Vivir sin señores. La conciencia antiseñorial en la Baja Edad Media gallega”, Señorío y feudalismo en la Península Ibérica, IV, Zaragoza, 1993, pp. 11-49 (http://cbarros.com/spanish/vivir_sin_senor.htm).

 

[67] Sagrada familia, OME, 6, p. 134

[68] Grundisse, 1, p. 356.

[69] Antonio GRAMSCI, Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno, Buenos Aires, Nueva Visión, 1972, p. 83; Gramsci no concebía, a diferencia de Marx, la sociedad civil en el campo de la estructura económica, sino de la superestructura, como momento de hegemonía; ubicando en el Estado el momento de la coerción. La lucidez de la cita es, en cualquier caso, notable, si bien conviene reinterpretarla desde la posición original de Marx. Las fortalezas y casamatas ideológicas de la sociedad burguesa tienen su origen, desde luego, en las relaciones materiales que constituyen la razón de ser de la gran fuerza de la sociedad civil en Occidente.

[70] Obviamente Marx y Engels no tuvieron tiempo de vivir los avatares de la historia del siglo XX.

[71] Grundisse, 2, p. 504; Ideología alemana, p. 76.

[72] Terminan con ello, al final de la Edad Media, los rebeldes sociales organizados: v.g. la revuelta de los irmandiños en Galicia, Carlos BARROS, “Revuelta de los irmandiños. Los gorriones corren tras los halcones”, Historia de Galicia, vol. 24, Vigo, 1991, pp. 457-458 (http://www.h-debate.com/cbarros/spanish/revuelta.htm).

[73] Crítica a la filosofía del Estado de Hegel, OME, 5, pp. 90-91, 99; La cuestión india, OME, 5, p. 198; Sagrada familia, OME, 6, p. 134.

[74] “La revolución china en Europa”, Sobre el colonialismo, Córdoba, Pasado y Presente, 1973, p.14.

[75] El 18 de Brumario de Luis Bonaparte, Córdoba, Pasado y Presente, p. 14; idem, Barcelona, Ariel, 1968, pp. 15, 19, 69, 83, 95, 102, 141-144.

[76] No es tanto así en la Edad Media tocante a la cuestión nacional: la fragmentación del poder político “privatiza” las relaciones de dependencia, cierto, por facilita “sentimientos nacionales” transversales desligados de la pirámide jerárquica.

[77] Prólogo de 1859, Córdoba, Pasado y Presente, 1974, p. 76.

[78] Luwding Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, OE, 2, Akal, p. 417.

[79] Cf. G. HAUPT e C. WEIL, Marx y Engels frente al problema de las naciones, Barcelona, Fontamara, 1978, p. 15-18.

[80] Introducción de 1857, p. 275.

[81] Ibidem.

[82] No siempre lo hacían de manera cabal, ciertamente, como en el caso del (escaso) peso del Estado en la sociedad feudal.

[83] Grundisse, 1, p. 332.

[84] Por ejemplo, el campesinado medieval forma una clase social, pero de forma y contenido distinto, al proletariado contemporáneo, lo mismo se puede decir de la familia y la propiedad, de la nación y del Estado.

[85] A diferencia de Engels, Marx no parece considerar en su justo valor el momento intermedio de las naciones medievales, punto de partida para la constitución de las naciones modernas en Europa.

[86] Introducción de 1857, pp. 249-250, 253.

[87] Ibidem, pp. 272-274.

[88] Ibidem, pp. 271-272.

[89] Ideología alemana, pp. 76-78.

[90] Ibidem, pp. 65-66, 77-78.

[91] Ibidem, p.77.

[92] Ibidem, p. 76.

[93] Después de la redacción original de este trabajo, anterior a la caída del Muro de Berlín, la globalización genera nuevos procesos sociales y nacionales, y resitúa los anteriores,    Carlos BARROS, “Los fines de la historia en el siglo XXI”, Historia Actual Online, Cádiz, nº 45, Invierno 2018, pp. 147-155 (http://cbarros.com/fines-de-la-historia-en-el-siglo-xxi/).

[94] Introducción de 1857, pp. 274-275.

[95] Para el período prehistórico, comunal, anterior al origen de la propiedad privada, las clases y el Estado, utilizaremos los términos “comunidad, “etnia”… en lugar de “nación”, si bien hay factores comunes.

[96] Ideología alemana, pp. 28-29.

[97] La debilidad de los Estados medievales no siempre es valorada por Marx y Engels tendentes a generalizar el papel -más bien excepcional- de la Monarquía en la formación de las nacionalidades medievales, proyectando hacia atrás lo que sucederá en las Edades Moderna y Contemporánea; no es el caso, ciertamente, de Engels al tratar sobre la nacionalidad provenzal en el apartado de la Formación de Francia.

[98] Ideología alemana, p. 48.

[99] Ibidem, pp. 45, 80.

[100] Introducción de 1857, pp. 249-250, 253.

[101] Dialéctica de la naturaleza, OME, 36, p. 225.

[102] Obviamente es igual de importante el camino inverso, dialécticamente bilateral, de lo histórico-concreto a lo teórico-abstracto.

[103] Introducción de 1857, pp. 268, 269.

[104] Ideología alemana, p. 60.

[105] Manifiesto comunista, OME, 9, p. 140.

[106] Grundisse, 1, p. 283.

[107] La fiesta de las naciones en Londres, OME, 6, pp. 562, 565.

