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HISTORIOGRAFÍA INMEDIATA


Intervenciones en Debates

Balaguer

Activismo social y compromisos historiográficos


Intervenciones de Carlos Barros en diferentes debates habidos en el transcurso del VII Curso de Verano, “Medievalisme: noves perspectives”, organizado por Flocel Sabaté y Joan Farré en Balaguer (Cataluña) del 10 al 12 de julio de 2002, cuyas actas estén en proceso de impresión.

Activismo social y compromisos historiográficos
Bien, sobre las inquietudes de José Manuel Nieto quiero decir que, efectivamente, tiene su razón cuando habla así del activismo social y la historia, incluso podríamos decir lo mismo de activismo político e historia. Yo desaconsejaría hoy, con todas las posibilidades que tenemos para una militancia sindical o política en libertad, desarrollar esta a través de la academia, de los departamentos de historia, no tiene demasiado sentido en un contexto democrático, cuando tenemos un amplio abanico de partidos y sindicatos en los que podemos militar con eficacia, y además asociaciones de vecinos, movimientos anti-globalización, las ONGs, etc. En esto, insisto, José Manuel tiene su razón.

En lo académico yo plantearía la cosa de otra manera: los historiadores cuando hacemos historia, y cuando hacemos historia medieval, ¿la hacemos de una manera neutra, al margen del presente, obviando nuestros valores, simpatías, fobias y creencias? En rigor, no, la neutralidad de la ciencia histórica es un mito positivista con el que tenemos que enfrentarnos claramente si no queremos caer en el autoengaño y la falsa ciencia. De una manera consciente o inconsciente, cuando elegimos un tema, cuando interpretamos, cuando analizamos las fuentes, ¿no estamos proyectando valores, incluso ideologías? Lo hacemos constantemente. Por eso en los debates historiográficos importantes suelen estar presentes elementos que transcienden la objetividad relativa de las fuentes. Un dato extraído de un documento puede significar una cosa para un colega con determinados valores y otra distinta para otro con diferentes valores, formación e intereses, discrepancia que no siempre se produce, claro está, depende del tema y de coyunturas actuales. Hay que admitir que hacemos una historia que es objetiva en la medida que es subjetiva, y al revés, la escritura de la historia está humanamente condicionada, por eso cada corriente o generación la revisa y avanzamos. Escribimos la historia desde el presente y  no es malo, lo malo es ocultarlo, y para evitar la ocultación existe, o debiera de existir, la vigilancia que ejerce, o que debe ejercer, la historiografía, la historia de la historia. Por eso cada historiador, y eso ya lo explicó de alguna manera José Manuel, debe hacer historia al mismo tiempo que historiografía. Pero además es que los historiadores deben ser estudiados por otros historiadores. La historiografía es la historia de los historiadores, de sus obras, de sus corrientes, de la evolución del conjunto de la disciplina. El historiador o historiográfo presente o futuro ha de analizar, nuestra obra individual -y sobre todo colectiva, por corrientes, que es la que tiene influencia real- en el contexto también de nuestras biografías, del tiempo que nos tocó vivir.

Decimos que cuando elegimos un tema o llegamos a una conclusión histórica a partir de las fuentes aportamos mucho de nosotros mismos. Topolski nos dejó para entender el papel de la subjetividad del historiador el utilísimo concepto del “conocimiento no basado en fuentes”: métodos, técnicas, valores y otros factores que introducimos en el proceso de investigación, llegando a constituir la parte más decisiva de nuestro trabajo, incluso por encima del “conocimiento basado en fuentes”, como demostró el historiador polaco. No sé si podemos llegar los historiadores a un acuerdo suficientemente amplio en el siglo XXI sobre ese capital problema epistemológico. Era muy ingenuo lo que decía Ranke  en el siglo XIX de que la función del historiador es conocer el pasado “tal como fue”, así, sin más, actuando como un simple notario. Y creo que no deberíamos olvidar al respecto los avances de las nuevas historias del siglo XX, a pesar de sus insuficiencias, fracasos e incapacidades, sobre la importancia de una autorreflexión del historiador, individual y colectivo, y del papel científico del historiadores como sujeto del conocimiento histórico.

