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Las guerras de los caballeros en la Galicia medieval

 

 

Carlos Barros

Universidad de Santiago de Compostela

 

 

                El reino medieval de Galicia es un escenario ideal para observar la guerra feudal. En la segunda mitad del siglo XII, cuenta Joan de Ocampo, los caballeros del obispado de Tuy estaban contra los caballeros del arzobispado de Santiago: "robaban los vnos a los otros los ganados y talaban los sembrados y que duraron hestas diferençias nobenta y çinco años asta que enpeço a reynar el Rey Dn. Fernando el Santo que particularmente los mando llamar para la guerra contra los moros"[1]. Galicia, lejos de Al-Ándalus,  participaba cada vez menos en una Reconquista que, por lo demás, desde la conquista de Algeciras, en 1344, se suele dar por terminada... hasta 1492, cuando los Reyes Católicos toman Granada. La guerra de los feudales es casi una guerra de frontera: conforme disminuye la guerra contra los moros prospera la guerra particular contra los señores vecinos. La paz exterior hace crecer la guerra interior de los caballeros: siguiendo a distintos reyes o -la mayoría de las veces- levantando cada uno su bandera y partido.

                En la segunda mitad del siglo XIV y sobre todo durante el siglo XV, la Galicia medieval vive la edad de oro de la guerra feudal. La refeudalización y creciente marginación respecto de los centros de poder peninsulares, hacen de la Galicia bajomedieval un paradigma óptimo de la lucha de bandos nobiliarios. El cronista Alonso de Palencia de la Corte de Castilla y León veía así a los gallegos de finales de la Edad Media: "gente hecha a la lucha sangrienta de encarnizados bandos (...) Cuando carecían de recursos, despojaban de los suyos a sus convecinos o atentaban contra su vida entre el encarnizado fragor de las facciones"[2].

                Imagen de una Galicia anárquica, dominada por una nobleza violenta, extremadamente dividida, que tenía en la Baja Edad Media un fundamento real: basta con leer el nobiliario de Vasco de Aponte para convencerse. Pero aquí no vamos a relatar en detalle  las múltiples peleas internobiliarias del siglo XV, interesa ante todo saber qué decían de ellas los gallegos de la época. La visión que tenía la propia cultura caballeresca de los bandos nobiliarios no cuadraba, lógicamente, con la sostenida por otras partes de la cultura escrita, y menos aún con la representación social que de las batallas señoriales existía en la mentalidad popular y ciudadana; si bien los intercambios y puntos comunes entre cultura popular y elitista, oral y escrita, están al orden del día.

Conviene, desde luego, que sepamos las razones de ese combate tan fuerte y continuado de los nobles feudales entre ellos mismos, a partir de la mentalidad de los caballeros que ennoblecen y justifican su lucha fratricida mediante el código de honor de la caballería, pero no es menos importante considerar aquellas otras mentalidades, de origen letrada y común, en la última Edad Media muy interconectadas, que generan las actitudes críticas hacia dichas guerras de caballeros, sin dejar de confrontar todo lo anterior con otros datos objetivos, con el fin de acercarnos a  conclusiones que tengan en cuenta el contexto psicológico y social del tipo de acontecimientos militares que nos ocupan.

 

Señores codiciosos

 

                Tan universal era la guerra en la Galicia tardofeudal como las prevenciones hacia ella de la cultura escrita y humanista. Los cronistas antes mencionados basaban su representación negativa de la lucha de bandos en graves acusaciones a la nobleza por la imperante  violencia, división, desorden y robo, poniendo en El- Rey esperanzas de paz, unidad, orden y justicia. En la misma dirección pero de modo más filosófico y providencialista, Fernán Pérez de Oliva, tío de Ambrosio de Morales, en su Diálogo de la dignidad del hombre, redactado a comienzos del siglo XVI en el tiempo en que Aponte escribía su nobiliario y testigos populares declaraban en el pleito Tabera-Fonseca, censura vicios: "estos son sobervia, cudicia, enuidia, enemistad, y otros que ay semejantes, de do nacen las guerras, las muertes, las gravíssimas perturbaciones, en que traen los hombres al mundo"[3]. Nuestro humanista hace nacer la guerra de la desviación de unos hombres pecadores de los modelos e ideales de comportamiento social; las faltas morales denunciadas –sobre todo el pecado de la avaricia- conducen al fondo social del problema. Ya estaba en las Partidas (II, 26, 2) presente la inquietud por limitar las ganancias y los intereses materiales de los participantes en la guerra medieval: "De como los omes se deven guardar, de non querer ser mucho cobdiciosos, en las guerras, e en las otras cosas que se fazen". Pero es, en los más clásicos y cristianizados libros de caballerías, donde la degradación ética de la nobleza (punto de encuentro esencial de la crítica erudita y de la crítica popular) sufre la mayor descalificación. Leemos en Amadís de Gaula una severa amonestación contra los señores "codiciosos" que sin temor de Dios "no siendo contentos con aquellos estados que os dio y de vuestros antecesores os quedaron, con muertos, con fuegos y robos ajenos de los que en la ley de la verdad son, queréis usurpar y tomar", insistiendo después el autor en las bondades de la guerra justa y providencial contra "el otro": "volver vuestras sañas y codicias contra los infieles, donde todo muy bien empleado sería"[4].

