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Historia inmediata: marxismo, democracia y socialismo del siglo XXI (problemas y debates)[*]

 

Carlos Barros

Universidad de Santiago de Compostela

 

Revisitando críticamente desde la historia el marxismo latinoamericano de los años 60 y 70, hay que aceptar de una vez que Carlos Marx no ha hecho ciencia al margen  de sus interpretaciones y valores, tampoco sus seguidores. Venimos defendiendo una noción de ciencia donde lo objetivo y lo subjetivo se interrelacionan. La objetividad es justamente consecuencia de la subjetividad metodológica, ideológica y teórica, cuya diversidad es parte del contexto objetivo, social y temporal, de los investigadores. Urge la actualización del concepto de ciencia histórica (el marxismo quiso ser “la” ciencia de la historia) que redefinimos ahora como “ciencia con sujeto” doble (“agentes históricos e historiadores”), “la mejor garantía de la objetividad de sus resultados” (punto I del Manifiesto historiográfico de Historia a Debate, 2001).

Sólo el marxismo entendido como una religión -y hubo mucho de ello, también en el ámbito académico- nos puede asegurar una supuesta “ciencia verdadera”, unívoca, que sólo desde los Estados marxistas-leninistas se pudo imponer  al conjunto de la sociedad y de la academia, con los resultados que ya sabemos. No se puede, en rigor histórico e intelectual, estar contra los resultados más atroces de las experiencias socialistas del pasado siglo  y no cuestionar su origen en una interpretación marxista de tipo estalinista de una “ciencia verdadera” que pudo llegar a “justificar”, por ejemplo, la matanza de burgueses e intelectuales alienados  en la  Camboya de Pol Pot  (1975-1979). Sé que, cualquiera que sean los defectos pasados y presentes de la gloriosa revolución cubana, ni sus enemigos más recalcitrantes (salvo que perdieran la chaveta, que los hay) se atreven a compararla  con el Gulag estalinista o la masacre perpetrada en los años 70 por el Partido  Comunista de Camboya contra sus propios ciudadanos. Asimismo sabemos que la inmensa mayoría de los seguidores en América Latina de Marta Harnecker, no alcanzaron el poder y fueron muchos de ellos torturados y asesinados por sus ideales. Pero, ¿cómo se le homenajea hoy mejor? Siendo autocríticos con nuestra propia tradición y fracasos, en lo político y también en lo teórico, sirviéndonos de nuestros conocimientos académicos y profesionales. El historiador  ideologizado que sostenga una buena deontología profesional no puede olvidar la historia  y sus lecciones, ni dejar de valorar por tanto los efectos nocivos, pasados y futuros, de cualquier  ideología  de poder  que se pueda considerar depositaria de una “única” verdad científica. Tampoco la solución está en dejar el uso del poder (Estado, media) para las clases privilegiadas, encerrando voluntariamente la crítica en una elitista cápsula académica alejada de una sociedad que precisa de políticas sociales y pluralidad informativa. Solución individual, por consiguiente, pero no social: para investigar participativamente la inmediatez no queda otra que acostumbrarse a vivir entre verdades relativas, lo que no excluye certezas fuertes y objetivas (principio de realidad) sujetas al libre juicio del devenir histórico e historiográfico.  

Por otro lado,  se esgrime la “ciencia verdadera” de Marx para justificar de manera “definitiva” la falta de ética del capitalismo. Nos preguntamos si para demostrar que los capitalistas explotan a los obreros es necesario, hoy en día, acudir a una autoridad científica externa e inapelable.  Lo saben incluso quienes votan a las derechas  porque quieren parecerse a los empresarios, ganar fácilmente mucho dinero o imitar a los Estados Unidos. No digo que no haya también mucha ignorancia popular, que exija, entre otras cosas, el compromiso ético-social y la contribución pedagógica de los académicos para su disipación, pero sin esa “obligación científica” que se pretende, en lucha abierta  y razonable -por los argumentos a emplear-  si acaso en los ideólogos pro-capitalistas más o menos refractarios. Hay que enfatizar en consecuencia el papel de los sujetos políticos, sociales y académicos, cuya contribución ideológica ha de ser más convincente que impositiva, cosa difícil -lo reconozco- cuando la polarización política es grande (prueba de lo que está en juego), pero  imprescindible si se quiere ser eficaz, incluso dentro de la burbuja zuliana.