[108] Ideología alemana, p. 60.

[109] Manifiesto comunista, OME, 9, pp. 154-155.

[110] Ibidem.

[111] “Discursos en Elberfeld”, La sociedad Comunista, Madrid, Akal, 1976, pp. 14-15.

[112] A veces, es como si en sus trabajos de coyuntura no aplicaran su propio y revolucionario concepto de condiciones (nacionales) de producción.

[113] “Discursos en Elberfeld”, loc. cit.

[114] Ibidem, p. 11.

[115] La razón está en que históricamente las naciones no sólo se forman en negativo, contra terceros, también en positivo como forma identitaria y colectiva de asegurar la cohesión social.

[116] Engels a Babel, 18/28-3-1875, OE, 2, Akal, p. 36.

[117] Ibidem.

[118] Discrepamos parcialmente, ver nota 114.

[119] S. AMIN, op.cit., p. 182.

[120] Tesis sobre Feuerbach, OE, 1, pp. 7-10.

[121] Manifiesto Comunista, OME, 9, p. 149.

[122] ENGELS, Prólogo a la edición italiana de 1893 del Manifiesto Comunista, OME,  9, pp. 389-390.

[123] Hablar de producción y economía tratando de la cuestión nacional no era habitual en su tiempo, ni en el nuestro; está pendiente, v.g., profundizar en la íntima relación entre la crisis económica de 2010, la globalización y los avatares del independentismo catalán en el siglo XXI.

[124] En España se crea un Estado todavía más temprano, entre los siglos XV y XVI, por la vía de la fusión política de las Coronas de Castilla y Aragón, no hubo después una revolución burguesa clásica, de forma que la pluralidad nacional de origen medieval continuó hasta el día de hoy.

[125] Quedaron en su momento fuera del foco de nuestra atención, por las escasas referencias de Marx y Engels al respecto, las colonias españolas y portuguesas en América que se convirtieron en naciones independientes a lo largo del siglo XIX; si bien convendría una segunda lectura, a la luz de este trabajo teórico y metodológico, de la compilación Materiales para la historia de América Latina, Córdoba, Cuadernos de Pasado y Presente, 1972.

[126] Nueva Gaceta Renana, OME, 10, pp. 237-239; véase también Engels a Mehring, 14-7-1893, OE, 2, Akal, pp. 533-534.

[127] El golpe final contra los dialectos occitanos en el Mediodía francés lo dio, mucho después, la Revolución francesa al convertir al francés en la lengua única nacional.

[128] “Identidades medievales en la Península Ibérica”, lección 11 del curso de Carlos Barros sobre la “Historia medieval de los Reinos Hispánicos” en la Universidad de Santiago de Compostela, 10 de noviembre de 2015 (https://youtu.be/xcb5lsZDLmA).

[129] M. BLOCH, A sociedade feudal, Lisboa, Ediciôes 70, 1982, p. 477.

[130] ‘Condiciones de producción’ en los trabajos más teóricos, según veremos más adelante.

[131] Unificación nacional y centralización política eran sinónimo de progresismo decimonónico para el Engels jacobino, si bien lamenta la lenta destrucción de la nacionalidad d’oc.

[132] Cfr. “Dossier Occitania”, Altres Nacions, n. 2-3, Barcelona, CIEMEN, 1981.

[133] Ideología alemana, p. 36.

[134] Revolución y contrarrevolución en Alemania, OE, 1, pp. 326, 327.

[135] Ibidem, p. 346.

[136] Nueva Gaceta Renana, OME, 9, p. 307.

[137] Revolución y contrarrevolución en Alemania, OE, 1, pp, 372-373.

[138] Ideología alemana, p. 30.

[139] Nueva Gaceta Renana, OME, 10, p. 258.

[140] Nueva Gaceta Renana, OME 9, p. 331.

[141] Adenda al prefacio de la segunda edición de Las guerras campesinas en Alemania, p. 17.

[142] Revolución y contrarrevolución en Alemania, p. 327; Marx y la Nueva Gaceta Renana, OE, 2, p. 350; Nueva Gaceta Renana, OME, 10, pp. 100, 215, 258.

[143] Ludwing Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, OE, 2, p. 424.

[144] Introducción de 1895 a Las luchas de clases en Francia, OE, 1, p. 198.

[145] Ibidem, p. 207; véase también Biografía del Manifiesto Comunista, p. 454.

[146] “Engels a Kautsky”, 7-12-1882, El marxismo y la cuestión nacional, p. 36.

[147] Adenda al prefacio de la segunda edición de Las guerras campesinas en Alemania, pp. 20-21; la Comuna de País estalla, precisamente, en el contexto de la victoria de la Alemania prusiana sobre Francia, que el pueblo de la capital no quiso aceptar (otro proyecto nacional).

[148] Glosas marginales al programa del Partido Obrero Alemán, OE, 2, pp. 19-20.

[149] “Engels a Kautsky”, 7-12-1882, El marxismo y la cuestión nacional, p. 35.

[150] Discursos sobre Polonia, OME, 9, p. 62.

[151] Manifiesto Comunista, OME, 9, p. 168.

[152] Nueva Gaceta Renana, OME, 10, pp. 218, 241.

[153] “Engels a Kautsky”, 7-2-1882, El marxismo y la cuestión nacional, p. 36.

[154] Nueva Gaceta Renana, OME, 10, pp. 212-214.

[155] Véase la nota 151.