                Cuando mengua el recurso a la guerra contra el Islam y las guerras civiles devienen endémicas, la monarquía moderna, con sus medidas de represión antinobiliaria y la instauración de tribunales reales de justicia, y los letrados –incluyendo los religiosos reformados- con su censura intelectual y moral, toman la iniciativa contra el exceso de ambición y la violencia desaforada de una decadente nobleza feudal. Triunfan en la medida en que convergen con una cultura urbana y popular que, desde abajo, impugna la degradación caballeresca. Reprobación que, en el caso de los campesinos y artesanos, se dirige especialmente contra los agravios que tienen por víctimas a la gente común, sin dejar de censurar como causa la guerra de los señores[5].

                El problema más arduo para la nueva monarquía estaba, según dicen, en el reino de Galicia, el principado de Asturias y las provincias vascas, "villas e logares que son en la costa del mar", para quienes los Reyes Católicos dictan, en 1501, una pragmática mandando que "no ayan nin se nombren parentelas nin otro apellido por vía de vandos", exigiendo a todos que, ante los escribanos de los concejos, "juren e se partan de que qualquier liga e confederación e vando que tengan hecho, quier dependan de sus antecesores, quier dellos"[6]. Es sabida la demostrada eficacia pacificadora y domesticadora del nuevo Estado con los grandes caballeros gallegos, sumamente debilitados por la revuelta irmandiña, en la cual se inspiran, desde arriba, los Reyes Católicos.

                Aún en el año 1541 -según relata después (1593) el cura Amaro González de Vilanova- un irreflexivo mayordomo del arzobispo de Santiago, quien acababa de ganar el pleito por las jurisdicciones de los castillos de Chapa y Cira contra el conde de Altamira, que por lo visto no aceptaba dicho fallo, hizo "juntar gran número de gente de todo el arzobispado, y el conde de su parte tenía muchos vasallos y gentes de mucho precio", para imponer la decisión judicial, produciéndose una batalla pero no entre ambos ejércitos privados sino con la gente del Rey que según parece  los escarmentó: "quiso Dios que llegase un oidor del reino que se llamaba D. Francisco de Castilla y prendió a muchos de los principales y los desbarató y otros fuyeron"[7]. Se trata realmente de un caso excepcional con un mal final: a mediados del siglo XVI las guerras particulares de tipo feudal estaban fuera de tiempo: los pleitos ante la Audiencia de Galicia, fundada en 1480, las habían reemplazado con éxito. La justicia pública emergente, en detrimento de la vetusta justicia privada, adquiere consenso, organización y fuerza militar suficiente para mostrarse eficaz y hacer desaparecer poco a poco la guerra de los señores por innecesaria e inservible. Las nuevas instituciones del Estado, y una nueva mentalidad señorial, estamental, van a relevar a la guerra feudal como factor de autorregulación social: entramos en la modernidad.

 

Se robaban unos a otros

 

                Lo que para los críticos indulgentes era avaricia para los más exigentes venía a ser robo, simplemente. En esto las acusaciones de los oficiales públicos contra los caballeros cuadraban con la mentalidad popular. Veamos las expresiones de ésta y de sus intermediarios, sacadas de ese imprescindible archivo oral para conocer la Galicia bajomedieval que es el pleito Tabera-Fonseca[8]. Testigos de actitudes diversas, pro y contra los señores, y distinta condición social, vienen a decir lo mismo: "se robaban y mataban unos a otros y de tal manera que ninguno hera señor de lo que tenía"; "en el dicho Reyno de Galizia abía bandos y desasosiegos se hazían hurtos, robos y muertes de honbres"; "en los tienpos de las guerras los del dicho señor Patriarca hazían saltos y cabalgadas contra sus henemigos e se rrobaban e saqueaban los unos a los otros"[9]. Los caballeros eran mal vistos e se identificaban genéricamente como ladrones y homicidas, calificándose sus guerras como “enemistades particulares”, como si se quisiese subrayar que nada tenían que ver con el bien común. Los más amigos de Tabera intentan, por ejemplo, demostrar que las fortalezas arzobispales no habían sido derrocadas por los irmandiños sino que "por bandos y henemistades particulares”[10] (los contrarios a la revuelta andaban buscando quienes pagasen las piedras rotas).

