Imprimir
Entrevistas:

Carlos Barros

Historia a Debate fin de siglo

Entrevista realizada por Cristina Godoy *

* Universidad Nacional de Rosario. Entrevista realizada en el Instituto de Estudios Gallegos, Santiago de Compostela, España, febrero de 1997.

Carlos Barros —conocido defensor del concepto «mentalidades»— tiene a su cargo las cátedras de Historia Medieval y de Historiografía pertenecientes a la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Santiago de Compostela. Como investigador forma parte del Instituto de Estudios Gallegos, dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Desde hace algunos años coordina el Seminario «Historia a Debate»; y es autor de Mentalidad justiciera de los irmandiños; Viva el Rey; e Historiografía fin de siglo.

Inició en 1992 la puesta del Congreso Internacional «Historia a Debate», logrando en España un éxito sin precedentes tanto por la respuesta en número, como por la calidad académica de los ponentes europeos, americanos y latinoamericanos que participaron. En 1996 compila la pluralidad de perspectivas en Historia a Debate, edición compuesta de tres volúmenes que incluyen las intervenciones de autores europeos y americanos a los que se agrega un cuarto volumen publicado en 1997 con trabajos de historiadores latinoamericanos.

El lanzamiento de una publicación periódica Historia a Debate además de la convocatoria internacional para Congreso «Historia a Debate/99», son objetivos próximos de su vasto y dinámico programa académico.

 

— ¿Cómo entiende Ud. las funciones teórica y social del historiador en España, país en el que hace años coexisten la vida democrática y las aspiraciones separatistas?

— España es un país multinacional. Para un latinoamericano ver esto no es muy normal porque el hecho diferencial del mestizaje es un fenómeno distinto. España es un conjunto de nacionalidades de origen medieval sobre las cuales se ha superpuesto un Estado nacional que, a lo largo de los siglos, no ha acabado con esos hechos diferenciales. Ahora, 20 años después de la transición todavía no se ha reconstruido en las mentalidades colectivas una España democrática multinacional. Hay una crisis de identidad. Los medios han dado a conocer una encuesta sobre la conciencia nacional, donde se descubre que en el País Vasco y Cataluña casi la mitad de la población no siente orgullo de ser españoles. Por otro lado, Juan Luis Cebrián en una conferencia en el Club Siglo XXI ha hecho notar que el Sr. Aznar siendo representante de la derecha parece más un presidente del Estado español que de España (se refiere al pacto con los nacionalistas vascos y catalanes). Es decir, que la transición en España, en cuanto a reconstrucción de una identidad nacional está inacabada y ahí entra el historiador. Creo que el historiador en España ha jugado un papel en la lucha contra la dictadura, supo iniciar la revolución historiográfica antes del cambio político. La conversión a la nueva historia se inicia en los años 60 y la transición política tiene lugar en los 70.

Sin embargo, no hemos sido capaces de conformar la nueva identidad de España como nación de naciones. La duda está en la calle y en los medios políticos. Tienen todas las de ganar las comunidades y regiones, y todas las de perder España como comunidad nacional. El concepto de nación de naciones es difícil pero es el único que tendría sentido en España, sobre todo en la perspectiva política actual que es de un modo u otro ir hacia un Estado federal. Desde el punto de vista teórico el concepto de nación de naciones no es fácilmente definible, pero no desde el punto de vista de la historia. El historiador puede explicar mejor cómo desde la Edad Media, España se ha formado como nación de naciones: el pasado nos debería ayudar a construir el presente y el futuro. Hay futuros alternativos. Si la Unión Europea llega a fortalecerse puede suceder que el propio Estado-nación España se acabe disolviendo. La otra opción es que se consolide un nueva identidad española de tipo federal y multinacional. E incluso tenemos una tercera opción: caer en la disgregación. Hay diversas posibilidades.

