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LA CONSTRUCCIÓN DE GALICIA COMO OBJETO HISTORIOGRÁFICO

DE BENITO VICETTO A CARLOS BARROS[1]

 

Juan Andrés Bresciano

Universidad de la República

 

 

Los estudios históricos sobre Galicia, gozan de una larga tradición: desde las primeras crónicas medievales hasta las obras eruditas del siglo XIX, numerosos autores indagaron sobre temas que se relacionan con algún aspecto del pasado del pueblo gallego. Sin embargo, los trabajos que analizan a Galicia como un objeto historiográfico autónomo y pleno, surgen recién en la segunda mitad del siglo XIX. A partir de entonces, se publican obras que investigan ya no un período, ni una región, ni un aspecto temático de la historia de Galicia, sino su desarrollo global, en todos sus aspectos y dimensiones, desde los comienzos hasta el presente de cada autor. En estas obras, se estudia a Galicia con prescindencia de cualquier otra unidad político-territorial más amplia que la pudiera contener. Asimismo, sus autores ya no tratan a Galicia como un campo de estudio (dentro del cual definen como objeto diferentes períodos o temas, para desarrollar luego un enfoque monográfico), sino que la consideran en su totalidad histórica, como objeto mismo de sus investigaciones, a fin de implementar un enfoque que en algunos casos procura ser omnicomprensivo, mientras que en otros pretende ser sintético. 

 

Estas historias globales de Galicia pueden ser abordadas desde perspectivas diferentes. A modo de ejemplo, se podría investigar el contexto histórico que las genera, las corrientes historiográficas de las que se nutren, la estructura del discurso que las expresa, los usos políticos, ideológicos y culturales que se hacen de ellas, etc. etc. En la presente ponencia, sólo se considerará el modo en que tales textos construyen a Galicia como objeto de investigación, a través de:

 

(i)                  La definición de los criterios que adoptan para transformarla en un sistema histórico autónomo, tanto en dimensión sincrónica como en dimensión diacrónica.

(ii)                La presentación de las operaciones cognoscitivas que hacen posible esta transformación, y sus fundamentos teórico-metodológicos.

(iii)               La caracterización de dichas operaciones, a partir de la tensión que existe entre prácticas historiográficas de naturaleza ideológico-pragmática, y prácticas historiográficas de naturaleza científico-académica.

 

Las combinaciones concretas de estos factores, generan modalidades distintas en la construcción del objeto. El análisis de las modalidades que se habrán de referir, así como de sus variaciones a través del tiempo, se basa en la elección de autores y textos que ejemplifican e ilustran distintos momentos históricos. Se trata, por lo tanto, de una exposición sinóptica que comenta algunas obras, no por ser necesariamente las más significativas, sino porque permiten desentrañar con mayor facilidad las características de cada modelo.

 


 

1.      Las Historias monumentales

 

Las primeras modalidades que asumen la tarea de construir a Galicia como objeto historiográfico, comienzan a manifestarse en la década de 1860, y tienen como promotores a dos destacadas figuras del rexurdimento: Benito Vicetto y Manuel Murguía. Ambos autores -que fueron amigos en su juventud y posteriormente se distanciaron- se propusieron elaborar un estudio del desarrollo histórico de Galicia, desde sus orígenes. Aunque hay ejemplos previos de obras que perseguían objetivos semejantes, sus trabajos presentan un grado de sistematicidad que los convierte en ejemplos paradigmáticos de un proyecto que no sólo es historiográfico, sino también cultural e ideológico. Estas obras monumentales por su magnitud y volumen, pretenden recuperar y organizar a través de un discurso expositivo, un pasado regional relegado o presentado de manera fragmentaria hasta ese entonces. Por ello, contribuyen de manera significativa a la consolidación de una conciencia regional gallega, en el último tercio del siglo XIX.

 

Benito Vicetto [2] comienza a redactar su Historia de Galicia en 1866, finalizándola siete años más tarde. Ya en el prólogo del primer tomo, admite que, aunque existieron otros investigadores que llevaron a cabo un trabajo semejante al suyo, su propuesta resulta original, puesto que concibe a Galicia como una unidad histórica en su completud temática, espacial y temporal, a la cual se analiza de forma autónoma de cualquier otra unidad más amplia (Imperio Romano, reinos de la España medieval, monarquía española de la Época Moderna y Contemporánea) y de manera integral con respecto a unidades más restringidas, como provincias y ciudades. Dado que una unidad de estas características no había sido abordada de manera sistemática anteriormente, los registros del pasado que el autor debe utilizar, no fueron elaborados para constituirse en fuentes intencionales de su objeto de estudio. Por lo tanto, Vicetto dispone de fuentes que dan testimonio de un conjunto de experiencias históricas, vaciadas en moldes conceptuales total o parcialmente diferentes al que él introduce:

 

“Nuestro plan, nuestro objeto siempre fue –desde la primeras palabras de nuestro libro- hacer historia de Galicia y no de España; hablar en fin mucho de Galicia y poco o nada de España; al contrario de cuantos escribieron hasta aquí de historia del país, pues en la época antigua, en vez de hablar de la vida civil y política, más que de esto atestaban sus libros con milagrerías de santos y costumbres célticas de Francia e Inglaterra; y en la época moderna, en vez de circunscribirse a la vida civil y política de Galicia, más que de esto se ocuparon de la revolución francesa o de las intrigas palaciegas de Madrid.” [3]

 

Como lo demuestra la cita, el autor no sólo genera una nueva forma de organizar y significar un conjunto determinado de experiencias históricas, sino que extrae sus contenidos de fuentes históricas que fueron creadas con otros propósitos, recurriendo a discursos historiográficos que no tenían como objeto a Galicia en cuanto unidad espacio-temporal plena:

 

“Lo principal, pues, para mi es formar cuerpo de historia que es lo que nadie hizo hasta ahora respecto a Galicia.

Al efecto, tengo que absorber en la cámara oscura de mi obra los mil y un datos históricos que hay esparcidos, en innumerables inéditos, y en volúmenes no escritos para Galicia; coordinarlos cronológicamente, y reflejarlos pues sin violencia, sin disgresiones enojosas, en las planchas metálicas que van a constituir las hojas de un libro, Historia de Galicia.[4]

 

Vicetto recurre a fuentes que deben ser sometidas al rigor del análisis científico, para adquirir valor demostrativo. Sin embargo, considera que la ciencia no es el único medio que dispone para aproximarse al pasado: la imaginación histórico-poética, puede abrir las puertas de un ayer que la ausencia de documentos y de monumentos parece haber sellado para siempre.

 

“Al pronto todas estas deducciones nuestras, parecerán sumamente inconexas, absurdas, ridículas, todo cuanto se quiera de malo; bien lo conocemos; pero meditad, y meditad bien: descartad de los datos en que estribamos nuestras afirmaciones la parte poética, confusa o fabulosa ... con que se hayan escrito en diversas épocas e idiomas, y sentiréis la verdad histórica como nosotros las sentimos.” [5]

 

Semejante posición convierte a Vicetto en tributario de ciertas manifestaciones de la Historiografía romántica, que harán de su obra objeto frecuente de la crítica contemporánea y de la futura. Tan es así que algunos entendidos presentan a Vicetto como un creador de mitos sobre el pasado gallego, aunque una generalización tan contundente resultaría injusta para juzgar el conjunto de su producción.