                Para los últimos señores feudales de Galicia el derecho de las armas decidía el estatus social. Un vecino de O Grove sentencia sobre esta guerra de ricos: "unos heran ricos porque robaban otros y otros ricos heran pobres porque heran robados"[11]. El modo rápido de ascender en la nobleza gallega bajomedieval no era otro que el uso sin miramientos de la fuerza militar. Los caballeros más avanzados en esa carrera, usualmente los más atrevidos y menos letrados, confirmaban en los hechos la general inculpación de origen popular. Dícese que dijo Pedro Álvarez de Soutomaior, cuando es preguntado "para que hazia tantos males, i borraba la memoria de tan Ilustres Solares”, que respondió que “en aquella tierra vastaba que quedasse la Casa de Sotomaior, i que no auiaa de quedar otro Señorio"[12]. Por propia confesión, a este Pedro Madruga se le podía atribuir, sin duda, las tachas de soberbia, avaricia, envidia y enemistad: culpas que, según el humanista Pérez de Oliva, provocaban las guerras. No era lo normal. Lo “correcto” debería haber sido hacer la guerra de forma compatible con el código caballeresco, o por lo menos proclamar en público tal intención. Pero no declarar como enemigos a los restantes señores; a no ser que, a finales del siglo XV, estuviese tan desvalorizado para algunos el modelo caballeresco que valiese  más la pena enseñar los dientes y mostrarse más ambicioso y malhechor que nadie.

 

Cuestión de honor

 

                En una sociedad medieval en la que se desataban fácilmente las pasiones que regían acciones humanas, incluso por encima de la propia conveniencia de los actores[13], es  muy difícil separar las motivaciones afectivas de las motivaciones económicas en las luchas internobiliarias, ¿cuántas veces pierden relevancia las segundas en provecho de las primeras? El caso que sigue es ejemplar: una batalla cruenta de hidalgos por un tema no económico, ni tan siquiera relevante, anecdótico (para nosotros),  por una cuestión de honor sólo comprensible desde la historia social de las mentalidades.

                Joan de Ocampo refiere -en 1587- que, hacia 1410, el rey Juan II mandó llamar a los tres tercios gallegos (cada uno formado por tres mil hombres) para ir a la guerra con los moros: Lugo-Mondoñedo, Santiago y Ourense-Tui. Juntándose los dos últimos -mandados por Moscoso y Soutomaior, respectivamente- entre Benavente y Puebla, aconteciendo que "sobre quien havia de llevar su gente delante o atras, sin otra ocasion vinieron en rompimiento, y de suerte que se dieron batalla formada que duro desde mediodia asta que la noche los departio, y murieron çerca de mill hombres de ambas partes"[14]. Además de la continuidad secular de la enemistad gallega de los caballeros del Norte contra los caballeros del Sur, y de una previsible exageración al contar los muertos, la verdad es que la polémica sobre quien iba en primer lugar provocó una masacre, que finalmente se resolvió con racionalidad, se echó a suertes y le tocó a Santiago ir delante; con todo, al llegar a Valladolid fueron detenidos los dos capitanes. Todo esto hizo exclamar a un caballero gallego que anduvo pacificando a los jefes pendencieros: "somos gallegos y no nos entendemos". Fruto imaginario, sin duda, de la fama que tenía  aquella Galicia medieval fraccionada por las contumaces peleas señoriales.

                La amistad es una relación afectiva entre personas no vinculadas familiarmente, que estaba institucionalizada en la Edad Media, legal y mentalmente: verticalmente, por causa de la obligada lealtad del vasallo hacia el señor y, viceversa, de la generosidad y amparo del señor hacia el vasallo leal; y, horizontalmente, por el compañerismo de armas entre aquellos que tenían por misión sagrada la defensa de la sociedad, los caballeros. La ley medieval favorecía grandemente la amistad pero no por eso penalizaba la enemistad, al revés, la regulaba con normas y rituales: sin enemigos no había amigos, ni vasallos, ni guerras.

