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La inacabada transición de la historiografía española*

 

Carlos Barros

Universidad de Santiago de Compostela

 

 

Tres aspectos principales nos interesa desarrollar aquí: el virtual papel de la historiografía española en la transición internacional al nuevo paradigma1, la relación entre transición política y renovación historiográfica en España, y el problema del relevo generacional.

 

El papel internacional de la historiografía española

 

Nuestra tesis es que la historiografía española está en buenas condiciones -objetivas- para jugar un papel en la síntesis tradición/innovación que va a caracterizar a la historiografía del siglo XXI, adquiriendo así un perfil internacional propio; por las siguientes razones:

 

a) Ausencia de escuelas historiográficas propias. Lo que se suele citar como un handicap de la historiografía española se convierte en ventaja cuando las grandes escuelas (extranjeras) entran en crisis. El exceso de tradición también dificulta la renovación. Las trabas que han encontrado la dirección de  Annales para avanzar en su tournant critique, iniciado en 1989, a pesar de la voluntad de sus promotores, es un claro exponente de lo queremos decir.

 


b) Ausencia de movimientos pendulares extremos que, en  la práctica historiográfica, hacen muy difícil la síntesis. Tal es el caso de la historiografía francesa cuando pasó tajantemente de la historia económica-social a la historia de las mentalidades2; o de la historiografia norteamericana al transitar de la cliometría al “giro lingüïstico”. La renovación cautelosa o el conservadurísmo de enfoques, según se mire, rasgos peculiares de buena parte de la historiografía española, puede favorecer ese ineluctable equilibrio -porque la innovación ya no adelanta sin la síntesis- que a otras historiografías, que protagonizaron anteriores etapas de  cambio historiográfico, tanto les cuesta. Sirva como botón de muestra de estos movimientos del péndulo la actitud hacia el marxismo de historiografías, como la francesa, que pasaron del enaltecimiento en los años 60 y 70 a la marginación en los años 80 y 90. Y, sin embargo, estamos convencidos de que haciendo tabla rasa del materialismo histórico la síntesis no es factible.

 

c) Ausencia de un centro internacional de avance historiográfico. Peter Burke argumentó en el Congreso “A histoira a debate” que la innovación va ahora por la periferia3. Nosotros iríamos más allá: la carencia de un gran foco reconocido  internacionalmente en el presente (papel que ocuparon primero Alemania, desde el siglo XIX, y después Francia, en especial en las décadas centrales del siglo XX) nos conduce a una realidad tan multicéntrica (además de los países citados, habría que añadir:  Gran Bretaña, EE. UU., Italia...) que cuestiona el mismo concepto-metáfora centro/periferia: todo el mundo puede ser centro,  también España, y los países iberoamericanos4. En los años 90, la diversidad de focos historiográficos implica una gran oportunidad para historiografías nacionales antaño dependientes, donde la diversidad de influencias ha sido más notoria y fructífera. Probablemente, en ningún otro lugar sabemos mejor de dónde venimos, de dónde viene la historiografía internacional -la confluencia del marxismo, la escuela de  Annales y la tradición neopositivista- que en España y  determinados países latinoamericanos, lo cual es muy importante para saber adónde  queremos ir.

 


d) El nuevo rol internacional de España. Justo es reconocer que, desde la transición a la democracia, la situación política de España en el mundo, y la imagen que en el extranjero se tiene de nosotros, han variado enormemente, gracias al ejemplo de la transición política5 y las políticas seguidas en la pasada década. Paralelamente el idioma español ocupa un sitio preeminente, después del inglés, como lengua hablada y escrita, en el mundo6. En diversos campos de la cultura (ante todo, cine y literatura) se ha progresado en el mismo sentido: rompiendo la barrera autárquica y subdesarrollada heredada del franquismo, y ofreciendo productos culturales españoles que han alcanzado un eco internacional notorio. No se puede decir lo mismo de la historiografía española, prácticamente desconocida fuera de nuestras fronteras, salvo en ambientes hispanistas7: podemos considerar inexistentes las traduciones de libros de historia españoles a otros idiomas. Sin embargo, otras áreas de conocimiento de la universidad española -sobre todo científicas “duras”- están logrando ya ese reconocimiento internacional. Existen por lo tanto condiciones externas más que idóneas para que la historiografía española -y en general las ciencias humanas- ocupe un lugar  más relevante en el concierto internacional, superándose así de una vez por todas la hipoteca de los largos años del franquismo.

 

e) La radicalidad de la situación social de la historia en España. El aspecto más alarmante de la crisis historiográfica en España es su dimensión social: la “mala fama”de la licenciatura de historia como una carrera “sin salidas”, el desempleo de licenciados y doctores en historia, y la falta de financiación para la investigación de temas “humanísticos”. No obstante, esta situación adversa se puede metamorfosearse en un incentivo, mejor dicho, debe transformarse en un acicate para hacer valer la historia como una profesión socialmente útil y científicamente necesaria. Con lo que entramos en lo que llamaríamos -utilizando un esquema viejo pero todavía fértil- las condiciones  subjetivas precisas, según nuestro parecer, para que la historiografía española alcance su plena madurez, donde veremos que, desde el punto de vista historiográfico, España vive una situación paradójica, llena de oportunidades, desde finales de los años 80: crisis social aguda de la historia  y, sin embargo, fuerte revitalización historiográfica.

 

Rematar la transición

 



Es sabido que los avatares de la historiografía española -y por extensión de la universidad, la ciencia y la cultura- han estado tremendamente condicionados por los cambios políticos -radicales y contradictorios entre sí- que han jalonado la historia de España durante el siglo XX, a los cuales los historiadores no han sido ajenos, cuando no han sido sus víctimas8. Fueron dos las ocasiones (1936 y la transición 1975-1978) en que acontecimientos políticos indujeron cambios historiográficos profundos en nuestro país:

 

A)     La ruptura de la tradición historiográfica liberal a causa de la guerra civil y de sus resultados.

B)     

 

La historiografía liberal de las primeras décadas del siglo pretendía un nivel europeo para la historiografía española, la divulgación de la historia a través de la Instrucción Pública a fin de engendrar un público culto, y la elaboración de una historia nacional de España9. Objetivos que, salvo el segundo y por razones obvias, fueron en alguna medida alcanzados por los historiadores españoles en el exilio: sirva como muestra el prestigio internacional de Sánchez Albornoz y su célebre polémica con Américo Castro sobre la historia de España. En cualquier caso, en la posguerra española -y en cierta medida  también en la posguerra europea-, nuestra historiografía se estancó desde un punto de vista metodológico y historiográfico, involucionando sobremanera en el interior de España, en relación con una historiografía europea que incubó en el periodo de entreguerras lo que ahora denominamos la revolución historiográfica del siglo XX.

 

Una vez restaurada la democracia, y la monarquía, la renovación historiográfica no enlaza con la tradición liberal-positivista sino que parte de las nuevas bases: las creadas por las nuevas tendencias internacionales, Annales y marxismo, que atraviesan los Pirineos.

 


Con todo, hay que decir que esta nueva historia española no ha conseguido aún: ni el pleno reconocimiento internacional, ni ocupar el terreno de la divulgación histórica -hegemonizado por escritores, periodistas e historiadores aficionados10-, ni la reelaboración y difusión de una historia de España que sea la historia de sus pueblos y no la proyección del hegemonismo castellano, como pensaban tanto Sánchez Albornoz, fuera de España, como Menéndez Pidal, dentro11; incluso la enseñanza de la historia -y, en general, los estudios humanísticos-, después del primer impulso inicial con democratización de la universidad, está retrocediendo -y no sabemos hasta dónde-.  Por todo ésto, y por otras  cuestiones que iremos desgranando, consideramos inacabada la transición historiográfica española, paralela a la transición política de la dictadura a la democracia al menos en parte (cuando  cambia el régimen político ya la historiografía española había puesto las bases de su renovación), con la peculiaridad de que lo que queda  por recorrer coincide con la transición paradigmática al siglo XXI. Vamos hacia una segunda “normalización académica” de la historiografía española (la primera tuvo lugar en los años 60 y 70).

 

C)      La transición política legitima la nueva historia española.

 

La sustitución de la historiografía tradicional -franquista en lo relativo a divulgación y enseñanza; positivista en cuanto al método- por la  nueva historia ha tenido lugar en el marco de una apasionada lucha política contra la dictadura, en la que estaba muy implicada al universidad, dividida generacionalmente por dicha causa: estudiantes y PNNs demócratas por un lado,  catedráticos y demás profesores del régimen, por el otro (salvo las consabidas excepciones que confirman la regla).

 

Estos orígenes políticos12 marcan de forma endeleble la renovación historiográfica española, que se desarrolla en los años 60 y 70 gracias el empuje de jóvenes historiadores de  influencia marxista y aun annaliste, y a la ayuda, asimismo, de historiadores liberales o historiadores del régimen que mantenían posiciones aperturistas13.

 

Veamos pues qué virtudes y qué defectos supuso para la nueva historiografía española ese compromiso político con el antifranquismo de sus sectores más avanzados.