 

Cierto desfase que encontramos en América Latina entre una parte de la izquierda académica de los años 60-80 y la izquierda política y social que ha accedido al poder en la pasada década, tiene que ver con las dificultades del “pensamiento crítico” setentista (marxismo-leninismo, lucha armada) para adaptarse a los nuevos tiempos, y, del otro lado, con el carácter pragmático más que teórico de la nueva izquierda electoralmente emergente, pacífica y realmente masiva en su base social. El problema se agranda en el movimiento social global incapaz de asumir como propios los éxitos de la revolución bolivariana en América Latina. De forma que si fue difícil transformar el movimiento antiglobalización en altermundista, pasando de la simple crítica a las alternativas (“otro mundo es posible”), más lo es ahora evolucionar de  pensamiento alternativo a pensamiento de gobierno, apoyando políticas públicas que resuelvan los problemas de la gente, incluso cuando la orientación ideológica puede resultar cercana (el IX Foro Social Mundial declaró al respecto, en febrero de 2009, su independencia crítica de los  esos gobiernos, sin menoscabo de apoyos puntuales).

                Reconvertir el viejo pensamiento crítico en pensamiento alternativo con opciones de gobierno (“partido de lucha, partido de gobierno”, decía el desaparecido PCI), pasa por revisar, a la luz de la historia del siglo XX e inicios del siglo XXI, el marxismo desde sus comienzos en el siglo XIX hasta sus realizaciones en el pasado siglo. El materialismo histórico ha sido con mucho la filosofía de la historia más influente en el siglo XX, tanto el ámbito sociopolítico como académico. No se puede comprender cabalmente el nuevo siglo sin “ajustar cuentas” con el marxismo contemporáneo, y menos aún desde el punto de vista que una ideología que se reclame anticapitalista, o simplemente progresista. El marxismo ha surgido, durante la revolución industrial, de las contradicciones del capitalismo: lo lógico sería que el aquél siguiese de alguna forma vigente mientras éste siga vivo (los historiadores sabemos de la larga duración de los “modos de producción”). Si no fuese así, sería perturbador, porque una victoria total (como algunos pretendieron desde 1989) del capitalismo (en su versión liberal original) sería catastrófica para la humanidad: lo vimos en el Este de Europa; lo percibimos con la crisis económica de 2008-2011. El problema reside en que el marxismo no ha tenido la misma capacidad de adaptación a los cambios de escenario que el capitalismo. Todo revisionismo fue tempranamente satanizado, Stalin fosilizo la doctrina fundadora como “marxismo-leninismo” y el marxismo occidental, en su versión no-estructuralista y crítica con la realidad soviética, tuvo escasa influencia fuera del ámbito académico.  

                Quizás el auge inacabado –aunque ralentizado-  del movimiento altermundista, nacido en 1999, o la reciente formulación política del “socialismo del siglo XXI”,  permitan una actualización autocritica del marxismo, o de aquellas contribuciones del marxismo que forman parte de una nueva ideología de emancipación social capaz de ir pareja con las más exitosas luchas sociales y de gobierno. Una oportunidad, pues, para una izquierda intelectual que sepa combinar investigación  con compromiso, tradición ideológica con Historia Inmediata, principio de placer (académico) y principio de realidad.