España es un país muy consolidado desde el punto de vista democrático y tenemos la esperanza de que esta crisis de identidad se resuelva. Crisis que coincide con el final del siglo XX. El problema de España hoy recuerda lo que ocurrió a fines del siglo XIX, vamos a celebrar el aniversario del 98. Insisto en que hay un entramado democrático en las mentalidades colectivas y políticamente muy fuerte; sabremos, espero, cada uno asumir nuestro papel. El papel del historiador es echar mano del pasado para comprender el momento actual y construir un futuro donde España reformule su unidad, de modo que vascos, gallegos, catalanes y andaluces nos sintamos de nuestra nacionalidad y españoles, que es algo que ahora no está de moda o que está más claro en unos sitios que en otros.

 

— ¿Cómo ve el proceso abierto a partir de la democratización política al interior de la universidad, y más específicamente en el campo historiográfico? ¿Se pueden señalar encuentros o disparidades entre la democratización del sistema político y las prácticas político-académicas universitarias?

— Esa pregunta me la he hecho a mí mismo en público, en mis clases. Los que estábamos en el Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Madrid a finales de los años 60, y planteábamos la lucha por una universidad abierta a las clases populares, una universidad no tecnocrática sino democrática. La lucha era doble: contribuir al derrocamiento del franquismo y a la renovación de la universidad. La respuesta que me he dado a mi mismo es que es un semi-éxito o un semi-fracaso. Quizá el éxito más notorio fue la apertura de la universidad a las clases populares. A fines de los 60 yo era uno de los pocos hijos de obreros en la universidad y hoy esto es un fenómeno habitual. Aunque para algunos supone peyorativamente la masificación de la universidad; para el resto (la mayoría) de la comunidad universitaria es un gran triunfo.

Otro paso importante es que el funcionamiento interno de la universidad se ha democratizado en el sentido de que la comunidad universitaria elige a los decanos y al claustro de la universidad, éstos eligen a los rectores respectivos y eso funciona bien. En mi universidad, desde la transición hasta hoy hemos tenido rectores democráticamente elegidos por una mayoría de profesores y alumnos de izquierdas.

Por lo tanto, el acceso de las clases populares funciona. Pero hay dos cosas que no funcionan, de ahí lo que califico de semi-fracaso o semi-victoria. Son: 1. el etiquetaje que subsiste de «rojos» y «azules» en profesores de una u otra ideología política; y 2. la poca democracia que existe en las vías de acceso al profesorado. Lo primero afecta más a las mentalidades colectivas universitarias que a otra cosa, pero es un problema serio. Vivimos en un país que ha vivido una sangrienta guerra civil, seguida por una cruel represión. El Partido Comunista Español, en 1956, lanzó la consigna de la reconciliación nacional antes que cualquier otra institución, lo que hizo posible 20 años después la transición democrática en España. El eje de la transición democrática ha sido esa reconciliación, la renuncia a las armas en el terreno político y garantía de que todas las opciones comparecieran en los comicios. La denominación rojos-azules es una denominación bipartita que viene de la guerra civil. Lo sorprendente es que estando superada esta bipolarización en el terreno político, todavía en tribunales de oposiciones cuenta más si se es de los «unos» o de los «otros», que los propios méritos académicos de los concursantes. Esto se ha convertido en un obstáculo para el desarrollo científico, para la innovación y para un auténtico debate intelectual que, a veces, es sustituido por el tirarnos piedras los unos a los otros en base a etiquetas políticas que después no se corresponden para nada con el debate intelectual. Conozco a historiadores muy de izquierdas pero muy conservadores historiográficamente, y lo contrario también se da. Por eso la historiografía española no ha terminado su transición democrática, todavía se instrumentalizan las dos trincheras. Y lo dice alguien que está en posiciones de izquierda, porque somos algunos de los que estamos en esta posición quienes más insistimos en que no se hurte el auténtico debate sustituyéndolo por una gran guerra de trincheras, que se justifica sobre todo por cuestiones de lucha por el poder académico. Porque los motivos principales de esta bipolaridad es la lucha por el poder académico.