 


Decimos virtudes porque la conquista de la democracia acelera el proceso de innovación historiográfica e institucionaliza la nueva historia como la historiografía oficial del nuevo régimen democrático. Simúltaneamente a lo anterior, se produce  un rápido rejuvenecimiento del profesorado universitario, y la universidad -y dentro de ella los estudios de historia- crece  enormemente, permitiendo el acceso de los hijos de las clases trabajadoras a la universidad, sin lugar a dudas uno de los grandes triunfos de los sindicatos democráticos de estudiantes  de la época de Franco. No ha sucedido lo mismo con otras reivindicaciones que enarbolamos en los años 60 y 7014, como la lucha democrática por una universidad al servicio de la cultura y del pensamiento crítico, levantada contra la universidad tecnocrática del franquismo desarrollista de los años 60. Las políticas neoliberales de los años 80 han puesto objetivamente de actualidad, mutatis mutandis, la reivindicación del 68 de una universidad democrática, y en consecuencia crítica y humanística: otro argumento en favor de la transición inacabada de la historiografía española.



En el capítulo de los defectos historiográficos derivados de los orígenes militantes antifranquistas de una parte substancial de la nueva historia15- nos referimos  a la historiografía marxista, en general, y al contemporaneísmo, en particular-, asumimos para nuestro análisis el concepto de “historiografía frentepopulista”, acuñado por Ucelay da Cal16 y de  cierto uso entre los historiadores catalanes. De entrada puede parecer excesivo caracterizar la historia más progresista de la transición con un término vinculado a los años 30, a los tiempos de la guerra civil, pero por eso mismo el calificativo tiene su sentido y oportunidad. El franquismo “mantuvo frescos los puntos doctrinales y los rencores, que naturalmente volverían a florecer en los años 70 con la muerte del régimen dictatorial”17, es decir, hablando claro, que mientras el país organiza la transición la historiografía mantiene vivo el espíritu de la guerra civil18. Partiendo de la idea de que la “historiografía frentepopulista” es “el discurs dominant en el nostre món historiogràfic”, la revista L’Avenç publica, en su número 189 (febrero de 1995), un editorial apuntando que el GAL, la “cultura del pelotazo”, la corrupción política,  significan la “mort de l’antiga esquerra”19 y por tanto el fin del “còmode consens frontpopulista imperant”20. Ojalá fuese así, pero nos tememos que la trasnochada división de los historiadores en “rojos” y “azules”, que unos y otros practicamos más de lo que sería deseable en medios académicos, que sobrevivió a la política de reconciliación nacional (PCE, 1956), al pacto entre oposición de izquierdas y reformistas de derechas durante la transición, a la Constitución de “todos” de 1978, al ocaso de la guerra fría y la caída de los bloques militares en 1989,  bien puede rebasar el “pequeño acontecimiento” del desencanto -de una parte de la izquierda- con el PSOE. Es menester  algo más: un debate que cierre la transición de la historiografía de la era franquista a una historiografía realmente democrática; donde la lucha de ideas historiográficas ha de estar por encima de las posiciones políticas, las cuales no debieran de ser un obstáculo  para la convivencia y la colaboración entre los historiadores21. El propio desarrollo y homologación internacional de la historiografía española hace necesario que adaptemos de una manera más plena el funcionamiento de nuestra comunidad científica al pluralismo democrático. Mientras las clasificaciones tácitas -que son las que funcionan- de los historiadores se refieran más a etiquetas políticas que a posiciones historiográficas, el debate no avanzará y la historiografía española seguira dependiendo el exterior, de historiografías más maduras. Y con toso ésto no queremos decir que las diferencias políticas no cuentan historiográficamente, por supuesto que cuentan pero no se pueden reducir a ellas las diferencias historiográficas, y menos aún si se parte de una maniquea bipartición en dos “bloques” políticos -que ni siquiera se hallan en la España actual- que ocultan las diferencias realmente existentes en el interior  de cada “bloque”, tanto políticas como, y sobre todo, historiográficas: se puede ser políticamente de izquierdas e historiográficamente conservador - a muchos nos parece una contradicción, pero así es en bastantes casos-, y a veces inclusive sucede lo contrario22.

 

Un ejemplo acerca de la cuestión del pluralismo historiográfico. Se dijo en estas Jornadas que, en lo tocante a revisionismo históriográfico, aquí no se estaba tocando la figura de Franco, según lo visto en los congresos y coloquios hechos sobre el tema con motivo del centenario, pero ¿cómo va a haber un verdadero debate si no se invita al adversario revisionista con garantías -aunque sólo fuese por cortesía académica- de que no va a resultar satanizado23?

 

No se trata pues de relegar la memoria de la izquierda, frentepopulista, antifranquista, sino de hacerla valer -también historiográficamente- por medios democráticos, intelectuales, en positivo, de otra forma no resolveremos -nosotros, los que venimos de esa tradición- el problema de su olvido por parte de las nuevas generaciones, nacidas en la tolerancia y la libertad, como consecuencia del silencio que se impuso tácitamente, desde los primeros momentos de la transición, sobre todos aquellos recuerdos colectivos  que pudiesen “dividir” a los españoles y evocar a la guerra civil. Así fue como los historiadores de izquierda “interiorizaron” su “frentepopulismo”. Sólo un debate abierto y plural, con predisposición tanto a la controversia como al consenso, facultará la normalización académica plena de la historiografía española, y ello debería producirse mucho antes de que una generación nacida en la democracia tome el relevo.

 

En resumen, la fortaleza en profesionalidad y en producción de la nueva historia española contrasta con una relativa pero chocante inadecuación al marco político democrático que ella ayudó a crear, y, lo que es más importante, todavía no ha conseguido que “aprobemos” asignaturas pendientes -desde antes del 36- que hacen referencia a objetivos historiográficos claves: un mayor papel internacional, fundado en un mejor relación con la sociedad civil española, lo cual presupone avanzar en el camino de la alta divulgación histórica y de la redefinición histórica de eso que llamamos España.

 


Para cumplir dichas metas, poniendo en juego todas nuestras potencialidades, hay que dejar atrás aquellas cargas que son consecuencia  del largo paréntesis de la dictadura y aun de las limitaciones de la joven historiografía de la democracia, hay que rematar la transición historiográfica, iniciada hace veinte años, superando otras actitudes también provenientes de la atmósfera mental del franquismo y del antifranquismo, o del desencanto ideológico posterior.

 

Antinomias improductivas

 


En cuanto a mentalidades colectivas  que influyen en los historiadores, una herencia clara del anterior régimen consiste en juzgar la relación historiográfica con el exterior mediante la dicotomía provincianismo/mimetismo. La esterilidad reside en ambos los dos extremos: a) seríamos "provincianos" los que ignorantes y felices escribimos la historia al margen de la historiografía internacional, justificando el aislacionismo con argumentos anti-"modas" y anti-"colonización", negando la necesidad de salir al extranjero, practicando incluso cierto proteccionismo; b) seríamos “miméticos” quienes hacemos todo lo contrario, adorar todo lo que viene del extranjero  -no se viaja, pero se procura estar al día- que de inmediato se copia sin más: sin atender ni al contexto de donde nace dicha nueva propuesta temática o metodológica, ni al contexto historiográfico donde se pretende aplicar24.  Con frecuencia los dos extremos se manifestan en una misma persona;  todos hemos oscilado de una u otra forma entre ambas posiciones, que conducen al mismo sitio: la subalternidad de la historiografía española, “conservada” de esta suerte en una eterna minoría de edad. El problema es que no sabemos, todavía, combinar originalmente lo mejor de cada parte: la valoración de la historiografía española con las cada vez más imprescendibles conexiones exteriores. Somos, más inconsciente que conscientemente, prisioneros de las dos actitudes clásicas, heredadas de la época franquista, sino de antes, hacia las “modas” extranjeras, sobre todo parisinas: el "no" de los que no ven en ello más que peligros para el sistema establecido, y el "sí" de los que no ven en todo lo que viene de fuera más que aires nuevos, aires de libertad25. En fin, una antinomia propia de un tiempo distinguido, en España, por un arraigado subdesarrollo cultural, del todavía no hemos salido totalmente, al menos en el campo de las ciencias humanas y sociales, y que nos ha impedido seguir consecuentemente la vías  abiertas en los años 50 por Vicens Vives y, posteriormente, por Tuñón de Lara,  buscadores eficaces de  equilibrios y síntesis  entre  la innovación que viene de fuera y la propia tradición, animadores de los dos intentos más ambiciosos y recientes de fundar una escuela historiográfica española renovadora.