[156] Nueva Gaceta Renana, OME, 10, pp. 200-206.

[157] Ibidem, pp. 207, 222.

[158] Ibidem, pp. 224-228.

[159] Ibidem, p. 227.

[160] Ibidem.

[161] Ibidem.

[162] Ibidem, pp. 242 ss.

[163] “Engels a Kautsky”, 7-2-1882, El marxismo y la cuestión nacional, p. 36.

[164] OME, 9, pp. 387-388.

[165] Imperio y colonia. Escritos sobre Irlanda, pp. 196, 208; Cartas a Kugelmann, La Habana, Ciencias Sociales, 1975, pp. 168-171.

[166] Imperio y colonia. Escritos sobre Irlanda, p. 110.

[167] Ibidem, pp. 84, 102, 125, 152, 156.

[168] Grundisse, 2, p. 345; Crítica de la filosofía del Derecho de Hegel, OME 5, pp. 218, 219.

[169] OME, 9, pp. 87-90.

[170] “Marx a Engels”, 10-12-1869, Imperio y Colonia, p. 193.

[171] Ibidem, pp. 138, 188, 193, 208, 212, 213; Cartas a Kugelman, pp. 166-170.

[172] “Marx a Laura y P. Lafargue”, 5-3-1870, Imperio y Colonia, p. 208; Cartas a Kugelman, 18-5-1874, p. 260.

[173] “Engels a Kautsky”, 12-9-1882, El marxismo y la cuestión nacional, p. 318; Prólogo a la situación de la clase obrera (1892), OME 6, p. 594; sobre la posición crítica de Engels sobre el movimiento obrero inglés, véase F. Engels. Escritos, pp. 94, 96, 107, 109, 117, 142.

[174] De ahí viene la “ley del desarrollo desigual y combinado” que León Trosky formuló en la Historia de la Revolución Rusa (1932).

[175] Carlos BARROS, “Revolución de Octubre, historia y memoria”, Revista Izquierdas, Universidad de Santiago de Chile, nº 43, diciembre 2018, pp. 259-277 (http://cbarros.com/revolucion-de-octubre-historia-y-memoria/).

 

[176] Prefacio a la  edición rusa del Manifiesto Comunista (1882), OE, 1, Progreso, p. 102; “Prólogo a la edición inglesa de El capital” (1886), Capital, 1, FCE, p. XXXIII; Introducción a La lucha de clases en Francia (1895), tomo 1, pp. 195-196, 206;  Engels recuerda en 1886, en la citada introducción de El capital, la conclusión a la que había llegado Marx de que en Inglaterra era posible la revolución por la vía pacífica, después de entrever, en 1881, signos de que la clase obrera inglesa empezaba a comprender que había seguido “durante algún tiempo” una vía equivocada (Escritos, p. 107). En Inglaterra no habría socialismo, afirmaban, hasta que la clase obrera inglesa perdiera las ventajas del monopolio industrial inglés (OME, 6, p.600).

[177] Imperio y Colonia, pp. 321-324.

[178] Cartas a Kugelman, pp. 164-170; Imperio y Colonia, pp. 211-215.

[179] OME, 6, p. 596.

[180] Sobre el colonialismo, pp. 24-31, 71-78.

[181] Como el Imperio romano respecto de las etnias y comunidades indígenas conquistadas por la fuerza, en la Edad Antigua, o la colonización de América por parte de Europa, en la Edad Moderna, mutatis mutandis.

[182] Hoy, la India es parte de los BRICS y potencia económica mundial en alza.

[183] Sobre el colonialismo, pp. 124-128.

[184] Ibidem, pp. 7-15.

[185] Ibidem, p. 318.

[186] Ibidem.

[187] Ibidem, pp. 5-6, 7-15, 111-116.

[188] Ibidem, pp. 7-15.

[189] Ibidem, pp. 297-298; Colonialismo y guerras en China, México, Roca, 1974, pp. 81-88.

[190] Si acaso la Comuna obrera de París, trece años después, salva en alguna medida el pronóstico en general fallido.

[191] Sobre el colonialismo, pp. 322-323.

[192] Marxismo y cuestión nacional, p. 37; fobia que hoy para nada sería digna de alabanza desde una óptica progresista, todo hay que decirlo.

[193] Rusia, por ser el único Estado eslavo independiente, utilizó en su beneficio las ansias nacionales de los pequeños pueblos eslavos.

[194] Revolución y contrarrevolución en Alemania, p. 373.

[195] “Engels a Kautsky”, 7-12-1882, Marxismo y la cuestión nacional, p. 38.

[196] Problema heredado por el siglo XX y causa primera de la Guerra de los Balcanes entre 1991 y 2001.

[197] ENGELS, “El paneslavismo democrático”, Ibidem, p. 18.

[198] Revolución y contrarrevolución en Alemania, pp. 372-373.

[199] ENGELS, “El paneslavismo democrático”, Marxismo y cuestión nacional, p. 15.

[200] Ibidem, p. 23.

[201] Nueva Gaceta Renana, OME, 10, p.15.

[202] PALMER-COLTON, Historia Contemporánea, Madrid, Akal, 1980, pp. 521-523.

[203] El problema de los pueblos “sin historia”, Barcelona, Fontamara, 1981, pp. 158-164.

[204] OE, 1, pp. 194, 196-197.