En cuanto a la falta de democratización en el acceso a las plazas de profesorado, sobre todo las plazas de profesor titular y catedrático, es un tema que se conoce como el fenómeno de la endogamia, es decir, una plaza ocupada interinamente por un candidato de la casa (universidad) que aunque se presente un candidato en mejores condiciones, se le suele conceder a quien ocupa la plaza provisionalmente, o sea, al que la universidad que convoca la plaza tiene en cartera. Hay un debate sobre cómo solucionar esto. También ésta es una asignatura pendiente para la democratización de la universidad.

Un último aspecto que guarda relación con lo anterior es que: si la universidad no es plenamente democrática y la sociedad política sí lo es, lo que falla es la relación entre la universidad y la sociedad. Un colega y amigo de posiciones de izquierdas me dijo una vez, cuando yo estaba empezando en la universidad, que la universidad y la democracia no tenían nada que ver. Hemos heredado una universidad de élite y no hemos sido capaces de transformarla. Es el drama de nuestra generación, la del 68, una vez que ha accedido al poder; no quiero ponerme fundamentalista y decir que traicionó sus ideas originarias, pero sí que se olvidó de ellas. La lucha para conseguir una universidad al servicio de la sociedad y plenamente democrática está por lograrse.

 

— Mientras España vivía aún en dictadura, Inglaterra, Francia e Italia revitalizaban sus programas historiográficos. En ese contexto, ¿qué impacto tuvieron esas renovaciones en la historiografía española?

— La evolución de la historiografía en España en los últimos 30 años no es muy diferente a la latinoamericana. Para bien o para mal los historiadores de ambos lados del Atlántico tenemos en común que partimos de una historiografía tradicional, que hemos superado gracias a una doble influencia: la influencia del materialismo histórico y la de la escuela de los Annales. En los años 60 cuando los historiadores españoles trataron de ponerse al día se informaron en la historiografía francesa, tanto en su vertiente annalista como marxista (sobre todo Pierre Vilar). Y eso no es muy diferente de lo que ha sucedido en América Latina. Cuando el régimen franquista se empezó a abrir desde dentro, desde la lucha de masas, con el movimiento estudiantil, y la universidad se empieza a relacionar más con el extranjero, acudimos a la historiografía de los Annales y marxista para ponernos al día. Después hubo una ruptura con la historiografía francesa cuando se pasó de los segundos a los terceros Annales, de la historia económico social a la historia de las mentalidades. Esta ruptura me parece un error porque cuando la historiografía francesa recuperaba el sujeto haciendo la historia de las mentalidades, aquí seguíamos haciendo monografías de temas económico sociales, sin innovar. Aquí la culpabilidad no está sólo en los marxistas más cerrados que vieron en los Annales de Jaques Le Goff un enemigo, como, en general, en una historiografía española que logró renovarse pasando de la historia política a la historia económico social, pero después no fue capaz de seguir la renovación pasando del estudio de la base económica de la sociedad a la «superestructura mental-cultural» (soy consciente y me disculpo de que acabo de utilizar una metáfora demodé, sin duda rígida y mecanicista). Ese paso no se ha dado y cuando empezamos a ser receptivos a la historia de las mentalidades, a finales de los años 80, habían quedado en desuso en Francia. Siempre he hablado de un retraso de unos 10 ó 15 años de recepción de las vanguardias. Este retraso tiene su origen en el paréntesis que siguió a la victoria de Franco en la guerra civil aunque por fortuna, en estos años 90 se está solucionando. La historiografía de los últimos años está ganando el tiempo perdido y se está abriendo a influencias diversas: la historiografía francesa, la historia social inglesa y, últimamente la historia italiana, la nueva historia cultural norteamericana. Total, que a fines de siglo no estamos en una situación muy diferente a la de ustedes, los argentinos. Es un fenómeno global. La globalización también está teniendo lugar en el mundo académico. Hoy la historiografía de vanguardia es internacional y eso quiere decir que las diferencias de ritmo entre las historiografías tienden a igualarse. Siempre hablamos de los historiadores preocupados por la innovación pero la mayoría de los historiadores siguen el paradigma que ya estamos superando: el de la nueva historia. Pero hay que tener en cuenta que el futuro de la historiografía del siglo XXI lo van a decidir las vanguardias y todos los demás, es decir, la mayoría de la comunidad de historiadores.