 

De factura más reciente, fruto en buena medida de las vicisitudes de las transiciones que estamos analizando -políticas e historiográficas-, es el binomio pesimismo/optimismo  proyectado sobre la situación actual y las perspectivas de la historiográfia española. Naturalmente, la ideología oficial es pesimista; y a ello no es ajeno ni el desencanto  político -nacional e internacional- de la generación del 68 que ha protagonizado la "historiografía frentepopulista", ni la crisis general de la idea de progreso. La ideología oficial se refleja no sólo en los diagnósticos "negros” sobre la realidad historiográfica -nacional e internacional- y académica, sino también en la inexistencia de alternativas. Se trata de una representación mental negativista que constituye, sin duda, el mayor obstáculo -subjetivo- para lograr que la historiografía española haga uso pleno de sus facultades y posibilidades. Consideramos sinceramente vital  que confrontemos, mediante el debate, nuestro imaginario fatalista -o el voluntarista, aunque menos frecuente- con la realidad objetiva, reemplazando los juicios de valor por el análisis concreto de las propuestas concretas, es decir, situando el debate sobre las alternativas, sobre el futuro, sobre las diversas respuestas a una pregunta clave: ¿qué hacer? En el terreno de las simples percepciones individuales, es de verdad complicado articular un debate y menos aún avanzar consensos, la objetivación es por consiguiente ineluctable.

 

Por descontado que hay datos objetivos sobre la situación historiográfica que avalan, tanto en España como internacionalmente, el "pesimismo" pero ¿y los que informan en sentido contrario, "optimista", sobre los que habríamos de incidir si lo que nos preocupa es el futuro, si queremos ser actores y no espectadores? ¿Vamos a renunciar al  "optimismo de la voluntad" que Gramsci quería completar con el "pesimismo de la inteligencia"? En la justa dosificación de inteligencia y voluntad está la solución: estamos a favor de un optimismo realista, de una inteligencia voluntariosa -o, mejor aún,  de una voluntad inteligente-, porque no renunciamos ni al progreso historiográfico ni al progreso en general, y bien sabemos que después de los monstruos engendrados por la razón moderna es preciso redefinir el concepto mismo de progreso.

 


Siguiendo con las falsas alternativas, que reemplazan con excesiva frecuencia los verdaderos debates -por déficit también de alternativas, reales y autóctonas, sobre las que discutir-, queremos referirnos ahora a la antinomia autoflagelación/autocomplacencia (planteada de algún modo en esta Jornadas por Julián Casanova al hacernos ver los límites de la autocomplacencia26), y que no deja de ser una prolongación de las antinomias anteriores.

 

En orden a mentalidades colectivas de los historiadores españoles, lo muy corriente es todavía encontrarse con el problema contrario: la autoflagelación. Está demasiado presente entre nosotros cierto complejo de inferioridad -en relación con las historiografías extranjeras-, originado en el antiguo régimen, que, francamente,  no se corresponde con la realidad del auge de  la historiografía española de los últimos treinta años. En ningún otro periodo histórico creció tanto nuestra disciplina (la historiografía liberal-positivista se redujo a grandes personalidades). De forma que estamos en condiciones de hacer un balance global bastante sólido, pese al vacio de innovación de los años 8027, que está ahora resultando contrapesado por la revitalización que la historiografía española vive en los años 90, manifestada en la proliferación de congresos28, revistas29 y asociaciones30, y en el acortamiento de plazos a la hora de la recepción de innovaciones31 y de las traduciones de obras extranjeras32.

 


Muchos de los que participamos, en 1993, en el Congreso de Santiago, tal vez un punto de inflexión de este  proceso, hemos sentido que algo estaba cambiando en la historiografía española, siendo el propio resultado del Congreso un mentís a las tesis "pesimistas" de las que partíamos33 y una demostración de como en este momento marchamos más al paso de la historiografía internacional. Lo cual no quiere decir que estemos a las mil maravillas, sucede simplemente que las condiciones subjetivas han mejorado, las estamos haciendo mejorar; tendremos que ser prudentes en nuestras expectativas pero no pacatos, sobre todo a la hora de ser generosos y emplazar nuestro debate historiográfico en una perspectiva de futuro, a sabiendas de que serán otros quienes se beneficiarán -o resultarán perjudicados- de ello.

 

Dos son los protagonistas de este nuevo impulso de la voluntad  inteligente en España: (a) el interés por la historiografía34-paralelo al existente en otros países, animado por el clima de debate, y por las asignaturas homólogas de los planes nuevos-, y (b) la nueva historia social35. En el primer caso, después de estar años quejándonos -y con toda la razón- de la ausencia de reflexión36, el progreso es substancial, dada la escasez de tradición. El auge reciente de la reflexión historiográfica en España -antes sólo interesaba a individualidades aisladas- refleja el avance internacional del nuevo paradigma, demuestra que España está venciendo el retraso usual, si bien -reconozcámoslo- todavía es excesiva nuestra dependencia del "exterior" a causa de la superviviencia del complejo de inferioridad de origen franquista/antifranquista, sin anterior.



Para que de la revitalización en curso resulte el perfil nacional e internacional de la historiografía española que estamos propugnando, es menester -además de un pensamiento historiográfico autónomo- una mayor incorporación al debate y a la reflexión de los historiadores jóvenes37, que en definitiva serán quienes van a desarrollar la historiografía española en el siglo XXI, y, por otro lado, la unificación del debate y de la reflexión entre las diversas áreas de conocimiento histórico38, cuando menos entre medievalistas, modernistas y contemporaneístas, incrementando la comunicación inter-áreas, los congresos conjuntos (como el de Santiago y, en general, los que viene organizando de Zaragoza la Institución Fernándo el Católico39), etc. Para lo cual es imprescindible resolver otro problema, asimismo heredado de la transición: la primacía del contemporaneísmo40 en el seno de la "historiografía frentepopulista", por cuanto conlleva la marginación de aquellas épocas históricas que fueron "ensalzadas" por el franquismo, la Edad Media y la Edad Moderna. Terminar, en este sentido, la transición historiográfica en España implica reequilibrar el interés público y académico -especialmente en la enseñanza media- en favor de la historia de España  anterior a la república, guerra civil y dictadura franquista (y de la historia universal anterior al siglo XX o la II Guerra Mundial).  Cuestión que desborda, naturalmente, al ámbito historiográfico, pero no por ello su resolución es menos imperiosa. La homologación internacional reclama, también, una historiografía que cubra por igual todas las edades históricas41, que sea capaz de recrear en los ciudadanos una conciencia histórica verdadera, profunda, esto es, que vaya más allá de las últimas contiendas civiles, del tiempo vivido por nosotros y por nuestros padres42. Sobre estas dos cuestiones, homologación internacional e historia de España, tan interrelacionadas, todavía añadiremos algo más, aun a riesgo de repetirnos, puesto que  constituyen dos tareas fundamentales -junto con la incorporación de la nueva generación- tanto para poner término a la transición historiográfica española, como para lograr que la historiografía española juegue el papel que le corresponde en el proceso de formación del nuevo paradigma historiográfico.

 

Para nosotros no hay mejor índice de las posibilidades de homologación internacional de la historiografía española que la experiencia del Congreso Internacional que hemos organizado en julio de 1993 en Santiago de Compostela. Verificamos allí que vamos en el buen camino de la desmarginalización de la historiografía española, pero todavía falta un buen trecho por recorrer, en dos sentidos complementarios: (a) una recepción más crítica de las innovaciones que vienen de fuera; y, sobre todo, (b) un intercambio más igualitario con las historiografías extranjeras, que es lo más difícil:  pensar con la propia cabeza. Para lo cual es condición necesaria, pero no suficiente, estar al día,  potenciar las conexiones internacionales de la historiografía española, en lo que se ha progresado bastante  en lo que va de década, antes nunca se había viajado tanto -sobre todo los jóvenes-43. Valoramos positivamente el dinamismo de la historiografia española y la pronta recepción de novedades internacionales en lo que va de década, los pasos siguientes, en el  horizonte del año 2000, han de dirigirse a que nos sostengamos con nuestros propios pies.

 


La cuestión ahora es, sobre todo, subjetiva: cambiar las actitudes colectivas, las propias y también las ajenas, al tiempo que las prácticas historiográficas. La tradición historiográfica española ha sido sucesivamente dependiente de Alemania, de Francia, de Gran Bretaña (años 80) y, últimamente, si bien en mucha menor escala ya que no han desaparecido los influjos anteriores, de EE. UU. y de Italia. De hecho sabemos más de las historiografías contemporáneas citadas que de la propia historiografía española (sobre todo de la segunda mitad del siglo XX), y no lo comentamos porque no valoremos el trabajo que se viene haciendo, y que habrá que seguir haciendo, por analizar, y difundir,  desde España, las características y la evolución de las restantes historiografías europeas44, sino por el coste que supone. Tratamos de orientar la historiografía española indirectamente, sin citar prácticamente autores españoles, por medio de estudios sobre historiografías extranjeras: una suerte de alienación historiográfica que pone de manifiesto las dificultades que tenemos para asumir nuestro pasado historiográfico, en definitiva la propia identidad, y  hace que nos pasen despercibidas  tentativas españolas valiosas de abrir originales vías de investigación, que habrá que redescubrir y animar.

 

La plena integración internacional de la historiografía española, basada en el intercambio, requiere en resumidas cuentas una mayor atención a la investigación de la historiografía española más reciente, un gran esfuerzo para la elaboración de alternativas historiográficas -desde España- sobre los problemas de la historiografía internacional, de modelos “exportables” de investigación45, recreando planteamientos “importados”... Formar a los jóvenes en esa dirección es vital, puesto que estamos hablado de metas historiográficas para el siglo que viene,  y ello sólo será posible si superamos la nociva idea de que para reflexionar sobre metodología, historiografía -campo de investigación que de un modo u otro se está imponiendo- o teoría de la historia, o para hacer planteamientos temática o metodológicamente renovadores, es necesario tener años y años de experiencia, o, lo que es aún peor, determinado estatus académico: la experiencia de nuestra generación fue más bien la contraria.