Me voy a atrever, con tal objetivo, a plantear algunas cuestiones a resolver: a) Poner al día,  como ya dijimos, el concepto objetivista de ciencia que conoció y aplicó Marx a mediados del siglo XIX, transformado a lo largo del siglo XX por Einstein, Heinserberg y la teoría de la complejidad, aceptando plenamente el papel de la subjetividad en el proceso de conocimiento científico. B) Desarrollar la autocritica que inició Federico Engels (cartas a Karl Schmidt, 27/10/1890, y a Franz Mehring, 14/7/1893) sobre la infravaloración por parte de los fundadores del marxismo de la influencia de la ideas, las mentalidades y la “superestructura” en la historia, empezando por el concepto de conciencia de clase (A. Gramsci, E. P. Thompson). C) Revisar la “ley histórica” de la sucesión de los cinco modos de producción (esclavismo, feudalismo, capitalismo,  socialismo, comunismo), extraída de textos dispersos de Marx  y formulada dogmáticamente por el estalinismo y el estructuralismo, a partir de la imprevista transición del socialismo al capitalismo en la antigua Unión Soviética y otros países europeos. D) Adaptar la vieja teoría del proletariado como enterrador del capitalismo a los nuevos sujetos sociales que, en este momento, dirigen -o comparten- la iniciativa de la transformación  social: pobres, trabajadores informales, campesinos sin tierra, comunidades indígenas; mujeres, ecologistas, jóvenes solidarios y altermundistas. E) Retomar,  a partir de la experiencia del ALBA,  el debate de la II Internacional sobre la posibilidad de acceder al poder por medios democráticos planteada en Alemania  con el apoyo de Engels, que resurgió con Antonio Gramsci y los Frentes Populares en los años 30 y con Salvador Allende en los años 60; así como los orígenes del concepto “dictadura del proletariado” (Marx, Crítica al Programa de Ghota, 1875) y su generalización urbi et orbi por los dirigentes bolcheviques (véase Rosa Luxemburgo, Crítica de la revolución rusa, 1918). F) Revisar conjuntamente, a la luz de la historia, los conceptos marxistas de revolución  y reforma, violencia revolucionaria y vía pacífica al socialismo, a la vista de los fracasos y los éxitos cosechados por el socialismo reformista y el socialismo revolucionario desde los tiempos de Marx hasta hoy, que nos ha de conducir a redefiniciones mixtas, complejas, donde la reforma y la revolución se entrelacen.

Después de la caída del llamado socialismo real en Europa oriental se inició en Chiapas (1994) la acción histórica de nuevos sujetos sociales, que adquirieron una dimensión global en Seattle (1999) y alcanzaron democráticamente el poder en Venezuela (1998), Bolivia (2006) y Ecuador (2007),  con una orientación denominada, desde 2005,  “Socialismo del siglo XXI” por Hugo Chávez, seguido con mayor o menor convencimiento por los gobiernos de los nueve países que constituyeron en 2004, partiendo de un tratado comercial, la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA). Alianza político-comercial que, junto con Brasil y Argentina, forman una mayoría de izquierdas en la Organización de Estados Americanos como no se había visto antes, que supo defender desde el 28 de junio de 2009 la democracia en Honduras de manera más consecuente que los nuevos Estados Unidos de Barack Obama, cuya influencia ha mermado considerablemente en el continente centro y sudamericano.

                Nos interesa aquí la relación y la comparación, ideológica y política, entre el socialismo (soviético) del siglo XX y el socialismo (bolivariano) del siglo XXI, a pesar de su brevísima historia y relativa indefinición, porque nos permite analizar en vivo algunos puntos que acabamos de plantear sobre la reformulación autocrítica del  marxismo. Nuestra metodología es “pensar históricamente” la inmediatez, convencidos de que la historia que estamos viviendo  nos aportará más luz sobre las teorías y experiencias socio-políticas que las escasas reflexiones académicas, de tono más abstracto y a veces justificativo de ideologías pasadas, muy alejadas de la actual realidad revolucionaria (pero democrática) y sus protagonistas, por mucho que unos y otros, como ha pasado otras veces en la historia, traten de explicar los nuevos procesos mediante símbolos, relatos y ópticas de otros tiempos.