[205] Después de la Caída del Muro en 1989, se fragmentaron de nuevo, tanto Checoeslovaquia como Yugoslavia, renaciendo las viejas y supervivientes naciones eslavas que vieron culminados sus procesos nacionales al convertirse, ahora sí, en Estados independientes a finales del siglo XX, demostrando una “viabilidad” que Engels no veía -justamente- a mediados del siglo XIX, época ante todo de formación de las grandes naciones-Estado capitalistas de la Europa Central.

[206] Habría que añadir, a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, las naciones surgidas como consecuencia de la descolonización de América.

[207] Historia del marxismo, 6, Madrid, Bruguera, 1981, p. 207.

[208] El estalinismo, primero, y el estructuralismo, después, se desinteresaron de la parte más diversa, compleja e histórico-concreta de la obra de Marx y Engels.

[209] No ayudó que muriese joven y fuese judío militante.

[210] Todavía subsiste hoy una pequeña comunidad judía con su sinagoga.

[211] BOROJOV, “Los intereses de clase y la cuestión nacional”, Nacionalismo y lucha de clases, México, Pasado y Presente, 1979, pp. 57-63.

[212] Grundisse, 2, p. 504.

[213] Prólogo a “La situación de la clase obrera” (1882), OME, 6, p. 599.

[214] Ibidem, p. 601.

[215] Cartas a Kugelman, p. 106.

[216] OME, 42, pp. 177, 322, 351, 373, 377-379.

[217] Grundisse, 1, pp. 17, 84, 322; Grundisse, 2, pp. 159-160, 471; Capital, 1, pp. 472, 641, 643, 650.

[218] Capital, 1, pp. XIII-XVI.

[219] Introducción de 1857, Madrid, Comunicación, 1976, pp. 252, 254, 276-277; Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política (1859), Córdoba, Pasado y Presente, 1974, pp. 76-77; Miseria de la filosofía, Madrid, Aguilar,1969, pp. 157, 174; Grundisse, 1, Madrid, Comunicación,1972, p. 361; Capital, 2, México, FCE, 1946, p. 37; Capital, 3, México, FCE, 1946.

[220] Engels a Starkenburg, 25-1-1894, OE, 2, Akal, p. 359; Engels a Bloch, 21/22-9-1890, op. cit., p. 521; Anti-Dühring, OME, 35, p. 154.

[221] Ideología alemana, OE, 1, Progreso, pp. 16, 20.

[222] Capital, 1, p. 132; Ideología alemana, p. 24; Discurso sobre el libre cambio, OME, 9, p. 130.

[223] Ibidem, p. 133.

[224] Grundisse, 2, p. 345.

[225] Prólogo de 1859, p. 77.

[226] Capital, 3, p. 733.

[227] Grundisse, 1, pp. 197, 310; Grundisse, 2, pp. 8, 167, 252; Capital, 1, pp. 266, 483.

[228] Grundisse, 1, pp. 355, 357, 362.

[229] Sobre el colonialismo, pp. 27 ss.

[230] Capital, 1, p. 429; Introducción de 1857, 281; Grundisse, 1, pp. 343, 356; Ideología alemana, pp.  15, 26; Marx cita a Hegel en una glosa marginal, como fuente informativa de los fundamentos geográficos de la historia, cf. HEGEL, Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, Madrid, Alianza Editorial, 1982, pp. 161 ss.

[231] Capital, 3, p. 257; Capital, 1, p. 430; Grundisse, 2, pp. 166 ss.; Capital, 2, pp. 212 ss.; “Engels a Marx”, 6-6-1853, Sobre el colonialismo, p. 289.

[232] OME, 6, pp. 19, 174-177, 235.

[233] BOROJOV, Nacionalismo y lucha de clases, México, Pasado y Presente, 1979, pp. 59-60, 66, 79.

[234] Derivada de su apuesta por una solución territorial para el problema judío.

[235] Grundisse, 2, p. 96; Imperio y colonia, p. 84; Capital, 1, pp. 259-275, 279; Grundisse, 2, pp. 15, 24 ss.

[236] Cf. HENRRI LEFEBVRE, Espacio y política, Barcelona, Península, 1976; La production de l’éspace, París, Anthropos, 1981; PAUL CLAVAL, Espace et pouvoir, París, Presses Universitaires, 1978; “Le marxismo et l’espace”, L’espace geographique, nº 3, 1977, pp. 145-164; JOAN-EUGENI SANCHEZ, La geografía y el espacio social del poder, Barcelona, Libros de la Frontera, 1981.

[237] Restricción economicista habitual en un marxismo fundacional opuesto al clima intelectual idealista de su tiempo; ahora toca relativizar el peso de la economía en favor de una explicación más global y dialéctica de la historia, que asoma asimismo con frecuencia en los escritos fundadores.

[238] Introducción de 1857, p. 251.

[239] Engels a Starkenburg, 25-1-1894, OE, 2, Akal, pp. 538-539.

[240] Imperio y colonia, pp. 219-239

[241] Introducción de 1857, p. 264; Capital, 2, p. 38; Ideología Alemana, p. 59; Anti-Dühring, OME, 35, p. 340.

[242] Capital, 3, p. 768; Engels a Danielson, 17-10-1893, OE, 2, p. 535.

[243] Engels a Mehring, 14-8-1893, OE, 2, p. 531.

[244] Anti-Dühring, OME, 35, pp. 188, 189.

[245] Grundisse, 1, p. 373; Grundisse, 2, p. 501; Capital, 1, pp. 609, 638-639.