 

En lo que se refiere a la dimensión estrictamente hermenéutica de su obra, cabe señalar que la unidad de la trama expositiva -a pesar de la diversidad de sus contenidos- está dada por un componente esencial del objeto. El factor que garantiza esa unidad a lo largo de más de cuarenta siglos, no es ni un pueblo, ni  una nación, ni una raza (tal como este término se definía en el siglo XIX), sino que consiste en una región geográfica: Galicia. Se trata -según Vicetto- de una unidad natural, suprahistórica, habitada por sucesivas culturas, a las cuales el propio espacio geográfico acogió y transformó hasta fundirlas en una síntesis peculiar: el pueblo gallego. Dicho de otro modo, Galicia como región dio origen a los gallegos como pueblo:

 

“Galicia siempre será la misma; -puéblela los brigantinos, los celtas, los fenicios, los griegos, los cartagineses, los romanos, los suevos, los godos y los árabes; tenga más o menos autonomía, más o menos participación en la administración y fomento de sus intereses; su clima, sus tradiciones, su historia, se impondrán siempre, y modificarán toda clase de innovaciones e inmigraciones. “  [6]

 

Casi al mismo tiempo que Vicetto comienza la redacción de su obra, Manuel Murguía[7] emprende un trabajo de muy largo aliento que persigue un propósito parecido. Este autor tiene una clara conciencia de la originalidad de su propuesta: los textos historiográficos previos a su obra, aunque se referían a hechos, procesos, instituciones, sujetos históricos relativos a Galicia, no hacían precisamente de Galicia el objeto básico de análisis, o por lo menos no lo hacían desde una perspectiva omnicomprensiva como la que él pretende desarrollar. En el prólogo al primer tomo de su trabajo -aparecido en 1865- comenta lo siguiente:

 

“No somos más afortunados en lo que toca a las historias escritas; hijas las pocas que tenemos, de tiempos en que éstas se limitaban  a la relación más o menos exacta de los hechos, no prestan la necesaria ayuda a los que en ellas van a buscar los orígenes de nuestro pueblo y a conocer la marcha gradual y constante de los sucesos que refieren.” [8]

 

Murguía descalifica los textos historiográficos de tiempos previos: los considera como deficientes e incompletos, ya que a su entender, respondían a objetos de estudio por completo diferentes. Sus autores nunca procuraron trazar una Historia general de Galicia, entre otras cosas, porque una propuesta de tales características resultaría anacrónica para las categorías historiográficas e ideológicas en que se basan. Por lo tanto, dichas obras:

 

“[....] no pasaron de un pobrísimo comienzo, las más carecen de crítica, y en su mayor parte están manchadas con las fábulas de los falsos cronicones. Otro tanto sucede con las historias particulares de las ciudades, casas religiosas y catedrales, habiéndose cebado los forjadores de antigüedades, en lo que más halagaba  la vanidad de las personas a quien iba dirigidas, en las genealogías de las principales familias gallegas, pudiendo asegurar por lo mismo que están viciadas las mayores y más fáciles fuentes de nuestra historia.” [9]

 

Murguía es consciente de la originalidad del objeto que define, y de las tareas creativas que se requieren para abordarlo. Mediante ellas, no “inventa” el pasado, sino que  genera una nueva forma de percibirlo. La diferencia no siempre resulta fácil de percibir, puesto que los destinatarios del discurso historiográfico en muchas ocasiones no suelen considerar a este último como una representación posible de la realidad histórica, sino como su reflejo objetivo, como su mimesis textual. Por otra parte, Murguía asume el hecho que la difusión de su obra habrá de generar un cambio de conciencia significativo. Gracias a ella, los gallegos se apropiarán de un pasado en que los hechos de Galicia ya no se confunden con los de España, sino que se presentan organizados en un proceso autónomo, coherente y consistente consigo mismo.

 

Para construir este tipo de representación, el autor: (i) identifica referencias históricas, que se hallan subordinadas a discursos que expresan objetos diferentes al de su trabajo: (ii) las articula en el seno de un nuevo discurso, cuyo objeto exclusivo y excluyente no es otro que Galicia. Asimismo, se esfuerza por preservar todo documento que permita reconstruir ese pasado, ya que muchas fuentes no han sido ni recogidas ni identificadas, ni rescatadas, por no existir conceptualmente aún el objeto que les da sentido. Es decir, mientras no se conciba a Galicia en su totalidad histórica como foco excluyente de investigación, no se atribuye ningún valor a los medios que permiten estudiarla, y por lo tanto, la perduración de las fuentes peligra. Al respecto, Murguía señala:

 

“... duele más todavía, hallar el sepulcro más notable sirviendo para los usos más comunes de la vida, ver en la vía pública la lápida cuya inscripción apenas borrada detiene al curioso, y notar que desaparecen diariamente  los monumentos más raros y preciosos, sin que de ellos quede la más leve memoria. Hemos soplado sobre las cenizas y destruido el viejo sarcófago, sin comprender que nuestra impía profanación nos hacía esparcir los restos de nuestros antepasados y destruir el sepulcro en que dormían el sueño de paz, aquellos que enseñaban a sus hijos la veneración de las tumbas.” [10]

 

El autor -angustiado por el carácter perecible de las fuentes que requiere su objeto de estudio- admite que el registro del pasado adquiere sentido a partir de la concepción previa que se tiene de él, ya que se preservan aquellos legados del ayer a los que se le otorga un significado trascendente desde el hoy. Mediante la conservación de los documentos que hacen posible conocer el pasado, el investigador incide de manera creativa, poniendo en juego sus propias interpretaciones históricas y los valores que la inspiran. Por ello, Murguía no presenta la construcción del objeto ni la preservación o creación de fuentes, como un conjunto de procedimientos asépticos, sino como una serie de operaciones cognoscitivas que reposan en actos esencialmente valorativos. Desde esta perspectiva, la mera elección del tema, ya supone una atribución de valor y de significado, aunque no se realice en forma consciente. Se trata, sin embargo, de una construcción de objeto que procura ser científica, por lo menos de acuerdo con los parámetros que se manejaban en su época: Murguía descarta decididamente la “imaginación histórica” a la que recurre Vicetto como medio de conocer el pasado, y se pronuncia a favor de los métodos heurísticos y hermenéuticos consagrados por la Historiografía positivista. De todos modos, muchas de sus afirmaciones carecen de fundamento empírico y resultan altamente especulativas, al tiempo que presenta como verdades consagradas, enunciados que ni siquiera constituyen hipótesis de investigación. A pesar de ello, transformar al discurso historiográfico en un discurso científico, constituye para Murguía un objetivo primordial:

 

“Buscar la verdad con el corazón ajeno a toda clase de prevenciones, presentarla desnuda de toda lisonja y sacar de ella la lección que encierre, he aquí lo que deseamos...” [11]

 

El propósito de alcanzar la verdad objetiva -tal como el positivismo lo planteaba en el siglo XIX-, no inhibe la inclusión de juicios que califican los hechos expuestos. Por ello, el autor separa los juicios descriptivos y/o narrativos, de las valoraciones subjetivas que sobre ellos pudiera hacer:

 

“... mas no queremos ser fríos espectadores del pasado. En más de una ocasión tendremos lágrimas compasivas para los que sucumbieron víctimas de la injusticia, aplausos para los que lograron sus empresas, si estas son de aquellas que la que un hombre honrado debe aplaudir. Tal vez en ello haya alguna pasión y esta no sea muy buena consejera, tal vez no haya toda la imparcialidad que exigen algunos, pero nuestro carácter no nos permite otra cosa.” [12]

 

La diferenciación de enunciados descriptivos -supuestamente objetivos y neutros- y afirmaciones calificativas -que se caracterizan necesariamente por su subjetividad- sería uno de los blancos de la crítica epistemológica preferidos de la Historiografía del siglo XX. Sin embargo, Murguía hace de esta diferencia uno de los pilares de su obra:

 

“En lo que toca a los hechos, creemos que se tiene el derecho a exigir del historiador, una narración clara, completa, exacta; pero cuando se trata de deducir de esos mismos hechos las naturales consecuencias, el historiador queda en completa libertad para apreciarlos y lo único que debe pedírsele es que sean legítimas sus conclusiones. Tal es nuestra conclusión.” [13]

 

Al igual que Vicetto, Murguía elabora una historia omnicomprensiva de Galicia, comenzando por los tiempos más remotos. Pero a diferencia de Vicetto, fundamenta la unidad y continuidad de su objeto de estudio no tanto en el territorio, en el espacio geográfico, sino en la población que se ha asentado en él. Considera que la población celta –incambiada en sus rasgos fundamentales, a pesar de las sucesivas dominaciones ha que se ha visto sometida- constituye la esencia y el contenido de Galicia como  objeto de estudio:

 

“... el tipo fenicio y el cartaginés, se ve en algunos pueblos de la ría de Arosa, el griego se halla más esparcido, y se encuentra en Noya y especialmente en Muros, notándose sin embargo, a su lado el más perfecto tipo celta. [...] Sin embargo, fenicios o cartagineses, griegos y normandos debieron quedar en Galicia en corta proporción, pues no es grande en la actualidad el número de sus representantes. La población gallega, es céltica y romana, esta última en proporción de uno a treinta. [...]