                Un dato importante para esta Historia Inmediata de las ideas y las mentalidades son las contradicciones entre lo que queda de la “izquierda derrotada” del siglo XX, de orientación mayoritariamente marxista-leninista (con su correlato académico estructuralista), y la “izquierda triunfante”  en el actual siglo en América Latina, tanto en los países del ALBA como en el Brasil de Lula o el Uruguay de Múgica. Si bien nos afecta ahora más el primer caso, por su ambición histórica e ideológica, vinculada  a la tradición marxista de forma ideológica, imaginaria y política, sobre todo en Venezuela y Bolivia.  

Hablamos de la “izquierda derrotada” que bautizó el ex guerrillero y sociólogo García Linera, actual vicepresidente de Bolivia, pero hay que contextualizar históricamente desde una “historiografía de valores”.  La derrota en los años 60-80 de los influyentes movimientos guerrilleros (otras opciones socialistas y comunistas, fueron testimoniales o   simplemente sucursales) que no debe hacernos olvidar el enorme coste en vidas humanas -universitarios, en bastantes casos- que supuso la represión desproporcionada por parte de los ejércitos “nacionales”, auspiciada por las oligarquías gobernantes y los EE. UU., con el fin -otra cosa es la justificación ideológica- de impedir una transformación de las estructuras sociales que hiciese realidad la mejora de las condiciones de vida y trabajo de la mayoría. Tanto sacrificio de lo mejor de las generaciones jóvenes, hace dura y difícil cualquier autocritica de tipo ideológico, táctico o estratégico (como se decía en aquellos años). Quien menos lo entiende es el que no vivió la clandestinidad y la lucha y, por consiguiente, tampoco va a comprender que todo reconocimiento de “falsas conciencias” por parte de la izquierda revolucionaria de aquel tiempo, puede implicar subjetivamente una “traición” a los que combatieron y murieron, en ocasiones de manera atroz. Sin embargo, la fidelidad a los que lucharon y sacrificaron la vida de manera altruista, ¿no debería estar más en los fines de igualdad y prosperidad social que persiguieron que en los medios y modelos que se instrumentaron? Los primeros siguen siendo justos  y necesarios, los segundos (violencia, “dictadura del proletariado”) se revelaron injustos e  innecesarios, cuando no contraproducentes,  no sólo por la correlación de fuerzas. ¿Cómo no valorar entonces que hoy, por la vía pacífica y democrática, se haya conseguido aquello que no pudo ser por la vía armada antidemocrática? Sin duda, los éxitos electorales de hoy vienen de los fracasos insurreccionales de ayer, y así lo han comprendido los ex guerrilleros que están hoy en la dirección de la “izquierda triunfante”. A base de pragmatismo, todo hay que decirlo, por el sistema de tanteo, error y acierto, no tanto por una reflexión teórica de tipo académico o incluso política que sigue en gran medida anclada en el tipo de marxismo institucionalizado por la revolución de Octubre en la Rusia de 1917 (cuyos méritos es justo reconocer en su contexto) y sus consecuencias.

No es la primera vez, desde luego, en la historia del pensamiento político, que la teoría camina detrás de la práctica, generando contradicciones entre una replegada izquierda académica y una izquierda política y social emergente, en detrimento de unas ciencias sociales que, de este modo, están menos y mal interrelacionadas con la nueva realidad circundante, al menos desde la izquierda.