[246] Engels a Schmidt, 27-10-1890, OE, 2, p. 529.

[247] Ibidem; Engels a Bloch, 21/22-9-1890, OE, 2, p. 521.

[248] Sobre la subjetividad de la naturaleza no humana, ver Carlos BARROS, “Por un nuevo concepto de la historia como ciencia” (2005) en http://www.h-debate.com/Spanish/presentaciones/lugares/quito.htm.

[249] Introducción de 1857, pp. 249-251, 260-269.

[250] ENGELS, “Discurso ante la tumba de Marx”, en F. MEHRING, Carlos Marx, historia de su vida, México, Grijalbo, 1971, p. 544.

[251] Ideología alemana, pp. 19, 46; Grundisse, 1, pp. 341-346; Manifiesto comunista, OME, 9, p. 151; Grundisse, 2, p. 503; Capítulo IV (inédito), pp. 162, 163.

[252] Grundisse, 2, pp. 14 ss., 21, 22 (las autopistas y otras obras para el transporte público, por ejemplo).

[253] Ibidem, p. 503; Prólogo a la Situación de la clase obrera en Inglaterra (1892), OME, 6, p. 588; Grundisse, 1, p. 283; Ideología alemana, p. 61 (espléndida predicción que no se realizará plenamente hasta un siglo después).

[254] Grundisse, 2, pp. 95-99.

[255] “Engels a Kautsky”, 15-9-1889, Cartas sobre el Capital, p. 273.

[256] El efecto en España fue políticamente, sin embargo, lo contrario a Alemania: la Contrarreforma católica y el avance hacia el absolutismo.

[257] Las guerras campesinas en Alemania, p. 8.

[258] Ibidem, p. 145-152.

[259] Ibidem, p.11.

[260] Ibidem.

[261] Capítulo IV (inédito), pp. 151-157.

[262] El camino inverso que lleva, dialécticamente, de la empiria a la teoría.

[263] Por supuesto que el marxismo dogmático, difundido masivamente en el siglo XX, no dijo lo mismo que Marx y Engels, más bien lo contrario.

[264] Capital, 1, Apéndice, pp. 710-712.

[265] Grundisse, 2, pp. 500-501; Ideología Alemana, pp. 70-71.

[266] P. REY, Las alianzas de clase, México, Siglo XXI, 1976, p. 194; N. POULANTZAS, Poder político y clases sociales en el Estado capitalista, Madrid, Siglo XXI, 1972, p. 82.

[267] AA. VV., El concepto de formación “económico-social”, Córdoba, Pasado y Presente, 1976, pp. 178, 182.

[268] ENGELS, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, OE, 2, Akal, p. 408.

[269] De hecho, el marxismo estructuralista de los años 60 y 70 ignoró, como sabemos, el concepto “condiciones de producción”, relegándolo en el mejor de los casos a un papel subalterno, respecto de otros más abstractos y filosóficamente rentables como fuerzas, relaciones y modos de producción.

[270] Dialéctica de la naturaleza, OME, 36, p. 241.

[271] Engels a Schmit, 37-10-1890, OE, 2, pp. 527, 529; Engels a Mehring, 14-7-1893, p. 532.

[272] Introducción de 1857, p. 204.

[273] Grundisse, 2, pp. 174, 200, 215, 218, 242, 243; dimensión evolutiva histórico-dialéctica de las condiciones de producción como reproducción social que, según vimos, Borojov no supo valorar a principios del pasado siglo.

[274] Capital, 2, FCE, p. 307; Capital, libro segundo, OME, p. 351; de acuerdo con el punto de vista que se adopte, sobresale la simultaneidad de los momentos o su desdoblamiento.

[275] Capital, 1, pp. 133, 135.

[276] Grundisse, 1, p. 359.

[277] Ideología alemana, pp. 35, 39-40.

[278] Ibidem.

[279] Miseria de la filosofía, p. 171.

[280] Marx a Annenkov, 28-12-1846, OE, 2, pp. 470-471.

[281] Ibidem, p. 472; “Prólogo de 1859”, op. cit., p. 77; origen del después la después esquematizada sucesión histórica de los modos de producción.

[282] Cf. C. LUPORINI, “Marx según Marx”, El concepto de la “formación económico-social”, pp. 102, 163.

[283] Ideología alemana, pp. 69-70.

[284] Ibidem, pp. 70-71.

[285] Capital, 3, p. 811.

[286] Haberlo demostrado es la aportación más vigente, y revolucionaria, que aporta el marxismo al joven siglo XXI.

[287] Grundisse, 2, pp. 174, 280.

[288] De ahí que no podamos confundir el precapitalismo comercial del Antiguo Régimen (siglos XVI-XVIII) con el capitalismo real, industrial, de la Edad Contemporánea (siglos XIX-XX).

[289] Capítulo IV (inédito), pp. 108-113; Capital, 1, p. 528; Grundisse, 1, pp. 320-332.

[290] Capítulo IV (inédito), p. 106.

[291] Introducción de 1857, p. 265.

[292] Ideología alemana, p. 16; Grundisse, 2, pp. 242-243; Capital, 1, pp. 476, 487; Capital, 3, p. 732.

[293] Capital, 1, pp. 477, 494, 496, 531.

[294] Ideología alemana, pp. 27-28.

[295] Capital, 1, p. 476.

[296] Ibidem, p. 487.

[297] Ibidem, pp. 483-486.