 

La preponderancia de la raza céltica en Galicia es un hecho evidente... de ahí que la poesía y el arte [...] sea dulce, triste y melancólica, y en tal grado que ninguna otra región de España la aventaja.” [14]

 

 

2. Las Historias “sintéticas”

 

En 1911 se publica el último tomo de la Historia de Galicia de Murguía. Cinco años después -en 1916- se funda en La Coruña la primera “Irmandade de Amigos da Fala”, con la cual -según algunos autores- el galleguismo pasa de una fase regionalista a una etapa decididamente nacionalista. Dos figuras prominentes de ese nacionalismo emergente, Ramón Villar Ponte y Vicente Risco, aúnan -en los años siguientes- actividad política, prédica ideológica y labor historiográfica, dando origen a dos textos concebidos y “construidos” de manera distinta a los anteriores. Ya no se trata de obras monumentales, en numeroso volúmenes, verdaderos frutos de la labor paciente de la erudición y de la exhumación de fuentes, para rescatar un pasado relegado que se convierta en uno de los pilares más sólidos de la conciencia nacional gallega. Se trata -por el contrario- de una labor de síntesis que pueda llegar a un público más amplio, para difundir los fundamentos de una visión del pasado que inspire y motive la acción en el presente.

 

La Historia sintética de Galicia, de Ramón Villar Ponte[15], aparecida en 1927, tuvo como  propósito primordial ofrecer al gran público una texto de divulgación y no una investigación original. En razón de estas características, no existe en él un esfuerzo por definir explícitamente el objeto de análisis, ni mucho menos por fundamentar o justificar su delimitación. Se halla ausente -en parte por los fines que persigue y por el público al que está dirigido- la reflexión teórico y metodológica que pauta el discurso tanto de Vicetto como Murguía, en lo que se refiere a la laboriosa tarea de construir una historia general. Por el contrario, se parte ya de un objeto construido, legitimado, evidente en sus contenidos temáticos y en sus límites espacio-temporales. Este hecho puede responder a dos factores: (i) el libro consiste en una obra de divulgación y no de un trabajo erudito, razón por la cual el discurso se simplifica; (ii) la labor pionera de los primeros historiadores regionalistas generó la conciencia necesaria para que se aceptase la legitimidad del objeto propuesto, desde un punto de vista historiográfico.

 

Así como el objeto se presenta como una realidad evidente en sus contenidos y límites, también se desarrolla como un hilo conductor incuestionable, la exposición diacrónica de los hechos históricos. Esta exposición pretende ser el reflejo textual del pasado mismo, en el que la subjetividad del autor se anula ante la narración aséptica de los acontecimientos:

 

“Eiqui, na Historia sintética de Galicia, se non amostra o polemista. É un libro meramente espositivo, onde non hai lugar a porfiar. Refirense os feitos, asegún as millores fontes, sinxelamente, con orde, con claridade, e velehi está. Mais conserva o mesmo escrupoloso respeito, pol-a-verdade, a mesma limpeza mental, a mesma cobiza de xusgar con renta e imparcial xustiza os homes, os feitos e as ideias, sen partidismo politeco, nin preconceito filosófico.” [16]

 

El discurso historiográfico que expone los contenidos temáticos del objeto, se integra a partir de un único tipo de enunciados: los descriptivos y narrativos. Quedan excluidos los juicios interpretativos así como los comentarios valorativos:

 

“No hai ditirambos, nin eisaxerazós, nin invenzós, nin tampoco layos e queixumes. Hai os feitos, hai a historia. Hai esa virtude qu’ os modernos chaman ouxetividade.”[17]

 

Se busca alcanzar, por lo tanto, el ideal de la Historiografía positivista, mediante un abordaje del objeto en el que se presentan sus atributos esenciales, aquellos que reconocería el observador científico, desprovisto de cualquier prejuicio y ajeno a cualquier compromiso ideológico o político. Se trata de una concepción epistemológica muy arraigada en la investigación histórica en la segunda mitad del siglo XIX y en los comienzos del siglo XX, pero que ya en ese entonces comenzaba a ser criticada.

 

A pesar de la asepsia expositiva del texto, el fin pragmático -e inclusive militante- no deja de estar presente, ya sea en la concepción misma del objeto como en la concreción del discurso que lo expresa:

 

“Ë urxente pör nas mans do pobo galego os instrumentos que precisa pr’a sua autoeducación rexeneradora. E pra elo, moi principalmente, un libro onde poida estudal-a sua historia, un libro popular, fácile, sinxelo, un epítome, onde atope sintetizados os resultados dos traballos feitos deic’agora. Veleiqui o que se propuso Ramón Vilar Ponte.” [18]

 

En síntesis, este libro procura convertirse en un verdadero catecismo historiográfico, a través de una línea expositiva que lejos de interpretar la realidad, se presenta como la realidad misma hecha texto.

 

Veinticinco años después de la publicación de la Historia sintética de Galicia de Villar Ponte, Vicente Risco[19] da a conocer su propia Historia.. Escrita en la época franquista, se aleja del nacionalismo expreso de textos anteriores. Ya en su primera página se advierte:

 

 “No es este manual de tipo científico, aunque pretenda recoger, en forma brevísima, lo fundamental de nuestra historia, según los resultados de las investigaciones más autorizadas. Está concebido, más bien, como una suerte de ‘manual escolar’, es decir, en una forma que permita al gran público encontrar rápidamente hechos que, en un momento dado, desea conocer.” [20]

 

Risco retoma, en buena medida, el propósito que perseguía el libro de Villar Ponte, y reproduce algunas de sus características básicas: (i) el carácter autoevidente del objeto de análisis, el cual no requiere ni de definición ni de delimitación explícita; (ii) su conformación como un sistema único que se desarrolla a lo largo del tiempo, en una continuidad tal que permite hablar del “asturiense gallego” de la “cultura dolménica gallega”, del “Neolítico gallego”, etc.; (iii) la exposición resumida de una trayectoria evolutiva que surge de los propios hechos y no de las interpretaciones acerca de ellos:

 

“No se trata, pues, de una ‘síntesis’, como las que frecuentemente se ofrecen al gran público, sino de un ‘resumen’, que es una cosa distinta, más útil, a nuestro parecer, y la única posible dentro de nuestros conocimientos actuales acerca de nuestro país.” [21]

 

De acuerdo con esta posición, los hechos constituyen unidades históricas objetivas e indiscutibles, por lo menos una vez que se han comprobado su veracidad a través de la crítica heurística de las fuentes que los refieren. Se entiende que el investigador no  impone a lector los hechos: tan sólo los presenta en el modo en que surgen de la propia documentación histórica. Tampoco impone las relaciones que entre ellos existen, sino que las constata y la reproduce fielmente:

 

“No encontraréis, por lo tanto, .... consideraciones generales, interpretaciones personales, ni puntos de vista propios del autor, sino solamente una relación de hechos, lo más completa, objetivamente expuestos, con arreglo a las fuentes antiguas o modernas que nos fue dado consultar.” [22]

 

Los hechos y las relaciones que mantienen entre sí, constituyen la trama que da estructura y contenido al objeto de estudio. Risco postula que esa trama es la realidad histórica misma, incuestionable, y no una visión posible del pasado, ni una intelección conjetural de su significado. Sin embargo, a pesar de la asepsia y del objetivismo a ultranza que pretende, la expresión de un afán pragmático surge repetidas a veces en la propia obra:

 

“Esperamos que los hechos mismos sean suficiente instrucción para aquellos que deseen iniciarse en el conocimiento del pasado de Galicia. Y nuestro mayor deseo sería que estos mismos hechos, sencillamente expuestos, sin discusiones críticas, ni juicios ajenos a la historia misma, lleguen a despertar la curiosidad y el interés de los hijos de nuestra tierra, y les hagan desear un conocimiento más profundo y más amplio de nuestro pasado.