                Se protegía a los amigos de los enemigos cuando se establecía que no podía ser demandado quien "honrra a su amigo, maguer estorve a otro" (Partidas VII, 9, 19); o que si hay "gran enemistad que non pueda ser testigo contra el en ningún pleito" (III, 16, 21). Incluso estaba permitido al hombre engañar a su enemigo, excepto en tiempo de tregua o seguridad acordada (VII, 16, 2). Mentir sí, pero nunca traicionar la palabra dada, el juramento hecho, la fidelidad debida...

                ¿Cómo define esa enciclopedia de leyes y mentalidades medievales que son las Partidas la palabra 'enemigo'? Enemigo es aquel que hace "deshonrra" o "tuerto" (no derecho) a un hombre "o a los suyos" (II, 19, 1); más singularmente: "por esta palabra enemigo se entiende aquel quel mato el padre, o la madre, o otro pariente, fasta en el quarto grado, o que le mouio pleyto de seruidumbre" (VII, 33, 6). El legislador ampara de este modo la vida en general, y particularmente la vida de los padres, dicho de otro modo, la integridad -y el honor- de la familia y así mismo del sistema feudal basado en la lealtad vasallática. Los primeros amigos que el hombre debe defender son el padre y el señor (el Rey es señor de señores), a continuación vienen todos los demás. En la práctica cualquier hombre que agravie o estorbe a otro es un enemigo virtual, pero el afán clasificador de la norma alfonsina, que no quiere dejar cabo suelto, especifica cuáles son los enemigos más principales: "E son dos maneras de enemigos, los unos de la tierra e los otros de fuera" (II, 19, 1). Los primeros dan lugar a la guerra interior, y los segundos a la guerra exterior. Se dice de los enemigos internos que "son mas dañosos que los de fuera":  puesto que viven en la tierra no puede el hombre guardarse bien de ellos; resumiendo la ley que ninguna pestilencia es más fuerte "que el enemigo de casa". La guerra feudal de los bandos queda así suficientemente favorecida y legalizada. Ciertamente que "los otros enemigos que son de fuera son aquellos que han guerra con el Rey paladinamente", por lo que la ley siguiente de las Partidas tiene por título: "Como deve el pueblo guardar al Rey e a todos sus vassallos de sus enemigos" (II, 19, 2). El problema es que, frecuentemente, los enfrentamientos de la nobleza por la Corona transforman las guerras de los reyes en guerra de bandos.

                La diferencia entre pecados de ambición como soberbia, codicia o envidia y la enemistad caballeresca, que la crítica erudita y popular de una manera o de otra colocaban al mismo nivel, estaba en que las relaciones de amistad y enemistad estaban tan normalizadas que no se contemplaba el peligro de una enemistad excesiva: se exhortaba a los hombres, sin más, a devolver ojo por ojo y diente por diente. Existía inclusivo el derecho a matar al homicida o al violador de los familiares más próximos[15]. El primer destinatario del derecho de hacer justicia por la propia mano era, como se puede suponer, la nobleza: "la ley de Caballería por público rigor de batalla da lugar a los cavalleros que tomen vengança de sus enemigos"[16]. Pero la gente común que le tocaba ser parte de las víctimas o de los agresores en las guerras de los bandos nobiliarios, también tenían parientes que vengar[17]. Los propios concejos proclamaban sus enemigos señoriales cuando les interesaba[18]. Más allá del ámbito local, Huizinga anotó que, tanto para los espectadores como para los actores, era "la venganza el momento esencial que regía las acciones y los destinos de los príncipes y los países"; aquello que el pueblo comprendía mejor de la política de los reyes eran "los motivos primitivos del odio y de la venganza"[19], decía quien mejor dibujó el largo otoño de la Edad Media.

                La declaración pública de enemistad tenía por resorte movilizador, y legitimador, la defensa del honor, la ley del talión, que obligaba al caballero acusador a pasar por el rito previo del desafío, que venía a significar "tornar amistad", quitarle la confianza a alguien, lo cual habría de suceder ante testigos, estableciéndose a continuación un plazo de días para ponerse de acuerdo sobre las condiciones del duelo. Motivos para un desafío: cualquier "deshonrra, o tuerto, o daño" de un hidalgo a otro (Partidas VII, 11). Por supuesto, no siempre se producía dicho desafío formal, pensado para la ruptura de la amistad entre dos personas de condición noble, pero el mecanismo subjetivo y social para proclamar a un enemigo venía siendo el mismo: agravio, reconocimiento público del enemigo-agresor, derecho y deber de la víctima a una respuesta. Salvo que hubiese perdón, pacto o concordia, que devuelve al enemigo el atributo de amigo.