 

 

¿Qué hacer con la historia de España?

 

 

El lugar en el mundo de la historiografía española guarda una relación más directa de lo que se piensa con el papel de la historia “en” España, y ésto a su vez tiene que ver con la atención que los historiadores prestamos a la investigación y difusión de la historia “de” España, y ahí damos en hueso.

 


La historia de España de Viriato, la lista de los reyes godos y el imperio hacia Dios, ha sido sustituída por la historia de Galicia, Euskadi, Cataluña, Murcia, Madrid, Castilla-León, Andalucia, Menorca y demás nacionalidades, regiones y localidades... de España. La transición política no influyó demasiado, según hemos visto, sobre las alineaciones -políticas- de los historiadores, pero sí sobre el distribución del poder político, que, pasando del centralismo franquista al Estado de las autonomias, determinó46 el tipo de historia predominante en la España democrática: la historia nacional catalana, vasca y gallega, la historia regional y local47. España48 como marco de investigación, de reflexión y de síntesis historiográficas, casi ha desaparecido entre los historiadores profesionales. Con lo que se ha roto, al mismo tiempo, con la historiografía franquista y con la historiografía republicana49, y se prolonga, indebidamente, el envejecido paradigma compartido de las monografías regionales, cuando la tendencia dominante hoy es la pluralización de la escalas de investigación, desde la microhistoria a la historia comparada, así como el retorno del Estado-nación como ámbito historiográfico. A diferencia de otros aspectos mentados de nuestra inacabada transición historiográfica, aquí son las insuficiencias de la transición política las que  inciden negativamente sobre el tránsito de la escritura de la historia, en España, de la época de la dictadura a la época de la democracia. Está claro que “el problema nacional”  todavía no ha asumido entre nosotros su conformación definitiva, cuando menos en la plano de las mentalidades colectivas y de la cultura.

 


Se nos anima a investigar, desde España, la historia de Europa, Asia o África, a practicar un “hispanismo al revés”, y no vamos a negar su necesidad, pero entre la historia regional-local y la historia de otros países, ¿quién escribe la historia global de España, además de los colegas hispanistas e iberistas?50

 

El abandono por parte de la mejor historiografía española, en los últimos veinte años, de los “temas españoles” ha traído como consecuencia un envejecimiento de los manuales para la asignatura “historia de España” de tal o cual época que, en el mejor de los casos, cuando se han renovado, consisten por lo regular en el yuxtaposición de historias o monografias regionales de historia económico-social (si se trata de historia política, cultural, militar, diplomática, biográfica: ni eso51). Y al desfase entre docencia e investigación, en lo tocante a historia de España, hay que añadir  el desconcierto actualmente existente sobre la función social del historiador español más allá de su Comunidad Autónoma (que además entrñe un desconcierto político no es, desde luego, un consuelo). Para nosotros, no cabe duda: la marginación de la historia “en” España -y de las ciencias humanas-, y la marginación de la historia “de” España entre los historiadores españoles, es un mismo problema, o si se quiere son dos problemas que se alimentan mutuamente. El desinterés de los gobiernos centrales -empezando por los sucesivos ministros de Cultura y de Educación- habidos, desde la transición, por la reconstrucción democrática, multinacional y científica de la historia de España está intimamente ligado a la imagen de “inutilidad” de la profesión de historiador y de los estudios de historia en “este país”.

 


¿Qué papel puede jugar la historiografía española en España y en el mundo si no conseguimos que los españoles conozcan, y amen, su historia común y diversa, si no les convencemos de que la “España” actual, democrática y plurinacional, no es la “España” del general Franco, de la Restauración  y del absolutismo monárquico? Donde los dirigentes políticos están fracasando, ¿no tendríamos los historiadores que decir algo? ¿Cabe alguna duda científica sobre la realidad historiográfica de España? No, aunque lo que si caben son dudas ideológicas. Se puede comprender, políticamente,  a un historiador que, apoyando una opción independentista, desee la desaparición del Estado español y de  España como sociedad civil, tal como se ha constituído -bien contradictoriamente- los últimos cinco siglos, y por lo tanto se desentiende absolutamente de la historia de España. Pero ese no es la caso de la inmensa mayoría de los historiadores gallegos, vascos y catalanes, por hablar solamente de las nacionalidades históricas, incluídos aquellos historiadores que se identifican con las opciones electorales nacionalistas mayoritarias (que para nada levantan la bandera de la independencia cuando piden el voto).

 

Planteando este dilema a debate en una clase de historiografía, uno de mis alumnos argumentó: “a historia de España que a fagan eles”. Ahí se ve la justa indignación por siglos de absolutismo centralista, pero también la continuidad de las mentalidades heredadas. ¿Quiénes son, en este momento,  “ellos”, los “otros"?¿Castilla? ¿Madrid? Unos y otros  están haciendo lo mismo que los demás: sus historias regionales y locales. ¿El gobierno? ¿El Estado? Pasan de historia y de Cultura con mayúsculas, esa es la pura la verdad. “Ellos” ahora somos todos: somos nosotros. Y  lo mejor que puede suceder con la historia de España es que se reconstruya desde sus nacionalidades y regiones, y también desde la “historiografía frentepopulista” ahora ya tradicional. Es la mejor manera de evitar el resurgimiento del vetusto nacionalismo españolista de tan mal recuerdo (temor que está en la base  de nuestras inhibiciones políticas e historiográficas al respecto, lo sabemos).

 

Así como estamos luchando por la normalización de las lenguas gallega, vasca y catalana, por la reconstrucción nacional o regional de nuestros respectivos países, dando clases y publicando en nuestros idiomas nacionales, investigando sobre nuestras historias nacionales o regionales, ¿no es hora ya de plantearse como objetivo -sin abandonar lo anterior, claro está- la reconstrucción historiográfica de concepto de España como  nación de naciones?  La pertenencia, objetiva y subjetiva, del ciudadano a la nación fue excluyente en el siglo XIX -cada nacionalidad, un Estado- pero se hizo inclusiva a lo largo del siglo XX. Nacionalidades medievales sin Estado, Estado-nación, Europa como nueva comunidad nacional en el horizonte:  son los círculos concéntricos de nacionalidad que convierten en arcaico y decimonónico al nacionalismo insolidario, cuando no agresivo, que ha vuelto por sus fueros intentando llenar el vacio dejado por el derrumbe del muro de Berlín.

 

Para no retroceder al siglo XIX, también en España, urge ayudar al joven régimen democrático a contestar, desde la historia, a la difícil pregunta de qué es España en el horizonte del año 2000. ¿Cómo se articula la historia de las regiones y nacionalidades con la historia de España? Respuestas que exigen ir más allá del 36 y de la Edad Contemporánea, y que condicionan además el rol futuro de la historia en la enseñanza, la investigación, la edición y los media de lo que antes llamábamos “este país”.

 


El gran éxito de librería de la  Breve historia de España (1994), de Fernando García de Cortázar y José Manuel González  Vesga, añade una dimesión desconocida, durante los años 80, a la revitalización de la historiografía española: la historia tiene ya una demanda de “masas”. Anteriormente, los escasos best-séllers de historia -y escritos por historiadores- solían ser obras de autores extranjeros (Georges Duby, John Elliott), y no siempre sobre temas españoles, y ahora tenemos autores españoles, y como tema la historia de España. Algo está cambiando en la historiografia española. Se retoma un  género, las historias  no centralistas de España, que tuvo ilustres precedentes, en vida de Franco: la historia de España de Jaime Vicens Vives (1952), la historia de España de Alfaguara (1973), la historia de España de Pierre Vilar (1975), y sus prolongaciones durante la transición: en 1976, sale Historia 16, y, en 1980, la historia de España de Tuñón de Lara. Después, un silencio de quince años52, hasta la historia de España de Fernando García de Cortázar, quien en 1990 -a comienzos la década actual, decisiva una vez más para el futuro de la historia en España- aparecía como sostenedor de una publicación, “La historia subversiva. Una propuesta para la irrupción de la historia en el presente”, y de unas jornadas, “Encuentros por una  Historia viva”, bien significativos53.