Para ello, puede servir, acaso, este libro como una primera guía.” [23]

 

 

3. Las Historias académicas

 

Más de treinta años después de la aparición de la obra de Risco, surge un conjunto de obras que -aunque abordan el mismo objeto- obedecen a contextos históricos y a planteos historiográficos muy diferentes a los que se consideraron anteriormente. Estas obras aparecen a mediados de los ochenta y comienzos de los noventa, más de una década después del fin del franquismo, en el seno de una España democrática, con una constitución que consagra la autonomía de las comunidades que la integran. Sus autores pertenecen decididamente al mundo académico, y son partícipes de una renovación de la Historiografía en Galicia, que recoge las transformaciones que la disciplina había experimentado en distintos ámbitos, durante las décadas precedentes. Ejemplo de ello es un de texto del prof. Ramón Villares,[24] que se titula simplemente A Historia, y que fue editado por primera vez en 1984. Aunque comparte el carácter sintético de los libros de Villar Ponte y de Risco, el de Villares se diferencia de estos últimos no sólo por sus contenidos historiográficos, sino por la definición y conceptualización de objeto de estudio que propone. Al igual que en los casos anteriores, la obra presenta una trayectoria histórica milenaria asociándola a un nombre, el de Galicia. Sin embargo, no se pretende que dicha trayectoria haya sido la de una misma unidad o sistema histórico -actualmente referido con esa denominación-, sino la de diferentes sistemas que existieron y se sucedieron en un espacio territorial, en un proceso que implica algunas continuidades pero también transformaciones sustanciales. En este sentido, Villares no utiliza el término Galicia para referirse al territorio poblado por grupos prehistóricos. Tampoco emplea la expresión “cultura castrexa” o “sociedad castrexa” para referirse a los grupos humanos no de Galicia sino en Galicia, durante la Edad del Hierro. Cuando la región es incorporada al Imperio Romano, evita utilizar el nombre Galicia, y emplea el término latino “Gallaecia” para referir el territorio y sus poblaciones, así como las denominaciones de sus distintas provincias. Sólo a partir del medioevo comienza a emplear el nombre actual para aludir a su objeto de estudio, y lo hace con reparos, dejando en claro que en muchas ocasiones se trata de procesos en Galicia pero no de Galicia, entendida como sistema histórico plenamente constituido.

 

Esta diferenciación de sistemas sucesivos que se desarrollaron y que contribuyeron -directa o indirectamente- a la formación del sistema actual, requiere una delimitación espacial que varía en sus límites según las épocas, y que comprende subsistemas también diferentes, de acuerdo a los períodos considerados. Por ello, el autor respeta la toponimia propia de cada fase, evitando el uso retrospectivo y anacrónico de denominaciones modernas. Asimismo, excluye una única delimitación espacial posible, y plantea sucesivas delimitaciones que reflejan la realidad histórica de cada época y período. Este hecho se constata en los mapas que acompañan al texto, los cuales constituyen una parte sustancial en la tarea construir el objeto de estudio.

 

En lo que a la delimitación temporal se refiere, resulta claro que los períodos definidos, lejos de configurar las etapas de desarrollo de una entidad que evoluciona, conforman trayectorias de cierta autonomía, ya que responden a sistemas históricos desaparecidos, o que precedieron a lo que actualmente se denomina Galicia. Sólo a partir de la Época Moderna, la periodización parecería definir las fases de desarrollo de un mismo sistema. Es de destacar asimismo, que más de la mitad de la obra está dedicada al estudio de los últimos quinientos años, en notorio contraste con las obras de Villar Ponte y de Risco, en las que la Época Antigua y la Edad Media insumían las dos terceras partes del conjunto. El equilibrio que busca, Villares se pone de manifiesto en los comentarios preliminares de su libro:

 

“Por tratarse da obra dun único autor, puidérase pensar nas desigualdades e as inevitables desarmonías que a especialidade deste tende a provocar. Tal peligro, tantas veces real en compendios como o que aquí ofrecemos, pensamos que neste caso concreto quedou xenerosamente compensado pola ventaza adicional de manter e coherencia interpretativa e o orde sistemático, ademáis do fío doncutor que atravesa o libro desde o principio ata o fin. Un fío que guiará colector con seguridade, pero sin ataduras nin imposicións dogmáticas de ningún tipo.” [25]

 

Además de presentar innovaciones perceptibles en la delimitación conceptual, espacial y temporal, el texto de Villares parte de una visión diferente del modo en que se construye el objeto de estudio. Su autor ya no pretende una exposición “objetiva” de hechos que vienen dados por la lectura aséptica de las fuentes, sino una selección fundamentada de aquellos eventos que resultan relevantes para una interpretación histórica determinada, que se hace explícita y que no pretende ser la única posible:

 

“Ë una obra aberta, na que as afirmacións tallantes deixan paso ás suxerencias, moitas veces verdadeiros acenos ó lector, que lle permiten a este facer a súa propia reflexión sobre os datos e a interpretación que lle fornece o autor do libro.” [26]

 

Lejos de la propuesta objetivista radical de Risco, la obra de Villares concibe a los hechos no como unidades incuestionables del devenir histórico, sino como construcciones cuya validez debe ser demostrada: ya no constituyen un mero reflejo de la documentación, sino que conforman una expresión interpretativa en sí misma del pasado. El autor considera que los hechos resultan inseparables de una trama explicativa que los articula y les da sentido. Esta trama no viene dada por la mera sucesión de acontecimientos, sino que es el producto de una teorización sobre la experiencia histórica, teorización que identifican los acontecimientos y los integra como componentes del discurso. En consecuencia:

 

“Mais que nos datos concretos, que naturalmente no faltan, básase no estudio das ideas e dos feitos que en conxunto dibuxan dunha maneira indelebele as distintas épocas da historia do país.” [27]

 

Se trata por lo tanto, de una verdadera obra abierta, que no se presenta como un reflejo textual de una realidad objetiva e inmutable, sino como una reflexión sobre el pasado, la cual identifica, define y explica hechos y procesos, en función de criterios intersubjetivos, que buscan validarse mediante la contrastación empírica. Por tratarse de una lectura posible del pasado -y no de su mimesis discursiva-, se advierte al lector sobre las múltiples perspectivas y miradas que existen sobre el objeto de estudio, y se le ofrecen algunos instrumentos para que escoja la más apropiada::

 

“Esta colaboración co historiador, que somete a súa particular interpretación da historia de Galicia ó juicio activo dos seus lectores, vese facilitada aínda polos mapas e os textos que inclúen, cos tales se pretende estimular a aqueles que se sintan interesados por ampliar os horizontes da súa curiosidade histórica, para que partindo do carácter básico da obra, se podan entrar no estudio personal da historia de Galicia, establecendo o nivel que mellor se acomode ós seus desexos ou necesidades.” [28]

 

En una obra de carácter colectivo, dirigida por el Prof. Francisco Carballo y publicada en 1991, se manifiestan -de manera más sistemática- algunas de las características esbozadas en el texto de Villares. El libro -que se denomina, obviamente, Historia de Galicia- tiene como propósito convertirse en un manual. Sin lugar a dudas, este esfuerzo de síntesis, evidencia un trabajo de investigación y un manejo de bibliografía y fuentes muy superior a las propuestas previas. Asimismo, ilustra los avances de la Historiografía gallega, en consonancia con el proceso de renovación de la Historiografía mundial, de ese entonces Ejemplo de ello es que  la construcción del objeto se efectúa a partir de:

 

(i)                  Una afirmación de la pluralidad de enfoques, mediante la integración de los aportes de investigadores que no siempre comparten los mismos supuestos. No hay por lo tanto un discurso unificado, sino la articulación de discursos que iluminan el tema desde posiciones diferentes.