 

— Los pueblos que hemos padecido prolongadas y siniestras dictaduras vivimos hoy —en formas varias de expresión; grados de compromiso; impotencia; justificación— el clivaje reconstrucción-fortalecimiento de la memoria colectiva / políticas de «olvido». ¿Hay grupos en la historiografía española que se han ocupado del problema del franquismo o es un tema que se ha tratado de olvidar?

— La transición política hizo tabla rasa del pasado inmediato, es decir, «olvidó» todo lo que significó el franquismo. Fue una de las consecuencias de nuestra incapacidad para imponer la «ruptura democrática», es decir, una revolución política que supusiera un corte entre dictadura y democracia. Lo que hubo fue una transición donde no existieron juicios a torturadores, juicios por responsabilidades políticas a dirigentes del franquismo, algo teóricamente necesario para la democracia. Sin embargo, los historiadores contemporáneos dedicaron toda su atención a la historia del franquismo y de la guerra civil. Fue una atención casi obsesiva. La universidad le llevaba la contraria al poder político. En el mundo anglosajón con Margaret Thatcher y Ronald Reagan también se fortalecieron mucho los estudios marxistas. Este esfuerzo de los contemporaneístas hacia nuestra historia más inmediata fue positivo, contrarrestó lo que fue el franquismo para la historia en el sentido de que privilegió áreas como la historia medieval o moderna en detrimento de la contemporánea. Contra ésto reaccionaron los historiadores y, en los años 70 y 80, hubo una concentración de esfuerzos renovadores y de esfuerzos políticos llevados a la historia, una gran parte de ellos dedicados al franquismo, guerra civil...

Ahora el problema es otro: es reequilibrar la atención prestada a los diferentes períodos históricos. Muchos españoles no han cambiado su opinión sobre la edad media y moderna franquistas. La tarea que queda es reequilibrar y el reto es dar a conocer no sólo el pasado inmediato sino todo el pasado. No se entiende la concepción de la España plurinacional sin remitirnos al menos a la España medieval. Creo que una de las deficiencias actuales de la conciencia histórica de los españoles es que se reduce a la época más reciente. Umberto Eco decía ayer en la conferencia inaugural del congreso «Tercer milenio» en Valencia —auspiciado por la UNESCO—, que de aquí al siglo XXI hay que recuperar una historia que nos haga reconciliar la historia multicultural con la historia global. Afirmaba que por la red hay que pasar los millones de años de civilizaciones en todo el mundo. Una historia que tenga esa función, que tenga ese enfoque global tendrá que ser una historia, como dijo Eco, que se remite a los siglos y milenios pasados. La necesidad de una concepción global de la humanidad deberá conceder un nuevo papel al historiador en el mundo. Eso enlaza con que la creciente comunidad internacional de historiadores debe contribuir a una conciencia histórica global de la humanidad, quiero decir una historia donde no haya ni primer, ni segundo ni tercer mundo.

 

En Historiografía fin de siglo, convoca a sus colegas a detenerse en una impostergable discusión: qué se entiende por España? Se trata de una apelación muy sugerente para el lector latinoamericano, por lo que sería interesante profundizar en esta perspectiva, que no se si puede ligarse al proyecto de la revista Historia a Debate como un espacio para reflexionar en esa dirección.