 


Esta idea que estamos propugnando de redefinir España, a través de la historia común y diversa de sus pueblos,  no va dirigida tanto al poder político como a la sociedad civil, que es donde se puede esperar una reacción contra la esquizofrenia actual54. Salvo la imagen del Rey -y eso gracias al 23F-, los restantes símbolos constitucionales que identifican legalmente a la España democrática, esto es, el himno, el escudo y la bandera, están casi totalmente marginados de la vida social, política y cultural: se usan exclusivamente en actos, edificios y despachos oficiales. En el campo político, ni siquiera el actual Partido Popular “centrado” hace ondear la bandera bicolor en sus mítines. Todos los partidos y sindicatos llevan a sus actos públicos la bandera propia con sus siglas (sobre un fondo blanco, normalmente), y la bandera de la nacionalidad o región respectiva. En la calle, la bandera nacional-española no está demasiado prestigiada, sigue teniendo una imagen franquista, como de extrema derecha, y no digamos el himno: cada vez que lo escuchamos ¿no nos retumba en los oídos la letra de “Franco, Franco...”?, ¿no continuamos  “viendo” a los lados del águila del escudo constitucional el yugo y las flechas? El caso es que hubo tiempo para intentar cambiar estas representaciones sociales negativas: casi veinte años. En el Hotel Convención de Madrid hubo que aceptar la monarquía y los símbolos de la España franquista para dar luz verde a la España democrática, mas ahí se quedó todo, contentado el ejército y demás poderes fácticos, nadie más se volvió a preocupar del asunto. Pudo haberse puesto otra letra al himno constitucional; pudimos incluso añadir una banda morada a la bandera roja-y-gualda (del mismo modo que los algunos nacionalistas gallegos ponen una estrella roja a la bandera gallega); pero nada se hizo,  ¿por qué no interesaba?, ¿para no molestar a los aliados nacionalistas catalanes y vascos? En todo caso, lo creemos muy sinceramente, porque no se sabía, por ignorancia o dejadez. No se sabía, y sigue sin saberse, que toda transformación política del presente que no transforme la percepción del pasado, cava su propia tumba en un terreno nada despreciable: el imaginario colectivo de unos pueblos que, con o sin ayuda de la historia,  siguen viviendo juntos, y se sienten “gallegos y españoles”, “vascos y españoles”, etc.

 

Las limitaciones de la transición política inciden negativamente en la transición historiográfica. Al margen de las carencias culturales de los políticos gobernantes, la responsabilidad de los historiadores es llevar buen puerto la transición inacabada de la historiografía española, coadyuvando así a poner fin a la transición política55, superando dialécticamente las dos historias de España, la “roja y separatista” y la “fascista y nacional”, asumiendo para ello el espíritu reconciliador de la transición poítica -hasta donde lo permita el rigor y la cientificidad de nuestro trabajo- y, haciendo caso omiso de la dimisión al respecto de algunos poderes públicos, dotando a los pueblos de España de una conciencia histórica, común y diversa, que vaya más allá de la guerra civil y de sus resultados.  También para esta tarea es imprescindible incorporar a los jóvenes historiadores, a las generaciones que nacieron con la democracia y que, por lo tanto, para bien y para mal, no tienen ningún referente “frentepopulismo” o franquista que dejar atrás.

 

La crisis laboral de los jóvenes historiadores

 


Afrontar en España la crisis laboral de los jóvenes historiadores como un problema propio, institucional, de todos los historiadores, es una cuestión urgente, por varios motivos:

 

1) Porque son nuestros alumnos, y el primer compromiso social, como profesores e investigadores, ha de ir dirigido hacia aquellos jóvenes que estamos formando sabiendo de las escasas posibilidades que van a tener para trabajar en su profesión. Por no hablar del problema que supone dicha inestabilidad laboral para la continuidad de los equipos de investigación.

 

2) Porque la crisis laboral es inseparable de la crisis epistemológica.  La crisis de nuestra disciplina es global: social (laboral e institucional), propiamente historiográfica (de escuelas y paradigmas compartidos),  e ideológica y filosófica (crisis del marxismo y demás filosofías de origen ilustrado que conforman el substrato teórico la historiografía del siglo XX).

 

La gravedad de nuestra crisis laboral, doblemente social -desempleo de jóvenes titulados, y escaso papel de la historia y los historiadores en la sociedad-, hace, como ya dijimos, de la historiografía española un escenario ideal para comprender, y afrontar, la crisis finisecular de la historia.  Siempre y cuando, los historiadores instalados, más allá de toda autocomplacencia como funcionarios y miembros de la academia, seamos solidarios con los empiezan56, y sepamos ver, con lucidez, que el debate historiográfico no tiene salida fuera del debate social, profesional. La crisis de la historia tiene una base social y material más que evidente. Nuestro entramado académico e instucional, cimentado en la funcionarización, puede soportar la crisis epistemológica pero no la crisis laboral, social; de hecho  si esta continuase agravándose, ¿podemos excluir en el futuro “reconversiones” que nos afecten muy directamente?  De continuar la crisis de historiadores la marea acabará por alcanzarnos a todos, y, precisamente, hay crisis de historiadores porque hay crisis de la historia, la peor crisis de la historia.

 


Cuando en la calle -y en los despachos oficiales- se comenta que la carrera de historia no tiene salidas, que no sirve para nada, se cuestiona su utilidad social y, en último extremo, su cientificidad, ¿podemos permanecer los historiadores de oficio de espaldas a esa preocupación? Las preguntas que nos hacemos sobre la utilidad y la cientificidad de la historia como disciplina tienen mucho que ver, seamos o no conscientes de ello, con lo que piensa la sociedad y los poderes públicos de los profesionales de la historia, entre otras cosas porque nos incumbe materialmente: a menos prestigio social menos alumnos de historia, menos plazas de profesores-investigadores, menos medios para la investigación. Separar las condiciones materiales y sociales del ejercicio intelectual de nuestra profesión, la crisis laboral de la crisis de identidad, la crisis de los historiadores de la crisis de la historia, es caer en el autoengaño.

 

3) Porque afecta al relevo generacional. La revitalización historiográfica de los años 90 coincide -otra vez la paradoja que posibilita la intervención de la voluntad inteligente- con la congelación de plantillas en las universidades españolas, en el CSIC -junto con la congelación del dinero disponible para la investigación-, y en la enseñanza media -en buena parte de las autonomías-. Si la situación no cambia -o sea, si no la hacemos cambiar-  en los próximos años57, la perspectiva es que  estaremos impartiendo docencia -y en su caso investigando- las mismas personas los próximos 20 o 30 años, con todo lo que eso puede conllevar de estancamiento y ruptura de la cadena de transmisión de conocimientos, sobre todo en el  actual momento de transiciones historiográficas. La historia no tiene futuro si los historiadores que comienzan no tienen futuro.

 

 4) Porque implica la desprofesionalización creciente de nuestra disciplina. Cada vez son más los jóvenes colegas que trabajan en cualquiera otra cosa, y, no obstante, investigan, publican y hacen su tesis, cuando no son ya doctores y bedeles, carpinteros o vendedores. El coautor de la Breve historia de España, José Manuel González Vesga, historiador-guarda jurado, es el ejemplo más conocido, pero hay más: los miembros de la Escuela Libre de Historiadores de Sevilla, y tantos otros, el fenómeno no ha hecho más que empezar.

 

                No vamos a negar que esta desprofesionalización de la historia tiene sus cosas positivas -un mayor contacto que los  profesores universitarios con la realidad social, por ejemplo- pero, globalmente, es un retroceso al siglo XIX, es el retorno del historiador aficionado -sólo que ahora con una formación académica-, y guarda relación con las fuerzas que empujan la historia hacia la literatura, alejándola de las ciencias sociales. De nuevo la degradación de la concepción de la historia y el deterioro de su base material, van juntos, se retroalimentan.

 

Esos jóvenes historiadores que hacen su tesis sin beca, que investigan sin cobrar, que dan clases de historia en asociaciones de vecinos y centros de la tercera edad, sometidos a menudo a una doble jornada laboral, sabiendo que todo ese esfuerzo no les van a permitir -hoy por hoy- trabajar en lo suyo, en aquello para lo que fueron formados -con el dinero público-, muestran una ilusión por la historia encomiable, dan la medida de la vitalidad que se puede esperar de las nuevas generaciones de historiadores.

 


                Aunque sobre el dinamismo de las nuevas generaciones también se pueden esgrimir argumentos en sentido contrario. Lo vemos todos los días en las clases: conformismo; conservadurismo metodológico e historiográfico; individualismo y competitividad ambiental;  desinterés de muchos estudiantes de historia por una carrera que no fue elegida entre las primeras opciones, etc. Con todo, tal vez habría que recordar aquí que los jóvenes, y más en un tiempo en que no hay lucha generacional, reflejan lo que les enseñamos, son a su modo fieles a su época, a la sociedad que nosotros mismos hemos construido.

 

                En adelante, la decisión que debemos tomar los profesores numerarios, y a pesar de ello sumamente inquietos por la situación de nuestra disciplina, es en qué parte de los jóvenes historiadores nos vamos a apoyar para luchar por el futuro de la historia. Tampoco hay demasiadas opciones.

 

Ciertamente, estamos enfocando el problema laboral de los historiadores en formación desde el punto de vista de los historiadores establecidos, ¿qué papel le corresponde a los propios jóvenes licenciados, o doctores, en este crucial “combate por la historia”58? El de tratar de coger su destino en sus manos59. No es otra la enseñaza que les podemos legar la generación del 68  -cualesquiera que fuese la derivación ideológica posterior de parte de sus miembros- a los jóvenes actuales, y  más aún a los jóvenes venideros.  A sabiendas de que los contextos históricos, sociales e ideológicos, no son los mismos. Pero hay verdades que permanecen: que nadie espere sentado a que le resuelvan su problema, corre el riesgo de morir de inanición, y no todos lo jóvenes son fatalistas, ya lo hemos visto,  no se debería generalizar a la hora de hablar del conformismo social de los jóvenes de hoy.