 

“Cada autor matizou na sua redacción os propios puntos de vista e a súa valoración de acordo con a ideloxía presoal”. [29]

 

(ii)                Una afirmación del carácter intencionalmente selectivo de los fenómenos estudiados. Cada uno de los trabajos que constituyen la obra, presentan aquellos acontecimientos y procesos que sus autores entiende más relevantes, partiendo de la base que resultan posibles otras focalizaciones temáticas complementarias o concurrentes. Sin duda, se trata de una posición bastante lejana del objetivismo radical, según el cual la identificación de los hechos y la constitución del entramado que les da sentido, surge de la mera observación de las fuentes:

 

“Neste manual, elaborado en equipo, queremos subliñar os núcleos que nos parecen máis significativos no pasado do pobo gallego”. [30]

 

(iii)               Una concepción que lejos de presentar a Galicia como un sistema histórico homogéneo nacido en un pasado prehistórico, la considera como el resultado acumulativo de la sucesión de diversos sistemas, y de sus relaciones con los sistemas más amplios que la incluyen, con los sistemas más restringidos que ella misma incluye, y con los sistemas transversales que vinculan algunas de sus partes con otros espacios.

 

(iv)              Una delimitación conceptual, espacial y temporal que evita los anacronismos y las falsas continuidades. La delimitación conceptual precisa, supone que no se hable de Galicia en determinados períodos históricos, sino de poblaciones y sociedades que habitaron la actual Galicia. La delimitación espacial se presenta a través de mapas que ilustran las fronteras variables de los sistemas históricos que se sucedieron en su territorio. La delimitación temporal, por su parte, se manifiesta a través de la sucesión misma de dichos sistemas, representada mediante cuadros cronológicos que se convierten en instrumentos clarificadores.

 

Más allá de los contenidos informativos y explicativos que brinda el texto, la intención pragmática de sus autores se expresa sin tapujos, en un emprendimiento que se percibe como un verdadero proyecto cultural:

 

“Confesamos que este traballo contou co entusiasmo de todos nós porque nel tratamos de rescatar a ‘memoria histórica’ da nosa nación; memoria imprescindible tanto para cualquera proxecto colectivo como para unha convivencia en libertade”[31]

 

En algunos tramos, el texto introductorio adquiere un tono militante y combativo, a través de expresiones como las que siguen:

 

“Quixermos comunicar este mesmo entusiasmo aos lectores, só asi poderemos librarnos das manipulacións que ocultaron a verdadeira situación de Galicia e os acontecementos máis significativos do noso fluír histórico. Precisamos liberarnos dunha historia imposta e coñecer a historia propia.”[32]

 

No hay duda que se concibe el trabajo de investigación académica y de síntesis expositiva como un componente de un proyecto político que se plasma en el propio discurso y en la lengua que se elige para expresarlo:

 

“Como profesores e autores sentímonos axentes da normalización cultural, da normalización lingüística en primeiro lugar, que Galicia necesita. A normativa lingüística é a elexida polo colectivo, previa consideración de diverso factores.” [33]

 

4. Las construcciones crítico-historiográficas

 

En la sección final de esta ponencia, se considerarán algunos trabajos que si bien no constituyen -ni por sus propósitos, ni por sus contenidos- obras equiparables a las que ya se analizaron, brindan un conjunto de aportes no desdeñables a la reelaboración incesante de Galicia como objeto de investigación. Estos trabajos contienen reflexiones y análisis de corte historiográfico, que no desarrollan un discurso sobre el objeto en sí, sino sobre los modos en que éste se ha construido.

 

Los textos que se tomarán en cuenta, fueron elaborados en la década de 1990, en un tiempo pautado por un reordenamiento político e ideológico mundial -tras el fin de la Guerra Fría y la disolución de la Unión Soviética- por un resurgimiento de los nacionalismos, y por un cuestionamiento -desde diversos ámbitos- tanto de los paradigmas historiográficos como  del carácter científico del conocimiento histórico.

 

El primero de los trabajos pertenece a Justo García Beramendi [34], y configura una teorización sobre Historia y conciencia nacional, en la que se reafirman algunos principios básicos, identificados en obras anteriores:

 

(i)                  La delimitación consciente y explícita del objeto de estudio, entendida como un acto de construcción conceptual, cuya validez debe demostrarse.

(ii)                La fundamentación de cada una de las operaciones que conforman dicho acto, a partir del modelo teórico en que se basan.

(iii)               La identificación de los vínculos existentes entre las operaciones cognoscitivas que inciden en la construcción del objeto, y los principios axiológicos e ideológicos que orientan la acción del investigador como sujeto social, cultural y político.

 

En claro contraste con las posturas que consideran a ciertas categorías como objetivas y evidentes en sí mismas, Beramendi pone de manifiesto no sólo que todas ellas conforman representaciones construidas social e históricamente, sino que muchas ni siquiera poseen un significado unívoco. Tal es el caso de la categoría “nación”, estrechamente relacionada con el tema de esta ponencia: según sea el modo que se la conciba, el objeto que se construya a partir de ella, variará sustancialmente en sus límites, significados y contenidos. Al respecto, Beramendi comenta:

 

“El término conciencia nacional no parece reclamar mayores precisiones, pero sí, y mucho, su referente, la nación, concepto polémico donde los haya y en torno al cual resulta imposible un acuerdo universal debido sobre todo a las consecuencias políticas, inmediatas y decisivas, que se derivan de adoptar una u otra idea de nación.” [35]

 

Tanto la construcción consciente del objeto de estudio como la especificación de las categorías que lo definen, constituyen dos operaciones necesarias, que deben explicitarse en sus alcances y límites, ya que reposan en una concepción determinada de la realidad histórica. No surgen por vía inductiva del mero análisis de las fuentes, sino que se desarrollan a partir de un modelo explicativo, cuya validez se contrasta con las evidencias que aporta la propia documentación histórica. Sin lugar a dudas, tal modelo tiene componentes inductivos, pero también tiene componentes que son deductivos y conjeturales. Por ello, toda teoría supone una generalización que se inspira en un cúmulo limitado de experiencias, pero que sólo se valida a través de una contrastación empírica de carácter sistemático. En consecuencia, el inicio de cualquier análisis requiere la definición del modelo que construye y que da sentido a los fenómenos estudiados. Sólo de este modo se podrá comprender cabalmente las implicancias de las afirmaciones que se realicen, y el lector las considerará y las evaluará como una explicación probable y no como la única exposición objetiva posible. Ejemplo de ello, son las siguientes apreciaciones de Beramendi, con respecto a la nación como categoría:

 

“[...] es obligado decir de entrada cuál es mi particular parti pris en esta cuestión, aunque no pueda extenderme, por razones de espacio, en su justificación, por otra parte expuesta ya en otros lugares: desde mi punto de vista, la nación es un referente ideológico complejo y variable que nace con las revoluciones liberales (y también con ciertas reacciones a estas revoluciones) y que actúa como instancia de legitimación del poder político y del ámbito territorial y humano del ejercicio del poder.” [36]