                Lo primero, como siempre, son las fuentes de la Historia Inmediata. En el caso del “socialismo de siglo XXI” son, en primer lugar, lo que dicen y ante todo lo que hacen (no siempre coincide) los representantes de las opciones políticas que han ganado una y otra vez, por mayoría absoluta, los gobiernos  que forman la alternativa ALBA: Hugo Chávez, Evo Morales, Álvaro García Linera, Rafael Correa (también Manuel Zelaya); sin dejar de contrastar a la vez lo que dicen y hacen otros líderes de la izquierda gobernante como Lula y el ex guerrillero José Múgica (Pepe. Coloquios, Montevideo, 2009). Todos de amplia experiencia sindical, política, incluso académica en los casos de Linera y Correa. El analista de Historia Inmediata, acostumbrado a las fuentes orales y a la  hemeroteca, ha de saber encontrar, bajo el discurso político, coyuntural y polémico, la nueva ideología de izquierda que fundamenta la actual vía pacífica y democrática al socialismo, en su formulación marxista (PSU de Venezuela, MAS de Bolivia), o que pretende simplemente una trasformación social en favor de las mayorías, con un planteamiento menos ideológico, pero igual de importante históricamente. Si a esto añadimos la dimensión continental del movimiento, en la mejor tradición boliviariana y guevarista, tenemos sin lugar a dudas una nueva versión, por la vía de la práctica, del marxismo latinoamericano que introduce cambios de fondo respecto del siglo XX en aquellos temas, precisamente, que lo separaron del marxismo europeo (no soviético),  gramsciano (no estructuralista),  de tradición comunista y también socialista. Cuya teorización -desde América Latina- debería suponer una aportación singular para lo que podía ser el “marxismo del siglo XXI”, componente potencialmente importante del movimiento social global, que se define precisamente en el Foro Mundial de  Belem do Pará (1/2/2009) como socialista, ecologista y feminista.

                Para nutrirse de la inmediatez  es necesario que la izquierda académica de tradición marxista invierta su relación con la izquierda política y social, reconociendo que la vanguardia está en un movimiento real que habla por la vía de unos hechos a la espera de  una investigación, y una reflexión más profunda, sin anteojeras ideológicas que interprete, explique y clarifique, el nuevo  modelo de transformación social que se quiere implementar como un “socialismo del siglo XXI”, distinto por consiguiente del socialismo soviético, burocrático y autoritario, por un lado, y del socialismo reformista europeo, que no pocas veces ha cambiado de bando (últimamente abrazando el neoliberalismo y apoyando en parte de la guerra de Irak).

Cinco son, resumiendo de nuevo, los jalones principales  para un debate, una investigación y una reflexión productiva sobre el pretendido modelo de “socialismo del siglo XXI”, con la intención de que no se frustre (arrastrando el conjunto de la sociedad en su caída), para lo cual es necesario considerar su práctica, sin ignorar la ideología declarada, esto es el principio de realidad  y la realidad inventada:

A) En la nueva conciencia social y la  participación política popular (indígena en Bolivia) reside  por supuesto  el primer logro de la revolución social  democrática en los países que más se reclaman del nuevo socialismo reformista-revolucionario. Integración popular en el sistema democrático que tendrá carácter irreversible en la medida en que las políticas públicas se sigan traduciendo en mejoras sociales y económicas para la mayoría. La utilidad social del régimen democrático ha sido siempre la mejor garantía para su estabilización  como la mejor forma política para dirimir en paz las diferencias ideológicas, sociales y políticas. Y últimamente, en América Latina, la mejor manera de consolidar las reformas sociales, que una dictadura podría eliminar en un día.

B) Hay que crear un verdadero Estado social que solucione el problema de la pobreza, asegurando dignas condiciones de vida,  resolviendo la asignatura pendiente de la inseguridad, así como la vivienda, la salud  y la educación de las clases populares. Se puede intuir que llevará años su construcción y que los países más pobres (justamente donde triunfa el ALBA) no tienen otro camino que la recuperación para el nuevo Estado de unos recursos naturales, cuya explotación pueda generar excedentes que permitan implementar políticas sociales. No se les puede decir a estos pueblos  que esperen a que se desarrollen -supuestamente por obra de un capitalismo liberal, puro y duro- unas amplias clases medias (incluyendo sectores asalariados) que con sus impuestos estén dispuestas a financiar un Estado de bienestar al modo europeo (especialmente fuerte en los países nórdicos por obra de la socialdemocracia). Recordar que también es el Estado social lo que mejor se valora en Cuba, incluso en los desaparecidos países del Este de Europa, pese al carácter no democrático, autoritario, de partido único: modelo soviético hoy en día imposible de mantener allí donde sobrevive a medio y largo plazo, sin reformas económicas y políticas (siguiendo tal vez el modelo bolivariano, y no al revés), y menos imponer violentamente, por factores subjetivos y objetivos, en nuevos países.