 


En 1989 hubo ya movilizaciones de los estudiantes italianos en defensa de los estudios de letras. El 21 de noviembre de 199560, decenas de miles de estudiantes franceses se manifestaron, junto con los profesores, en demanda de más plazas de profesores universitarios y de más dinero para la educación superior, siendo las facultades de letras de las más afectadas por los dificultades económicas, que, por lo demás, son generales -dieron lugar asimismo por esas fechas a movilizaciones en Bélgica y Holanda-, y consecuencia de políticas ultraliberales aplicadas por doquier61, desde los años 80, que amenazan con mermar severamente los gastos sociales en educación, sanidad y pensiones a finales de los años 9062.

 

El desempleo masivo de los jóvenes licenciados de historia, y la falta de plazas para los jóvenes historiadores con vocación y formación de investigadores, remiten a dos problemas más generales que se presentan agravados en España: el paro y la financiación de la investigación científica. Soportamos un 23 % de paro, el mayor de la Unión Europea, el doble que en Europa y el cuádruple que en EE. UU., y un gasto del 0, 8 % del PIB en investigación, un tercio del 2, 5 %  de Norteamérica.

 


Hubo un momento, en la década pasada, en que el paro ha dejado de ser un problema obrero y principió por concernir seriamente a las clases medias63, principalmente a los jóvenes titulados universitarios (en la actualidad, están en el paro el 47%), dentro de los cuales los investigadores -escogidos entre los mejores expedientes- hace bastante tiempo que han dejado de ser unos privilegiados. Fijémonos sino en el caso de los becarios de investigación, pre y posdoctorales, del CSIC y de las universidades, frecuentemente educados en el extranjero, y abocados salvo excepciones al paro o a la emigración, después de años y años de formación a cuenta del Estado64. Y, dentro de esta difícil problemática, los investigadores en historia, y demás ciencias tenidas por “inútiles” y/o “inexistentes” según la  ideología dominante, están peor que los aspirantes a científicos aplicados y tecnólogos. No tenemos más que ver las áreas prioritarias de investigación I + D, tanto en la Unión Europea como en España; las ciencias humanas y sociales están prácticamente ausentes, y en el caso de la historia la omisión es total. Otro punto de conexión entre la crisis del paradigma común de los historiadores del siglo XX (la historia científica) y las endebles realidades materiales, en este caso como furto directo de las políticas científicas oficiales, generadoras de desempleados de lujo, en el sentido de que es un lujo para la sociedad prescindir de sus servicios.

 

También sucede que cuando los parados o investigadores son de la carrera de historia, los problemas crecen, por una cuestión de imagen: los licenciados de letras no están mucho más parados que los de otras carreras -teóricamente con más salidas, pero también más  masificadas-, pero lo parecen. Las representaciones colectivas generadas desde el poder nos juegan aquí una mala pasada. Las políticas educativas, culturales y científicas de tipo tecnocrático aplicadas en España, desde principios de los años 80, han marginado y desprestigiado a las ciencias humanas y sociales de tal modo, que podemos “presumir” de una situación “especial” en el conjunto de Europa. Gran Bretaña, Alemania, Francia65, empiezan a estar de vuelta del economicismo en el campo de la educación y la investigación.

 

El futuro de las ciencias humanas

 


Naturalmente, las “humanidades” han venido reaccionando  contra las políticas tecnocráticas, remozadas por el posmodernismo, en su aplicación a la enseñanza secundaria. En la década pasada, la historia66, ahora mismo los estudios clásicos y la filosofía. Los argumentos son semejantes: contra la “robotización”  de la sociedad, enseñar a pensar críticamente; enseñar a pensar históricamente, diríamos nosotros. En la campaña electoral del 3 de marzo de 1996, que se inicia cuando estamos acabando este texto, los partidos políticos hablan incluso del “empobrecimiento alarmante de la formación en materias humanísticas y científicas”67, pero después todo sigue igual, o sea mal, o peor, porque son promesas electorales68, porque -en España- los contenidos de la educación, y demás temás de “alta cultura”, no suelen interesar a los presidentes de gobierno69, y porque los sectores sociales y culturales interesados no presionamos lo suficiente, y lo suficientemente unidos. En algún momento habrá que abrir un debate público  sobre el papel de la historia, y de las ciencias humanas, y de la Cultura con mayúsculas, en las aulas, en la sociedad, en la investigación, en los medios de comunicación..., y en las Cortes que tengan que decidir los presupuestos del Estado; un debate nacional sobre si la integración en Europa es principalmente una cuestión de comercio y productividad, como se viene diciendo, o es también una cuestión de cultura y de educación, de competividad intelectual además de tecnológica. La verdad es que, en números relativos, estamos hoy más lejos de la Europa de la Cultura que hace diez o quince años. ¿Cuántos intelectuales o investigadores españoles son traducidos al francés, inglés o italiano? ¿En qué cabeza cabe que el desarrollo económico, social y político de un país puede realizarse sin un desarrollo cultural serio, profundo?

 

“El siglo XXI será posliberal, quizás incluso antiliberal”, escribía el pasado mes Alain Touraine70. En esa misma dirección,  la Comisión de Cultura y Desarrollo de la UNESCO recomendaba recientemente modificar las estrategias de desarrollo, definiendo de nuevo la noción de desarrollo, de modo que se tenga en cuenta su dimensión humana, aseverando que “los viejos modelos de desarrollo basados únicamente en el crecimiento económico y la satisfación material” estaban “condenados al fracaso”71. La sociedad civil francesa, fiel barómetro -desde los tiempos de Marx- de las corrientes sociales e ideales, anticipa tal vez el futuro al mantener y/o reponer el papel de la historia y las ciencias humanas en la enseñanza, al tiempo que reacciona contra la reducción de los gastos estatales en educación, y se enfrenta al neoliberalismo rampante, anunciando -según Touraine- su fin.

 


El lector se preguntará por qué establecemos una relación tan directa entre una política económica, el neoliberalismo, y la situación social y académica de la historia y las ciencias humanas. Pensamos que la vuelta del liberalismo económico -el liberalismo político es otra cosa- entraña el retorno de una concepción  economicista, materialista vulgar, de la vida político-social, y cultural, que las ciencias humanas y sociales habían ya sobrepasado72. Por ello el futuro de éstas depende del fracaso de aquél en favor de otras políticas, que tengan en cuenta al hombre y a la cultura.

 

La universidad no puede estar al servicio de la economía, sin más. En España, se están alzando voces lúcidas que piden “un debate serio y riguroso sobre la misión de la Universidad”  a la vez que se lamentan de que el Ministerio de Educación y Ciencia, “que se ha quedado prácticamente vacío de competencias administrativas y de dinero”, no haya sido “el impulsor y el promotor de ese debate”. Debate que ha de centrarse en la Ley de Reforma Universitaria, que, nacida en plena euforia neoliberal, se propuso adecuar  las enseñanzas universitarias “a las demandas del sistema productivo, a las demandas de la empresa”. La universidad “tenía que preparar a la gente para los empleos que existían en el mercado, sencillamente”. Y la “consecuencia de pensar en ella como una una fábrica de empleados” es su conversión en una “fábrica de parados”. La propuesta del autor, que nosotros asumimos, es que “la LRU necesita, más que una reforma, un nuevo espíritu, un nuevo impulso”, que permita recuperar la función eminentemente cultural de la universidad: “la función de la Universidad como principal agente de la cultura en su sentido más amplio ha quedado relegada, cuando precisamente ése es uno de sus objetivos esenciales”. El hecho de que el autor sea el director de la Fundación Universidad-Empresa, concede si cabe  más fuerza a la argumentación73.

 

Si la historiografía española, e internacional, se enfrenta a las puertas del siglo XXI a una transición paradigmática es también porque la sociedad está cambiando. La sustitución, parcial pero significativa -porque atañe a los jóvenes-, del éxito individual, el poder y el dinero, como creencias dominantes, por la solidaridad, la ética y los valores humanísticos, produce mejores condiciones para  que la sociedad vuelva  a interesarse por su pasado, como medida de su ilusión de futuro.

 


¿En qué podemos contribuir los historiadores a la metamorfosis de valores que vive hoy la sociedad española? Potenciando la investigación de la historia, su función social y cultural. Para lo cual hay que cuestionar dos presupuestos políticos que obstaculizan el apoyo institucional a la investigación histórica en España: a) la ausencia de la historia, y de las ciencias humanas, en las líneas de investigación  I + D, determinantes de la orientación de buena parte de la investigación pública  y también privada; b) el propio modelo aplicado en España para combinar la investigación y la enseñanza.