[298] Capital, 1, p. 486; Capital, 3, pp. 735, 811; Grundisse, 1, p. 367.

[299] Capítulo IV (inédito), p. 107.

[300] Capital, 3, p. 560.

[301] Capital, 1, pp. 98, 292.

[302] Grundisse, 1, p. 353.

[303] Atribuimos a una lectura insuficiente y prejuiciosa la negación, todavía persistente, de que no hay una teoría de la nación en Marx y Engels, Georges HAUPT, y Michael LÖWY, Los marxistas y la cuestión nacional, Barcelona, Editorial Fontamara, 1980, p. 11; Robert STUART, Marxism and National Identity. Socialism, Nationalism and National Socialism during the French Fin de Siècle, NY, State University of New York Press, 2006, p. 2.

[304]Grundisse, 1, pp. 367-369

[305] Capital, 1, p. 494.

[306] Capital, 3, p. 810.

[307]Grundisse, 2, pp. 17, 14-25.

[308] Marx se salta otra vez la época feudal, que requiere un análisis diferente, específico, como consecuencia de la perturbadora debilidad de los Estados medievales, a diferencia de los modos de producción anterior y posterior a la Edad Media.

[309] Capital, 1, p. 504; véase también Grundisse, 1, pp. 343 ss.; Anti-Dühring, OME, 35, pp. 18 ss; Capital, 3, p. 735; Capital, 2, p. 282.

[310] “Marx a Danielson”, 20-4-1879, Cartas sobre el Capital, pp. 224-226.

[311] Capital, 1, pp. 529-531.

[312] Grundisse, 1, p. 360.

[313] Capital, 1, p. 518.

[314] Capítulo IV (inédito), p. 104; para Marx esta afirmación es independiente del nivel de vida del obrero, véase Capital, 1, p. 521-524.

[315] OME, 9, pp. 265, 389.

[316] Grundisse, 2, pp. 98-99.

[317] Ideología alemana, p. 28.

[318] Grundisse, 1, p. 30.

[319] En el siglo XXI la globalización engendra, en cambio, cierta superposición espacial de las viejas y nuevas identidades nacionales.

[320] Capital, 1, p. 517.

[321] Capítulo IV (inédito), p. 105.

[322] BOROJOV, op. cit., p. 62.

[323] POULANTZAS, Estado, poder y socialismo, p. 109.

[324] GALLISSOT, “Contra el fetichismo”, El concepto de “formación económico-social”, p. 182; “Nación y nacionalidad en los debates del movimiento obrero”, Historia del marxismo, 4, Barcelona, Bruguera, 1981, p. 26.

[325] En la prehistoria el componente étnico jugaba, como es sabido, un papel especial en la delimitación de las sociedades.

[326] Grundisse, 1, pp. 353, 357; Grundisse, 2, p. 99; Capital, 1, p. 286; Capital, 3, p. 732.

[327] Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, p. 93; Anti-Dühring, OME, 35, p. 186.

[328] Capital, 1, pp. 638, 644; Ideología alemana, p. 56.

[329] Capital, 3, pp. 320- 321.

[330] Capítal, 1, p. 643.

[331] Nueva Gaceta Renana, OME, 10, pp. 210, 211, 220.

[332] BOROJOV, op. cit., p. 66.

[333] Sobre el colonialismo, p. 77; Ideología alemana, pp. 74-76.

[334] Capital, 3, p. 254.

[335] “Prólogo de 1873”, Capital, 1, p. XIX.

[336] Marx a Annenkov, 28-12-1846, OE, 1, Progreso, p. 540.

[337] Sobre el colonialismo, p. 14.

[338] Discurso sobre Polonia, OME 9, pp. 129, 130.

[339] Ideología alemana, p. 16.

[340] Discurso sobre la cuestión del libre cambio, OME, 9, pp. 129-130.

[341] Grundisse, 2, p. 503.

[342] Ideología alemana, pp. 18, 71-72; desarrollado por Perry Anderson en Transiciones de la Antigüedad al feudalismo, México, Siglo XXI, 1974.

[343] Introducción de 1857, pp. 263-266.

[344] Anti-Dühring, OME, 35, pp. 188-189, 352-354; Engels a Schmidt, 27-10-1890, OE, 2, Akal, p. 526.

[345] BOROJOV, op. cit., pp. 58-62.

[346] Capital, 1, p. 286; véase también N.I. BUJARIN, Teoría del materialismo histórico, Madrid, Siglo XXI, 1974, pp. 191-193.

[347] Anti-Dühring, pp. 184-185.

[348] La globalización del siglo XXI intensifica, como bien sabemos, las identidades y tensiones nacionales, tanto por parte de las antiguas naciones sin Estado como de los viejos Estados-naciones.

[349] Lo decíamos hace 35 años, el problema de la debilidad del sujeto social-global subsiste, pese a la crisis global del capitalismo y la  revolución científica transnacional sin parangón que estamos viviendo, Carlos BARROS, “Los fines de la historia en el siglo XXI”, Historia Actual Online, Cádiz, nº 45, Invierno 2018, pp. 147-155 (http://cbarros.com/fines-de-la-historia-en-el-siglo-xxi/).

 

[350] Lo decíamos en 1984-1985 cuando redactamos la primera versión (en gallego) de este trabajo.

[351] Así y todo, durante la I Guerra Mundial, el Grupo Zimmerwald (1915), predecesor de la III Internacional, se negó a apoyar a las burguesías nacionales respectivas en una guerra internacional (des)calificada de imperialista.