— A esta pregunta ya respondí en la primera respuesta. Es necesario que el historiador plantee en su trabajo profesional las mismas preguntas que la gente se hace en la calle. Pero no es fácil. Si no hay respuestas claras sobre este problema es porque esta pregunta se la están haciendo más los políticos que los científicos sociales y los historiadores. Es un problema que se debe resolver. Dudo que se pueda entender lo que es bien España sin recurrir a la historia. Siempre ha sido una historia diferenciada y común al mismo tiempo. Siempre, al menos desde el medioevo, hemos pertenecido a nuestra nacionalidad pequeña y al Estado español.

Como botón de muestra de la situación actual le puedo decir que se ha abandonado el marco espacial español para las monografías de investigación. La inmensa mayoría de los trabajos de investigación remiten al ámbito local, regional o nacional (de las Comunidades Autónomas). Casi no se presentan trabajos sobre el ámbito estatal. Es un ejemplo evidente de cómo nos hemos refugiado en nuestras regiones o nacionalidades. Cosa a la que nos han empujado los poderes públicos que financian con más facilidad proyectos referentes a las Comunidades Autónomas.

Respecto a la revista, que pensamos sacar antes del próximo Congreso Intercontinental que se celebrará en 1999, no está pensada para resolver el problema de España. Será una revista multilingüe con participación europea y americana de manera que establezcamos ese diálogo necesario para definir el nuevo paradigma del siglo XXI. En este sentido, necesitamos mayor peso del continente africano y de Asia, algo que nos gustaría solucionar en el congreso de 1999, aunque acarreará problemas de tipo económico. Queremos contribuir desde «Historia a Debate», revista y congreso, a la conformación de la comunidad global de historiadores, a la transición historiográfica en curso. El cambio de la historiografía marxista, annalista y neopositivista por el nuevo paradigma historiográfico está por hacer. Los problemas de la historiografía española e iberoamericana tendrán una especial acogida en Historia a Debate, pero el contenido esencial es crear plataformas de discusión de ámbito global desde España, desde el mundo latino, mostrando así la posibilidad de otras alternativas a las planteadas por franceses, ingleses y norteamericanos.

 

— Estado, nación, autonomía, federalismo, independencia; todas nociones provenientes de la teoría política. En España, el extranjero se desconcierta ante cierta correspondencia forzada entre el contenido conceptual-disciplinario y su aplicación en el terreno del discurso cotidiano: «nación de naciones», «nacionalidades», «independentismo», «separatismo». ¿Qué incidencia tiene ésto al interior del campo historiográfico?

— Te refieres de nuevo al término separatismo. Es necesario precisar que lo que aquí se llama independentismo, es un fenómeno muy minoritario en Galicia en relación a Cataluña o País Vasco. En estas mismas comunidades también es minoritario. Esquerda Republicana de Cataluña (ERC) obtiene un 10% de los votos y Herri Batasuna (HB) un porcentaje más o menos semejante. La conciencia nacional se manifiesta en las autonomías y el federalismo más que en el independentismo. Esto también es una tradición secular, al menos en Galicia.

Esto afecta a la historiografía de una forma radical. Hay una idea que entra por los Annales pero es de origen positivista y es acotar una región para una investigación, lo que llamamos monografía regional. En ese primer momento no necesariamente se correspondía la región que utilizaba el historiador con la región histórica. En el franquismo comenzamos una historia regional o nacional (de las Comunidades Autónomas) donde cuenta el compromiso político para crear una identidad nacional. Hoy en día prima de una manera tan absoluta esta historia local y regional que se ha abandonado la historia sobre y de España.

La historia regional, tanto en sentido metodológico como político, es algo del pasado que seguimos alimentando y debemos superar. Sin embargo, en México y Argentina es algo que está comenzando y supone nuevos planteamientos. La historia regional de América Latina quiere ser más global y responde también a motivaciones políticas, pero es diferente a cómo la hemos hecho en España. Es necesario hacer historia regional no abandonando la historia global; como se quiere hacer en latinoamérica. En España es un lastre del que debemos desembarazarnos y tenemos que hacer más historia de España y hacer historia de otros países; no sólo de Latinoamérica sino de Europa, África y Asia, como hacen otras historiografías que han jugado un papel geopolítico más importante que España. Uno no recomendaría que se haga historia regional como aquí, por imposición política, sin concepción global, etc. Para el próximo siglo tendríamos que conseguir un mayor peso de las historiografías latinas con propuestas propias en la comunidad internacional de historiadores.