 

Explicitar el sentido que se le otorga a una categoría tan esencial en la construcción de un objeto como el presenta Beramendi, supone también el desarrollo de una fundamentación teórica, que apela a explicaciones de un grado mayor de generalidad. Algunas de estas, más que enunciados probados, constituyen hipótesis que inspiran investigaciones de largo aliento, las cuales habrán de aportar la evidencia necesaria para confirmarlas o refutarlas. Siendo plenamente consciente de este hecho, Beramendi hace explícitas las hipótesis explicativas que inspiran su concepción de la nación como fenómeno sociocultural. Según este autor, la nación:

 

“... es un fenómeno específico de la Edad Contemporánea y, al menos en su gestación, tiene una naturaleza subjetiva/intersubjetiva que sólo se va ‘objetivando’ -en el sentido de hacerse relativamente irreversible y obvia para el observador- cuando es asumida por la totalidad o la gran mayoría de una sociedad dada, es decir, cuando da lugar a una identidad nacional, en el sentido propio de esta expresión.  En suma, y por lo expresado de un modo quizá excesivamente simple, es la conciencia nacional la que crea la nación, y no al revés.” [37]

 

El tercer aspecto que incorpora Beramendi en sus reflexiones, se refiere a la incidencia que ejercen los compromisos ideológicos y los proyectos políticos asociados a ellos, no sólo en la construcción del objeto historiográfico como tal, sino en el discurso académico que lo analiza y le otorga sentido. Con relación a esta relación no siempre fácil -y refiriéndose a su más inmediato presente- el autor constata que:

 

“En los ámbitos ‘catalán’, ‘vasco’ y ‘gallego’ las cosas son más complicadas precisamente porque aquí sucede lo contrario con el ambiente político e intelectual: hay desde el principio unas relaciones difíciles entre la necesidad de autoafirmación  nacional de los respectivos nacionalismos en clara expansión social (que sigue reclamando altas dosis de pragmatismo nacionalista en la escritura de la historia) y las exigencias de independencia, distanciamiento y rigor a las que quieren ser fieles los nuevos historiadores”. [38]

 

La cita anterior sugiere, implícitamente, un punto de equilibrio razonable entre compromiso ideológico y compromiso académico. Por una parte, los sistemas de valores, las convicciones ideológicas y las identidades colectivas que los investigadores comparten, los motivan para reivindicar determinadas realidades históricas, y proponerlas como objetos de estudio significativos. Al hacerlo, reciben el apoyo institucional y/o financiero de los agentes políticos, económicos y sociales que comulgan con sus postulados, o el rechazo de quienes se oponen a ellos. En cualquiera de los casos, estos factores operan en la instancia de elección de objeto de estudio, y no deberían incidir en el proceso mismo de la investigación ni en sus resultados. Si el investigador es consecuente con las pautas del método científico, el compromiso ideológico se subordina, entonces, a su compromiso académico, y si en sus búsquedas llega a conclusiones que contradigan sus creencias, entonces las primeras deberían prevalecer sobre estas últimas. Se trata, de todos modos, de un equilibrio difícil, sobre todo cuando el entramado institucional -tanto sea en la producción como en la difusión del conocimiento- ejerce una presión ostensible:

 

 “El peso relativo de la influencia de una u otra postura en los libros de texto y en la enseñanza de la historia depende de que el nacionalismo gobierne o no en la Comunidad Autónoma, así como de las características de la sociedad civil correspondiente, sobre todo del mapa ideológico de sus intelectuales y de las editoriales.” [39]

 

En su análisis de los factores extra-científicos que condicionan -sin determinar necesariamente- el estudio académico del pasado, Beramendi pone de manifiesto las luchas que se expresan en el plano político e ideológico, así como sus consecuencias en el campo historiográfico. En un Estado como el español, en el que conviven múltiples nacionalidades, estos procesos tienen una dinámica peculiar, que se manifiesta doblemente, tanto en su dimensión ideológica como académica:

 

“Frente a esta ofensiva de las historias ‘regionales’ se empieza a producir en los últimos años la reacción en defensa de la ‘historia nacional’ (española), pudorosamente rebautizada hoy como ‘historia común’. Primero fueron los lamentos porque se dedicasen tantas energías a investigar el pasado de las comunidades subestatales y hasta de pueblos y ciudades, y tan poco al estudio del Estado y del conjunto. Después han venido las acusaciones de que se ocultaba la historia común en la enseñanza dominada por los nacionalistas periféricos, e incluso por cualquier periférico, aunque no sea nacionalista. Por último, y como antídoto contra visiones al parecer injustificadamente negativas del pasado español [...] algunos historiadores de diversa adscripción ideológica hacer correr la especie de que España fue un país ‘normal’ (¿) o dicho de otro modo, que no sólo ‘va bien’ hoy, sino que también ‘fue bien’ ayer.” [40]

 

En una línea parecida a estos planteos, podría incluirse algunos textos que pertenecen al Prof. Carlos Barros. [41] En un artículo titulado Mitos de la Historiografía galleguista, este autor transforma a la reflexión sobre la historia del modo en que se ha generado el propio objeto de estudio, en un componente fundamental del discurso historiográfico. Tanto en Vicetto como en Murguía, ese tipo de análisis estuvo presente tan sólo como una mera exposición de antecedentes. En Barros, ya no se trata simplemente de un análisis de investigadores de períodos anteriores, sino de un estudio de los fundamentos epistemológicos de sus prácticas, de los condicionamientos epocales, culturales e ideológicos que se constatan en sus obras, sin dejar de reconocer los aportes más trascendentes de sus trabajos. Este estudio se convierte en parte constitutiva del proceso de construcción del objeto, y no en un mero preámbulo, ya que pone de manifiesto la existencia de una diversidad de modelos constructivos, fruto de contextos y de desafíos históricos distintos:

 

“Todo lo anterior nos transporta del mito a la historia de Galicia, la cual por otro lado no existiría sin Vicetto, Murguía, Villar Ponte, Risco y Castelao, quienes además nos legaron un proyecto de país, una conciencia nacional, una patria por la que se puede luchar sin abandonar ni el punto de vista popular (cuando los hechos del pueblo gallego lo merezcan) ni el punto de vista de la ciencia.” [42]

 

Sin lugar a dudas, la identificación de un conjunto de mitos en las historias globales de Galicia, apunta a desnudar los supuestos anacrónicos que manejaban sus autores, a denunciar las falsas continuidades que éstos percibían, y poner en evidencia las simplificaciones y generalizaciones que planteaban sin demasiado fundamento. Se trata, entonces de una tarea de destrucción de mitos, para la construcción de una historiografía sobre pilares más sólidos que los anteriores. Una vez más, el discurso crítico -en clave histórico-historiográfica- se convierte en un componente de la operación cognoscitiva que genera al objeto de estudio, a partir de nuevos principios:

 

 “Pasar de una precursora y decimonónica historia de Galicia construida ideológicamente a una historia de Galicia fundada en datos ciertos, implica un proceso de renovación historiográfica que, acelerado durante los últimos veinte años, ha tenido lugar paralelamente a la puesta al día del nacionalismo gallego: a ambos procesos de puesta al día dedicamos este trabajo.” [43]

 

Según surge de la cita, el desarrollo de un estudio basado sobre datos ciertos -y que propone además explicaciones comprobables- constituye la diferencia sustancial entre una construcción historiográfica ideológica y una construcción académica. Sin embargo, no puede dejar de señalarse que Vicetto -a pesar del énfasis que le otorgaba a la imaginación histórica- así como Murguía, Villar Ponte y Risco, pretendían desarrollar una Historiografía sobre bases científicas. De hecho, sus obras contribuyeron, en distinto grado, a la consolidación de los estudios académicos sobre el pasado de Galicia. El componente ideológico generador de mitos que Barros percibe, no constituye un factor necesariamente hegemónico ni en la construcción de objeto ni el análisis de sus contenidos. En los hechos, de la totalidad de los enunciados que dan forma a los discursos historiográficos de los autores que se critican, un conjunto no despreciable de ellos constituye el resultado de una labor científica auténtica. Sin embargo, existen diversas proposiciones que carecen de fundamento empírico, ya sea porque presentan como demostrados hechos que nunca lo han sido, o porque las relaciones explicativas que establecen entre hechos probados no se demuestran, o porque descubrimientos posteriores comprobaron su inconsistencia.