[352] Auge en el siglo XXI del nacionalismo de extrema derecha en los países del capitalismo avanzado.

[353] Cf. A. SCHAFF, La alienación como fenómeno social, Barcelona, Crítica, 1979; G. NOVACK, La teoría marxista de la alienación, Barcelona, Fontamara, 1979.

[354] Manifiesto comunista, OME, pp. 138, 142, 146-148.

[355] V. gr., las condiciones comunes de producción de los artesanos gremiales, Capítulo IV (inédito), p. 67; también las condiciones comunes de las fracciones de clase, 18 de Brumario, pp. 26, 50-51.

[356] Ideología alemana, p. 68.

[357] Revolución y contrarrevolución en Alemania, OE, 1, Progreso, p. 312.

[358] Anti-Dühring, OME, 35, pp. 153-154.

[359] Ideología alemana, p. 65.

[360] Ibidem, p. 67.

[361] Habría que contrastarlo con otros textos de Marx sobre la acción y la lucha de clase; según el contexto la obra de Marx oscila con frecuencia del objetivismo al subjetivismo, y viceversa.

[362] Capital, 1, p. XV.

[363] No conoció, obviamente, hasta donde puede llegar el nacionalismo como ideología, ilusión y consenso.

[364] Ideología alemana, pp. 64-65, 67.

[365] Miseria de la filosofía, p. 159.

[366] Trabajo asalariado y capital, OE, 1, Akal, p. 82.

[367] Ideología alemana, p. 67.

[368] Ibidem, p. 65.

[369] En tiempos de Marx y Engels (siglo XIX) “moderna” es lo que hoy convencionalmente decimos “contemporánea”, siglos XIX-XX.

[370] Capital, 3, pp. 786-787.

[371] Miseria de la teoría, p. 238.

[372] Ibidem, p. 237.

[373] BOROJOV, op. cit., p. 237.

[374] LENIN, Cuadernos filosóficos, Madrid, Ayuso, 1974, pp. 126-127.

[375] Engels a Starkenburg, 25-1-1894, OE, 2, Akal, p. 540.

[376] M. HARRIS, El materialismo histórico, Madrid, Alianza Universal, 1982, p. 182.

[377]  Dialéctica de la naturaleza, OME 36, pp. 325-326; la guerra entre naciones como un tipo de lucha por la existencia en “Engels a Sorge”, 7-1-1888, Friedrich Engels. Escritos, p. 408.

[378] Ibidem.

[379] Más en la larga que en la corta y media duración, donde las luchas nacionales pueden ser decisivas, como sabemos.

[380] Manifiesto comunista, OME, 9, p. 145.

[381] Ibidem, p. 147.

[382] Ibidem, p. 145.

[383] Prólogo a “La situación de la clase obrera” (1882), OME, 6, p. 596.

[384] Miseria de la filosofía, pp. 157, 339; Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, OE, 2, Akal, pp. 416-417.

[385]  Prólogo de 1859, p. 77; Marx a Annenkov, 28-XII-1846, OE 2, p. 461; la defensa de las condiciones naturales de producción por parte de las clases subalternas conecta hoy el marxismo con el programa ecologista y pacifista.

[386] Trabajo asalariado y capital, OE, 1, Akal, p. 82.

[387] Marx a Annenkov, 28-12-1846, p. 479.

[388] BOROJOV, op. cit., pp. 61-62.

[389] Grundisse, 2, pp. 252-253; Capital, 3, p. 255.

[390] No confundir con el (neo)positivismo, reacio a cualquiera filosofía de la historia.

[391] ENGELS, “Recensión de la contribución a la crítica de la economía política de Carlos Marx”, Contribución a la crítica de la economía política, Madrid, Comunicación, 1976, p. 296.

[392] Grundisse, 1, p. 355.

[393] ENGELS, “Recensión de la contribución a la crítica de la economía política de Carlos Marx”, Contribución a la crítica de la economía política, Madrid, Comunicación, 1976, p. 294.

[394] STALIN, El marxismo y la cuestión nacional, Madrid, Fundamentos, 1976, p. 25.

[395] Véase la cita de la nota 45.

[396] Rafael RIBÓ, “Marxismo, catecismo y cuestión nacional”, El marxismo y la cuestión nacional, Barcelona, Anagrama, 1977, pp. 8, 24-25; Castelao muestra su acuerdo con la definición “de Stalin [que] encol col problema nacional concorda, en absoluto, cos sentimentos permanentes de Galiza, traducidos en verbas que o povo galego soupo pronunciar por boca dos galeguistas”, Afonso R. CASTELAO, Sempre en Galiza, Madrid, Akal, 1977, pp. 39-40.

[397] STALIN, El marxismo y la cuestión nacional, pp. 77, 94-98.

[398] Ibidem, pp. 39, 59.

[399] “Marx a Engels”, 10-12-1869, Imperio y Colonia. Escritos sobre Irlanda, p. 193.

[400] “Engels a Kautsky”, 7-2-1882, El marxismo y la cuestión nacional,, p. 36.

[401] OTTO BAUER, La cuestión de las nacionalidades y la socialdemocracia, Madrid, Siglo XXI, 1979, pp. 38-39, 43.

[402] Ibidem, p. 24.

[403] STALIN, El marxismo y la cuestión nacional, Madrid, Fundamentos, 1976, pp. 25-29.