 

— En Argentina, con un «Estado ausente», la universidad pública se encuentra en un estado económico-financiero muy crítico. La situación de la universidad española, en cambio, pareciera ser muy diferente. Esta Universidad de Santiago de Compostela, por caso, cuenta con una estructura de campus admirable y con bibliotecas completas y actualizadas. Me interesa tu opinión sobre la relación Estado-subsidios-universidad, y sobre las jerarquías que ordenan la red interuniversitaria en España.

— España no es un país centralizado desde el punto del poder o la universidad, lo fue durante el franquismo, pero desde la transición se ha descentralizado completamente. Las universidades de Madrid son una más. El mayor dinamismo está incluso en las universidades periféricas. La vida intelectual de España se parece más a Estados Unidos que a Francia en este aspecto. Por otro lado, España en los últimos 20 o 30 años se ha desarrollado mucho. Hemos logrado que este país esté entre los más influyentes en las instituciones mundiales. No es casual que la OTAN, UNESCO, etc., estén encabezadas por españoles. Refleja un nuevo lugar de España en el mundo y una economía que ha logrado un desarrollo importante. En España se está relativamente bien si se tiene trabajo, tenemos aún un Estado de bienestar que está indemne si lo comparamos con lo que ha pasado en la Europa del Este o América Latina. A pesar de que se han aplicado políticas neoliberales se ha logrado mantener bastante los presupuestos en educación y sanidad. Quienes plantean políticas más neoliberales perderían el poder si las ejecutaran, habría huelgas generales. Aquí la última huelga general que hemos hecho ha sido por la congelación de los sueldos de los funcionarios. Vamos a ver qué pasa en el futuro pero de momento mantenemos el Estado de bienestar. En América Latina no existían tantas prestaciones sociales como aquí, por eso son tan efectivas las resistencias. En Galicia se han creado dos universidades recientemente, sólo en Santiago tenemos 40.000 estudiantes y todavía nos quejamos. En cualquier caso, somos capaces, de momento, de conservar lo que hemos conseguido.

 

— El número de estudiantes de la universidad española se calcula aproximadamente en un millón y medio. Una cifra considerable. Paralelamente hay un altísimo nivel de desocupación y el gobierno intenta reorganizar el mundo del trabajo en términos neoliberales. Los estudiantes, sobre todo, deben ser muy sensibles a esta realidad.

— Es el problema más grande. El problema de los jóvenes historiadores en particular, y el de los jóvenes en general, es un tema que me preocupa, doblemente, en lo tocante al futuro de la historia y de nuestra sociedad. Casi un cuarto de la población está en paro y muchos de ellos son jóvenes. Esto significa que estamos ante una generación que no se integra en la sociedad por el trabajo sino por la vía de la familia. ¿Qué dicen ellos? Es una generación que se parece poco a nuestra generación, han nacido en democracia y no han sabido luchar por renovar la sociedad. Lo vivo cada vez que discuto en clase o en el seminario de «Historia a Debate». Es necesario para la renovación historiográfica y política que irrumpan las generaciones jóvenes. Cada vez más el joven toma conciencia del futuro que le espera, de la falta de futuro. Eso se traduce en una mayor combatividad en los niveles anteriores a la universidad. Esto para mí es una esperanza. No hay que olvidar que la Nueva Historia se instaló en España gracias a jóvenes profesores que entendían que su compromiso político e historiográfico iban parejos. ¿Cómo van a ayudar a renovar la historiografía si no conciben su papel en la sociedad como transformador? Sólo entrarán en la sociedad si empujan la puerta. Sabia nueva. Es algo que necesitamos en nuestra disciplina.