 

A pesar de sus comentarios críticos con respecto a las filtraciones ideológicas en el discurso historiográfico, Barros no deja de reconocer el aspecto positivo de la estrecha relación que existe entre concepción del mundo, sistema de valores y proyectos políticos, por una parte, e investigaciones académicas, por la otra. En su artículo, reivindica esta relación, puesto que en algunas ocasiones:

 

(i)                  Posibilita nuevas percepciones de la experiencia histórica, valorizando o reivindicando hechos, procesos, agentes e identidades ignorados, marginados o excluidos.

(ii)                Motiva algunas proposiciones interpretativas que si se formulan en términos científicos, permiten desarrollar un corpus cognoscitivo referente a un objeto determinado, no a base de especulaciones, sino a partir de hipótesis comprobadas::

 

“¿Qué ha aportado el nacionalismo a la historiografía? Preguntas y problemas, investigaciones y respuestas, que enriquecen el conocimiento histórico al hacer emerger un sujeto, la nación, que en bastantes casos todavía ocupa un rol secundario en los discursos historiográficos, especialmente cuando se trata de naciones sin Estado. Lo que ya no es exactamente el caso de Galicia, Euskadi y Catalunya, toda vez que la asunción, en los últimos quince años, de responsabilidades estatales por medio de sus instituciones autonómicas, ha trasformado en mayor o menor grado la ideología nacionalista en una ideología oficial más, aunque en Galicia (en  sentido estricto el nacionalismo está aún en el oposición) el proceso está muy lejos de las cotas hegemonizadoras alcanzadas, por ejemplo, en Catalunya el proceso de reconversión ideológica.” [44]

 

Para que los compromisos ideológicos constituyan un factor que estimule la investigación histórica -en vez de transformarse en un factor que anule o distorsione el trabajo académico-, la tarea de desmitificación en el proceso de  construcción de Galicia como objeto historiográfico, conforma todo un programa en sí mismo. Desmitificar y denunciar la irrupción disimulada de la ideología en un discurso que procura constituirse como científico, es una tarea que afecta -por sus repercusiones- no sólo al ámbito académico sino también al político:

 

“El dilema de aceptar o no las nuevas evidencias historiográficas que pueden cuestionar mitos nacionalistas, es más político que historiográfico. El historiador no puede negar los resultados de las investigaciones sin renunciar a su función (algunos lo hacen). El hombre político, menos urgido en seguir los dictados de la ciencia, ubicado en la corta duración, mide más los costes políticos de las desmitificaciones. El historiador profesional que renuncia a su función crítica muy mal servicio presta no sólo a la historia, sino también al nacionalismo, a la historia de su país. Un discurso político, un proyecto de reconstrucción nacional, que no busque fundamento en la verdad histórica, labra desde luego su propia derrota.” [45]

 

De acuerdo a esta perspectiva, el compromiso ideológico del historiador con el sistema de valores que profesa y los proyectos en los que cree -así como su compromiso con la búsqueda de la verdad científica-, no deberían entrar en conflicto: por una parte, las convicciones personales más profundas constituyen la fuente de inspiración y de renovación de la propia investigación académica; por la otra, los resultados del trabajo científico permiten validar -o en por el contrario descartar- presupuestos ideológicos erróneos, por más doloroso que esto pudiera resultar para el historiador.

 

Se podría afirmar, a modo que conclusión, que la construcción del objeto se releva no como un acto único, sino como un proceso paulatino, en el que sus límites y contenidos cambian progresivamente, ya que tanto la experiencia histórica como el conocimiento que se elabora sobre ella, hacen del investigador un sujeto cada vez más consciente de los factores que condicionan su percepción del pasado, al igual que de las certezas que puede alcanzar dentro de ciertos límites:

 

 “La necesaria desmitificación de las historiografías nacionalistas no quiere decir, por tanto, rechazo de la nación como tema de investigación académica, incluida la nación de naciones (el caso real de España; el caso virtual de Europa), más bien lo contrario. Y para avanzar en la recuperación y puesta a día de las historiografías nacionales, el historiador ha de resistir presiones deformadoras que vienen tanto del nacionalismo como del antinacionalismo que, por reacción y/o por ignorancia, se niega sin más a reconocer hechos diferenciales objetivamente demostrables y subjetivamente deseables (también por el historiador que piensa todavía que hay que estudiar el pasado para construir el futuro). No se trata pues de predicar una trasnochada e inútil "neutralidad" del historiador, sino de animar, discursos políticos nacionales y nacionalistas basados en verdades historiográficas. Nada más sencillo, por lo menos desde el punto de vista del historiador de oficio.” [46]


FUENTES

 

BARROS, Carlos, “Cómo construye la Historiografía su objeto” en Hispania, n° 175, 1990.

 

-------------------  “Mitos de la Historiografía Galleguista” en Manuscrits, n° 12, enero de 1994, pp. 245-266.

 

CARBALLO, Francisco [coord.]. Historia de Galicia. (2° ed.). Vigo: Edicións A Nosa Terra, 1991.

 

GONZÁLEZ BERAMENDI, Justo, “Historia y conciencia nacional” en Ayer, n° 30,. 1998, pp.  135-140.

 

------------------ “Un ideólogo singular: Manuel Murguía e as bases da nacionalidad de Galicia” en Boletín de la Real Academia Gallega, n° 361, 2000, pp. 73-118.

 

------------------  Galicia e la Historiografía. S.l.: Tórculo Edicións, s.f.

 

MURGUÍA, Manuel. Historia de Galicia. Lugo: Imprenta de Soto Freire, Editor, 1865, tomo I.

 

RISCO, Vicente. Historia de Galicia. Vigo: Editorial Galaxia, 1971.

 

VICETTO, Benito. Historia de Galicia. Montevideo, La Colonia Española, 1880, tomos I-VII.

 

VILLAR PONTE, Ramón. Historia sintética de Galicia. (2ª ed.). Santiago, Publicacións Galela e Imprenta, 1932.

 

VILLARES, Ramón. A Historia. (4ª ed.) Vigo: Editorial Galaxia, 1989.

 

 



[1] Ponencia presentada en el VIII Coloquio sobre Cultura Gallega,
realizado en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad de
la República, Montevideo, los días 3-4 de junio de 2004.

[2] Benito Vicetto, considerado uno de los precursores del "Rexurdimento", nació en El Ferrol, en 1824. Durante los primeros años de su juventud, se alistó en el ejército y combatió en la Tercera Guerra Carlista. Posteriormente, se desempeñó como comandante de cárceles, en distintas ciudades españolas, hasta que fue designado en 1868, superintendente de la fábrica de moneda de Xuvia. Tiempo después, ocupó un cargo de funcionario de Hacienda del Gobierno Civil de La Coruña. Mientras cumplía estas actividades, Vicetto desarrolló una muy intensa actividad periodística para publicaciones como El Águila, El Pensamiento de Galicia, Diario Ferrolano y El Eco Ferrolano. Cabe señalar que fue fundador y director de la Revista Galaica, Crónica de Occidente y El Clamor de Galicia. Su vasta producción bibliográfica –que incluye más de cincuenta títulos- constituye una de las manifestaciones más trascendentes del romanticismo literario e historiográfico de Galicia en la segunda mitad del siglo XIX. Benito Vicetto falleció en El Ferrol, en 1878, a la edad de cincuenta y seis años.