 Por último, la cuestión de la responsabilidad cultural, social y política del historiador. Somos parte importante del sistema docente y tenemos una responsabilidad en la formación de los ciudadanos; nuestros libros dan lugar en ocasiones a trabajos de divulgación que tienen una incidencia cultural y social, ideológica y política. Debemos hacer uso de esta responsabilidad como docentes e investigadores con prudencia e inteligencia: respetando la pluralidad académica, como historiadores y como ciudadanos, y siendo objetivos con nuestro trabajo, es decir reconociendo sus condicionamientos. El principio de realidad nos dice que, desde la elección del tema y el enfoque historiográfico hasta las conclusiones, pasando por las hipótesis y las interpretaciones, cuando existen, adoptamos compromisos generalmente débiles, implícitos, pero efectivos porque determinan el resultado final de la investigación. Por ejemplo, desde la transición se ha puesto en marcha de manera generalizada en España nuestro compromiso más o menos explícito con la historia de las diferentes comunidades autónomas, nacionalidades y regiones, que ha concentrado la mayor parte de la producción historiográfica en las pasadas décadas. Es por eso que a Jaume Sobrequés le hemos estado escuchando con atención, contagiados de su entusiasmo cuando habla de la historia de Cataluña. Yo no diría, desde luego, que estamos ante un compromiso de partido sino ante un compromiso con nuestros  conciudadanos, países y regiones respectivos, y con sus instituciones democráticas, un compromiso político pero con “P” mayúscula, que, desde 1996, se ha manifestado más claramente con España, con la idea histórica de España, reequilibrando la situación anterior. Todos estos compromisos enriquecen a la profesión y su proyección pública, siempre y cuando tengamos en cuenta la pluralidad de puntos de vista, pues tan legítimo es el compromiso historiográfico con Cataluña como el compromiso historiográfico con España. Y no me estoy refiriendo sólo a la pluralidad política nacional o regional, sino también a la pluralidad ideológica y social, de manera que resulte tan legítimo como necesario estudiar el pagés, el rey o los patricios, dejando para el debate historiográfico si tiene más importancia histórica concreta la acción de la reina o de los  5.000 campesinos que decía Vicente Álvarez Palenzuela, el error sería en cualquier caso dejar de investigar los 5.000 campesinos por investigar la reina, y viceversa, haciendo una historia mixta que nos permita enfoques globales.

Sí queremos contemplar con responsabilidad el futuro de la profesión, hay que llegar a un consenso amplio (paradigma) sobre la necesaria pluralidad de los compromisos historiográficos a fin de asegurar la utilidad social de la historia, la utilidad formativa de la historia, fomentando valores de tolerancia, debate y libertad de investigación en nuestra comunidad académica. Aceptando, por supuesto, tanto los compromisos profesionales con la sociedad política como con la sociedad civil, que  Paulino Iradiel echaba hoy de menos en su conferencia con toda la razón. Desde los años 80 el compromiso académico-político de tipo comunitario ha ido sustituyendo, en España, al compromiso ético-social, es preciso encontrar un equilibrio por el interés de la profesión, para lo cual no es nada bueno que nos sintamos comprometidos con las instituciones  ignorando las demandas de la sociedad civil, que es quien nos paga nuestros salarios en último término, y que hoy precisa una explicación de los nuevos hechos sociales que buscan asimismo su identidad a través de la historia. Desde Historia a Debate se están planteando  investigaciones históricas de acontecimientos y procesos actuales como la globalización en lo que llamamos Historia Inmediata: otra forma de compromiso profesional que no nos afecta como medievalistas pero si como historiadores.

No sólo debemos tolerar pues este compromiso plural, sino que debemos promoverlo, cada uno desde sus propios ámbitos e intereses, a fin de que se desarrolle la responsabilidad ética y cívica del historiador como colectivo, como comunidad académica, aplicando una deontología mínima del oficio de historiador en lo tocante a los documentos, crítica cualquier manipulación de la historia. Si esto lo logramos habremos democratizado la relación del historiador con la sociedad y la política, habremos avanzado en llevar a la academia el compromiso que es normal en nuestra sociedad: democracia y pluralidad política, social, ideológica, religiosa. No hay mejor manera de salvaguardar la honestidad y el rigor, la profesionalidad y la cientificidad de nuestra disciplina. La manera de ser más objetivos, cuando nos enfrentamos a un hecho histórico polémico, es combinar las parcialidades y las subjetividades, y procurar la  síntesis cuando sea posible. Deberíamos estar hoy en las mejores condiciones para conseguir en la historiografía española esta síntesis entre las diferentes sensibilidades, pues, a 25 años de la transición de la dictadura a la democracia, se supone que han caído ya las etiquetas políticas que frenaban un debate, una relación plural, una tolerancia, el necesario grado de sentimiento de pertenencia a una comunidad académica, de cuyo patrimonio somos todos responsables ante una sociedad que financia nuestro trabajo con independencia de diferencias historiográficas, ideológicas, religiosas o políticas. Si esto lo seguimos manteniendo, cualquiera que sean las tensiones centrífugas que puedan venir del exterior, habremos dado un paso adelante para que la historia reviva y juegue un  importante papel en la sociedad de la información y multicultural que viene. Nada más.


Carlos Barros
Coordinador de Historia a Debate
Santiago de Compostela (España)



 

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