C) Desarrollar una economía mixta, pública y privada, es la clave de un nuevo modelo de desarrollo que se puede reivindicar como socialista (ideología del gobierno) al descansar en un Estado social, basado en empresas y políticas públicas, pero que necesita no menos de la propiedad privada, desde el autónomo hasta la empresa industrial, para disponer de productos que eleven las posibilidades y el nivel del consumo de las masas, y sobre todo para ayudar a generar puestos de trabajo, a lo tiene que contribuir además la inversión extranjera. No se trata de socializar la pobreza sino la riqueza, para lo que se necesita eficiencia, productividad y competitividad. Sin un buen mercado de productos, y una economía productiva,  no hay bienestar social, ni socialismo, a la altura de las necesidad humanas del siglo XXI. 

Ya los bolcheviques, encabezados por Lenin, pusieron en práctica (1921) con buenos resultados una Nueva Política Económica basada en aceptar (o restituir) la propiedad privada de la tierra, atrayendo a empresarios y inversores extranjeros, hasta que Stalin acabó con la experiencia, en 1928, de una economía de orientación socialista pero mixta, iniciando un proceso total de colectivización  y nacionalización que llevó con el tiempo a la fosilización y la derrota histórica, junto con otros factores, del modelo de socialismo soviético. Asumir teórica y estratégicamente la práctica económica mixta del “socialismo del siglo XXI” actualmente existente,  deriva, en resumen, de la asunción de la inutilidad del modelo absoluto de la planificación y socialización de los medios de producción, de la aceptación en los hechos y la teoría de la democracia representativa (y la alternancia como correlato)  y de los imperativos de la globalización de la economía. 

D) Democracia representativa más democracia directa. Siendo el distintivo histórico del “socialismo del siglo XXI” el acceso al poder  por medio de la democracia representativa, no deja de asombrarnos, e inquietarnos, la incomodidad que sienten algunos colegas al comparar la derrota de las revoluciones armadas del siglo XX (con la excepción relativa de Cuba, que se declaró marxista después de 1959) con el éxito de las revoluciones pacíficas (dirigidas en parte por ex guerrilleros y golpistas de izquierda) del siglo XXI.

Es hora de recordar que la democracia tiene orígenes históricos lejanos, desde Grecia y Roma, pasando por Florencia y Venecia, hasta la Francia revolucionaria. Cualquier historiador sabe que las formas de gobierno democrático, directo  y/o representativo, son muy anteriores a la soberanía popular representada por un parlamento elegido, tal como fue instituido por la revolución francesa de 1789. En ningún sitio está escrito -salvo en el catecismo marxista-  que unas clases populares, con grado suficiente de conciencia y organización política, en el pasado, presente o futuro, no puedan en determinadas condiciones, alcanzar por la vía de la democracia el poder del Estado. Lo contrario sería aceptar para siempre el secuestro por parte de la burguesía en su fase contrarrevolucionaria, y otras oligarquías (también en países del socialismo llamado real), de la democracia entendida como expresión libre y reglamentada de la voluntad de la mayoría. Ciertamente en el siglo XX la burguesía terminó violentamente con la democracia cuando vio sus intereses de clase en peligro, lo que ya pasaba mutatis mutandis en la Antigüedad clásica con las tiranías, pero la situación en el siglo XXI es muy distinta, no es tan fácil y dura poco, por la conciencia social y democrática que han alcanzado los pueblos y la globalización positiva de los derechos humanos y democráticos.