 

Difícilmente se podrá mejorar ese raquítico 0,8 % del PIB en investigación científica mientras  ésta pase por el cuello de botella de la universidad. Las necesidades docentes y de investigación, en principio no tienen porque coincidir, pero habitualmente se crean plazas universitarias para investigadores sólo si hay alumnos, si hay plazas para profesores. La investigación va de este modo, irremediablemente, por detrás de la enseñanza. Si no hay “mercado”, es decir, una demanda de estudiantes, para tal área de conocimiento o línea de investigación, no se ofertan plazas y puede acabar decayendo dicho campo la investigación.

 

A los profesores universitarios, como es sabido, no se nos exige lo mismo como docentes que como investigadores. Lo milagroso en estas circustancias adversas es que, pese a todo, se investiga mucho y bien en las universidades españolas. Pero para multiplicar por tres el esfuerzo y colocarnos al nivel de los países desarrollados, no alcanza: hay que cambiar el modelo. Pasar del modelo actual que concentra la investigación en los profesores de universidad, a un modelo mixto que potencie, junto a la universidad, una red de centros dedicados exclusivamente a la investigación y a formar investigadores, tanto en ciencias “duras” como en ciencias “blandas”, siguiendo la experiencia de otros países económica y culturalmente más desarrollados.

 

El establecimiento paralelo a la universidad de estos centros, además de posibilitar el incremento rápido de los resultados de la política científica, absorvería el excedente de jóvenes investigadores en la actualidad abocados al paro. Abriría perspectivas de futuro para la investigación en general, y para la investigación de nuestra historia en particular.



* Desarrollamos en este texto la segunda parte del guión que hemos utilizado en la conferencia de clausura de las Jornadas “La historia en el horizonte del año 2000: compromisos y realidades” (Zaragoza, 11 de noviembre de 1995).

1 Así como en los años 60 y 70 la nueva historia se impuso con cierto retraso en España, por  razones en último extremo políticas, pensamos que en los años 90 y 10 del próximo siglo es posible, si se pone término a nuestra propia transición, avanzar en paralelo a la historiografía internacional.

2 Hoy se está recuperando en Francia la historia económica, pero -y sin duda las causas ideológicas pesan- no ocurre lo mismo con la historia social, en su sentido más estricto.

3 Historia a Debate. I. Pasado y futuro, p. 52.

4 México, por ejemplo, con la historia regional.

5 Paradójicamente, conforme analizaremos después, la transición a la democracia no afectó excesivamente a las mentalidades y alienaciones de los historiadores españoles.

6 Marqués de TAMARÓN, ed., El peso de la lengua española en el mundo, Madrid, 1995.

7 Las valoraciones de la historiografía española por parte de colegas hispanistas tienen una triple ventaja: vienen de historiadores que conocen la situacíón real de las historiografías de sus respectivos países y pueden comparar mejor, suelen partir de sectores -sobre todo del hispanismo modernista- que han jugado una función  destacada en la renovación española de los años 60 y 70, y, por último, son más conscientes que nosotros mismos de las posibilidades inéditas de España como potencia cultural mundial.

8 Por ejemplo: Claudio Sánchez Albornoz, Pedro Boch-Gimpera, Manuel Tuñón de Lara.

9 Gonzalo PASAMAR, “La historiografía profesional española en la primera mitad del siglo actual: una tradición liberal truncada”, Studium, Zaragoza, 2, 1990, pp. 133-156.

10 De la lista de diez libros más vendidos en el apartado de “no-ficción” según El País (6 de febrero de 1996), seis -entre los que se encuentran los cuatro primeros- son de historia -y no todos de historia inmediata-, y ninguno de ellos está escrito por un historiador profesional.

11 Gonzalo PASAMAR, op. cit., p. 150.

12Señalarlo no quiere decir, por descontado, que olvidemos las motivaciones estrictamente académicas y profesionales (de puesta al día y homologación internacional) y las generacionales ya mencionadas, todas ellas bien entrelazadas con las políticas, que en aquellos años estaban en un primer plano.

13 Al explicar el ascenso de la nueva historia se suele infravalorar el factor aperturista, que no sólo fue clave en el plano político, una vez que se demostró inviable la ruptura democrática y se empieza a pactar la transición, sino también en el plano académico, dónde se manifiesta con más facilidad ante las reorientaciones metodológicas de menos connotaciones políticas como la escuela de  Annales (el maxismo lo tuvo algo más difícil).

14 En los años 1967 y 1968, el autor de este trabajo era delegado del Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Madrid  en la E.T.S.de Ingenieros Industriales.

15 Igual que sucede en el ámbito internacional, militancia historiográfica y militancia política frecuentemente no coinciden (Annales vs. marxismo, Febvre vs. Bloch), veáse por ejemplo: Luis DOMÍNGUEZ, Xosé Ramón QUINTANA, “Renovación en la historiografía española: Antonio Eiras Roel y la recepción del movimiento Annales en Galicia”, Historia a Debate.I. Pasado y futuro, Santiago, 1995, pp. 319-342.

16 Enric UCELAY DA CAL, “La historiografía en Cataluña (1960-1980): marxismo, nacionalismo y mercado cultural”, Historia y Crítica, 1, 1991, pp. 135 ss.

17 ídem.

18 Una forma de autojustificar los defectos “frentepopulistas” de la transición historiográfica española es echar las culpas a la... propia  transición política, al hecho de que no hubiese una verdadera ruptura.

19 El hecho de que los autores identifiquen izquierda con el PSOE trasluce la conexión entre historiografía frentepopulista y bipartidismo.

20 Claro que sería pasar de la sartén al fuego reemplazar las etiquetas supuestamente “historiográficas” izquiera/derecha  por otras parecidas, o tal vez peores, como la clasificación de los historiadores en nacionalistas y no nacionalistas, véase Albert BALCELLS, La història de Catalunya a debat. Els textes d’una polèmica, Barcelona, 1994.

21 Sin menoscabo de que cada uno de nosotros defienda, con toda la contundencia que se quiera, su particular concepción de la historia, y aun sus ideas políticas, filosóficas o religiosas.

22 El caso de Philippe Ariès por ejemplo, por no poner otros ejemplos más cercanos.

23 Javier Tussell se queja, justamente, de que no hubiese un debate sobre revisionismo en España como el de Alemania sobre el holocausto, los de Francia sobre 1789 o sobre la resistencia, etc., pero el mismo descalifica como indignas todas las obras revisionistas sobre la época de Franco, incluídas las del historiador Luis Suárez, “La dictadura de Franco a los cien años de su muerte”, Ayer, 10, 1993, pp. 13-28.

24 Una consecuencia de esta actitud seguidista es la fea costumbre de citar solamente a autores extranjeros, dando por sentado que las aportaciones  nacionales, por el hecho de serlas, no tienen el mismo valor (lo contrario de lo que, verbigracia, quitando excepciones, hacen bastantes colegas franceses).

25 Un curioso efecto de la vigencia de estas actitudes dicotómicas  es la manera habitual que tenemos de debatir sobre historiografía en España: publicando libros y artículos -excelentes, muchos de ellos- sobre las historiografías francesa, inglesa, americana, italiana o alemana.

26 Una manifestación extrema es “negar” que exista la crisis de la historia: Isidro DUBERT, “A crise historiográfica coma ideoloxía”, Historia a debate. Galicia, Santiago, 1995, pp. 31-46.

27 Con actitudes negativas e infructuosas como las mantenidas, por parte de algunos sectores,  hacia la historia francesa de las mentalidades (véase la bibliografía de la nota 12).

28 "Cincuenta años de historiografía española y  americanista" (Madrid, 1989); “Encuentros por una Historia viva” (Bilbao, 1990); "Historia Social" (Zaragoza, 1990), "New History, Nouvelle Histoire: hacia una Nueva Historia" (El Escorial, 1992), "Historiografía contemporánea española" (Cuenca, 1993); "A Historia a Debate" (Santiago, 1993), "La Historia en el horizonte del año 2000" (Zaragoza, 1995).

29 “La(s) Otra(s) Historia(s)” (Bergara, 1987), "Historia Social" (Valencia, 1988), "Revista d'Història Medieval" (Valencia, 1990), “Medievalismo” (Madrid, 1991), "Historia y Crítica" (Santiago, 1991), "Ayer" (Madrid, 1991), “Taller d’Història” (Valencia, 1993).

30 "Asociación de Historia Social" (Madrid, 1989), "Asociación de Historia Contemporánea" (Madrid, 1990),  “Escuela Libre de Historiadores” (Sevilla, 1990).

31 Es el caso de la nueva historia cultural francesa, de la microhistoria italiana y del “giro lingüïstico” norteamericano.

32Verbigracia, los últimos libros de Furet y Hobsbawm.

33 "Presentación", Historia a debate. I. Pasado y futuro, Santiago, 1995, pp. 9-10.