                Así pues, el código de honor caballeresco tiene por misión procurar la regulación y dignificación de las luchas por el poder en el interior de la clase dirigente, y por extensión en el conjunto de la sociedad feudal. Formaba parte de las mentalidades de la época de tal modo, y las peleas interpersonales (hubiera o no intereses económicos) generaban tal cantidad de agravios que justificaban la acción justiciera un día sí y otro también, siendo prácticamente imposible, como ya hemos dicho, saber donde terminaban en las guerras caballerescas las motivaciones emotivas y donde comenzaban las motivaciones materiales. Los amigos devenían enemigos, y al contrario. Viejos agravios podían conservar activa mucho tiempo una vieja enemistad entre personas, linajes o lugares, más allá de las causas económicas originales, en el caso de que hubieran existido. Por su parte, las contiendas de los caballeros por las tierras y los vasallos ocasionaban tal cantidad de robos, homicidios e injurias que eran suficientes para mantener viva la guerra por largo tiempo entre las casas señoriales. Sólo estudiando cada lucha de bandos en concreto podremos conocer los roles y la proporción específica de factores mentales y materiales que explican su inicio, desarrollo, permanencia y final. Multideterminación que, creemos, no diluye el peso de la economía en las guerras de bandos nobiliarios, que comprometen a partes significativas de la sociedad: no lo veían de otra forma los contemporáneos.

 

Fama, poder, rentas

 

                De la honra de un caballero y de su linaje, que tenía que superar una y otra vez la prueba ritual de replicar con valor cuando le tocaba soportar agravios, dependía su prestigio social, que no resultaba ajeno a la consecución, custodia e incremento de bienes materiales y jurisdiccionales que, simultáneamente, le estaban asignados -según el vigente esquema trifuncional- para que pudiera cumplir con su función social de defender con las armas a todos, cosa que malamente podía hacer quien no se sabía defender a sí mismo y a su familia. Suponía un gran desprestigio social perder poder, vasallos y riquezas en la guerra con los enemigos: su defensa y acrecentamiento semejaba para muchos señores caballeros más un deber social que un estímulo pecador que convenía ocultar. Reflexión que ayuda a entrever el vínculo, en cualquier caso difícil de establecer, del violento impulso antes citado de Pedro Madruga (autocomplaciéndose de aplastar a los demás señoríos del obispado de Tui) con una mentalidad caballeresca en regresión. Si cabe no solamente hay que distinguir entre ideal y realidad caballeresca, o reconocer el influjo degradante de la crisis bajomedieval sobre la ética señorial, habrá también que diferenciar la mentalidad caballeresca de la mentalidad señorial, por mucho que aquella sea la ideología oficial de ésta.

                Un notario de Pontevedra declara que Bernal Yáñez de Moscoso prendió al arzobispo de Santiago "segun que el testigo lo oio dezir porque el dicho señor Patriarca no le queria confirmar los feudos quel tenia de la Iglesia de Santiago"[20]. El móvil de las grandes luchas interseñoriales del siglo XV era, principalmente, el poder jurisdiccional, es decir, la posesión de tierras y vasallos. El Rey de Castilla pregunta al concejo de Orense por la situación social en la Galicia pre-irmandiña; se conservan las respuestas por escrito: "e las causas e rasones porque an avido las dichas guerras no sevemos quales [fueron] nin quales non fueron agresores o causadores dello [manera de quitarle valor  a las motivaciones caballerescas], non embargante que se dise [referencia a la  tradición oral] que parte de las dichas guerras que han los condes es sobre algunas villas e logares e juridiciones que a cada uno dise pretender aver a ellos derecho, asy a la propiedad como al posisorio"[21]. Pelear por tierras y vasallos venía a ser lo mismo que combatir por el derecho a cobrar la renta feudal, así tenemos que el arzobispo de Santiago "tobiera guerras con los caballeros del Reino de Galizia que todos heran contra el y los de la çiudad de Santiago y que tenian con ellos las dichas guerras por las rentas"[22] (vecino de Betanzos); otro testimonio sobre el mismo tema: "tubo muchas guerras e pleitos sobre dichas rentas que le tomaban dellas"[23] (mercader de Noia).