Una gran parte de nuestra generación fueron renovadores en su momento, pero es difícil mantenerse renovador de una forma permanente. Precisamos que las generaciones jóvenes nos empujen. Mi caso es especial. Pertenezco al 68 pero he llegado tardíamente a la universidad y soy más joven historiador de lo que puede indicar mi edad. Sería pedir mucho que encabezáramos, los del 68 en general, una renovación historiográfica, pero una presencia más activa en la renovación historiográfica ayudaría a reencontrarnos, a dar la última batalla a recuperar objetivos que quedaron pendientes. Los jóvenes no se emplean, se acumulan en el ejército de reserva del que hablaba Marx, la redistribución de las rentas a través de las familias llegará al límite, y la droga es una vía que cada vez siguen menos jóvenes. Los jóvenes se plantearán, tarde o temprano, metas colectivas. Y eso redundará en la historia. No sé en Argentina, pero en España estamos teniendo un problema de desprofesionalización preocupante ante la dificultad de conseguir plazas en institutos y universidades. Bastantes jóvenes se emplean de cualquier cosa y continúan haciendo sus tesis. Hay jardineros doctores. Es una vía de conexión de la sociedad con la universidad pero también es una vía de desprofesionalización. En la clausura de las jornadas de Zaragoza sobre la historiografía del año 2000, planteaba que los profesores tenemos que asumir los problemas de los alumnos. Ellos debieran tener las mismas oportunidades que tuvimos nosotros de entrar en las universidades. Son ellos quienes lo deben plantear, pero nosotros debemos ayudarles.

 

— Aun lamentándose de la rígida estratificación que existe entre los claustros en el interior de la universidad, los estudiantes de historia de esta universidad, considerando el panorama historiográfico global en la España actual, rescatan la figura intelectual de Carlos Barros como receptiva de sus inquietudes, y por disponer estrategias adecuadas para el crecimiento de la disciplina histórica. Asociaba ésto al planteo que hace Roger Chartier en su último texto, On the Edge of de Cliff, donde recela la presencia del posmodernismo en la disciplina, pisando el umbral del tercer milenio.

— Mis alumnos saben que los tengo que calificar por eso te hablan bien de mí... Los alumnos responden si los profesores damos el primer paso porque les damos perspectivas. A mí me pasa que, una y otra vez, los alumnos tienden a plantear su futuro; pero pocas veces los profesores hablamos de su futuro. En este sentido se debería recuperar el sentido tradicional del profesor que enseña su asignatura y que enseña a enfrentarse a la vida. Es beneficioso hablar de su situación. No tenemos capacidad de dar puestos pero si podemos contar nuestra experiencia. En 1993 conocí a muchos profesores en el Congreso de Santiago que tienen mi misma inquietud. Espero que en el 99 conozcamos más. Somos más de los que creemos. La fragmentación postmoderna hace que no nos conozcamos. A superar eso quiere contribuir Historia a Debate. Ayudar a entender la historia como un proyecto colectivo.

En relación al cambio de milenio: nadie tiene una varita mágica para saber cómo va a ser. Pero tengo algunas cosas claras. La forma de escribir la historia está cambiando de manera espontánea, por lo tanto, cuando digo que vamos hacia un nuevo paradigma constato una realidad: retorno del sujeto, retorno de los géneros tradicionales, auge de la reflexión. Después de saber a dónde vamos debemos preguntarnos a dónde queremos ir. En los últimos consensos inadvertidos de la comunidad de historiadores hay cosas positivas y cosas negativas. Por otro lado, el nuevo paradigma o es producto de lo que fue la historia en el siglo XX y lo que hemos hecho últimamente, o no será. Y cuando digo «no será» quiero decir que la historia atraviesa hoy en día una crisis epistemológica y social. La historia y las humanidades están en retroceso en todo el mundo. Además está la crisis epistemológica. Nunca se puso tan en duda el carácter científico de la disciplina. Como dice Iggers la propia concepción científica de la historia que hemos heredado del positivismo está en crisis. Sin embargo, la disciplina demuestra un gran dinamismo a la vez que una gran incertidumbre. ¿Podemos utilizar ese dinamismo para avanzar hacia la disgregación absoluta, lo que podría ser el final de la disciplina? Quedarían algunos eruditos en la universidad, pero la disciplina como proyecto colectivo y social desaparecería. Estamos ante el abismo. O damos el salto y pasamos al otro lado o nos caemos.