34 VV. AA.,  La historia subversiva. Una propuesta para la irrupción de la historia en el presente, Bilbao, 1990; VV. AA., Tendencias en historia, Madrid, 1990; Gonzalo PASAMAR, Historiografía e ideología en la posguerra española: la ruptura de la tradición liberal, Zaragoza, 1991; Josep FONTANA, La historia después del fin de la historia, Barcelona, 1992; VV. AA., Problemas actuales de la historia, Salamanca, 1993; Pedro RUIZ TORRES, ed., La historiografía, Madrid, 1993;  Enrique MORADIELLOS, El oficio de historiador, Madrid, 1994; Saturnino SÁNCHEZ PRIETO, ¿Y qué es la historia? Reflexiones epistemológicas para profesores de Secundaria, Madrid, 1995; Elena HERNÁNDEZ SANDOICA, Los caminos de la historia. Cuestiones de historiografía y método, Madrid, 1995; Julio ARÓSTEGUI, La investigación histórica: teoría y método, Barcelona, 1995.

35 Para cuyo desarrollo ha sido importante el artículo de José Álvarez Junco y Manuel Pérez Ledesma: “Historia del movimiento obrero. ¿Una segunda ruptura?”, Revista de Occidente, nº 12, 1982, pp. 19-41.

36 Julio VALDEÓN, "La historiografía española a finales del siglo XX: miseria de la teoría", Historia a Debate. I. Pasado y futuro, Santiago, 1995, pp. 309-317.

37 En el Congreso de Santiago hemos constatado que ello es posible, "Presentación", p. 7.

38 La creación de una nueva área de conocimiento sobre historiografía, con investigadores provinientes de las actuales áreas, coadyuvaría al objetivo de reunificar la comunidad de historiadores españoles.

39 La verdad es que la participación de todos está más garantizada cuando la organización recae en medievalistas y/o modernistas; los colegas contemporaneístas suelen ser más "endogámicos", por el efecto del propio desarrollo del área desde la transición y de una mayor tradición en cuestiones de reflexión historiográfica, todo hay que decirlo.

40 José Luis DE LA GRANJA, "La historiografía española reciente: un balance", Historia a debate. I. Pasado y futuro, Santiago, 1993, p. 301.

41 Historiografías democráticas europeas -como la francesa- tienen más bien el problema contrario: predominio del modernismo y del medievalismo.

42 Conforme el voto del miedo cuente menos en España, más fácil nos será a los historiadores liberarnos del “frentepopulismo” con su ultracontemporaneísmo anexo.

43 Durante la renovación historiográfica de los años 70 se viajó mucho menos por las dificultades existentes tanto de tipo político como idiomático.

44 Nosotros mismos lo hemos intentado en relación con la última historiografía francesa, "La 'Nouvelle Histoire' y  sus críticos", Manuscrits. Revista d'Història Moderna, nº 9, Barcelona, 1991, pp. 83-111; "El 'tournant critique' de Annales", Revista de Història Medieval, Valencia, nº 2, 1991, pp. 193-197; "La contribución de los terceros Annales y la historia de las mentalidades. 1969-1989", La otra historia: sociedad, cultura y mentalidades, Bilbao, 1993, pp. 87-118.

45 Nuestro hispanista Bernard Vincent, de la EHESS de París, lo planteó crudamente en Santiago: Historia a debate. I. Pasado y futuro, Santiago, 1995, p. 68.

46 Algunas causas:  interés de los gobiernos autónomos -de todos los matices políticos- por la historia propia, facilidades para la financiación de investigaciones y para la publicación de libros de materia regional-local, transferencias de las universidades a las Comunidades Autónomas, afán conmemorativo de las gestas locales, existencia de un público culto...

47 Se denuncia esta marcada tendencia localista, y a la vez el desinterés por la historia de países extranjeros, en Juan PRO RUIZ,  “Sobre el ámbito territorial de los estudios de historia”, Historia a debate. III. Otros enfoques, Santiago, 1995, pp. 59-66.

48 Ni siquiera se ha generalizado en los ambientes historiográficos de izquierda el sustantivo “España”, todavía decimos “este país”, el “Estado español”, como hace veinte años; no ha pasado lo mismo en otros ámbitos culturales, en los medios de comunicación social o en medios políticos de todos los signos, incluídos nacionalistas antaño periféricos.

49 Evoquemos aquí la polémica Sánchez-Albornoz / Américo Castro sobre las tres culturas y la formación histórica de España.

50 Planteamos también este delicado problema al convocar el  Congreso de Santiago (El País, 3 de julio de 1993; repoducido en Historia a debate. I. Pasado y futuro, pp. 17-18), si bien reconocemos que no le hemos dedicado la atención que se merece  en el programa  y, por lo tanto, en las Actas.

51 Todavía resulta imprescindible el Diccionario de Historia de España, publicado en 1952, en pleno franquismo, que detiene la historia de España... el 14 de abril de 1931.

52 Por supuesto que se publicaron infinidad de libros de texto, fascículos para preparar clases u oposiciones, importantes historias de España de gran formato, pero ya no historias de España como las citadas que fuesen igualmente proyectos historiográficos, culturales, incluso políticos.

53 Y no es el único que, desde posiciones progresistas -y  hasta federalistas-, plantea el problema de la desnacionalización de España -y la específica responsabilidad de la izquierda antifranquista-, Cesár ALONSO DE LOS RÍOS, Si España cae..., Madrid, 1994; véase asimismo la nota ?.

54 Dos ejemplos concretos: las televisiones gallega, vasca y catalana todavía no se pueden ver por los canales normales en toda España; hasta el día 23 de septiembre de 1995, en que un períodico distribuyó el nuevo mapa de España basado en las Comunidades Autónomas, hemos seguido utilizando el mapa de la España provincial...

55 La estructura tendencialmente federal del Estado democrático español no será irreversible hasta que diversidad y unidad no se consoliden en el plano de la cultura, de las mentalidades, de las emociones y de los símbolos, impediremos de este modo que algún día puedan volver las “banderas victoriosas”.

56 Un ejemplo a seguir: la participación escrita de José Luis Martín en la mesa redonda  “La historia en las universidades”, Histoira a debate. I. Pasado y futuro, Santiago, 1995, p. 63.

57 Los cambios políticos que se avecinan  amenazan más bien con la congelación de la oferta pública de empleo.

58 Los “combates por la historia” de Lucien Febvre eran historiográficos, contra una historia tradicional, positvista, “historizante”, hoy, particularmente en España, son también, y sobre todo, contra la subalternidad de la historia y las ciencias humanas en una sociedad  que muchos quieren regida por el “pensamiento único”.

59 Un ejemplo a seguir: la comunicación presentada en Santiago por la Escuela Libre  de Historiadores, “La universidad más allá de la institución. La historia más allá de la universidad”, Historia a debate. III. Otros enfoques, Santiago, 1995, pp. 257-264.

60 El País, 22 de noviembre de 1995, p. 26.

61 La universidad abandonada al mercado, sucumbe, porque la ley de la oferta y de la demanda desvirtúa su principal función: la cultura, el pensamiento crítico,  la investigación.

62 No es casual que los estudiantes franceses fuesen la avanzadilla -como en Mayo del 68, aunque en otros y capitales aspectos las diferencias son notables- de una huelga obrera paradigmática -en diciembre del 95- en defensa del Estado de bienestar.

63 En las dificultades crecientes de las clases medias está, sin duda, una parte de la explicación del ascenso electoral del centroderecha en España.

64 El año pasado se recortó todavía un 8,5 % el presupuesto dedicado a investigación científica  “en solidaridad con otras políticas”, según el secretario de universidades en el Congreso de Diputados (10 de octubre de 1995).

65 Los estudiantes franceses escogen hoy los estudios de letras (entre los cuales la historia sigue representándose como la primera entre las ciencias humanas) y de ciencias en una proporción semejante, en la enseñaza media y en la enseñanza universitaria, de forma que los problemas de los jóvenes historiadores son menos distintos de los que tienen los demás.

66 Julio VALDEÓN, En defensa de la historia, Valladolid, 1988.

67 José María Aznar en un acto explicativo del programa electoral del PP en el campo de la educación (resumen de agencias de prensa: Faro de Vigo, 15 de febrero de 1996; también Gaceta Universitaria, 21 de febrero de 1996); parecidas preocupaciones se pueden encontrar en el programa electoral  del PSOE en la campaña electoral de 1993.

68 ¿Quién no asume, por ejemplo, que España debe pasar del 0,8 % al 2%-la media europea- del PIB en investigación?; lo dice Carlos Robles Piquer, presidente de la Comisión Nacional de Investigación del PP (en una carta a El País el 15 de febrero de 1996), y el propio pograma electoral de este partido a las elecciones del 3-III-96; claro que se prevé que el incremento sea financiado por la empresa privada (El País, 29 de febrero de 1996), lo cual no parece que vaya a favorecer demasiado a las ciencias humanas...

69 Basta decir que el Ministerio de Cultura tiene un presupuesto rídiculo de 63 millones de pesetas, inferior al de la consejería de cultura de la Xunta de Galicia y de otras Comunidades Autónomas.

70 El País, 7 de enero de 1996.

71 La Voz de Galicia, 11 de noviembre de 1995.

72 El hecho de que  el economicismo regrese a finales del siglo XX, cuando las ciencias sociales estaban ya de vuelta y redescubrían el sujeto, confirma la tendencia apuntada a la síntesis objeto-sujeto.

73 Antonio SÁENZ DE MIERA, “La misión de la Universidad”, El País, 5 de septiembre de 1995.