                Sigamos con los ejemplos que ilustran y dan sentido a nuestro razonar. Una enemistad interseñorial de mucha fama por aquellos años era la que enfrentaba al arzobispo Fonseca de Santiago, después Patriarca de Alejandría, con el no menos célebre Pedro Álvarez de Soutomaior, vizconde de Tui y Conde de Camiña, también conocido como Pedro Madruga, por culpa de 150.000 maravedíes de juros situados sobre las rentas de Pontevedra. Primero, cuando se oponían juntos a los irmandiños, "Pedro Albarez, conde de Camiña, hera amigo del dicho Patriarca", pero de inmediato, "dicho Pedralbares se tomara a desconçertar con el dicho Patriarca sobre los dichos çincoenta mill [sic] marabedis que dicho tiene e quedara su henemigo"[24] (pescador de Lérez, Pontevedra). Un labriego del Morrazo, más partidario de Fonseca que del Conde de Camiña, relata también este pasaje de la amistad a la enemistad entre ambos por los dichos maravedíes de Pontevedra: "dicho señor Patriarca no quisiera consentir que los llebase ni tobiese en la dicha villa e que sobre hesto tenian las dichas enemistades e se azian las dichas guerras"[25].

                A fin de cuentas era de dominio público, en el amplio cuadro de la cultura popular en que nos movemos para investigar la base socioeconómica de las peleas interseñoriales, que los caballeros de Galicia guerreaban incesantemente entre sí por el control de las jurisdicciones y de las rentas que pagaban los vasallos, ora campesinos ora letrados ora mercaderes, y no tanto por el honor de la caballería como decían sus favorables. Los cronistas reales confirman esta versión, así como también no pocos documentos de archivo de aquel tiempo. La otra parte de la verdad está en las fuentes nobiliarias y, cada vez más, en las novelas de caballería.

 

 

               

 

 



[1] Joan de OCAMPO, Descendencia de los Paços de Probén, 1587, fol. 5-5v.

[2] Crónica de Enrique IV, BAE nº 267, tomo III, p. 170.

[3] Fernán PÉREZ DE OLIVA, Diálogo de la dignidad del hombre, Madrid, 1982, p. 88.

[4] Garci RODRÍGUEZ DE MONTALVO, Amadís de Gaula, Barcelona, 1984, tomo I, p. 271.

[5] Carlos BARROS, Mentalidad justiciera de los irmandiños, siglo XV, Madrid, 1990, p. 64.

[6] Eloy BENITO RUANO, Hermandades en Asturias durante la Edad Media, Oviedo, 1971, p. 52.

[7] Publica Manuel Murguía en Boletín de la Real Academia Gallega, VI, A Coruña, 1913, p. 239.

[8] Publica Ángel Rodríguez González en Las fortalezas de la Mitra composte­lana y los "irmandiños". Pleito Tabera-Fonseca, Pontevedra, 1984.

[9] Pleito Tabera-Fonseca, pp. 324 (ciudadano), 569 (escudero), 187 (clérigo).

[10] Idem, p. 19.

[11] Idem, p. 215.

[12] Felipe de la GÁNDARA, Armas y  triunfos. Hechos heroicos de los hijos de Galicia, Madrid, 1662, p. 390.

[13] Johan HUIZINGA, El otoño de la Edad Media, Madrid, 1978, p. 29.

[14] Descendencia de los Paços de Probén, fol. 8v-9.

[15] Partidas VII, 17, 13; Jesús LALINDE ABADIA, Derecho histórico español, Barcelona, 1974, pp. 393-394.

[16] Juan MATA CARRIAZO, edit., Crónica de Don Álvaro de Luna,  Madrid, 1940, p. 117.

[17] Descendencia de los Paços de Probén, fol. 17v.

[18] “Una carta de Hermandad entre los Reinos de León y Galicia” (1300), Galicia Diplomática, Santiago, 1883, tomo II, p. 205.

[19] El otoño de la Edad Media, pp. 29-30.

[20] Pleito Tabera-Fonseca, p. 407.

[21] Publica José GARCIA ORO, Galicia en la Baja Edad Media. Iglesia, señorío y nobleza, Santiago, 1977, p. 246.

[22] Pleito Tabera-Fonseca, p. 422.

[23] Idem, p. 555.

[24] Idem, p. 397.

[25] Idem, p. 86.