 

[3] Benito Vicetto. Historia de Galicia. Montevideo, La Colonia Española, 1880., t. VII, p. 79.

[4] Ibid., t. I, p. 4.

[5] Ibid., t. I, p. 114.

[6] Ibid., t. VII, p. 225.

[7] Escritor, historiador, periodista e intelectual gallego de destacadísima actuación y notable influencia, Manuel Murguía nació en Areixo en 1833. Luego de realizar estudios universitarios en Santiago de Compostela, se trasladó a Madrid en 1853, y allí conoció a su futura esposa, la poetisa Rosalía de Castro. En 1859 regresó a Galicia, para dirigir el Diario de La Coruña, y desde entonces se dedicó a los estudios históricos, dando a luz en 1865 el tomo I de la Historia de Galicia, cuyo discurso preliminar es considerado una de las primeras manifestaciones del regionalismo gallego. Esta obra, cuyo quinto y último tomo aparecería en 1911, tuvo como propósito legitimar la especificidad de Galicia como realidad histórica y cultural, a través del estudio sistemático de su pasado. En 1868, Murguía ingresó en el cuerpo de archiveros, y fue destinado a Simancas. En 1870, se lo designó Jefe del Archivo General de Galicia. Asimismo, presidió la Asociación Rexionalista Galega, constituida en Santiago de Compostela en 1890, mientras que en 1897 también presidió, a título honorario, la “Liga Gallega” de La Coruña. En 1905, asumió la presidencia de la Real Academia Gallega, hasta 1923, año en que falleció. De su vastísima producción bibliográfica, cabría referir algunas obras fundamentales: Don Diego Gelmírez (1859); La primera luz (1860); Diccionario de escritores gallegos (1862); Historia de Galicia (1865-1911); El foro (1882); Los precursores (1885); El regionalismo gallego (1889); En prosa (1895); Los trovadores gallegos (1905).

 

[8] Manuel Murguía. Historia de Galicia. Lugo: Imprenta de Soto Freire, Editor, 1865, tomo I, p. viii.

[9] Ibid.

[10] Ibid., pp. vi-viii.

[11] Ibid, p. xxiii.

 

[12] Ibid.

[13] Ibid.

[14] Ibid., pp. 212/215.

[15] Nacido en Viveiro en 1891, Villar Ponte fue uno de los principales ideólogos del nacionalismo gallego. Licenciado en Filosofía y Letras, se dedicó a la enseñanza y al desarrollo de una intensa actividad periodística. Con figuras tales como Porteiro Garea, Viqueira, Peña Novo, Losada Diéguez, Cabanillas e Risco, organizó las Irmandades da Fala, constituidas a partir de 1916. Fundó junto con Jaime Quintanilla el Boletín Mensual de la Irmandade da Fala de El Ferroll, así como la editorial Céltiga (1922). Su carrera intelectual estuvo al servicio de la defensa y promoción del ideal de las Iramandades, el cual inspiró la mayor parte de sus libros. Entre estos últimos, figuran: Doctrina nazonalista (1921), verdadero catecismo gallego, organizado a partir de preguntas y respuestas, Historia sintética de Galicia (1927) su principal contribución al campo historiográfico y Breviario da autonomía, texto en el expone su programa galleguista, en relación a la situación que se crea con el advenimiento de la Segunda República..Se dedicó también a traducir al gallego algunas obras del escritor irlandés W. B. Yeat. Vilar Ponte falleció en La Coruña en 1953.

 

 

[16] Ramón Villar Ponte. Historia sintética de Galicia. (2ª ed.). Santiago, Publicacións Galela e Imprenta, 1932, p. 11. [La presentación de la obra está a cargo de Vicente Risco].

[17] Ibid.

[18] Ibid., pp. 10-11.

[19] Escritor, historiador e intelectual de dilatada trayectoria, Vicente Risco nació en Orense en 1884. Considerado como uno de los artífices de la prosa gallega contemporánea, fue fundador de la revista Nos (1920), la cual habría de ejercer una significativa influencia en el ámbito de la cultura gallega, hasta 1936. Su obra incluye ensayos doctrinarios como Teoría del nacionalismo gallego (1920) y El problema político de Galicia (1930), una exposición sintética de la Historia de Galicia (1952), así como novelas escritas en gallego [El coto (1925), El puerco de pie (1928)] y en castellano [La puerta de paja (1953)]. Falleció en Orense en 1963.

 

[20] Vicente Risco. Historia de Galicia. Vigo: Editorial Galaxia, 1971, p. 7.

[21] Ibid.

[22] Ibid.

[23] Ibid., pp. 7-8.

[24] Este destacado investigador gallego, nació en Vilalba en 1951. Desde 1987, se ha desempeñado como catedrático de História Contemporánea de la Universidad de Santiago de Compostela. Asimismo, ha ejercido los cargos de director del Archivo de la Emigración Gallega del Consello da Cultura Galega, y de director en Galicia de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Entre 1986 y 1900 fue Decano de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Santiago de Compostela, y entre 1990 y 1994 se desempeñó como rector de dicha institución. Presidente de la Asociación española de Historia Contemporánea, ha participado también en el consejos editores de diversas revistas históricas tanto de España como de otros países. Entre sus más de setenta obras, figuran títulos tales como  La propiedad de la tierra en Galicia, 1500-1936 (1982), Foros, frades e fidalgos, Estudos de historia social de Galicia, (1982), Galicia. A Historia (1984) y El mundo contemporáneo, siglos XIX y XX (2001), esta última en colaboración con Antón Baamonde.

 

[25] Ramón Villares. A Historia. (4ª ed.) Vigo: Editorial Galaxia, 1989, pp. 7-8.

[26] Ibid., p. 7.

[27] Ibid., p. 7.

[28] Ibid., pp. 7-8.

[29] Francisco Carballo (coord..) Historia de Galicia. (2° ed.). Vigo: Edicións A Nosa Terra, 1991, p. 7.

[30] Ibid.

[31] Ibid.

[32] Ibid.

[33] Ibid.

[34] Este investigador nació en Madrid en 1941, y realizó estudios diversos en el campo de la Ingeniería Industrial y de la traducción literaria, hasta finalizar su doctorado en Historia en 1987, en la Universidad de Santiago de Compostela. Cofundador del "Museo do Pobo Galego" (1976) así como de varias revistas, miembro fundador de

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[35] González Beramendi, Justo. “Historia y conciencia nacional” en Ayer, n° 30,. 1998, p. 125.

[36] Ibid., pp. 125-126.

[37] Ibid., p. 126.

[38] Ibid., p. 139.

[39] Ibid.

[40] Ibid., pp. 139-140.

[41] Carlos Barros nació en Vigo en 1946. Realizó sus estudios en Historia en la Universidad de Santiago de Compostela, doctorándose en el año 1988. En dicha institución, se ha desempeñado como Profesor Titular de Historia Medieval. Asimismo, ha sido el principal impulsor y coordinador la red académica internacional Historia a Debate, cuyos encuentros ha organizado desde 1993. Autor de más de medio centenar de artículos, lo es también de las siguientes obras: Mentalidad y revuela en la Galicia irmandiña: favorables y contrarios (1989); Mentalidad justiciera de los irmandiños, siglo XV (1990);  ¡Viva el-Rei! Ensaios medievais (1996) Historiografía fin de siglo (1996)

 

[42] Carlos Barros. “Mitos de la Historiografía Galleguista” en Manuscrits, n° 12, enero de 1994,  p. 266.

[43] Ibid.

[44] Ibid., p. 245.

[45] Ibid., p. 246.

[46] Ibid.