Así sucede que, en 1973, un golpe militar sangriento acabó con la “vía democrática al socialismo” de Salvador Allende,  que revive en el siglo XXI con gobiernos verdaderamente de izquierdas que son reelegidos de manera estable año tras año. Sin embargo, muestra una gran miopía que algunos gobiernos del ALBA no reivindiquen más claramente a Salvador Allende como precursor de su modelo de socialismo, aunque se le valore como mártir de la causa socialista (a pesar de su humanismo reformista). Peso retardatario de viejas ideologías, que impide asimismo apreciar  mejor el hecho de que ahora la democracia no puede violentarse tan fácilmente (Honduras): Fukuyama  no podía sospechar que la globalización de la democracia como sistema político tuviera como efecto secundario el uso alternativo que estamos viviendo en América Latina, cuando líderes, partidos y coaliciones electorales de izquierda radical y orientación anti-imperialista cumplen años gobernado gracias al poder de los votos, sin ser desalojados del poder por las Fuerzas Armadas y los EE. UU. Insistimos, el principio de la realidad debe estar por encima del principio de la realidad inventada: ya no hay “democracia burguesa”, hay democracia y punto, al menos eso tenemos que reivindicar los demócratas de izquierdas, otros están deseando que los gobiernos bolivarianos se desplacen definitivamente hace el autoritarismo para poder apropiarse de nuevo de la democracia, aunque ello suponga una desgracia nacional. El problema es que, a veces, en  algunos países del “socialismo del siglo XXI” se hace una cosa pero se dice otra, se quiere poner en práctica un socialismo democrático pero sigue rondando en la cabeza de los dirigentes la tradición de un socialismo no democrático, soviético, que se sabe no funciona, sobre todo económicamente, pero tiene mayor “legitimidad” revolucionaria. Contradicción que en este caso afecta a parte de la “izquierda triunfante”, no sólo a la “izquierda derrotada”, académica o política. 

                Hoy por hoy excluimos, con todo, que los dirigentes actuales de los gobiernos del ALBA, cuya inteligencia política está más que demostrada (incluso en situaciones difíciles de intentos de golpes de Estado y acciones hostiles de una oposición derrotada en las urnas), cedan a la tentación del autogolpe tipo Fujimori u otra forma generalizada de exclusión política de sus opositores económicos, mediáticos y políticos. La cuestión a debatir es, pues, que formas de democracia habría de sostener o implantar en países gobernados por una mayoría social de izquierda, entendiendo que existe al respecto cierta  diversidad histórica a donde remitirse.

                Heinz Dieterich, uno de los pocos académicos que se ha atrevido a  teorizar sobre el “socialismo del siglo XXI”, reconoce la democracia representativa y la propiedad privada como elementos necesarios, pero identifica de forma simple, en nuestra opinión, la democracia participativa con el “socialismo del siglo XXI”. Nosotros, sin embargo, valorando  altamente todos los elementos de democracia directa que funcionan o pueden funcionar en las democracias actuales, consideramos más importante para un “socialismo del siglo XXI” la democracia representativa que la democracia participativa, por ser la primera la que da o quita el poder del Estado a los diferentes partidos y clases sociales. Es por ello que  apoyamos la idea de una democracia mixta, tanto indirecta (elección de representantes) como directa (acción sin intermediarios), de forma equilibrada y regulada por las leyes (asambleas tradicionales o constituyentes). Ambas formas de democracia tienen históricamente sus valores,  defectos y variantes, de ahí su necesaria complementariedad.  La democracia representativa ha sido efectiva en bastantes ocasiones para evitar o resistir  el despotismo, salvaguardar el respeto de las minorías, el control parlamentario del gobierno, la renovación de los dirigentes, el pluralismo, las libertades individuales. La democracia participativa supone la implicación directa de la gente en el gobierno de las cosas (fuera de los periodos electorales), el control del gobierno desde la calle, el acceso a la política de las clases populares  y las minorías étnicas. Depende de esta segunda forma de democracia, en gran medida, la revitalización de la primera, en crisis según no pocos autores por la corrupción y otros defectos que alejan la política tradicional de los ciudadanos, lo que sucede en mayor grado en América Latina, toda vez que la vieja democracia -en manos de las oligarquías y parte de las clases medias-  no se ha revelado eficaz  históricamente para resolver las brechas sociales  y étnicas, cayendo una y otra vez en manos de la dictadura.