[404] P. VILAR, La Cataluña en la España moderna, Barcelona, Crítica, 1978, p. 47 (edición original, París, SEVPEN, 1962); ver también: “Sobre los fundamentos de las estructuras nacionales”, Historia 16, abril, 1978, pp. 14-16; Iniciación al vocabulario de análisis histórico, Barcelona, Crítica, 1980, pp. 183-185; “Stalin i la questió nacional”, Nous Horizons, n. 63, maig 1980, pp. 11-13.

[405] STALIN, El marxismo y la cuestión nacional, Madrid, Fundamentos, 1976, pp. 31, 36.

 

[406] Asumida hoy, por razones corporativistas, por gran parte de los profesores españoles de Historia Contemporánea.

[407] E. TERRAY, “La idea de nación y transformaciones del capitalismo”, El marxismo y la cuestión nacional, Barcelona, Anagrama, 1977, pp. 151-157 (ed. orig. Les temps modernes, n. 324-326, agosto-septiembre 1973).

[408] J. SOLÉ TURA, “La questió nacional de l´Estatut i el concepte de Nacionalitat”, Taula de Canvi, n.1, 1976, pp. 7-10.

[409] Ver la cita de Marx de la nota 81.

[410] E. TERRAY, “La idea de nación y transformaciones del capitalismo”, El marxismo y la cuestión nacional, Barcelona, Anagrama, 1977, pp. 154-155.

[411] STALIN, El marxismo y la cuestión nacional, Madrid, Fundamentos, 1976, pp. 23-24, 29, 33-34.

[412] Cf. Tesis IV sobre Feuerbach, OE, 1, Progreso, p. 8.

[413] R. MAÍZ, “Hegemonía y cuestión nacional”, Teoría, n. 7, 1981, pp. 109-142.

[414] Guerra de los Dos Ducados, guerra con Austria y guerra franco-prusiana: condiciones coadyuvantes del proceso de unificación nacional del II Reich.

[415] No es tanto así en los procesos medievales de formación nacional.

[416] Está sucediendo, en el tránsito del siglo XX al siglo XXI, con la globalización: Carlos BARROS, “Marx e identidade nacional”, intervención de Carlos Barros no ciclo de mesas redondas sobre a vixencia de Karl Marx por mor do Bicentenario do seu nacemento, organizado polo Ateneo de Pontevedra, 31 de outubro de 2018 (https://youtu.be/1Djblyii92g).

 

[417] ENGELS, El origen de la familia, la propiedad privada, y el Estado [1884], Madrid, Ayuso, 1972.

[418] Engels a Bloch, 21/22-9-1890, OE, 2, p. 522.

[419] El texto original de este trabajo fue redactado como sabemos hace 35 años, hoy la temática tratada es si cabe más urgente ante la vuelta rampante de la problemática nacional en el siglo de la globalización.

[420] ¿Lo último que se escribe es lo más importante? Ya sabemos que no es así.

[421] Podemos concluir que los fundadores del marxismo abordaron largamente el tema de la nación pero de manera fragmentaria  y circunstancial, lo que no quiere decir banal: lucharon con denuedo contra la infravaloración decimonónica de una base material de la nación que explica el cambio y la permanencia en la corta y la larga duración, respectivamente.

[422] ENGELS, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, p. 417.

[423] Treinta y cinco años después de la primera versión -en gallego- de esta investigación, la crisis del marxismo por medio, estamos en condiciones de constatar que nada o poco se ha avanzado, más bien lo contrario, como demuestra el conflicto hispano-catalán en este siglo XXI.

[424] Engels a Starkenburg, 25-1-1894, p. 54.

[425] Si bien la unidad conceptual y metodológica en los escritos de Marx y Engels que analizamos, acerca de la nación, es muy notable.

[426] Marx a la revista rusa “Hojas Patrióticas” a finales de 1877, Apéndice del Capital, 1, p. 711.

[427] Engels a Merhing, 14-7-1893, OE, 2, pp. 530, 532.

[428] No hubiera sido posible si la propia abstracción de la nación, como categoría del materialismo histórico, no derivara de los casos históricos, particulares y concretos, que les sirvieron de laboratorio a Marx y Engels para fabricar su subyacente concepto materialista de la nación.

[429] Engels animaba a los jóvenes del partido socialdemócrata alemán a estudiar “de nuevo toda la historia”, huyendo de las “construcciones a la manera del hegelianismo”, Engels a Schmidt, 5-8-1890, OE, 2, pp. 518-520; ver también como Pierre Vilar nos indica como intentó investigar los fundamentos de las estructuras nacionales en su libro Cataluña en la España moderna en “Sobre los fundamentos de las estructuras nacionales”, Historia 16, abril 1978, p. 15.

[430] Dialéctica de la Naturaleza, OME, 36, p. 210.

[431] HEGEL, Lógica, Madrid, Aguilera, 1971, pp. 123-124.

[432] La crisis del marxismo post-1989 hizo desaparecer, en gran medida, de las ciencias sociales el método dialéctico en favor del tradicional positivismo, junto con otras viejas o nuevas formas de esquematismo y dogmatismo.

[433] HEGEL, Lógica, pp. 243 ss.

[434] Dialéctica de la Naturaleza, OME, 36, pp. 324-325.

[435] HEGEL, Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, Madrid, Alianza Universidad, 1982, pp. 69, 71.

[436] Ibidem, p. 73.