Este es el problema mayor. Incluso intentan vendernos la disgregación de la disciplina como un nuevo paradigma. En ese sentido se empieza a teorizar la fragmentación, que es positivo si es transitorio pero negativo si es permanente. Un profesor que estuvo invitado aquí (Watelet) decía que a los profesores los jubilaban a los 55 años voluntariamente en Canadá. Eso es neoliberalismo aplicado a la universidad. Eso aquí sería impensable: nos echaríamos a la calle. Si no somos capaces de redefinir la disciplina como un proyecto científico social, se impone como paradigma la disgregación de la disciplina. El que tenga suerte quedará como profesor en la universidad, pero se impondrá una historia que no es útil socialmente.

 

— La ideología ha representado el paradigma analítico para nuestra generación, y ése parece ser hoy un lugar vacante.

— Tienes razón. Hay que recuperar dos cosas de la historiografía del siglo XX: 1. el objetivo de la historia total, que me gusta llamarle historia global; y 2. el compromiso social y político del historiador. Y así recuperar más las experiencias de M. Bloch y E. P. Thompson. Estas dos cuestiones tienen que ver con el postmodernismo (que en otros aspectos es positivo: recuperación del espíritu crítico, la importancia de lo pequeño, la superación del dogmatismo) que tiene como negativo que no da alternativas. Nos están influyendo ideológicamente para que nos refugiemos en los despachos. El neoliberalismo nace criticando lo que tuvo de dogmatismo el marxismo, pero ha bautizado la victoria del último capitalismo como pensamiento único. Hay medios de comunicación social interesados en difundir que lo que importa es el dinero y el triunfo individual. Hay una relación entre el descenso del interés por las ciencias sociales y la historia y la influencia del neoliberalismo. Hoy defendemos la historia porque defendemos un futuro que no se debe parecer al mundo de Orwell. La historia tiene futuro. La historia que viene es el resultado de la historia acontecimiento y la historia que deben escribir los historiadores.

 

— Usted acaba de publicar un libro en idioma gallego. C. Barros, defensor de lo local, o historiador romántico?

— El gallego es un idioma tan válido para el siglo XXI como el castellano. Tu misma estás aquí porque los gallegos estamos muy abiertos a todo el mundo. Hay una tendencia a financiar iniciativas regionales pero la Xunta de Galicia ha financiado el congreso «Historia a Debate». Santiago es una ciudad conectada con el mundo a través del camino francés. A todos los españoles se los llama gallegos en Latinoamérica.

He publicado dos libros en gallego, Mentalidad justiciera de los irmandiños y Viva el rey, de ensayos medievales, que es parte de mis investigaciones como medievalista. Reparto mi tiempo entre la historia medieval y la historiografía. Los medievalistas argentinos conocen mis libros por alguna reseña que ha salido allí, creo.

¿Retroceso a la tradición? No, cuando empecé a investigar estábamos en un momento crucial en la constitución de Galicia como poder autónomo y elegí un tema gallego como la revuelta irmandiña de 1467-1469. Fue la única revolución que hubo en Galicia. La revolución irmandiña es un buen modelo de cómo intervienen los sectores populares en la transición europea de la historia medieval a la moderna. Me muevo en un ámbito local y no. Elegí una revuelta por su valor humano para el siglo que viene: sin revueltas el mundo no cambiará, ¿es eso lo que queremos? Innovar no significa para mí dar la espalda al cambio social, todo lo contrario.