                Cuatro son las variantes de democracia directa que identificamos hoy en día, y que habría que fortalecer con el fin de completar y vivificar la siempre imprescindible democracia parlamentaria (sede de la soberanía popular), sobre todo en los países del ALBA, por sus especiales posibilidades: 1) La democracia de calle, extraparlamentaria pero asegurada por casi todas las Constituciones, esto es, el uso cotidiano de los derechos de manifestación, expresión, huelga, reunión, asociación, etc., que están ahora en auge en todo el mundo, son indicativo de la crisis y la vitalidad de la democracia, habiendo mostrado bastantes veces capacidad para influir en el voto decisivamente. 2) La democracia de referéndum, de larga historia y uso corriente en algunos  estados norteamericanos y países europeos (Suiza, por ejemplo), también regulada en las constituciones más democráticas, y utilizada una y otra vez legítimamente en los países del ALBA para cambiar la Carta Magna y otras leyes (incluyendo la reelección en los cargos, en vigor en España y otros países europeos), y por el movimiento altermundista desde Porto Alegre para organizar localmente presupuestos participativos. 3) La democracia de asamblea, poderoso instrumento de participación y movilización popular,  pero difícil de mantener en el tiempo, derivando en reducidas reuniones de activistas o comités elegidos, de fácil burocratización cuando son prolongación del poder del Estado, como ha demostrado la experiencia soviética. Mucho nos tememos que la falta de pensamiento (auto) crítico mantiene latente, entre los que siguen abominando la democracia “burguesa” que  llevó al poder a la izquierda, la históricamente frustrada idea rusa del transitorio “doble poder” Soviet/Asamblea Constituyente,  que termina con la disolución de la segunda. Traducido al presenten significaría una forma de autogolpe con apoyo popular, en una coyuntura concreta (por ejemplo, pérdida de las elecciones), que significaría sin duda alguna el fin del “socialismo del siglo XXI”.4) La democracia identitaria, desarrollada ante todo en Bolivia (democracia comunitaria), donde los pueblos indígenas son mayoritarios, destinada a satisfacer los derechos de sus comunidades, asegurar su autogobierno y canalizar su participación en la política del Estado. Su correlato europeo sería, en una versión más representativa, la democracia de las nacionalidades  y regiones a través de las autonomías y los Estados federales. Otra variante sería la democracia municipal. En todos los casos implica la descentralización del Estado como forma de acercar la política a los ciudadanos, una de las causas del deterioro de la democracia representativa.

                Modos de democracia participativa que, sobra decirlo, pueden servir tanto a los gobiernan como a los que están en el oposición. Tal vez más a estos últimos que pueden así, oponiéndose al gobierno desde la calle y usando la libertad de expresión, transformar las intenciones de voto, y los índices de participación electoral, aprovechando los errores y las dificultades del gobierno. Los que hoy gobiernan tendrán que hacer lo mismo algún día, cuando sean sobrepasados en las elecciones parlamentarias y presidenciales, lo que efectivamente puede tardar poco o mucho tiempo. El partido liberal del Japón, por ejemplo, gobernó democráticamente durante 50 años, y no menos la socialdemocracia en el Norte de Europa, cuyas reformas sociales fueron respetadas -por miedo a perder el favor de los electores- en buena medida por los partidos conservadores que la sucedieron en el poder. Otra novedad,  pues, que nos aportará el socialismo del siglo XXI si, como esperamos, sobrevive a la pérdida del poder y lucha desde la oposición en defensa de las reformas que implementó desde el gobierno. De forma que tendríamos un socialismo más vinculado a la sociedad civil que a la sociedad política, lo que lo haría más duradero, revolucionario y eficaz que el socialismo llamado real del siglo XX y la socialdemocracia electoralista. 



[*] Publicado en  Fuentes. Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea  Legislativa Plurinacional, La Paz (Bollivia), año 10, vol. 5, nº 13, abril 2011, pp. 36-44.